viernes, 12 de agosto de 2016
jueves, 4 de agosto de 2016
Matar a un ruiseñor
El tiempo no respeta nada. Es cruel. Arrasa, desbanda,
devora. Todo decae, se arruga, se apergamina.
Pierde color, brillo, brío. No hay fuerza, empuje, voluntad que resista.
El tiempo tropella, aplana, desluce. Nada queda igual. Nada se parece a como
era. Arremete, destruye, apelmaza. No se detiene ante nada. Ni ante las
películas.
Sí, las películas envejecen. Como todos, todas, todo. No hablo de los aspectos técnicos, esos envejecen por hora. Ni del tratamiento de las temáticas. El amor será amor, aunque cambien los volados. No, envejecen cuando callan, cuando se secan, cuando ya no tienen nada que decir. Cuando son solo una escenografía ajada, sucia, rota, que apenas se sostiene en pie. Cuando se han muerto y no lo saben. No hay nada más triste. Confundir la muerte con la vida, creer que son lo mismo, no saber. No conjugar la diferencia.
Ante las películas que amamos, pasado un largo rato,
uno tiene miedo de volver a verlas. Es como ante alguien que amamos mucho y que
no volvimos a ver. ¿Queremos de verdad comprobar cómo el tiempo ha deteriorado
su cara, quebrado la línea de su espalda, debilitado sus rodillas, le ha puesto
opacidades a su pelo, temblores a sus manos, desteñido los ojos, fustigado la
voz y castigado las sonrisas? No, en realidad, queremos volver a ver ese
alguien y que sea igual a como era, y en el fondo que nosotros seamos como
éramos. Queremos vencer al tiempo, que el recuerdo no sea recuerdo, sino ahora.
Ahora, ahora. Es triste, no hablo de admitir el error, la derrota, eso se asume
fácil. Lo triste es ser juguete del tiempo y saber que nos ha tirado, nos ha
dado por inútiles, nos ha olvidado. Eso es lo triste, que el tiempo te olvide.
Eso es la muerte.
Vi Matar a un
ruiseñor por Canal 9, en la televisión de 5 canales, en un televisor de
blanco y negro, claro, una noche perdida de los setenta tempranos. Ya no era un
chico, pero no hacía mucho que había dejado de serlo, aunque ya me creía más
perspicaz que todos los adultos que me rodeaban, porque tenía la temeridad de
tener una vida por delante.
Y me gustó mucho. Quizá sea una película ideal para
adolescentes. Uno ve el cuento a través de los ojos de Scout, pero uno se da
cuenta de lo que ella no, porque ya no somos chicos, ya somos grandes. Bueno, quizá
no, pero adolescentes sí.
Hay dos misterios en la película. El del juicio que
tiene al padre de Scout (Mary Badham), Atticus Finch (Gregory Peck) como
abogado defensor y el de Boo Radley (Robert Duvall) que vive oculto en la casa
lúgubre. Como en un juego, serán testigos del primero, y en peligro, resolverán
el segundo.
Esta película de
1962 se basa en una celebrada y muy popular novela de Harper Lee (se la creía
autora de esta sola novela hasta hace un par de años, en que apareció
mágicamente un manuscrito perdido, supuestamente escrito antes, aunque de una
continuación de la historia, la autora ya muy mayor no podía ser consultada y
no hay acuerdo definitivo sobre la certeza de su autoría). Entre otras cosas,
es un alegato contra la segregación y el racismo. Dirigió Robert Mulligan (El gran impostor, 1961, Desliz de una noche/Love with a proper
stranger, 1963, Verano del 42,
1971, El otro, 1972, A la misma hora, el año que viene, 1978).
Le significó por fin el Óscar como mejor actor protagónico a Gregory Peck
después de cuatro nominaciones fallidas: Las
llaves del reino (John M Stahl, 1944), El
despertar/The yearling (Clarence Brown, 1946), La luz es para todos/Gentleman’s agreement (Elia Kazan, 1947) y Almas en la hoguera/Twelve O’Clock High
(Henry King, 1949). Técnicamente si bien todo gira alrededor de su personaje,
es casi una actuación de reparto, los chicos ocupan la mayor parte del metraje,
y más allá de la impecabilidad de su actuación, en el fondo solo Peck podría haber
interpretado a Atticus, todo actor arrastra su pasado actoral, las imágenes de
actuaciones anteriores, y él traía aparejada toda una prosapia de personajes
tan humanos como íntegros. Mary Badham, de 10 años, interpretó a Scout, la
auténtica protagonista, no haría carrera y se retiraría después de 6 trabajos a
los 14 años. Philip Alford, de 14 años, hizo de su hermano mayor, Jem, tampoco
haría carrera, se retiró a las 24 años, después de 8 trabajos. John Megna,
también de 10 años hizo de Dill Harris, el vecino amigo de los chicos que viene a la locación ficcional
donde trascurre la historia para pasar las vacaciones. Se dice que la historia
tiene fuertes trazos autobiográficos y el personaje de Dill supuestamente se
basa, nada más ni nada menos que en Truman Capote. John Megna haría carrera,
pero su vida culminaría a los 42 años, sesgada por el SIDA. Boo Radley fue un
hito en la carrera de Robert Duvall, sin embargo tuvo que esperar 10 años para
quedar indeleble en la memoria del público con su Tom Hagen, el abogado de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972).
Matar a un ruiseñor envejeció bien, luce sabia y donosa. Yo, no sé.
Quiero creer que sí.
Matar a un ruiseñor/To kill a
mockingbird puede verse en
Netflix.
Gustavo Monteros
miércoles, 20 de julio de 2016
Florence
La historia de Florence Foster Jenkins ratifica con
creces la aseveración de que la realidad supera siempre a la ficción. De no
haber sido cierta, si a alguien se le hubiera ocurrido inventarla, tendría que
haber trabajado muy duramente pare crear el verosímil que la sustentara. Y sin
embargo, allí está.
En la Nueva York de la entreguerras y en particular
durante la Segunda Guerra Mundial, Florence fue una generosa mecenas que
sostuvo el mundo de la música. Nada extraordinario en sí, dado que la señora
poseía una cuantiosa fortuna, lo prodigioso fue que desarrollara a la vez una celebrada
carrera de cantante lírica para la que no tenía oído, ni diafragma ni talento. ¿Consentida
por sus veteranas amigas ricas, sordas como tapias? ¿Los Toscanini y otras
glorias de la música acaso hacían oídos sordos a sus inhabilidades como gratitud
hacia su generosidad? La enfermedad crónica que la acuciaba, contagiada por su
primer marido, ¿ya había hecho mella en su cerebro? ¿Era una reina del
autoengaño o de verdad estaba convencida de la fortaleza y belleza de su voz?
Si la verdad supera a la ficción, es también más misteriosa en sus causas y
razones que cualquier ficción bien urdida.
Cualquiera sea la explicación por la que se opte, esta
peripecia vital no hubiera sido posible sin la activa intervención de St
Sinclair Bayfield, el último marido de Florence, un ex actor de dudoso linaje
aristocrático. El análisis de sus acciones solo permite una explicación
plausible, el hombre la quería. El interés o el egoísmo no llegan a tanto, no
son capaces de sostener con tanta perfección la posibilidad del engaño. El timo
es poderoso, pero se agota cuando el engañado abandona el juego. El amor es más
perseverante y hasta permite que el amado (el engañado, en este caso) dude.
La historia de Florence tardó en llegar al cine con
nombre y apellido. La precedieron un par de obras de teatro y una película francesa,
Marguerite (Xavier Giannoli, 2015)
que se aproximaba a la historia sin asentarse en todas sus circunstancias
verdaderas. En todas sus versiones, es un imán para el despliegue de
histrionismo de una actriz. Meryl Streep se da y nos da un festín. Apabullante e
indiscutible como todo lo que hace. No tuvo la suerte que tuvo Karina K, cuando
la encarnó en teatro hace unos años, de contar con los modelos de Olinda Bozán
y Niní Marshall. Olinda Bozán llevó algunas millonarias excéntricas a la
apoteosis, y Niní cuando se le daba por bailar o cantar llevaba la condición de
no tener talento, y suplirlo con ganas de tenerlo, a cumbres irremontables. Como
reflexionaba Muriel Santa Ana al interpretar a Rosaura en La vida es sueño de Calderón de la Barca, algunos personajes te
hacen participar de una tradición y te hacen dialogar, por transitar por la
misma senda, con las actrices que los encarnaron antes. Apuesto lo que no tengo
a que Meryl desconoce a Niní, y sin embargo cuando canta por primera vez en la
película está muy, muy cerca de Niní, como lo puede atestiguar cualquier
espectador que se haya reído con nuestra cómica.
Pero para que Meryl pueda primero pulir y luego lucir
el diamante de su personaje, necesita de un engarce que lo sostenga, rol que le
cabe al inmenso Hugh Grant. Es nuestro representante en la historia, nuestro
canal de acceso. Si entramos en empatía con él, nuestra participación será emocional;
si no es así, la presenciaremos con distancia. Él asume con autoridad el puesto,
y a fuerza de sensibilidad y prestancia, nos hace ver a Florence con sus ojos
de puro amor, y así, Florence ya nunca más nos será ajena. Hugh Grant apoya y
sostiene también el crecimiento del personaje de Simon Helberg, el pianista
Cosme McMoon, que ingresa sin advertencia en esta peculiar circunstancia. Simon
Helberg, que ganó fama con The Big Bang
Theory, no se desmadra y viste con simpatía su rol.
Dirigió el gran Stephen Frears (The hit, 1984, Ropa limpia,
negocios sucios, 1985, Susurros en
tus oídos, 1987, Sammy y Rosie van a
la cama, 1987, Relaciones peligrosas,
1989, Ambiciones prohibidas, 1992, Héroe accidental, 1993, El secreto de Mary Reilly, 1996, The van/La camioneta, 1997, Hi-Lo Country, 1998, Alta fidelidad, 2000, Dirty pretty things/Negocios entrañables,
2002, Mrs Henderson presenta, 2005, La reina, 2006, Chéri, 2009, Tamara Drewe,
2010, Philomena, 2013) quien entiende
que se trata de una historia de personajes, o sea de actores, y no se pone
hacer tomas grandilocuentes, intrusivas, que estorban y relata con claridad.
En el arte es imposible establecer quién es “el”
mejor, están los mejores, porque Kiri Te Kanawa no es mejor que María Callas,
no, son diferentes, por más que habiten igual grado de excelencia. Pero en dos
disciplinas al menos, se ha establecido quienes son los peores. En cine se dice
que el peor director es Ed Wood, y en el canto lírico se dice que la peor
cantante es Florence Foster Jenkins. Borges enunciaba, como premisa de algunos
cuentos y poemas, que los absolutos por ser inabarcables son iguales. ¿Puede
abarcarse el todo? No, imposible. ¿Podemos hacernos idea de la nada? No,
siempre se nos ocurre ponerle algo, aunque más no sea un color o un recipiente que la
contenga. Entonces, el todo y la nada, por absolutos inabarcables, son iguales.
De allí que al ser Florence Foster Jenkins la peor, quizá sea, sin discusión,
por absoluto inabarcable, la mejor.
Gustavo Monteros
viernes, 15 de julio de 2016
Mi buen amigo gigante
Otra semana sin poder ir al cine, o sea otra semana de recomendaciones a libro cerrado, aunque no del todo sin red, porque si hay alguien en la historia del cine que garantiza entretenimiento del bueno es nuestro buen amigo gigante... el inmenso Steven Spielberg, de allí que crea que el estreno de su nueva película sea "la" opción para este fin de semana.
jueves, 7 de julio de 2016
¡Feliz fin de semana largo!
Este fin de semana, vean Florence. No la vi todavía, pero no hay peligro alguno en recomendar un Stephen Frears con Meryl Streep y Hugh Grant. Juntos o por separado siempre devuelven la plata de la entrada, lo que no es decir poco en estos tristes tiempos.
jueves, 30 de junio de 2016
La ilusión de estar contigo
Es la historia de una obsesión post-andropausia.
Nuestro narrador, un cincuentón, como ya no le da para entregarse a una pasión
carnal, se deja llevar por un juego literario. Pero seamos claros y comencemos
por el principio.
Martin Joubert (Fabrice Luchini) está casado con
Valérie (Isabelle Candelier) y tiene un hijo adolescente, Julien (Kacey Mottet
Klein). Hace unos siete años dejó su trabajo de editor en una empresa de libros
y se vino a Normandía a ocuparse de la panadería familiar tras la muerte de su padre.
Un día, ocupan la casa vecina una pareja inglesa, compuesta por un restaurador
de muebles antiguos, Charlie (Jason Flemyng) y una decoradora, Gemma (Gemma
Artenton). Que ella, Gemma Bovery, por un par de letras casi sea la homónima de
la protagonista de la célebre novela de Flaubert, Emma Bovary, convence a
Martin de que compartirá igual insatisfacción y triste destino que la Madame
Bovary archifamosa.
El material se perfila, al margen de la obsesión
principal (a veces cómica, otras patética) como una sátira a la alta burguesía
londinense, representada por Elsa Zylberstein y Pip Torrens, que viene a
desparramar su esnobismo por la campiña francesa y por las pretensiones de
profundidad de los que huyen de las grandes urbes para refugiarse en el campo.
Algo que la película no termina de abarcar. Quizá a Ann Fontaine (Nathalie X, 2003, Cocó antes de Chanel, 2009, Madres
Perfectas, 2013) le hubiera convenido el pastiche del que hizo uso su
colega, Jocelyn Moorhouse en la reciente El
poder de la moda/The dressmaker. Eso
fue por la razón, hablemos ahora de corazón.
Hay películas a las que uno accede con plenitud, ante
las que se deja de lado todo juicio de valor y uno las termina por abrazar
entre las favoritas. Por varios motivos, me
pasó con esta. Confieso. Al iniciarse nomás, me ganó el paisaje de la
luminosa Normandía en verano y la música de Bruno Coulais, que sigue el canon
impuesto por Hollywood, aunque con mucho mejor gusto. Fabrice Luchini, a quien
recordamos de dos François Ozon (En la
casa, 2012 y Potiche, las mujeres al
poder, 2010) y un Philippe Le Guay (Las
chicas del sexto piso, 2010) es un actor elegante y prodigioso y es muy
difícil permanecer incólume a su talento. Gemma Artenton es una mujer en su
esplendor, su sensualidad de tan vibrante es casi palpable. Y como amo los
idiomas, que esté hablada en francés es tanto un bálsamo como un recreo al predominante
cine en inglés. Sé muy poco francés, desconozco casi todos los tiempos
verbales, y todos los modismos lingüísticos, pero reconozco los sustantivos y
los adjetivos, no en vano, es pariente del español, y cuando está hablado con
la dicción perfecta de un actor formado en el teatro como Luchini, paladeo cada
sílaba. Y como no adherir a una película en que los protagonistas tienen perros
y si encima el de él se llama Gus, pónganme el moño, que voy de regalo.
No será perfecta, lejos de ello, pero a mí me encantó.
Ojalá les pase lo mismo. (Eso sí, prisión perpetua para el que le puso el
título para la Argentina, además no decimos “contigo” ni aunque nos peguen,
entonces por qué no La ilusión de estar
con vos, ¿o estará volviendo el “tú” de los años cuarenta? )
Gustavo Monteros
Amor por sorpresa
Jacob van Zuylen de With (Jeroen van Koningsbrugge)
aunque es rico de toda riqueza se quiere suicidar. Algo que le resulta muy
difícil, dado que vive literalmente en un palacio, donde alguien siempre
aparece para impedírselo. Una casualidad hará que se tope con una empresa que
ayuda inesperadamente, previo pago de una enorme suma, en el viaje al más allá.
O sea, uno contrata unos piadosos asesinos que te liquidan cuando menos te lo
esperas. Eso sí, el trato, como el fáustico, una vez convenido, no puede deshacerse.
Y como la vida es bromista, conoce a una tal Anne de Koning (Georgina Verbaan)
que le devuelve sino las ganas de vivir, al menos las de prolongar la
existencia un rato más.
Si este resumen de argumente les recuerda a la de la
novela de Julio Verne, Tribulaciones de
un chino en China y a la deliciosa y disparatada versión que emprendieron el
director Philippe de Broca y el actor Jean Paul Belmondo allá por 1965, no es
pura coincidencia, se trata de materiales muy conocidos para protestar
inocencia. De todos modos, la originalidad en sí ya no es un mérito y uno puede
inspirarse donde sea, lo que importa es lo que se logra, sea el punto de
partida propio o ajeno.
El holandés Mike van Diem, que ganara el Óscar a la
mejor película extranjera en 1997 con la recordada Karakter, se despacha con una comedia romántica por momentos muy
locuaz, siempre elegante, diestra, suntuosa y apegada a alguna que otra
convención del género, inevitables quizá, porque si las de tiros han de tener
sangre, las de amor tienen que tener romance. Como sea en el todo se impone una
inherente simpatía y los entuertos se siguen con disfrute.
En tiempos de pobreza espiritual y de bolsillo, por
los golpes que nos propina a diario el neo-conservadurismo que nos gobierna, no
es poco y se agradece. En tiempos así, las horas en que no se recuerdan las
salvajadas y los atropellos a los derechos adquiridos valen oro.
Gustavo Monteros
jueves, 23 de junio de 2016
jueves, 16 de junio de 2016
Nuestras mujeres
Las obras de teatro muy exitosas tienen prácticamente
garantizado su transcripción cinematográfica. Nos femmes de Eric Assous no es la excepción. Y dado que lidera la
tabla de recaudaciones de la cartelera porteña (protagonizada por Guillermo
Francella, Arturo Puig y Jorge Marrale, dirigidos por Javier Daulte) nos llega
ahora su versión cinematográfica francesa. Acentúo francesa porque Le Prénom (pieza de Alexandre de Patellière
y Matthieu Delaporte) que también figura alto entre las obras de mayor recaudación
en Buenos Aires (Carlos Belloso, Federico D’Elía, Peto Menahem, Mercedes Funes
y Fabiana García Lago en el elenco, Arturo Puig en la dirección), ya tiene una
versión francesa (2012, dirigida por sus autores) y una italiana (Il nome del figlio/El nombre del hijo,
2015, dirigida por Francesca Archibugi) que se acaba de estrenar.
Y ya que hablamos de obras de teatro, Nuestras mujeres al igual que la
hípertaquillera Art de Yasmina Reza
cuenta con solo tres hombres en el elenco que deben ratificar o romper sus
lazos amistosos. Esta vez no es la compra de un cuadro totalmente blanco el
punto de partida sino que uno de ellos acaba de matar a su mujer. Tema espinoso
si los hay, más en tiempos de concientización y visualización de la violencia
hacia las mujeres. Este tema se convierte en lo más flojo de la propuesta. Dada
la importancia que ha alcanzado, no solo aquí, en el mundo, merecía una
reflexión más relevante que la que se le dio aquí. Se lo presenta, se lo
menciona, se lo sobrevuela y se pasa a otra cosa. A si corresponde mentir por
un amigo para darle una coartada. El dilema moral se acaba también rápidamente
y se pasa a lo que de verdad le importa a esta comedia dramática, a que sus
protagonistas enfrenten y superen problemas que los acucian de larga data. Y si
eso era a lo que iba ¿por qué abrir con un tema tan cruento para muchas
víctimas? ¿El efecto para lograr nuestra atención inicial a toda costa? En lo
que deriva, no era necesario “abrir” con un crimen. Como sea, los
protagonistas, al igual que los de Art,
hombres maduritos, exitosos, de clases media alta, con sus necesidades básicas
satisfechas, que se concentran en sus dramas de relación, deben hacer las paces
con decisiones negadas o postergadas.
El texto no tiene buenas líneas (la escuela Neil Simon
parece perdida) y mucho menos brillantes, las situaciones no son la mar de
graciosas y los personajes no son ni jugosos ni demasiado atractivos, pero,
como es de rigor, en estas obras, cada uno de ellos tiene “su” momento de
lucimiento. Thierry Lhermite exacerba su estado de shock. Daniel Autehuil se
exaspera hasta la estratósfera a velocidades vertiginosas mientras que Richard
Berry (que dirige el film y se ocupó de la dirección y del mismo personaje en
la versión de estreno de la pieza) se reserva el personaje más calmado, y termina
por lucirse más ante tanto grito y enojo, “su” momento es musical, además, y
por lo tanto “novedoso” entre tanto texto.
En resumen, solo para los que les gusta detenerse en
las actuaciones y para los que son fanáticos de estos tres grandes actores (por
estas tierras, Daniel Autehuil es muy popular y querido), los demás dejarla
pasar sin inmutarse en lo más mínimo.
Para los coleccionistas de datos, les cuento que Nos femmes se estrenó en el Théâtre de
Paris en 2013 con un elenco compuesto por Daniel Autehuil, Richard Berry (que
reprisan sus roles en este film) y Didier Flamand. Metieron más de 160.000
espectadores. En una segunda temporada, Autehuil se retiró y fue reemplazado nada más ni nada menos que por Jean Reno.
(No sé, en
teatro por ahí uno pasa una velada fantástica, gracias al arte de los
actores en vivo, con su humanidad bien expuesta, en cine, ya que no podemos
olerlos, se necesita algo más)
Gustavo Monteros
jueves, 9 de junio de 2016
El poder de la moda
Por estricta definición del diccionario, demiurgo en
la filosofía platónica es una divinidad que crea o armoniza el universo. Hay
pocos demiurgos más excelsos que lxs diseñadorxs. Y no hablo de cualquiera,
hablo de los verdaderos, de los que pueden hacer que te veas, no como sabés que
sos, sino cómo te gustaría ser, cómo te imaginás ser. Y que cuando logran crear
un traje que te devuelve la línea apolínea que nunca tuviste, pero que siempre
supiste que tenías, oculta en tus flaccideces musculares y en tus deformaciones
óseas, te sentís feliz con vos, con los demás, como si participaras al fin de
la belleza universal. Por nada más que eso, un buen diseñador, una creadora
textil, un buen sastre, una buena modista, son demiurgos.
El título original, The dressmaker (La modista)
es bueno, y en mucho tiempo, el título elegido para estrenarla no traiciona
sino que dimensiona la humilde ironía del original: El poder de la moda. Suena
excesivo que algo en apariencia tan leve como la moda tenga el peso del dinero,
del sexo o de lo que sea que trasunte poder. Y sin embargo, como bien se ocupa
de ilustrar esta historia, también hay mucho poder en la moda.
La directora y guionista Jocelyn Moorhouse está casada
con el director y guionista P. J. Morgan. Él dirigió, entre otras, El casamiento de Muriel, 1994, La boda de mi mejor amigo, 1997, Amor incondicional, 2002. Ella, entre
otras cosas, dirigió La prueba, 1991
(la australiana, la que es con Hugo Weavin, Genevieve Picot y Russell Crowe, no
la que se basa en la obra de teatro y es con Gwyneth Paltrow, Anthony Hopkins,
Jake Gyllenhaal y Hope Davis, que es de 2005), Donde reside el amor/How to make an American quilt, 1995, En lo profundo del corazón/A thousand acres,
1997. El suyo debe ser un hogar de lo más divertido en el que se habla mucho de
historias, de cine, de cómo contar historias en el cine.
Esta vez ella eligió una novela de Rosalie Ham para
que juntos la guionaran y ella la dirigiera. Y lo primero que sobresale es la
pasión volcada en contar esta historia, de la mejor manera posible, aunque por
momentos pareciera un pastiche de géneros, que pasa por el melodrama del
regreso y el reencuentro, el western, el realismo mágico, la historia de
venganza, el policial, el cuento de amor y la superación y unos cuantos etcéteras más que
no contamos para no poner a nadie sobre la pista de algunas sorpresas. Pero que
una vez terminada, uno comprende la belleza del modelo y que lo anterior fueron
la elección de la tela, el diseño, las pruebas, las costuras y los toques
finales. Los pasos previos para que la historia se vea cómo se imagina y no
cómo es. Parece paradojal, pero no lo es.
Estamos en los cincuenta, uno de los momentos cumbres
de la moda, en que Dior y Balenciaga, entre otros, idearon un glamur supremo,
con esos sombreros de ala ancha, las cinturas delineadas por costuras que hacía
más prominente el busto, y con esas faldas amplias, muy amplias si la silueta
no era tan escueta como debiera. Tiempos en los que soltar aquí y ajustar allá
hacían la magia y no se necesitaba ser flacx como un palo de escoba o un
alambre para ser epítome de la elegancia.
En un pueblito perdido de Australia, de un tren
polvoriento baja Myrtle “Tilly” Dunnage (la siempre hermosísima y natural Kate
Winslet) y de tan primorosa semeja una Joan Crawford producida para la ocasión.
Vuelve al pueblo de donde la echaron de niña para comprobar si es cierto de que
fue una asesina, para reencontrarse con su madre, Molly Dunnage (la siempre
apabullantemente talentosa, Judy Davis), vengar alguna que otra afrenta, para
la que recluta la ayuda del policía local, el sargento Farrat (el siempre
camaleónico Hugo Weaving, en otra caracterización memorable) y hasta hallar el
amor en Teddy McSwiney (Liam Hemsworth, uno de los galanes del momento en tren
de galanazo total).
Por casualidad o a propósito, salvo Kate que es
inglesa, aunque uno la crea australiana porque triunfó en un film de esa
nacionalidad, Criaturas celestiales,
1994 del fabuloso Peter Jackson, el elenco es un auténtico seleccionado de
talentos australianos. Australia, como la Argentina, en cámara es tan
fotogénica como Greta Garbo. Lástima que por acá, como en tantas cosas, el
puerto domine y la belleza de los escenarios naturales se luzca poco o nada. No
es el caso de Australia, que aquí, de nuevo se ve deslumbrante y un escenario
para filmar lo que hasta la imaginación más alocada conciba.
El cuento sorprende y encanta. Hay mucho amor por el
cine. Y están Kate Winslet, Judy Davis, Hugo Weaving y unos cuantos notables
más que engalanarían el reparto más selecto. ¿Qué más se puede pedir? Nada,
salvo encontrar a quien nos haga lucir tan hermosos como creemos ser.
Gustavo Monteros
martes, 7 de junio de 2016
El maestro del dinero
La situación esencial no es muy original, lejos de
ello, no es sino el viejo y querido recurso de la toma de rehenes. Un hombre
joven (el talentoso y ascendente Jack O’Connell) irrumpe en el show televisivo
sobre finanzas en vivo, Money Monster (título
original de la película) y le pone a su conductor estrella, Lee Gates (el
siempre rendidor George Clooney) un chaleco lleno de explosivos. La productora
del programa, Patty Fenn (la siempre incandescente y cada día mejor actriz,
Julia Roberts) deberá lidiar con esta delicada situación y sus consecuencias,
en las que no serán ajenos, Diane Lester (la hermosa y recién llegada Caitriona
Balfe), relacionista pública de una compañía liderada por Walt Camby (el
siempre confiable Dominic West) que acaba de hacerle perder a la gente, como
por arte de magia, unos ochocientos millones de dólares.
Si la situación esencial no es muy original, tampoco
lo es que para ponernos en antecedentes, nos fatiguen una vez más con clips de
noticieros. El viejo y mentado cartel con datos que nos explicaban de dónde
veníamos ha sido reemplazado en todas, absolutamente en todas las películas,
con un zapping alocado y veloz que nos informa lo que debemos saber. Si hoy se
hiciera La guerra de las galaxias 1,
la original, en vez del largo cartel que se pierde en el espacio, tendríamos un
acelerado montaje de noticieros bullangueros. Tampoco es muy original que todo
lo que se relaciona con Caitriona Balfe caiga en la dialéctica de pasillos,
recurso en que los personajes deambulan con un teléfono en la mano o
vociferando órdenes a quienes los acompañen en largos pasillos para movilizar
la trama, como si estuviera prohibido por algún mandamiento extra de Moisés que
los personajes puedan resolver cosas hablando como el resto de los mortales,
sentados quizá, tomando un té o café, sin gritar a velocidades que dejan al
número de Danny Kaye de los compositores rusos a la altura de la lentitud de
Flash, el simpatiquísimo perezoso de Zootopia.
El truco de los pasillos ya no da idea de agilidad, si es que alguna vez lo
dio, sino que aburre y cómo.
Sin embargo, hay un par de resoluciones sorpresivas
que despiertan el interés y que desatan una bienvenida ironía. Como enseñara
Bernard Shaw, se trata de contrariar las expectativas del espectador, que espera,
para dar un ejemplo, que todas las madrecitas sean buenas y nobles, claro, es
lo que uno descuenta ver, pero si la madrecita es una voraz capitana de la
industria, nos sorprende y nos divierte. Aquí hay algo de eso, no lo detallo y
recurro a ejemplos paralelos para no arruinarles la diversión.
También entre los peros de la película, hallamos que
parece ir en determinada dirección, para dar sobre el final un volantazo y
cambiar de camino. En un principio parece un ataque a la maldita bicicleta
financiera, que por estos días volvemos a padecer los argentinos, condenados
por la falta de memoria de algunos compatriotas a repetir viejos errores, una y
otra vez, retomo, el film parece criticar la inmoralidad, el sinsentido, la
perversión de unos cuantos hijos de puta que juegan con el dinero, para dejar a
medio mundo sumido en hambre, guerra y miseria, pero no, llegado el desenlace,
los culpables no son el sistema financiero y sus nefastas realidades sino
algunos pillos de siempre que se apartan del sistema para cometer tropelías.
Perdón, Jodie Foster, pero a nosotros, quizá por ser víctimas de encumbrados
hijos de puta, hace rato que nos quedó más que claro que la mierda es el
sistema y todos los que lo sostienen, no que el sistema es bueno y hay hombres
malos. Cuestiones de conceptos que no invalidan el cuento, que cada uno cuenta
como quiere.
Y Jodie Foster, la verdad sea dicha, lo cuenta bien.
El tiempo se pasa volando y uno siempre está entretenido. Tiene esta vez, una
aliada de fierro, Julia Roberts. A Julita le hizo más que bien, maravillas, el
haber protagonizado una obra de teatro. Será una antigualla, pero el teatro es
la universidad del actor. Ahora Julia sabe cómo sostener la tensión, mantener
vivo el conflicto, llevar la acción dramática sin depender del director, del
montaje o de la fragmentación de las escenas. De allí que Jodie maneje es
planos secuencias, no puros, pero casi, la mayoría de las escenas en que está
Julia.
Además, por suerte para nosotros, espectadores, sigue
intacta la química que tiene con George Clooney, que perfila uno de esos
tarambanas vacuos a punto de ser insoportable, aunque uno lo disculpa de
antemano, ya que si alguien de la talla del personaje que corporiza Jullia lo
banca, por algo será, algo que se corroborará más tarde, más que por ley de
Hollywood, por buena lectura de Roberts y Foster.
A pesar de sus altibajos, es una película valiosa, ,
que como dijeron los chicos de The Guardian quizá inaugure un nuevo género: el
thriller humorístico o el thriller con humor. Sabrá Dios si se pierde en el río
del tiempo o si es rescatada como una pieza memorable. Apuesto a lo segundo,
más que nada porque la humanidad que trasunta el derrotero del personaje de
Julia tiende a permanecer en la memoria. Comprensible. Uno siempre ambiciona
que lo quieran así, por más pelotudo que se sea.
Gustavo Monteros
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