
Menos mal que fui, a los dos minutos de empezada la película, los personajes habían ganado toda mi atención y mi simpatía. A un taxista senegalés, Solo, un viejo, William, le propone que en determinada fecha lo lleve a un lugar (Blowing Rock) que queda a dos horas de donde están (Winston – Salem en Carolina del Norte) y que lo deje ahí, no lo espere y se vuelva. A Solo la cosa le huele a deseo de suicidio y procurará evitarlo. Se transformará en alguien que a primera vista parece un meterete, un invasivo insoportable, pero que en realidad es esa rara avis, cada vez más extraña, un individuo solidario. Blowing Rock es una piedra que da a una profunda hondonada que, por el efecto de los vientos, hace que la nieve o la lluvia vuelen hacia arriba, desde la que uno tira un palo y el palo vuelve.
El director, Ramin Bahrani, tiene las cosas muy claras y logra ese milagro de que cuando más acentúa el realismo, más metafísica se pone la cosa. Y cuando más ahonda en las conductas de los personajes, más misteriosos se vuelven. Si el intento de suicidio es tal, ¿por qué Solo intenta evitarlo y William cometerlo?
Souléymane Sy Savané (Solo) y Red West (William) son dos actores inmensos de una humanidad arrolladora que crean una empatía palpable. Es cierto lo que dijo el crítico del New Yorker, con el que a menudo disiento, son dos personajes que se quedan a vivir en uno incluso mucho tiempo después que el film acabó.
Me conmovía y me divertía mucho que el apelativo cariñoso que Solo usara con William fuera big dog (perrazo) porque William es de verdad eso, un perro grande, viejo, pulguiento y querible.
¿Quedó claro que la recomiendo, no?
Un abrazo,
Gustavo Monteros
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