viernes, 5 de junio de 2015

Historias de caballos y de hombres



Leo en la página oficial de la película: “un relato que destaca lo que hay de caballo en el hombre y de hombre en el caballo” y se me despierta el interés, porque por más urbanos que seamos, en algún recóndito rincón de nuestra memoria genética guardamos recuerdos de nuestra relación con los caballos, no en vano durante siglos y siglos, hasta la revolución industrial, dependimos de ellos para casi todo.


Sigo leyendo: “El amor y la muerte se dan la mano con insólitas consecuencias”. Después cuando vea la película comprobaré que no mienten en lo más mínimo, que entregan lo que prometen.


Continúo: “Los destinos de las personas que habitan este paisaje se ven a través de la percepción del caballo” y viceversa,  porque las historias que se narran comienzan siempre con primeros planos de ojos de caballo y también de humanos.


Cuando la película termine, leeré en los títulos finales: “No se dañó a ningún caballo, todas las personas que participaron en el rodaje son propietarios y amigos de los caballos”, aclaración más que pertinente, ya que en más de una ocasión los pobres equinos no la pasan del todo bien. Además cuánto más nos acercamos a la naturaleza, a lo básico o esencial, el humor tiende a ser negro.



La elocuente imagen del afiche pertenece a la primera historia que en realidad son dos, la pasión de los caballos que tendrá estúpidas y trágicas repercusiones y la de los dueños, que por audaz decisión de ella no terminará del todo mal. El paralelismo (y no digo más para no develar sorpresas) es claro, ella es la dueña del caballo y él de la yegua y por eso la relación se establecerá gracias al mandato de ella.


Los distribuidores argentinos le agregaron Historias al título en inglés (¡sabrá Dios lo que significa el título original en islandés!)  que dice simplemente Of horses and men o sea De caballos y de hombres. Me gustan mucho los títulos que empiezan con la preposición “de” en el sentido de “sobre” tales como De dioses, hombrecitos y policías (novela de Humberto Costantini) o De dioses y hombres (película de Xavier Beauvois) porque en esa “de” que quiere decir “sobre” yo leo “De la estupidez de…” y aquí hay mucha estupidez, porque, quien sabe, quizá la obtención de la felicidad sea sacarnos la estupidez de encima.


Historias de caballos y de hombres (película islandesa de 2013 dirigida por el actor Benedikt Erlingsson) es de esos regalos que se inmiscuyen en una cartelera dominada por la oferta yanqui casi por milagro. No sé ustedes, pero yo a los buenos regalos los disfruto. Y si son inesperados más todavía. 

Gustavo Monteros

jueves, 28 de mayo de 2015

Camino a Estambul



Tagline es la línea inventada por publicistas para acompañar o vender mejor la imagen o el título de una película en el afiche. Hay dos que no olvido, la del afiche de Gallipoli (Peter Weir, 1981) y la de New York, New York, (Martin Scorsese, 1978) que ahora no viene a cuento y a la que referiré en otra oportunidad. La de Gallipoli decía: “De un lugar del que no oyó hablar, una historia que no olvidará”. Y era así nomás, por eso debe habérseme quedado la frasecita. Hasta entonces no tenía idea de que el nombre Gallipoli encerraba una de las matanzas más desgarradoras y atroces de la Primera Guerra Mundial, y sí, en cine por cada cuatro películas de la Segunda Guerra hay una de la Primera. Más o menos claro, no procuro ser exacto sino dar una idea. Y era verdad también que la historia no se olvidaba, dos muchachos australianos de personalidades casi opuestas pero con talento para las carreras de fondo se hacían amigos en el entrenamiento básico, de Gallipoli solo uno regresaría. La astucia de Peter Weir congelaba una imagen final que se quedaba a carcomernos la cabeza: la muerte no era la caída, sino la llegada a la meta, el triunfo final y borgeanamente secreto de un pobre desgraciado. La película se convirtió en clásico ineludible del género bélico, cimentó la carrera de un incipiente Mel Gibson y ratificó además el talento musical del gran Maurice Jarré, en cánones más modernos de los que había usado para David Lean, y sí, los hombres de talento son proteicos.


No es capricho que hable de Gallipoli porque Camino a Estambul no solo dialoga con ella sino que de algún modo la revisita. En su debut como director de cine, Russell Crowe interpreta a un granjero australiano que perdió tres hijos en Gallipoli (batalla que duró siete meses en 1915) y que se encamina hasta allí en 1919 a recuperar lo que queda de ellos. No le será fácil, claro. Y sí, de inconvenientes y problemas se nutren las aventuras.


Y en el transcurso Crowe combinará la tragedia bélica y sus consecuencias con choques culturales y solidaridades impensadas, pero las tratará levemente, y en vez de un drama de aquellos le saldrá una película de aventuras de matinée. Cometerá algunas torpezas, perdonables por ser director novel (en su momento Mel Gibson también las cometió, aunque por suerte insistió y llegó a su Apocalypto).


Russell Crowe demuestra (literalmente, hasta hace un pozo para ilustrar tanto su fuerza como el título original The water diviner, El zahorí, “persona a quien se le atribuye la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos” según el Diccionario de la Real Academia) que sigue siendo el grandote musculoso y carismático de siempre, Olga Kurylenko sigue siendo muy pero muy bella y se lucen los turcos Yilmaz Erdogan como el Mayor y Cem Yilmaz como su Sargento.


En resumen, una película amable sobre temas serios que se contagia de aventuras en su segunda mitad. 

Gustavo Monteros
 


Mil veces buenas noches



Los  primeros 14 minutos de Mil veces buenas noches (2013) del noruego Erik Poppe no son buenos o excelentes sino directamente óptimos, insuperables. Expresan con contundencia, casi sin una palabra, a pura acción, las contradicciones más íntimas de una fotógrafa de guerra, Rebecca (Juliette Binoche). La señora cubre la última ceremonia y la explosión de una mujer bomba en Kabul. Lástima que el resto, como esos romances de inicios brillantes que se diluyen después en frustración tras frustración, se desbarranca a un valle de obviedades y decepciones.


Es que la señora, a pesar de semejante profesión de riesgo, está casada con un biólogo marino, Marcus (Nicolaj Coster-Waldau) y tienen dos hijas, la mayor, Steph (Lauryn Canny) una adolescente, que resiente su profesión y sus ausencias, y la menor, Lisa (Adrianna Cramer Curtis) todavía una niña que se conforma con reclamar regalos en cada regreso de la madre. Sin embargo, dado que esta vez, mamá Rebecca vuelve herida, aparece en primer plano el conflicto que la separa de papá Marcus y de hijita Steph: su suicida actitud para capturar la mejor foto.


Interesante planteo que Erik Poppe no resuelve a la manera del período crítico-realista de su coterráneo Henrik Ibsen, o sea a puro debate de ideas y pasiones,  sino según el modelo más aburrido y pedestre del telefilm de superación. Los personajes aprenderán, unos más tarde que otros, a comprender sus problemas y a lidiar con ellos. Claro, con la insufrible ayuda de melosos violines como soporte de fondo, faltaba más. La escena final aspira entre otras cosas a la ironía, aunque por lo que pasó en el medio se queda en la más subrayada elementalidad.


De todos modos más allá de algún apunte logrado, la película no se vuelve desdeñable porque cuenta con Juliette Binoche, que no logra que el cobre sea oro pero casi. Su talento es palpable, le otorga humanidad a la muñeca más endeble. Hipnotiza con sus ojos de perro triste. A su lado Nicolaj Coster-Waldau (el famoso Jaime Lannister de Game of thrones) es más apuesto que actor. Nada grave en realidad, el ser de buen ver tiene sus ventajas, no desata antipatías furibundas sin ir más lejos.
 

En resumen, imprescindible para los que admiramos a Juliette Binoche, los demás, con un poco de paciencia hacia la tontería bien intencionada, la lindura de los encuadres y la música dulzona, pueden verla y si se descuidan hasta disfrutarla sin problema. 

Gustavo Monteros