Su método de trabajo puede parecer engañosamente sencillo. Sin embargo es endiabladamente difícil. Por eso su obra es extraordinaria y no la media habitual. Por eso no tiene epígonos, acólitos o plagiadores.
Consiste en tomar una historia. Cualquiera. Y contarla de la mejor manera posible.
Su arte no está en celebrarse a sí mismo, sino en servir al público. Entretenerlo. Emocionarlo. Provocarlo.
Ése es su secreto.
Es el último de los maestros clásicos. El más grande, el más humilde, el más simple.
Hace esta vez un recorte de la epopeya de Mandela, el que tiene que ver el Campeonato Mundial de Rugby de 1995.
El material le plantea tres grandes dificultades. Mandela es un hombre tan inmenso que se tiende a santificarlo. Canonizar a un personaje es lo peor que se puede hacer. En el momento en que damos por sentado que es un santo, deja de interesarnos. Se aparta de nosotros, se sube a los altares y pierde todo misterio. Clint Eastwood y Morgan Freeman se ocuparán de que eso no ocurra. Nunca. Por más sobresaliente que sea su conducta, Mandela en el film no deja de ser un hombre. Mejor que la mayoría, pero hombre al fin.
Superado ese escollo, Eastwood enfrenta el siguiente. Debe lidiar con un campeonato del que la mayoría sabe el resultado. Trata un hecho histórico, no unos partidos ficcionales. Tampoco pretende engañar a los que nada saben de rugby con un suspenso de pacotilla. El título es sí es una confesión de partes. Y aquí empieza a tallar su maestría para los detalles y la empatía con el espectador. Comunica cabalmente la desazón, la angustia de cuando hay algo importante en juego y el resultado final está lejos de saberse.
Y la dificultad máxima. El rugby no es precisamente un deporte tan popular en el mundo como el fútbol, el básquet o el boxeo, por ejemplo. ¿A quién corno podría interesarle ver una película sobre un deporte del que lo ignora casi todo? De nuevo entra en juego la astucia del maestro. Nos dará pistas de lo que es fundamental para comprenderlo, pero no nos atosigará e irá haciéndonos comprender que aunque en su superficie es la historia de una hazaña deportiva, a él como a nosotros nos interesan otras cosas. Y la anécdota del film es sólo una excusa para contarlas. Como la superación de adversidades, la solidaridad, la soledad del liderazgo, la posibilidad de hallar algo que nos una.
Al igual que siempre no le teme al género. Sabe que sea éste una comedia, un drama, un thriller, un musical, un western, una biografía, etc. al contar bien la historia, el género le permitirá transparentar otras cosas. Cargarlas de sentido. Perfilarlas con nitidez.
Aquí ni hasta el más despistado cree que está viendo nada más que una “de deportes.” Y no sólo porque Mandela ande metido. No. Las historias paralelas, las subtramas, los pormenores nos informan permanentemente de qué va la cosa. Nada sobra o es tramposo. Las escenas de expectativas no cumplidas, de suspenso falso no son engaños para mantenernos interesados. Nos cuentan que más allá de todo, Mandela es un hombre en permanente peligro.
Hay numerosas secuencias magistrales. Elijo tres. Por elegir algunas. La del paso del auto de Mandela, al principio, entre los dos grupos de chicos, los blancos y los negros. La de la sirvienta negra en la casa de los padres de Matt Damon. Y la del pibe negro, los dos policías blancos y la radio durante el partido, que me recordó al mejor De Sica.
Freeman y Damon son dos actores maravillosos. Lo que hacen es glorioso. Pero todos están muy bien, no hay fisuras en el elenco. Del primer actor al último extra. No es para menos, hay un documental en el que se ve dirigir a Eastwood, trata como estrellas hasta el más insignificante de los extras. Sabe que nadie hace bulto en una escena, que todo cuenta.
No se la pierdan. En un mundo en el que hay de todo menos grandes maestros. Esta película es un lujo que nos tenemos que permitir.
A propósito de la crítica cinematográfica
Toda obra admite una diversidad de lecturas. Cuando se la analiza, se toma distancia y sobreviene la evaluación. Si a dicha evaluación la preceden ejemplos y explicaciones sólidas, estamos ante una lectura seria. En cambio si la evaluación está precedida de adjetivos, estamos ante una opinión caprichosa e histericona.
Me he pasado la vida leyendo críticas y sé que a veces los críticos se equivocan, y mucho. Por momentos se aglutinan para poner por las nubes películas sin valor ni relevancia. En otros, demuelen obras valiosas condenándolas a que el tiempo las redima. (Las buenas películas a la corta o a la larga encuentran su público.)
¿Por qué se da esta psicosis colectiva entre los críticos?, no lo sé. Lo que sí sé es cómo funcionan los miedos y los preconceptos. Cuando han dilapidado toda su admiración en una obra de tal o cual director, a la siguiente obra de ese mismo director, por más buena que sea la llenan de dudas y peros, no sea cosa que los tilden de fanáticos o de poco ecuánimes. Esto antes, cuando los grandes maestros estaban activos, se notaba mucho más. Si una película de Bergman, Fellini, Visconti, etc. los había deslumbrado y así lo habían dicho, a la siguiente película la devaluaban considerándola "un paso en falso" o no estando "a la altura" de la precedente. Una estupidez y muchas veces toda una injusticia.
Hoy, en que casi no hay grandes maestros, derrochar energía en prejuicios me parece no sólo una pérdida de objetividad sino el desaprovechamiento de oportunidades cada vez más escasas.
Digo esto porque algunos críticos le han bajado el pulgar a esta buena película, (vienen de poner adecuadamente en un sitial de privilegio a Gran Torino) pero no han cimentado su análisis con ejemplos atendibles sino con adjetivos discutibles. Han dicho que es "declamatoria, obvia, maniquea, hagiográfica, hollywoodense, grandilocuente y convencional." Como se trata sólo de adjetivos, yo sostengo los contrarios y digo que es "expresiva, clara, contundente, profana, clásica, operística y tradicional."
Eastwood me apasiona, creo que es uno de los indiscutiblemente grandes de este momento. No está exento de cometer errores, (los hemos visto y los hemos reconocido) pero descalificar una clara instancia de sus virtudes para proteger supuestas reputaciones de “objetividad”, a esta altura del partido me parece una pavada. Véanla, por favor. La discusión está abierta.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Ryan (George Clooney) es un canalla feliz. Su trabajo es detestable. Viaja de aquí para allá comunicándole a la gente que está despedida. Se siente en su elemento en los aeropuertos, los aviones y los hoteles anodinos e impersonales. Su ambición es llegar a los diez millones de millas como viajero frecuente. Dos mujeres se cruzarán en su camino. Alex (Vera Farmiga), quien parece ser la horma de su zapato y Natalie (Anna Kendrick), quien puede dejarlo sin los placeres de su trabajo.
El título en castellano es engañoso, no estamos ante la típica comedia romántica que sugiere. Lejos de ello. Este interesantísimo film es muchas cosas a la vez. Es la exploración de algunos males del capitalismo. Una reflexión sobre las apariencias, el egoísmo y la libertad. Y también una reformulación de los valores del género romántico (la glorificación de la pareja) desde una perspectiva más cínica. Pero creo que esencialmente es una peripecia de aprendizaje. Decir algo más es arruinar las sorpresas.
Jason Reitman está forjando una carrera lúcida y envidiable. Viene de hacer Gracias por fumar y La joven vida de Juno, comedias amargas, caústicas y brillantes. Aquí, otra vez, tanto como director y guionista, hace un trabajo notable.
George Clooney es la elección ideal para el papel. Es de esas coincidencias perfectas entre actor, personaje y película como las que se dieron entre Robert De Niro y Taxi driver, Julie Andrews y La novicia rebelde, Jack Nicholson y Barrio chino, Liza Minnelli y Cabaret o Paul Newman y La leyenda del indomable. Los vericuetos del film no funcionarían con otro actor. El personaje puede ser odioso, pero la imprescindible simpatía para que la historia nos interese no lo abandona porque es George Clooney quien lo interpreta.
Vera Farmiga entrega la dosis justa de inteligencia y sarcasmo. Anna Kendrick con una filosa cola de caballo redondea un personaje inolvidable. Y están muy bien Jason Bateman (el de Arrested development) como el jefe pragmático e impiadoso, y Amy Morton como la endurecida hermana mayor de Ryan.
El único pero son los testimonios finales, puestos para “endulzar” un poco el acíbar. Innecesarios, abaratan con su toque “Hollywood” una propuesta adulta e inteligente.
Merece verse. El amor, como el dinero, no lo es todo, pero cómo ayuda. Aunque no sé, la mirada final de Clooney sugiere que quizá era más feliz cuando era “ignorante.”
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Leía por ahí que, si se lo analiza bien, contrariamente a lo que se cree, Sherlock Holmes no es un personaje con una caracterización sólida y rotunda, sino un individuo ficcional con una colección de rasgos. Si se sigue este razonamiento, ¿qué hace que Sherlock sea Holmes? Ser pagadísimo de sí mismo, tocar el violín, ser un maestro del disfraz, poseer una observación aguda, tratar a todo el mundo, en especial al Dr. Watson, con una condescendencia feroz y propender a la megalomanía, la depresión, la droga, el poco aseo personal.
Se sostiene entonces que, si estos elementos están presentes, tendremos a Holmes. De allí que los numerosos actores que lo interpretaron en otras tantas películas y obras de teatro, sólo tenían en común estas características. Su espíritu variaba según el actor y el director. En oposición a, por ejemplo, el detective belga creado por Agatha Christie, Hercule Poirot, que exige una interpretación unívoca de sus manías para ser corporizado cabalmente.
La contribución más notoria que hace Guy Ritchie a la tradición del personaje es transformarlo en un super héroe de acción. No es que en el pasado no haya pegado un par de trompadas para neutralizar a algún malo, pero ahora no tiene nada que envidiarle a Bruce Willis. Sigue tan arrogante como siempre, pero esta vez nuestra simpatía está con él. Antaño Sherlock despertaba nuestra admiración, respeto o comprensión pero nuestro cariño estaba puesto en el Dr. Watson. Ahora si el famoso detective mete la pata, le importa, como con el chiste del carruaje y el policía. Por primera vez, Watson comparte la empatía que despierta con Holmes. Ritchie también extrema la cuerda del homoerotismo. No se hagan cruces, todo es simbólico, entre ellos todo sigue tan casto como siempre, pero esta vez claramente parecen una pareja mal avenida en la forma y bien avenida en lo esencial. Se coquetean, se celan, se tiran ingeniosidades. Son lo más parecido a Cary Grant y Rosalind Russell en His girl Friday que se haya visto en años. Sherlock sigue siendo el chico más listo de la cuadra, pero ahora Watson no le va a la zaga en malicia e intencionalidad. Más que tocar el violín, ahora lo rasca. Es como el equivalente para el detective de la pelotita de goma que al apretarse, distiende y ayuda a concentrarse. De la droga ni se habla, no es necesario. La presencia de Robert Downey Jr. lo dice todo. El actor trae consigo la mística de su turbulento pasado de drogas. Y sus poderes de observación acentúan más lo fantasioso que lo lógico.
El maridaje de Guy Ritchie y Hollywood ha probado ser muy conveniente para ambos. Ritchie pone sus juegos de acelerar o desacelerar sus fotogramas al máximo, la precisión quirúrgica del montaje sonoro, el gusto por ser cool y Hollywood le brinda toda la potencia de su parafernalia técnica. Gracias a Dios no se les dio por la pavada del 3D, pero le dan a la digitalización con alma y vida. Lo irónico de la digitalización es que cuanto más avanza, más se parece a los telones pintados que se usaban en los montajes teatrales a fines del siglo XIX.
La historia ronda por las misteriosas sectas milenarias estilo Dan Brown, pero la anécdota es secundaria. Importan más los personajes y los jueguitos de la puesta en escena que los vericuetos del argumento. El archienemigo de toda la vida, Moriarty, aparece en las sombras y preanuncia la continuación, que será bienvenida, porque esta presentación les abre un buen crédito.
Robert Downey Jr y Jude Law se divierten y contagian. El gran Eddie Marsan es el torpe Lestrade y Mark Strong, de sugestiva caripela, es el malo de turno. Rachel McAdams y Kelly Reilly son las bellas de la velada. En lo personal me quedo con la morocha McAdams.
Un retorno que no será la mar de glorioso, pero que si es muy gozoso.
Un abrazo,Gustavo Monteros
Noel Coward es mi hombre orquesta favorito. Dedicó su vida a entretener. Fue actor, director de cine y de teatro, comediógrafo, dramaturgo, guionista, novelista, compositor y unos cuantos etcéteras más. Gozó de muchísimo éxito. La facilidad con que prodigaba sus talentos no contribuyó a que se lo tomara en serio. Pero un día, gracias al teatro del absurdo, la corriente comenzó a cambiar. Alguien notó la influencia de la arquitectura de sus diálogos en Esperando a Godot de Beckett, y Harold Pinter no sólo lo eligió uno de sus dramaturgos favoritos sino que puso a escena varias de sus obras. La muerte lo sorprendió en plena ola de valoración crítica, no creo que esto le haya importado mucho, le interesa más la popularidad y el amor del público.
Y es de esos autores en quienes hasta la peor de sus obras es recompensadora e intrínsecamente divertida. Digo esto porque Easy virtue, título original del film y título de la obra en la que se basa no es uno de las mejores trabajos de Coward. Sin embargo tiene conflictos, situaciones y diálogos por los que más de un mediocre guionista del Hollywood contemporáneo vendería a su madre.
Es una comedia de costumbres que contrasta la hipócrita y moribunda aristocracia británica que seguía ignorando los efectos de la Primera Guerra Mundial y la pujante Norteamérica camino a convertirse en el nuevo árbitro mundial. Un imperio muere y otro nace. Conflicto semejante se hilvana nada más ni nada menos que en una comedia de suegras.
Sí, el bebé de mamá (Kristin Scott Thomas) se casó con una impúdica yanqui (Jessica Biel). Habrá sorpresas, vueltas de tuerca y a la larga algo de sinceridad.
Stephen Elliot se revela como un director poco apropiado para dirigir esta comedia. Le pone garra, arte y oficio, pero nunca termina de hallar el tono correcto. Y ése es el problema fundamental de esta comedia de Coward. Camina constantemente en el filo del drama y de la comedia y debe seguir allí sin desbarrancarse ni para un lado ni para el otro. Kristin Scott Thomas, Colin Firth (que ya se luciera en otro Coward llevado al cine: Relative values con la gran Julie Andrews) y Kris Marshall (el mucamo) tocan la cuerda correcta. La hermosa Jessica Biel y los demás jóvenes miembros del reparto se esfuerzan, corporizan sus personajes, y redondean buenos trabajos, pero no llegan nunca a jugar la comedia en el estilo correcto.
A pesar de estos reparos, creo que merece verse. Aunque más no sea por la agudeza y rapidez de los diálogos. Delicias así ya no abundan.
Ah, la bellísima canción del comienzo es de Noel Coward. Devolvámosle el piropo que él le endilgaba a medio mundo: Si no existieras, habríamos tenido que inventarte.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Desde los tiempos de Shakespeare (y quizá antes si incluimos la tragedia griega) el público sintió debilidad por las historias de las testas coronadas. Era una posibilidad de espiar la intimidad de los poderosos y de disfrutar del pageantry (la pompa, el boato, el esplendor del lujo). (Sí, antiguamente las obras con reyes eran como el equivalente de la comedia musical tradicional, mucha gente, mucho vestuario, mucho cambio de escenografía, el sinónimo del gran espectáculo).
El cine recurrió a los reyes con el mismo propósito y el público respondió con igual morbo. Se generó prácticamente un subgénero: el drama histórico regio. Se trata de melodramas que endiosan más que denostan a algún miembro del club real.
La joven Victoria de Jean-Marc Vallée cumple con todos los requisitos del subgénero. La infancia triste de la niña poderosa encerrada en su jaula de oro, las intrigas palaciegas, la costosa ascensión al trono, el enamoramiento del príncipe azul, y dificultades varias para poner un punto final en algún momento más o menos feliz. Todo para que nos convenzamos de que nuestra suerte no es tan mala si se la compara con el sufrimiento de los poderosos (algo así como Los reyes también lloran).
Es una buena película, pero su principal mérito, la mesura, es también su trampa. Estos films caen generalmente en dos categorías, que podríamos llamar: la del ad libitim; la libertad de mandar la precisión histórica por el inodoro y armar un drama romántico y desmesurado (como en Elizabeth (1998) y Elizabeth: The Golden Age (2007) de Shekhar Kapur) y la del de profundis o sea ahondar en el período histórico para ver qué verdad reveladora puede desentrañar (como en Nicholas and Alexandra (1971) de Franklin J. Schaffner o la bellísima miniserie The Lost Prince (2003) de Stephen Poliakoff).
Hasta dónde puedo recordar de lo aprendido en Historia de Inglaterra en la facultad, Jean-Marc Vallée se atiene fielmente a los hechos, pero a su exposición correcta y bienintencionada le falta pasión. Lo que no quita que su película se siga con atención y entretenga todo el tiempo.
El elenco, integrado en su mayoría por actores ingleses, es impecable. En las academias de arte dramático inglesas debe de haber una materia que se llame Aristocracia, Nobleza o Realeza, porque los actores “respiran” los conflictos de los hombres de encumbrada prosapia como si fueran de sangre azulísima y nacido en cunas de oro, cosa que doy fe que no es así por haber espiado en sus biografías.
Pero quien más contribuye al espectáculo es Emily Blunt como Victoria. Se merecía el gran protagónico en cine que ya había disfrutado en televisión y teatro. Más que nada recordada como la primera asistenta de Meryl Streep en El diablo viste a la moda, la Blunt vuelve hipnótica a Victoria. Es hermosa, intensa, misteriosa y una gran actriz, a pesar de su juventud. Y… el talento es el talento. Hay una escena de “sueño” en la que Emily mira a la cámara, o sea nos mira a nosotros, y entramos en una perturbadora y seductora intimidad con ella. Un momento inolvidable.
A la regordeta y feucha Victoria de la vida real le hubiera encantado tener la silueta y la cara de la Blunt. No en vano, el cine es un paraíso de la fantasía.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Meryl Streep, como todo grande, desata pasiones abrasadoras u odios furibundos. Saben de qué lado estoy. Procuro escribir sobre sus películas ya que atraviesa un período excelente. Dos amigas, que le tienen tirria, desestiman mi apreciación de Meryl diciendo que es porque le tengo “cariño”. Quisiera que entraran a YouTube y que vieran una detrás de la otra las “colas” de Mamma mía, La duda, Julia y Julie y Enamorándome de mi ex y que luego me dijeran si mi admiración es producto sólo de mi amor. No creo que lo hagan, no por darme la razón sino para seguir detestándola.
Meryl es lo mejor de Enamorándome de mi ex. No hace una caracterización como en Julia y Julie, parte de su persona y de la imagen que proyecta y da una actuación cómica “realista”. Llena cada segundo que está en pantalla con matices, intenciones, emociones, y redondea otra actuación magistral inolvidable. Y que me lo discutan… si pueden.
Lo demás es mérito o culpa de Nancy Meyer, la autora y directora. Nancy ha patentado la fórmula de la comedia bonita, superficial y encantadora que roza temas “importantes” que alientan las fantasías de las mujeres de edad mediana. Su método es hacer que las protagonistas se corran de su vida cómoda por un rato, aprendan algo a través de una relación y terminen más sabias y satisfechas sexualmente. Revitaliza los lugares comunes del género con módica creatividad, escasa gracia y poco cinismo. Pero sus films son destacables y quizá memorables por las oportunidades de lucimiento que reciben sus protagonistas. Cuando se enumeran sus obras es relevante mencionar sus elencos. Lo que ellas quieren (What women want, 2000) Mel Gibson, Helen Hunt, Alan Alda, Marisa Tomei, Bette Midler; Alguien tiene que ceder (Something’s gotta give, 2003) Diane Keaton, Jack Nicholson, Frances McDormand, Amanda Peet; El descanso, el amor no se toma vacaciones (The holiday, 2006) Cameron Diaz, Kate Winslet, Jude Law, Jack Black, Eli Wallach, Edward Burns, Rufus Sewell, su única aventura con gente más o menos joven. Su primer film es el menos personal, un encargo de la factoría Disney: Juego de gemelas (The parent trap, 1998) con Lindsay Lohan, Dennis Quaid y Natasha Richardson. El más interesante quizá sea el que protagoniza Mel Gibson, que casualmente es el que tiene otros guionistas.
En el caso que nos ocupa, el estúpido y obvio título en castellano nos cuenta toda la historia: Enamorándome de mi ex. El título original en inglés, sin ser un dechado de ingenio, es un poco más sutil: It’s complicated (Es complicado).
Es agradable de ver, se sigue con interés y provoca algunas sonrisas. La Meyer hace cine pochoclero para mujeres, el equivalente femenino de los tanques de acción para hombres. De nuevo no se desintegrará en el olvido por la magia de los actores. Como ya dijimos, Meryl está soberbia. Alec Baldwin desempolva su bagaje de trucos, que no son pocos. Lo que llama la atención es el opaco personaje que le tocó en suerte a Steve Martin. Aprovecha, eso sí, para dar una lección de humildad y generosidad. De todos modos, se extraña su luminoso histrionismo, pero ¿quién podría culparlo por aceptar un personaje menor y poco carismático si el precio a pagar es tener todas las escenas con la impar Meryl?
Un abrazo,Gustavo Monteros
Cuando le dieron el Óscar por Titanic, James Cameron imitando al personaje de Di Caprio, dijo “Soy el rey del mundo.” No sé si tanto. Pero sin duda es el rey del cine pochoclero. Su influencia es notoria, sus "tanques" abren surcos que después la industria cinematográfica sigue a pie juntillas. Al hombre no le falta talento, sabe contar historias seductoramente, arma puestas en escena elocuentes y construye alguna que otra imagen sugerente. Pero me cuesta tomarlo en serio.
El cinismo no determina mi cautela sino la experiencia de haberme tragado muchos sapos. No desconfío de la popularidad cuando es el resultado natural de lo que se cuenta, pero cuando la ambición de vender entradas a mansalva se privilegia por sobre lo que se cuenta, me saltan todas las alarmas. Para dar ejemplos vernáculos, es la diferencia que va del cine de Campanella al de Gerardo Sofovich. La que va del compromiso con lo que se cuenta y la esperanza de obtener repercusión a la del cálculo de armar cosas seguras y la especulación de poner lo que está probado y gusta.
Salvo Terminator 1 y Mentiras verdaderas, a Cameron las historias le salen remanidas. Avatar no es la excepción. A esta historia la hemos visto 700.000 veces en otras tantas películas.
Un crítico entusiasta, que debe ser muy joven, decía que no se trataba de lugares comunes sino de arquetipos que se entroncaban en el mito. El análisis le cerraba y le quedaba bonito. Podemos también aplicar la teoría lacaniana a una vieja película de Enrique Carreras, la especulación puede quedarnos preciosa, pero no por eso Mi marido hoy duerme en casa será más relevante y profunda.
No ahondaré en el argumento, está perfectamente resumido en la "cola" que se ve por todas partes.
Me detendré en cambio en las contradicciones, que no son las de Cameron sino las de la sociedad yanqui.
La película es antibébica, hace un obvio tiro por elevación a la guerra de Irak que dice que está mal pero muy mal. Todo muy bonito, pero la película está pagada por Fox, estudio presidido por el Sr. Rupert Murdoch, prohombre de la derecha yanqui ultraconservadora. Claro, al Sr. Murdoch le importa un comino que el film ataque lo que él sostiene, siempre y cuando le dé mucho dinero…
El film es muy ecológico, pero para ejemplificar cómo defender a este planeta, crea un planeta virtual que vale 250 millones de dólares.
Tiene también un mensaje anti tecnología, emitido por medio de la tecnología más avanzada del mercado.
Está en contra del imperialismo, pero por patotería de distribución se obliga su exhibición en todas las pantallas del planeta.
Se opone al capitalismo, celebrando el triunfo del capitalismo a través de su inmenso éxito. Los yanquis son así, si su patrioterismo vende, te venden la banderita de rayas y estrellas a más no poder. Y si lo que vende es rasgarse las vestiduras por los errores y los excesos de su patrioterismo, te venden su arrepentimiento. Su sentido moral es cuanto menos cuádruple. Como dice la canción de Chicago: A la gilada dale circo, dale un lindo show.
Todo este revival de ideología hippona-sesentista está expresada en términos tan elementales que ofenderían a un chico de pre escolar.
Se la presenta como la película que cambiará nuestra manera de ver el cine. Márketing puro, Cameron gasta tanta plata que a sus films se los promociona siempre exageradamente. Muchos temen que gracias a los adelantos técnicos con el tiempo se prescinda de los actores. No, por más que estos muppets azules (actores manipulados digitalmente) sean más expresivos que unos cuantos actores y actrices de carne y hueso que son como estatuas con tétano, jamás podremos prescindir de Jim Carrey, Goldie Hawn o quienquiera que sea su comediante favorito. Los muñequitos "recrean" bien a los seres humanos, pero no son humanos.
En resumen, es bella, deslumbrante, entretenida, pero también pueril, zonza, cursi.
Si James Cameron es el rey, no me queda más remedio que ser su súbdito. Lo que nunca seré es su cortesano. Es un gran vendedor de ilusiones, pero de ahí a considerarlo un genio o llamarlo maestro, por favor, seamos serios.
Un abrazo,Gustavo Monteros
Jamás creí que los franceses fueran capaces de hacer una cosa así. Adherí siempre a la imagen de los franceses laboriosamente creada por la tilinga y pacata aristocracia argentina durante la primera mitad del siglo XX. Según esta imagen, los franceses son el colmo de la civilidad, la elegancia y la cultura. Aunque de acuerdo a la experiencia de los que viajaron, los franceses son mal arriados, sucios y bastante brutos.
Pero demostraron ser también personales (al apellido de Liza lo pronuncian Minnellí y al del querido Bobby, De Niró), de criterio independiente (nombraron, por ejemplo, Caballero de las Artes al gran Jackie Chan por su contribución al entretenimiento, lo cual es innegable, entretuvo tanto como Hitchcock, aunque nunca tendrá su prestigio), y profundamente nacionalistas y patriotas. De allí que viva este film como una traición.
En la comedia teatral tienen una tradición que viene de Moliere, Marivaux y que incluye a Barillet y Grédy, a Jacques Deval, a Feydeau, a Beaumarchais, a Marcel Pagnol, a Jean Poiret, a Jean Anouilh, a Cocteau, a Yasmina Reza. Son los campeones de la pièce bien faite, del vodevil, del Théâtre de boulevard. En cine tuvieron a Sacha Guitry, a Philippe de Broca, a Jacques Tati, a René Clair, a Christian-Jaque, a Marcel Carné, a Francis Bever, a Edouard Molinaro. Tuvieron estrellas cómicas como Fernandel, Louis de Funès, Belmondo the great, los hermanos Charles o Pierre Richard. Menciono nombres al azar, sin duda me olvido de varios nombres importantes en esta apresurada selección. A lo que voy es que tienen una tradición en la comedia larga y sólida. Entonces, ¿qué necesidad tenían de copiar a los yanquis? Y no a los grandes maestros yanquis de la comedia como Howard Hawks, Preston Sturges o Billy Wilder sino a los mediocres e ignotos creadores de productos tan olvidables como Sweet home Alabama (No me olvides), New in town (Nueva en la ciudad) o Bride wars (Guerra de novias). Comedias bobas, insulsas, mecánicas que dependen enteramente de la mucha o poca gracia que sus actores le pueden poner para sobrevivir y que el público llegué al final del balde gigante de pochoclos.
La cosa inicia prometedoramente: Robert (Kad Merad, visto recientemente en La canción de París) es un pobre tipo al que su mujer (María de Medeiros) y su hija abandonan porque ya no soportan su obsesión por tres estrellas de la pantalla, Solange Duvivier (Catherine Deneuve), Isabelle Séréna (Emmanuelle Béart) y Violette Duval (Mélanie Bernier). Promete porque el personaje se emparenta con Robert Pupkin, el inolvidable desquiciado que Robert De Niro creara para El rey de la comedia, maravillosa película de Scorsese, hasta ahora la única reflexión seria sobre la locura de la fama como parámetro para el éxito o el fracaso. Promete, pero pronto se desbarranca en las torpezas típicas de las comedias yanquis a las que toma como modelo.
De vez en cuando hay un chiste módicamente brillante, Denueve y Béart se ríen levemente de su imagen actual y Kad Merad es simpático y carismático. Eso es todo. Laetitia Colombani, la directora y guionista, también es actriz y se reserva el personaje de la psicoanalista de animales, su ocupación es todo el chiste.
Algunos críticos jugaron a armar cuál sería el elenco yanqui si esta película fuera del país del Tío Sam. Pusieron a Meryl Streep en el papel de la Deneuve, a Adam Sandler como Robert, y a Meg Ryan en el personaje de la Béart. Mi contribución sería esta, coincido con la Streep, aunque Diane Keaton también estaría bien, como Robert pondría a Jim Carrey, no pondría a la Ryan en el rol de la Béart, pondría a Renée Zellweger, y en el personaje de la Bernier, pondría a Anne Hathaway. Si ven este entretenimiento más que humilde, háganme llegar cuál sería el casting que proponen.
Franceses de mi corazón, yo que canto a voz en cuello y con todo el sentimiento “Si yo no fuera tan de mi país, tendría un corazón para París”, les pido: no cambien el champagne por la vulgar Coca Cola y la deliciosa baguette de jamón crudo por el grasiento Mac Burger. Que nosotros, cipayos de corazón, olvidemos nuestras tradiciones por un ancestral complejo de inferioridad que nos lleva a considerar como superior todo lo que viene de afuera, simplemente porque viene de afuera, vaya y pase. Pero ustedes, que hicieron del orgullo francés su marca de fábrica, no pueden meterse La Marsellesa en el quinto infierno del alma.
Un abrazo,Gustavo Monteros
La vida artística de Francis Ford Coppola anduvo por todos los vericuetos que la profesión puede depararle a un director cinematográfico. Afiló su talento en la factoría de Roger Corman, escribió un buen guión sobre una novela icónica considerada infilmable (El gran Gatsby), construyó un nombre con buenos filmes independientes, trabajó para los grandes estudios con grandes presupuestos, sacó patente de genio con dos obras maestras indiscutibles (El padrino y La conversación; algunos incluyen entre sus opus magistrales Apocalypse now, Tucker o La ley de la calle, pero yo sería más cauto), se permitió extravagancias megalomaníacas (One from the heart),fundó un estudio propio y lo fundió, hizo películas de culto con dos pesos (Los marginados), gestionó inmensos éxitos e históricos fracasos, se permitió bodrios impensados para su probado talento (Jack),filmó proyectos personales y por encargo, a la pasada completó películas por las que cualquier director se haría pis (The cotton club),fue endiosado, envidiado, vilipendiado, y se tomó 10 años sabáticos en los que produjo films para sus hijos y sus amigos.
Y para regresar de su ostracismo autoimpuesto, este film, y la vejez… viruela. A las pruebas me remito. Dice Francis: “Pero sí sé qué clase de películas quiero hacer en esta etapa de mi vida: unas que expresen mis ideas, que me lleven más allá de lo que hice hasta ahora. Que me pongan en riesgo. A mí y al cine mismo.”
Para ponerse en riesgo elije una novelita de Mircea Eliade, un rumano estudioso de las religiones. Dominic Matei (Tim Roth), un lingüista veterano anda con ganas de suicidarse porque fracasó en su vida profesional y amorosa: privilegió a su trabajo por sobre el amor de su vida, a la que dejó ir sin agitar un pañuelo y ahora en su vejez comprueba que ni siquiera pudo terminar su trabajo. Le cae un rayo y comienza a rejuvenecer. A partir de ahí comienza una ensalada rusa que incluye la importancia del tiempo (el meteorológico, no, el otro, el que pasa y nos hace moco), el doble, el origen del lenguaje, los precios a pagar (por los bienes de consumo, no; por los metafísicos favores recibidos), los amores perdidos y encontrados, entre muchas otras cosas.
Como buen yanqui, Francis tiene un complejo de inferioridad con los europeos. John Ford hizo tanto por la historia del cine como Antonioni. Pero los yanquis, puestos a sentirse en deuda, prefieren babearse por algunas aburridas y soporíferas teorías cinematográficas europeas que por las vitales lecciones de sus propios maestros. Como si el cine fuera más arte si es difícil, deprimente y aburridor. Por este lado viene en este film el modelo de cine de autor.
La historia del arte nos enseña que cuando los creadores comprenden que están en la curva descendente de la vida, aprenden que en lo sencillo y despojado quizá estaba la verdad. Si fueron densos, complejos, arduos de acceder, atacan con fruición lo simple: Borges y El informe de Brodie. Si fueron sutiles y alambicados, arremeten con lo directo: Bergman y Fanny y Alexander, etc. Coppola, que siempre pensó en el receptor de sus obras, ahora se libera y piensa sólo en expresarse a sí mismo. Le sale un arte muy adolescente, ideas superficiales y obvias, envueltas en ornamentos rebuscados para hacerlas pasar por profundas.
Además es curioso que en un film que supuestamente reflexiona sobre el sentido del tiempo y su paso traducido en “épocas”, el director crea que se puede recrear, así como así, estilos cinematográficos relevantes en su momento, pero que hoy son anacrónicos sin una vuelta de tuerca que justifique su recreación.
Que Francis es grande y no sólo de cintura es una obviedad. Hay momentos logradísimos, pero hay otros (como cuando la chica se despierta en la India frente a la caverna) que son risibles, torpes, ridículos. (¿Qué te pasaba por la cabeza, Francis, cuando armabas esta puesta en escena? ¿No te dabas cuenta de lo tonta y absurda que era?)
A propósito no ilustro estas palabras con una escena del film sino con una foto de Coppola. Hoy por hoy, a Francis le importa más Francis que la obra que presenta. Francis se quejaba que en su país natal esta película hubiera sido completamente ignorada por el público. Francis, querido, cuando no se los toma en cuenta y se los obliga a “acceder” a la obra, los espectadores se aburren, se vengan y te ignoran. ¿En qué multicine viste que dieran un film de Bergman? ¿Crees que el público que va al cine a consumir pochoclos tiene paciencia para “decodificar” a Losey? ¿Qué estudio financiaría hoy Dr. Insólito? El tiempo también nos hace eso. Destruye el mundo cultural que conocimos. Construye otros. Peores, no sé. Pero son los que considera adecuados para esta “época”.
Francis, hiciste una película para vos, entonces mirala vos y contanos si en tu privilegiada opinión de hacedor y receptor te salió lograda, y no nos jodas a nosotros con berrinches de incomprendido o relegado.
Francis, dejate de pelotudeces que sos lo más lejano a un personaje de Cris Morena que se pueda imaginar. Y por favor, por lo que más quieras, no te conviertas en un dinosaurio. Kurosawa, a quien amabas y le produjiste sus últimas películas, murió sin serlo. Y Eastwood, que ojalá no muera nunca, jamás lo será. Francis, no te queda bien querer ser más pendejo que Sofía, ella es tu hija y vos sos un “maestro.”
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Después del tremendo fiasco que me había llevado con Háblame de la lluvia, a la que había ido a ver con mucha ilusión, tenía miedo de chocarme con otro bodriazo. Leía el resumen de la página oficial de Goodbye Solo y el argumento me parecía cínicamente un refrito de Driving Miss Daisy con cualquier buddy movie, esos films de amistades improbables entre personajes muy disímiles. Me decidió un motivo secundario, la daban en el Cinema Paradiso, multicine al que me encanta ir.
Menos mal que fui, a los dos minutos de empezada la película, los personajes habían ganado toda mi atención y mi simpatía. A un taxista senegalés, Solo, un viejo, William, le propone que en determinada fecha lo lleve a un lugar (Blowing Rock) que queda a dos horas de donde están (Winston – Salem en Carolina del Norte) y que lo deje ahí, no lo espere y se vuelva. A Solo la cosa le huele a deseo de suicidio y procurará evitarlo. Se transformará en alguien que a primera vista parece un meterete, un invasivo insoportable, pero que en realidad es esa rara avis, cada vez más extraña, un individuo solidario. Blowing Rock es una piedra que da a una profunda hondonada que, por el efecto de los vientos, hace que la nieve o la lluvia vuelen hacia arriba, desde la que uno tira un palo y el palo vuelve.
El director, Ramin Bahrani, tiene las cosas muy claras y logra ese milagro de que cuando más acentúa el realismo, más metafísica se pone la cosa. Y cuando más ahonda en las conductas de los personajes, más misteriosos se vuelven. Si el intento de suicidio es tal, ¿por qué Solo intenta evitarlo y William cometerlo?
Souléymane Sy Savané (Solo) y Red West (William) son dos actores inmensos de una humanidad arrolladora que crean una empatía palpable. Es cierto lo que dijo el crítico del New Yorker, con el que a menudo disiento, son dos personajes que se quedan a vivir en uno incluso mucho tiempo después que el film acabó.
Me conmovía y me divertía mucho que el apelativo cariñoso que Solo usara con William fuera big dog (perrazo) porque William es de verdad eso, un perro grande, viejo, pulguiento y querible.
¿Quedó claro que la recomiendo, no? Un abrazo,
Gustavo Monteros
Cuenta la leyenda que Alain Resnais (el genial director francés de Hiroshima, mon amour, Providence, Mi tío de América, entre otras) los bautizó Jabac, sigla que une sus dos apellidos. Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri son un matrimonio bien avenido en la vida y en el arte. Ella es actriz, guionista, directora y cantante de formación clásica. Él es actor y guionista. Para Resnais adaptaron la obra teatral de Alan Ayckbourn Smoking/No smoking y fueron actores y guionistas para su ¿Conoces la canción?
Después se largaron a hacer cine por su cuenta e hicieron la maravillosa El gusto de los otros y la un poco menos maravillosa Como una imagen. Aunque se empeñan en repartir roles, como en el caso de los Coen, se tiende a considerarlos como una unidad creativa indisoluble. Su especialidad es la comedia de costumbres que atisba grandes temas. Digo atisba porque su método de trabajo es sesgado, indirecto. Es como si ante la foto de un paisaje tomaran una lupa, la aplicaran al césped y se pusieran a estudiar las hormigas. Terminan revelando más acerca de las conductas humanas que si enunciaran sesudas tesis doctorales. Su visión es plenamente humanista, no se excluyen y miran el material desde arriba sino que procuran descubrir hasta en ellos mismos las mezquindades, miserias y muertos en el placar que todos tenemos. El humor tierno y conmiserativo que practican los salva de caer en presunciones cínicas o arrogantes. Creen a rajatabla que cuanto más se aboquen a lo mínimo con más claridad se verá lo máximo. Hasta ahora han aplicado su teoría de una manera que sólo ha dado excelentes resultados. Hasta ahora.
En Háblame de la lluvia, Agathe Villanova (Jaoui), una escritora feminista exitosa regresa a su lugar natal en la campiña francesa para ver si se inicia en política. De paso se reencontrará con su hermana menor, Florence (Pascale Arbillot), para resolver cuestiones concernientes con la herencia, puesto que se va a cumplir un año de la muerte de su madre. Le propondrán hacer un documental sobre ella y aceptará. Uno de los documentalistas, Karim (Jamel Debbouze), es hijo de la criada magrebí, Mimouna (Mimouna Hadji), que ha trabajado siempre en la casa y ha sido como una segunda madre para las dos hermanas. El otro cineasta (Bacri) es el amante de Florence, inmersa en una crisis conyugal.
Tales los protagonistas y el entramado principal. Aquí los grandes temas son la discriminación, los prejuicios raciales, el equilibrio de poder en las relaciones de pareja, el adulterio y la violencia de género. Arrancaron como siempre con observaciones detalladas, pero en algún momento algo los desvió y se fueron bien al diablo. Esta vez los grandes temas no surgen de la conducta de los personajes sino que se imponen a ellos, transformándolos en voceros deslenguados y gritones. Y todo resulta siendo obvio, grueso, discursivo, didáctico.
Son gente muy talentosa y hasta en sus errores hay destellos de genio. Algunos detalles son reveladores, hay dialoguitos logrados y la banda sonora es una delicia. Pero seamos claros, por venir de quien viene y por las maravillas que nos dieron, esta película es mala. Lo cual no quita que haya gente que la siga con interés si no le pide mucho. Bah, nada. Los que amen El gusto de los otros, absténganse. Es una completa decepción.Un abrazo,Gustavo Monteros
Leonardo Sbaraglia parece condenado al conflicto de Fausto. En la televisión ya lo padeció en El garante. Ahora el cine le pide que vuelva a pelear por su alma.
A pesar de su galanura, no es extraño que los demonios de ficción prefieran el alma a su carnalidad. Es que en él prima esa cara de cachorro perdido, de niño bueno con dolor de muelas que la naturaleza le dio.
Eduardo López Barcia (Sbaraglia), ejecutivo de una empresa multinacional, se encontrará en el aeropuerto de Madrid con Raimundo Conti (Miguel Ángel Solá) a quien cree conocer de algún lado. De regreso a Buenos Aires, Conti comenzará a acecharlo, a interferir en su vida profesional y personal. Se revela como un hombre peligroso que sabe demasiado. ¿Se trata del típico psicópata acechador de las películas pochocleras? ¿Es el demonio en trajes de diseñador? ¿O acaso es otra cosa?
El inicio es excelente. Eduardo parece estar bajo los efectos del jet lag. Hay en él una desorientación seductoramente enigmática que se contagia al espectador. El entorno adquiere relevancia. La compañía atraviesa una crisis que se propone morigerar despidiendo gente. Su esposa (Érica Rivas) se muestra propensa a controlar, a manipular.
Eduardo no parece ser el que era. Se infiere que antes era inescrupuloso, despiadado y que ahora es considerado, solidario. Valores despreciables en un ámbito laboral de competitividad feroz. Peligra el estilo de vida con que ha acostumbrado a su mujer y a sus hijos.
La historia viene en plan de thriller, hubo una muerte en el pasado en la que Eduardo quizá tuvo alguna responsabilidad. Y hay otras dos en el presente en las que quizá estuvo envuelto Conti.
Muchos stress para un solo hombre. Crisis laborales, de conciencia, demandas de su mujer e hijos, acoso, muertes misteriosas. Pero ¿hacia dónde vamos?
A medio metraje, la trama se empantana, comienza a girar sobre sí misma, a morderse la cola.
Es que los creadores (Hugo Burel, el autor de la novela y Gerardo Herrero, el director) se proponen hacer algo muy difícil: no revelar el juego (¿es un thriller a secas o uno metafísico o qué?) hasta el final. Y si bien no triunfan apoteósicamente, tampoco fracasan estrepitosamente. En su intento de emular a los malabaristas chinos ponen muchos platos a girar en el aire, pero algunos se hacen añicos contra el piso y uno empieza a vislumbrar para qué lado va la cosa. Y entonces el final no llega como una gran sorpresa, sino como la confirmación de la sospecha más insistente.
Sbaraglia está muy bien en su atribulado protagonista. Érica Rivas, que saltara a la popularidad como la vecina detestada por Francella en Casados con hijos, se mueve bien en el drama.
Al Pacino(El abogado del Diablo), Robert DeNiro (Corazón satánico) o Lito Cruz (El garante) ensayaron variantes mefistofélicas con gran despliegue de histrionismo. Miguel Ángel Solá optó por un camino más sutil e impone su demiurgo diabólico con contenida autoridad y fuerza. Un gran trabajo.
Un film imperdible para los admiradores de Solá, los demás pueden esperar pacientemente para espiarla cuando llegue al cable. Porque si bien es un film ambicioso y honesto que devuelve la plata de la entrada, no satisface con plenitud el apetito por un entretenimiento excelente.
Por favor, no crean que al hablar de Faustos, Mefistófeles y esas cosas, revelé más de lo que debía, porque no es así. Aunque lo parezca, el mayordomo no es el asesino.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
¿Cómo me iba a perder una película que se llama Sangre del Pacífico? El título me resulta hilarante. Bien, antes de que certifiquen mi insania, mejor aclaro el chiste interno. Sabía que el film trata un drama latinoamericano, pero el título me remite a las viejas películas de la Segunda Guerra Mundial (con Van Heflin y esa gente antigua incluida). Y en mi cabeza la superposición de temas muy nuestros con imágenes de temas tan ajenos me parece gracioso.
Por favor, antes de tildarme de boludo alegre, categoría en la que sin duda merezco estar por la confesión anterior, recuerden todas las veces en que una tontería inesperada les resultó graciosa.
Sangre del Pacífico está escrita y dirigida por Boy Olmi, un actor que me cae muy bien. Pasea con talento del drama a la comedia y hasta recala en el show de Tinelli para dar pasos de baile sin perder un ápice de dignidad y elegancia.
Eso sí, esperaba que alguien tan ducho en las lides del espectáculo superara el trauma de las operas primas. Los directores en su película debut suelen poner muchísimas cosas como si temieran no hacer otra.
He aquí otro ejemplo. Hay numerosos elementos que dispersan continuamente la trama y cuando la historia se cierra, no todas las partes encajan satisfactoriamente.
Todo se centra (bueno, más bien se bifurca) en tres personajes principales. Jorge (Delfi Galbiatti) un actor y director cinematográfico, viejo y enfermo, que sueña con hacer una película sobre las guerras de la Independencia antes de morir. Sara (Ana Celentano), su hija, una antropóloga que hace un trabajo sobre las mujeres que dejan hijos detrás para ser mucamas y terminar criando hijos ajenos. Y Charito (Picky Paino), una hermosa mujer que deja a su hijo en la selva peruana para adentrarse en la jungla urbana porteña.
En sus historias gravitan Martín (Ezequiel Díaz), un granadero que le enseña esgrima a Jorge, Carmen (China Zorrilla), una dama patricia que emplea a Charito, y Norma Argentina como la dueña de una pensión y jefa de una agencia de colocación de mucamas.
La trama se mueve en dos planos, uno realista y otro onírico, feérico, (“lisérgico” lo definió Boy Olmi en los reportajes previos al estreno). Y es en este último plano en el que el film se vuelve muy bello, pleno y logrado. Contribuyen a eso la hermosísima fotografía de Ricardo de Ángelis, la expresiva dirección de arte de Federico Mayol y la conmovedora música de Mariano Otero.
El otro punto a favor de la película son las actuaciones, todos están muy bien. Destaco, eso sí, a mis favoritas. Norma Argentina es un dechado de humanidad. Y hay una excelente composición de la legendaria China Zorrilla, como la calificó recientemente un periodista. (Lo tomo como un halago, dijo la China, pero en el fondo me están diciendo viejísima.) Se despacha con un personaje que es a la vez cálido y cruel, sí, la China es tan grande que puede abarcar hasta las contradicciones de términos.
Lo extraño es que a pesar de las salvedades hechas, el film es entrañable, se sigue con interés y se disfruta bastante. El cine tiene esas sorpresas. Menos mal que me topé antes con esas sorpresas, si no pensaría que me estoy reblandeciendo.
Un abrazo,
Gustavo Monteros