lunes, 11 de mayo de 2009

Luisa

Se dice desde siempre que este país es rico, que su suelo es fértil, tanto en el llano como en la montaña. No sé si es tan así. Para tan cacareada riqueza somos más pobres que ratón de iglesia.

En lo que sí es pródigo este país, es en futbolistas prodigiosos y actrices maravillosas. De los primeros no voy a hablar porque es una crónica de cine. Y antes que me acusen de discriminador, me atajo: hay actores excelentes, pero las actrices deslumbrantes nos ganan como 3 a 1.

Ante cualquier personaje que podamos concebir, hay por lo menos una variedad de 5 actrices entre las que podemos elegir para que lo protagonice. Jueguen por un segundo a ser directores de casting, imaginen que quieren duplicar cualquier película de la historia del cine, desde Lo que el viento se llevó a Los puentes de Madison, pasando por Amelie o La strada y verán que lo dicho anteriormente se cumple.

Y un ejemplo notable de esta magnificencia de actrices es, sin duda, Leonor Manso.

En teatro la he visto realizar milagros. De sus trabajos televisivos nadie olvidará nunca a María Elena, la madre de Jimena Soria (Inés Estévez) y su célebre Dominicci en Vulnerables. En cine se destacó en tres sirvientas muy distintas, lo que habla de su versatilidad y de su compromiso artístico.

La Raba de Boquitas pintadas, la versión cinematográfica de Leopoldo Torre Nilsson de la novela de Manuel Puig. La mucama que logra casarse con el hijo de su patrona, una insoportable dama patricia (China Zorrilla) en Corazonada de Carlos Galettini, el segundo episodio de Las sorpresas. Y la protagonista homónima de La hora de María y el pájaro de oro, fallido film de Rodolfo Kuhn, una caracterización destacable que inspiró años después la bella canción de Antonio Tarragó Ross: María va. No era para menos, verla caminar era enternecedor and a thing of beauty.

A lo largo de los años coleccioné decenas de anécdotas que evidencian su grandeza, su sencillez y su generosidad.

Durante la dictadura vino a La Plata a hacer La novia de los forasteros de Pedro E Pico con la Comedia de la Provincia. En ese momento yo trabajaba con un técnico de la Comedia en la realización de la escenografía de mi primera obra. Cuando le pregunté cómo era la Manso, me contestó: Actúa como una gata morronga, no se la va a oír. Como persona ¿cómo es?, insistí. Amable, me respondió, pero casi no habla, se la pasa leyendo el libreto y subrayando cosas. Para el estreno, el técnico me regaló una entrada. Yo me asusté, era en la última fila. No voy a escuchar nada, pensé. Me quedé de una pieza, fue la actuación más bellamente chejoviana que vi en mi vida. Y sí, expresaba el dolor de su personaje en susurros, pero su dicción y emisión eran tan perfectas que entendí hasta la última sílaba.

Esta otra anécdota me toca más de cerca. Como saben, pasé mi infancia en Catamarca. Una vez la Comedia Nacional decidió hacer Los mirasoles de Julio Sánchez Gardel, que transcurre en Catamarca. Al director (Cecilio Madanes, creo) se le ocurrió que la hicieran con acento catamarqueño. El elenco terminó hablando una mezcla rara de acentos que iba del mejicano del doblaje al cordobés mal aprendido pasando por un paraguayo for export o un correntino arrastrado de chamamé. La única que hablaba “catamarqueño” a la perfección era la Manso. Después, confesó en un reportaje que asustada por no conocer el acento catamarqueño, se fue a la Casa de Catamarca en la Avenida Callao y pidió hablar con una catamarqueña. Apareció una señora muy simpática a la que hizo hablar dos horas, antes de pedirle tímidamente que le leyera en “catamarqueño” los parlamentos que tenía que decir para poder grabarla.

Otra vez, a Alberto Ure se le ocurrió hacer una relectura radicalizada de Hedda Gabler de Ibsen. El control de sala no quiso dejarme entrar porque era menor. (La obra, según la compañía, cosa rara porque en el teatro no se calificaba, era prohibida para menores. Procedían con cautela para evitar un escándalo mayor.) Cuando fui a devolver la entrada, el boletero, que me conocía porque iba mucho a ese teatro, me dijo: Yo te hago entrar, pibe; cuando se apaguen las luces de sala, sentate en el primer lugar libre que encontrés y quedate mosca. Ure había decidido hacer explícitas las ambivalentes relaciones subyacentes de la obra. Promediando la representación, la Manso se revelaba como una lesbiana lanzadísima y revolcaba por el piso a la Aleandro, que era Hedda. Hoy en día, eso no asusta a nadie, pero en esa época la sociedad era muy pacata y resentía las audacias, había que tener coraje y convicción para hacer una cosa así. En la función a la que fui, cuando llegó esta escena, varios espectadores se levantaron y salieron insultando a las actrices y gritando que los que nos quedábamos, éramos unos degenerados. Mientras duraban los improperios de esta gente, que sabía lo que iba a ver e iba a propósito a expresar su censura, la Manso redoblaba los besos urgentes y las caricias desesperadas. Para pasar el mal momento, se concentraba más. Y uno no sabía qué mirar, si a los energúmenos o a ella. Poco tiempo después, alguien puso una denuncia clamando que se trataba de un “atentado a la moral” y la obra bajó.

Hace unos días, cuando leí que a la Manso, el guión de esta película la había conmovido tanto, que dejó de lado sus trabajos teatrales para abocarse de lleno al rodaje, me dije: Preparate para una fiesta de los sentidos. Me puse mis mejores galas y allá fui.

Luisa es tanto una película de director como de actor. El debutante Gonzalo Calzada ensaya una caligrafía cinematográfica personalísima tomando como epicentro a la Manso, que se mimetiza en el personaje hasta perderse, y ya no vemos más a Leonor, sino sólo a Luisa.

Luisa es una mujer muy sola, que arrastra una gran pérdida. Tiene las arideces y las manías de los que viven solos. Su única compañía y alegría es un viejo gato. A la mañana trabaja en las oficinas de un cementerio privado; a la tarde es una mezcla de sirvienta y secretaria de una vieja gloria del espectáculo (Ethel Rojo). Un día, su gato muere y es despedida de sus dos trabajos. Su única motivación para seguir adelante es darle un entierro digno a su gato. Porque se rompe el micro en el que viaja, deberá tomar el subte. Descubrirá un mundo que no sospechaba, y fundamentalmente aprenderá que no está sola.

El film, el director y nosotros, los espectadores, seguiremos el arco emocional del personaje de Luisa. En un comienzo estaremos envarados y rígidos, perdidos en una situación sin salida. Y cuando Luisa comience a soltarse, nos abriremos a la emoción.

Aunque el film se centre casi absolutamente en la Manso, los personajes secundarios están muy bien armados y permiten el lucimiento de Carmen Vallejo, como una vecina borracha y entrometida; Marcelo Serre, como el portero, y Victoria Carreras, como su mujer. Y se despide a lo grande de la actuación y de la vida, Jean Pierre Reguerraz, con un tullido entrañable.

La dan en la sala chiquita del Ocho. La noche del viernes, en la función que antes se llamaba “primera noche”, éramos 9 espectadores. Ni bien el film terminó, el encargado de sala vino a apurarnos para que nos fuéramos. Tenía que acondicionar la sala antes que entraran los de la próxima función, que no era de Luisa, sino del tanque Hollywoodense Rápido y furioso 4. Como recuerdan, la puerta está en el centro de la sala. El encargado se paró allí y nos miraba fijo. Nosotros lo ignoramos, concentradísimos en la pantalla, mientras se desenrollaban los títulos finales. Lo derrotamos, y el pobre terminó yéndose. Es que no nos queríamos ir, nos habían dicho una verdad que nos había acariciado el alma.

Perdón, la oración anterior es pura literatura y puede no expresar lo que pasaba cabalmente. La verdad es que estábamos muy emocionados y necesitábamos tiempo para recomponer nuestra máscara social.

Cuando Leonor tenía 14 años, como Torre Nilsson filmaba en su barrio, se fue con unas amigas a espiar la filmación. En una pausa del rodaje, se presentó a Torre Nilsson y le dijo: Cuando termine el secundario, voy a ser actriz de cine. Torre Nilsson recordó siempre la anécdota, pero olvidó la cara de la chica. Cuando la convocó para Los siete locos, la Manso le recordó la anécdota. Torre Nilsson se rió y le dijo: Qué suerte que lo lograste. Coincido plenamente con él. Para la gloria del cine nacional, es una suerte que haya podido cumplir su destino.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

jueves, 7 de mayo de 2009

El lector

Nunca habrá suficientes films sobre el Holocausto. Así como nunca habrá suficientes films sobre la dictadura argentina. Si no queremos que se repitan, o al menos postergar su repetición lo más posible (porque la historia enseña que el horror es inevitable y cíclico) hay que recordar lo que pasó. Siempre.

El problema con la monstruosidad, es que genera en las sociedades en las que se produjo una culpa latente, difusa, inaprensible. Se alienta entonces lo más fácil, la negación, la desmemoria, el poner la mugre bajo la alfombra. Si no lo veo no existió, fue un mal sueño, ya pasó. Como diría Shakespeare, se incuban los huevos de la serpiente y la monstruosidad vuelve, peor.

El desafío de los creadores es encontrar modos de contar el horror que ayuden a superar la negación y el rechazo. Y el desafío aun mayor es no banalizarlo, trivializarlo, transformarlo en una anécdota, porque si se lo neutraliza, se logra lo opuesto de lo que se propone.

Como con La vida es bella. La aplaudimos sonoramente, celebramos que desde el humor blanco y sentimental se pudiera también esbozar el horror. Hasta que caímos en cuenta que al no mentarlo en su verdadera magnitud, casi lo justificaba. Pobre Benigni. Se le abrieron todas las puertas, pero cuando quiso repetir la visita, descubrió que era persona non grata. Y en vez de enmendarse, persistió en su error.

Una ingratitud, porque gracias a él descubrimos que la ingenuidad no es un buen camino para tratar el horror. Si de humor se trata, el ridículo y el absurdo son efectivos, como bien lo demostraron Chaplin (El gran dictador), Ernest Lubitsch (Ser o no ser) o Mel Brooks (la remake de Ser o no ser y Los productores).

En El lector, el horror se trata con profundidad en la clase sobre los alcances de la ley y en el encuentro final en Nueva York.

La cuestión es que esas escenas son tangenciales, el peligro radica en los ejes del relato.

Al no adentrarse en el pasado del personaje de Hannah (Kate Winslet), ¿no se está eludiendo la cuestión? Al no profundizar en el hecho de que quizá ella no se arrepiente porque a lo sumo se siente tan culpable como la sociedad que la llevó a hacer lo que hizo, ¿no se banaliza el tema?

La cosa es así. Estamos en Alemania, en los 50. Un chico de 15 años es iniciado sexualmente por una hermosa mujer que lo dobla en edad. Se separan, el tiempo pasa. Él estudia abogacía. Un día el profesor los lleva a presenciar un juicio de criminales de guerra, y el pibe descubre que su ex amante perteneció a la SS.

Eso es lo básico, hay muchas cosas más, pero no las cuento para no arruinarles la fiesta.

El film, más allá de su tema tan poco glamoroso, es un glamoroso drama Hollywood para la temporada de premios. Todo es bello, prolijo, elegante. Stephen Daltry (Billy Elliot, Las horas) narra con fluidez y tiene una puesta en escena elocuente.

Kate Winslet reverdece sus laureles de gran actriz. Su perfil de dama de Rubens es un deleite para los ojos. Y desnuda es muy voluptuosa.

A los productores les gusta jugar perversamente con la memoria de los espectadores. Como el profesor atormentado por el pasado está Bruno Ganz, que fuera Hitler en La caída; y el chico se transforma en la adultez en Ralph Fiennes, que fuera el atroz asesino nazi de La lista de Schindler.

La música de Nico Muhly es sencillamente insoportable. Es cursi, invasiva y estúpida.

A pesar de todo, El lector merece verse porque promueve la discusión no por sus logros sino por sus agachadas y cobardías.

Cuando la vean y sepan el secreto de Hannah, ¿no sienten que de algún modo intentan disculparla por haber sido nazi, la pobre?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 1 de mayo de 2009

Cuando todo cambia

Con esta película, Helen Hunt se recibe de mujer orquesta. No sólo la protagoniza sino que también la dirige, la produce y hasta participa del guión. Eso sí, nada tonta la chica, se aseguró de contar con los mejores elementos posibles. Eligió un celebrado best seller de Elinor Lipman y seleccionó un elenco de notables: Bette Midler, Colin Firth, Matthew Broderick. Terminó redondeando un film para mujeres, que puede ser visto por los hombres, porque no nos pintan como los habituales tarados irresponsables, egoístas e insensibles, mientras que ellas son el paradigma de la inteligencia, la sensibilidad y la afectuosidad.

No esperaba menos de quien por años protagonizara la mejor serie que describió las neurosis urbanas, tanto masculinas como femeninas, la muy lograda Mad about you.

Aquí, Helen es una maestra jardinera de 39 años que quiere tener un hijo antes de que su reloj biológico se lo impida y deba recurrir a la ciencia. Al morir su madre adoptiva, conocerá a su madre verdadera, la gran Bette Midler. Y ya sabemos que por donde pisa Bette Midler, crecen excentricidades varias, una humanidad desembozada y mucho humor.

Es una comedia dramática muy efectiva que alterna sabiamente el humor y la emoción. El humor ablanda y cuando llega la emoción, se siente más porque nos agarra flojitos y receptivos.

El elenco está impecable. Hay un par de discusiones entre la Hunt y la Midler que son antológicas. Y una rareza, el film registra el debut actoral del escritor Salman Rushdie.

La Hunt nació en el ’63. Dos damas en la platea comentaban que se le notan todos y cada uno de sus años. Parece que la Hunt, al igual que Jessica Lange o Diane Keaton, ha decidido envejecer naturalmente y no pasar por el quirófano cada vez que se descubre una minúscula arruguita. Eso sí, espero que después no se arrepienta como la Lange, que en Por siempre amigas, parece una caricatura de sí misma dibujada por un enemigo. Es como si la Lange se hubiera mirado al espejo, después de ver las fotos de sus compañeras de elenco, no se hubiera gustado y se hubiera entregado al primer cirujano plástico de la guía telefónica. Y como tampoco le gustó el resultado, se inyectó bótox y colágeno en cantidades industriales. Quedó finalmente como El fantasma de la ópera sin la máscara.

Se tiende a ser impiadoso con las películas dirigidas por actores. Se las menosprecia, se las desvaloriza. Es como si los críticos pensaran: Vamos, chicos, ya tienen fama y fortuna, ¿ahora quieren ser cineastas también? No me cabe duda que de haber sido dirigida por un director de carrera, esta película hubiera recibido devoluciones más cálidas y entusiastas que las tibias críticas que le prodigaron. Dijeron que era buena pero chiquita; lograda pero poco ambiciosa; bien contada pero impersonal como un telefilm. La injusticia de buscarle la quinta pata al gato.

No es poco mérito lograr una buena película, bien contada y bien actuada. No todas las películas deben ser Osadas Obras de Arte de Temas Mayúsculos.

Y no creo que sea impersonal. Helen Hunt se permite un guiño que sólo ella puede permitirse. Ella y Matthew Broderick protagonizaron una de las películas de mi adolescencia (y la de todos los que tienen su edad o la nuestra) Proyecto secreto: simios. En esa época se daban funciones de 2 películas (o 3 en algunos cines platenses) y a menudo programaban Proyecto secreto: simios como primera película y así la vi varias veces. Y uno no puede evitar aventurar que si esos adolescentes que protagonizaron hubieran seguido juntos, por ahí tendrían el tipo de relación que muestran Helen y Matthew en esta película. Si este guiño lo hubiera hecho otro director lo celebrarían, a los críticos les gusta destacar los diálogos que se establecen entre películas. Pero lo hace la actriz Helen Hunt devenida directora y nadie lo menciona.

Muy querible tu película, Helen, ya te puse mis fichas para la próxima.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

lunes, 27 de abril de 2009

Duplicidad

Parece que los orientales siguen teniendo razón. El secreto de la sabiduría está en el equilibrio, en el punto justo. Ser inteligente está bien, pero pasarse de listo es ser tonto.

Y ése es el problema del director y guionista Tony Gilroy con Duplicidad, se pasa de listo.

El título es una advertencia. Nada será blanco o negro, verdadero o falso. Todo será un poco de ambas cosas. Hasta el propio film oscilará entre la historia de espionaje y la comedia romántica.

Como el tono elegido es la brillantez, el ejemplo más notorio al que remite es la gloriosa Charada de Stanley Donen con Audrey Herpburn y Cary Grant, en la que por supuesto, hay también mucho amor y espías. Si no han visto este clásico de clásicos, cuando se lo crucen en el cable (la dan en TCM y en Film&Arts con regularidad) quédense y véanlo aunque se caiga el mundo a pedazos. La comedia romántica nunca fue tan avispada como en Charada. Los chistes sobre la diferencia de edad de la pareja son buenísimos. Cary Grant exigió que los incluyeran, se estaba poniendo grande para galán (se retiraría del cine dos años después) y creía que el público no le creería si no se blanqueaba la situación.

Pero volvamos a Duplicidad, que también está emparentada con nuestra 9 reinas, algunas películas de Mamet, Ambiciones secretas, Lucky number Slevin, etc. Sí, es una película con trampa que intenta llegar a un final sorprendente.

Julia Roberts es una ex agente de la CIA. Clive Owen es un ex agente del MI6. Ahora trabajan para inmensas compañías de cosméticos rivales. Obviamente se enamorarán y… No conviene adelantar nada más para no aguar la fiesta.

Como en su film anterior Michael Clayton, Gilroy hace progresar la acción interrumpiéndola con constantes flashbacks que modifican nuestro punto de vista.

La primera hora es irreprochable. Desde ahí el problema es que en vez de empezar a desenredar la madeja, sigue enredándola mayormente para el mismo lado, nos damos cuenta de que estamos siendo manipulados para confundirnos, tomamos distancia de la trama, sospechamos posibles finales y como Gilroy es inteligente y respetuoso y sabe que es inmoral cambiar de registro y que todo sea una maniobra alienígena, terminamos acertando con alguno de los desenlaces que imaginamos.

No sé si Julia Roberts es muy hermosa o una buena actriz. Pero es una estrella cinematográfica verdadera. La cámara la devuelve hipnótica y haga lo que haga, nuestra simpatía o deseo están con ella.

Clive Owen es uno de los actores más “normalitos”, lo que no es un mérito menor. Los actores estamos un poco locos. Se paga con la cordura el desnudar subtextos adrede o el traficar con sentimientos para ganarse la vida. Clive Owen luce la canchera espontaneidad de Cary Grant. Como con Natalia Oreiro, el primer adjetivo que suscita su trabajo es “fresco”. En él el esforzado artificio de actuar parece natural.

También andan por aquí los magníficos Tom Wilkinson y Paul Giamatti, aunque aparecen poco para mi gusto.

A pesar de lo señalado merece verse, por la primera hora, por la química entre sus protagonistas, por la inspirada sagacidad de algunos diálogos. Simplemente es como un postre que se cocinó de más. Después de todo, ¿quién no fue a una fiesta en el que champagne era berreta, las masas estaban secas y el café quemado, pero el antipasto y los primeros platos habían estado tan exquisitos que justificaban con holgura el convite?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

jueves, 16 de abril de 2009

Entre los muros

Es curioso lo que pasa cuando uno ve una película que se centra en una actividad con la que uno se gana la vida. La posibilidad de la evasión de la realidad está coartada. Sólo queda la posibilidad de una identificación irrestricta.

Tengo amigos médicos que odian las series y películas de temas médicos, y amigos abogados que no quieren saber nada con las series y películas sobre la ley. Me dicen: ¿para qué quiero ver algo que padezco todos los días?

Claro que la negación no es absoluta, ya que uno de mis amigos me dijo alguna vez: Eso sí, si el colega es el héroe, derrota al sistema y tiene buen sexo con alguna diosa del cine, voy y disfruto de la película. Bueno, en realidad no dijo “buen sexo”, pero hoy estoy en ánimo de “apta para todo público.”

En esta ocasión me toca a mí: una película sobre los sufridos docentes.

Como lo demostrara en las magníficas Recursos humanos y El empleo del tiempo, a Laurent Cantet le preocupa la problemática social contemporánea. Esta vez se encierra en las aulas de una escuela pública parisina en esta película ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes con un jurado presidido por Sean Penn. (Ahora sé que puedo entretener a Sean Penn con mis jugosas anécdotas escolares.)

Cantet trabaja delimitando espacios, hace corte precisos y acotados a una realidad mayor, se concentra en ellos y profundiza un análisis de los elementos en juego. En Recursos humanos estudiaba la deshumanización de las nuevas estructuras laborales, en El empleo del tiempo, la devastación emocional que provoca el desempleo y en Bienvenidas al paraíso, las implicancias desequilibrantes del turismo sexual.

En las aulas de Entre los muros hay una agresividad soterrada que no tarda en explotar. La frustración es lo único que tienen en común docentes y alumnos. Víctimas del vaciamiento moral que trajo el triunfo del neo capitalismo, saben o intuyen que nunca alcanzarán lo que desean. No hay metas ni valores. Pero están atrapados en una situación concreta: el aula es el espacio en el que el derecho a la educación debe cumplirse. La clase es multirracial, lo que no facilita las cosas.

Antes que nada es esencial alcanzar un mínimo de respeto mutuo. Y le corresponde al docente (de lengua en este caso) sentar las bases, porque es su rol, es el adulto, el que está al frente y el que tiene la formación necesaria. Debe meterse en el rincón más oscuro de su anatomía la nostalgia de una escuela ordenada y ansiosa de conocimientos, sofrenar la ironía con la que hace un poco de catarsis, y aceptar que aunque le paguen poco y mal deberá seguir trabajando. El aula es una prisión, no hay escape, hay que sacar lo mejor posible de la situación y seguir adelante.

Deberá soportar sin mosquear los cuestionamientos sobre su supuesta homosexualidad, comprender que no es él quien emite señales confusas sino que sus alumnos por ser adolescentes aún no saben qué son o qué quieren y como temen ser homosexuales desarrollan una acentuada homofobia.

Los alumnos se ven a sí mismos como inútiles dominados por una desidia invencible. Habrá que socavar esa noción fortaleciendo su endeble autoestima, celebrando como épicos los logros más pequeños. Y será imprescindible olvidar que lo que hoy aprenden en un año antes se aprendía en un mes o un día.

Pero la frustración es amarga y traicionera, y no hace muy llevadero el día a día. Una pequeñez desatará una reacción en cadena, el sistema operará sus trampas y quien sin duda merece otra oportunidad no la tendrá.

Basada en un libro de investigación del profesor, escritor y periodista, François Bégaudeau (que protagoniza al docente), Entre los muros está concebida como un documental actuado. Los alumnos, sus padres y los docentes recrean fidedignamente la realidad. Es muy conmovedora y reveladora, no sólo para los docentes, para todo el público.

La educación debe ser inclusiva, integradora, universal. El sistema no es perfecto y la realidad lo hace más vulnerable. En este país, por ejemplo, sabemos que los chicos de padres golpeadores, o de madres borrachas, o con fácil acceso a las drogas, o de ámbitos desvalizadores, o de familias sin cultura del trabajo porque viven de planes sociales, etc. no se beneficiarán con la educación. Y como no se quiere tratar el problema político económico que engendra esta realidad, el poder y los medios le dan a estos temas un tratamiento superficial y facilista que resulta insultante y que despierta una rabia impotente.

La teorización inútil tampoco ayuda. Cada vez que un problema educativo de formación, relación o disciplina llega a los medios, invitan a una renombrada psicóloga, pedagoga y licenciada en no sé cuantas ciencias afines más que recita teorías inaplicables a nuestra realidad. Los polacos, los japoneses o los islandeses estudiaron el problema educativo y llegaron a conclusiones que son valederas para su realidad, pero que no son de aplicación universal irrefutable. Un padre golpeador en China no es igual a un padre golpeador en Argentina, las sociedades chinas y argentinas tienen características idiosincrásicas diferentes. Si bien el problema educativo tiene rasgos comunes en todos los países, las soluciones alcanzadas en Somalia pueden no ser pertinentes en otros países de la misma región.

Esta señora de la que hablo se sabe todas las teorías educativas desarrolladas en todo el mundo, pero nunca estudió su viabilidad en este país. Eso no le impide darlas por válidas. Una vez una periodista le preguntó si trabajaba en escuelas. “Sí, sí”, dijo, “Asesoro a varias instituciones.” La periodista, intuyendo que se trataba de organizaciones privadas, insistió: “Pero, ¿trabaja en escuelas públicas?” “Sí”, dijo muy suelta de cuerpo, “Hice las prácticas de mis especialidades en escuelas públicas”.

Así que esta señora, que hace 10 años estuvo 12 veces en una escuela pública, se pasea por los medios iluminándonos con sus soluciones “teóricas” a nuestros “prácticos” problemas cotidianos. El día en que en este país se decidan a tratar seriamente la problemática educativa, pagarán trabajos de campo que investiguen las características específicas de nuestra realidad. Mientras tanto, por favor, que alguien le enseñe a esta señora que su pelotudez es superable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

domingo, 12 de abril de 2009

El niño pez

Voy a cometer un pecado mortal. Voy a decir que una muy buena película me aburrió soberanamente. Perdón, debo ser sincero. A mí, XXY, la ópera prima de Lucía Puenzo me pareció aburridísima. Puedo enumerar largamente sus virtudes, pero nunca conecté con ella.

Entonces ¿por qué iba a ver la segunda película de la Puenzo? Porque Emme me robó el corazón con Rita, la salvaje. Fue el debut teatral más apabullante que vi. Se plantaba en escena como una secuoya, se entregaba, se arriesgaba y casi siempre la pegaba. Lucía la audacia y el aplomo de una veterana, sin embargo ¡era una debutante! Por momentos la obra se caía a pedazos o se iba directa al carajo, y ella permanecía incólume y nuestra compasión con ella.

Por Emme iba, aunque cuando un director elige un actor que respeto, se me despierta una natural empatía. Y si la Puenzo había elegido a Emme...

El niño pez no es tan buena película como XXY, pero esta vez la pasé bien. Quizá porque es audaz, ambiciosa, apasionada.

No es lineal como XXY, tiene una estructura compleja. Se asienta sobre un cruce de géneros, participa tanto de una historia de amor, de un policial y del realismo mágico. Pero es la historia de amor la que le da cohesión.

Lala (Inés Efron) adolescente rica, hija de un juez, ama a, y es correspondida por Guayi (Emme), la sirviente paraguaya de la casa. Un día, el juez aparece muerto. Lala huye. Guayi se queda, es acusada del crimen y enviada a un correccional de menores. De este punto de partida se entroncarán los flashbacks que nos contarán cómo llegamos hasta aquí. Luego Lala regresará y la historia procederá a su desenlace.

Que la familia rica se apellide Brontë no es gratuito, una vez armada la historia veremos que tiene las densidades, las complicaciones melodramáticas y las pasiones descabelladas de una novela de las hermanas Brontë.

No es una gran película, pero es buena. Los cinco para el peso que le faltan son algunos diálogos solemnes y ampulosos a los que una reescritura les vendría bien o un tiroteo que merecía una secuenciación más clara, pero entre los 95 restantes figuran una dirección con un punto de vista preciso, una historia compleja que cuando se completa suena rotunda, porque aunque hay argumento como para tres películas, los detalles han sido atendidos y los vericuetos de los personajes y la trama resultan nítidos y contundentes, y un elenco impecable conducido con firmeza.

Inés Efron ratifica el talento mostrado en XXY y en Amorosa soledad. Arnaldo André quizá fue siempre un buen actor relegado al galán eterno, ahora que la madurez lo ha liberado de la galanura exhibe una ductilidad que sorprende. Tanto este trabajo como el que le vi en la puesta de Los monstruos sagrados de Jean Cocteau muestran un actor que se luce en exigencias hasta hace poco impensadas para él.

Y Emme deslumbra en cada escena. Su personaje tiene como arma de defensa y ataque su propio cuerpo y Emme hace pasar todas las emociones de su personaje por la morbidez de su cuerpo para nada anoréxico. Su cuerpo desata la lujuria, pero también manipula las pasiones. Y es su cuerpo el que se quiebra de dolor. Las actrices suelen ser inseguras y ponen en duda hasta lo obvio. Ojalá Emme sea consciente de la autoridad de su talento, ganaríamos una actriz maravillosa.

Ah, el niño pez del título es un mito personal de Guayi que encierra un dolor inabarcable, una representación simbólica para sobrevivir o hacerlo soportable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros
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domingo, 5 de abril de 2009

Esperando la carroza 2

Hay un viejo dicho teatral que reza: Lo bueno de los fracasos es que nadie los recuerda. Y se podría agregar que también son buenos porque se pueden reciclar impunemente.

En 1986, al año siguiente del estreno de la película de Doria, Jacobo Langsner escribió una segunda parte de la obra original que estrenó como Barbacoa en Montevideo. En 1987 la misma obra se estrenó en Buenos Aires con el título Chimichurri. Y, cambio de títulos al margen, fracasó estrepitosamente en ambas riberas del Plata.

Ahora regresa como guión para Esperando la carroza 2. No hay mucha reelaboración y así los reparos que se le hicieron a la obra mantienen su validez: fallas garrafales en su estructura, humor no sólo grueso sino poco efectivo, ausencia de un nudo central y personajes que si no se conocieran de la obra anterior naufragarían sin remedio.

No hagamos mucho suspenso y digámoslo claramente: Esperando la carroza 2 es un bodrio irredimible.

Antonio (Luis Brandoni) y Nora (Betiana Blum) han subido un poco más en la escala social. Él ahora no sólo tiene conexiones con las oscuras fuerzas de la ley sino también con diputados, ministros, senadores y jueces. Puso un matadero clandestino a nombre de su hermano Jorge (Roberto Carnaghi, en reemplazo del recordado Julio De Grazia), en el que también trabajan Emilia (Lidia Catalano) y su hijo el Rulo (Facundo Espinosa, en reemplazo de Darío Grandinetti). La esposa de Jorge, Susana (Mónica Villa) está embarazada, más por necesidad argumental que otra cosa, por puro paralelismo. Si en la primera abundantes líos giraban en torno a un velatorio, aquí habrá un pequeño revuelo en torno a un parto. Elvira (China Zorrilla) es la gran ausente. Sus líneas fueron a parar al personaje de su hija, Matilde (Andrea Tenuta). Y las líneas de Matilde ahora las tiene una hija que le nació de la nada, Marita (Dolores Fernández). Porque Langsner no sólo no reelaboró mucho sino que ante la negativa de la Zorrilla a participar del proyecto, se limitó a correr las líneas de ésta a la Tenuta y las de la Tenuta a una hija. Y así la correlación entre una y otra película no cierra para nada. En la uno, Rulo y la Tenuta tenían la misma edad, en ésta Rulo y la hija de la Tenuta tienen la misma edad. Y la distancia entre una y otra película la ponen los hijos de la Villa. El mayor que era un bebé en la uno, ahora tiene entre 8 y 12 años (se lo ve brevemente en el auto en la ida al matadero). De donde se concluye que el tiempo fue cruel y rápido para la Tenuta, quien pasó de adolescente a tener una hija adolescente en menos de 10 años mientras que el Rulo no envejeció sino que rejuveneció.

La excusa argumental para juntarlos es una fiesta de aniversario de Nora y Antonio, ella no quiere que estén presentes porque son muy ordinarios y desentonarán con sus nuevos y encumbrados amigos, lo que provocará gritos y reyertas. Cada situación terminará torpemente y volverá a empezar en los mismos términos. Las reiteraciones son hartantes y la falta de progresión termina por aburrir. El humor, las pocas veces que es efectivo, se asemeja al de una película de Sofovich (Gerardo, porque Hugo era más habilidoso y obtenía algunos logros remarcables). La dirección de arte, de tan recargada, termina por no decir nada. La dirección de Gabriel Condrón es inexistente, parece como que los actores se hubieran reunido por su cuenta a repetir los personajes que alguna vez les dieron fama, por ejemplo, la escena en la que unos muchachos acosan en la calle a los Tenuta y a la Fernández es vergonzosamente mala. Y el acordeoncito de la banda sonora que está presente en cada segundo de la película es insufrible por pesado y monocorde.

Pocas películas en el cine argentino son tan queridas, celebradas y recordadas como Esperando la carroza (ahora uno). Una estatura mítica que se ganó por el video y las repeticiones por televisión, porque cuando se estrenó en cine no fue un éxito de público ni de crítica. El público saluda a la Zorrilla (doy fe, fui testigo) no con un hola sino con un “Yo hago fideos, ella hace fideos”, porque se saben de memoria diálogos enteros y recuerdan secuencias completas. Y no está nada mal que así sea porque cada hallazgo cómico era una epifanía que nos mostraba todas las lacras que cargamos. (Gracias, Doria.)

Es una pena que se haya mancillado ese mito con una secuela tan pero tan mala. (¡Y encima amenazan con la tres!)

Un abrazo,

Gustavo Monteros

viernes, 27 de marzo de 2009

Al otro lado

Al otro lado es una película paradójica, porque es densa, compleja, profunda y a la vez llana, directa, de fácil acceso. Sólo hay que sentarse y dejarse llevar. Es un viaje fascinante por temas y situaciones que nos abarcan a todos.

A propósito no referiré nada del argumento. Brinda una gran recompensa si uno se deja fluir con la historia. Sorprende a cada paso. Es ambiciosa y lograda. Y es tan simple que no molesta al apetito intelectual si uno atiende el apetito corporal con los consabidos pochoclos y la gaseosa.

Eso sí, enumeraré algunos de los temas que toca. Trata la indisolubilidad y la extrañeza que crea el vínculo entre padres e hijos, la dificultad de hallar una identidad cultural que llamemos propia o un lugar en el mundo que consideremos nuestro, el destino caprichoso que se empeña cruelmente en que nos desencontremos mientras nos lleva a lugares insospechados que nos hacen más plenos, la posibilidad de que encontremos finalmente la redención y el perdón, la certeza de que el amor es un regalo que hay que disfrutar dónde y cuándo se lo encuentre, la aseveración de que somos si vivimos, amamos y elegimos.

La película se divide en partes que, cual capítulos de una novela, tienen títulos. Y aunque anuncien la muerte de un personaje, así de antemano, no nos quitan el interés o el misterio porque lo esencial es lo que viene después.

Es la obra de un director alemán, Fatih Akin, hijo de inmigrantes turcos. Transcurre tanto en Alemania como en Turquía. Pero aunque los detalles son específicos, es tan cercana como si transcurriera entre Buenos Aires y Montevideo, o entre La Plata y Gonnet.

Sí, es una película coral en forma de rompecabezas, pero los personajes son muy identificables y las piezas se ubican con facilidad. Pasado el deslumbramiento inicial de Amores perros, 21 gramos o Babel, muchos han aprendido a sospechar de las películas corales en forma de rompecabezas. Pero aquí no hay trampas artificiosas, ni personajes vacíos que vocean las ideas del director, ni nudos de hilo chanchero que atan las historias. Como el director también es actor, los personajes son ricos, están bien armados y por su situación personal de heredadas culturas contrapuestas, la transculturización suena sincera.

Si pueden véanla lo más pronto posible, no creo que dure más de una semana. Salvo Hanna Schygulla, no tiene nombres convocantes. Son actores alemanes y turcos cuyos nombres no nos dicen nada, sin embargo lo que hacen es reconocible y muy humano.

En el cine, la mayoría de la oferta que recibimos es yanqui, un cine que últimamente es esencialmente estúpido y si esta película se estrena en cine y no pasa directamente a DVD es porque es seductora y emocionante.

Y así como la reproducción de un cuadro empalidece ante la visión directa del mismo cuadro, somos afortunados de que esta película se exhiba en un cine y que no tengamos que conformarnos con verla en cable o DVD. Aprovechemos la oportunidad.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

miércoles, 25 de marzo de 2009

Música en espera

Si los años cincuenta fueron la edad de oro del policial negro en el cine argentino, ésta parece ser un excelente momento para la comedia romántica. Después de las logradas No sos vos, soy yo, ¿Quién dijo que es fácil?, Motivos para no enamorarse y Un novio para mi mujer, llega esta comedia impecable.

El enredo inicial es entre un compositor de música para películas creativamente bloqueado que cree descubrir en una música de espera la melodía que anda necesitando y una subgerente de banco embarazada que necesita un hombre que finja ser su novio ante su madre dominante recién llegada de España.

El guión toma como modelo las mejores comedias del gran maestro Preston Sturges: Las tres noches de Eva, The Palm Beach story, Salve héroe victorioso, El milagro de Morgan Creek, Los viajes de Sullivan, El gran McGinty. Y así cada situación se funde naturalmente con la siguiente, cada objeto que se presenta pivoteará una situación cómica, los personajes secundarios participarán de lo que se llaman “running gags” (gags continuos). Todos los personajes son ricos y están muy bien delineados y el dialogo si bien no tiene “repartee” (intercambio de líneas ingeniosas) es fluido y chispeante.

El director (Hernán Goldfrid) y el coguionista (Patricio Vega) vienen de las huestes de Damián Szifron, colaboraron con él en Los simuladores, Hermanos y detectives, y en Tiempo de valientes. En algún momento de la película, el personaje del compositor (Peretti) dice que no le gustan las comedias románticas pero que si se las piden las hace. Si es una confesión de partes, chapeau. La película resuma talento, creatividad y un amor por la profesión encomiable. Ante tanto cineasta que sólo se mira el ombligo, que alguien no haga la película que quiere, sino la que le ofrecen y exhiba tanto amor, compromiso y respeto por el público merece un gran aplauso.

El trío protagónico (Diego Peretti, Natalia Oreiro y Norma Aleandro) no son sólo reyes de la taquilla sino que nadan como Esther Williams o Johnny Weissmuller en las aguas de la comedia. Verlos dominar este difícil arte es una delicia.

Los aspectos técnicos son irreprochables y por obvias razones se luce la música de Guillermo Guareschi.

Si bien la música en espera es en la vida real exasperante e insoportable, ésta es disfrutable e inolvidable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

martes, 24 de marzo de 2009

Nuestra Natasha

Odio profundamente los obituarios y aquí estoy escribiendo uno. Como diría Walt Whitman: What the hell if I contradict myself (Qué carajo importa si me contradigo a mí mismo)

El miércoles estaba mirando Boca-Guaraní, el partido estaba aburrido e hice zapping. La CNN me informaba que Natasha Richardson había muerto. Fue como un golpe en el estómago y me agarró la tristeza infinita. No es que no supiera que estaba grave, los diarios internacionales lo advertían, pero acostumbrado a la prensa local que mata a la gente cada vez que le sale un callo (¿cuántas veces mataron a Sandro? el pobre anda muy cachuzo pero todavía vive), pensé que por ahí zafaba.

Volví al partido que se puso interesante o al menos se llenó de goles, pero yo ya no lo veía. Acudían a mi mente en tropel, sin orden ni concierto las películas protagonizadas por la Richardson: La condesa blanca, Asylum, Gótico, Entre la furia y el éxtasis, El monte de las viudas, Una relación indecente, Éxito por los pelos, Zelda.

Aunque el gran público quizá la recuerde más como la tercera en discordia de Jennifer López y Ralph Fiennes en Sueño de amor, o como la doctora de Jodie Foster en Nell, film en el que conoció a Liam Neeson con quien se casaría y tendría dos hijos.

Tenía (¡qué feo es hablar en pasado!) todo para ser una estrella de cine: talento, presencia, magnetismo, pero nunca se tomó muy en serio lo de ser estrella. Por venir de una familia de actores de ilustre abolengo y encumbrada prosapia, (fue hija de Vanessa Redgrave y el director Tony Richardson, sobrina de Lynn Redgrave, hermana de Joely Richardson, y nieta del gran Michael Redgrave) sabía que el estrellato es un campo minado, se recogen carretilladas de rosas mientras no se pise una mina y se vuele por los aires.

Lo que sí se tomaba en serio y amaba con fervor era el teatro. El crítico teatral en jefe de The Guardian dijo que su muerte era “Una tragedia para el teatro”. No parece una hipérbole desmadrada si se toma en cuenta que protagonizó Anna Christie de O’Neill, De repente en el verano (con Maggie Smith) y El tranvía llamado deseo de Williams, La gaviota de Chejov, Espectros y La dama del mar de Ibsen, los musicales Alta sociedad y Cabaret (en la puesta de Sam Mendes) y como buena inglesa anduvo por algunos Shakespeares, fue Helena en Sueño de una noche de verano y Ofelia en Hamlet. A fines de este año planeaba hacer Señorita Julia de Strindberg.

Broadway le rindió el conmovedor homenaje que le tributa a los grandes. El jueves a las 8, hora en que comienzan las obras, el público y los elencos de todos los teatros hicieron un minuto de silencio, mientras que en la calle se apagaban todas las luces y marquesinas por un minuto. Ver esa calle siempre extremadamente iluminada sumirse en las penumbras provoca una congoja atenazadora.

Cada vez que muere un artista, el mundo se pone un poquito más feo. Parafraseo el título de una obra de Alejandro Casona y digo Nuestra Natasha se fue porque Dios estaba armando un elenco de repertorio en el cielo y necesitaba una primera actriz. Sin duda le iluminará cada papel que le otorgue.



viernes, 13 de marzo de 2009

Gomorra

Gomorra es una película italiana sobre la Camorra, la famosa mafia napolitana. Como se ve, el título es un juego de palabras, al nombre de la organización delictiva se le cambian las dos primeras letras para acercarla a la ciudad bíblica que fuera destruida por la ira divina debido a su necedad, crueldad y miseria.

La película se basa en el best seller de Roberto Saviano (éxito amargo, por revelar algunos secretos criminales, el autor vive bajo protección policial permanente). Dirigida por Matteo Garrone, ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes del 2008. Merecidamente.

Es un film único e irrepetible que llega a alturas insospechadas en los films de mafiosi.

Para empezar no se parece a nada que hayamos visto antes. No hay capi mafia carismáticos, ni música operística, ni arengas sobre el honor, ni mammas revolviendo estofados o guardaespaldas en trajes de Armani. Aquí no hay glamour ni glorificación.

Por aquí deambulan los últimos orejones del tarro, los miembros menores de las órdenes inferiores. Los más importantes quizá, porque son las raíces, las bases del andamiaje. Y la carne de cañón.

Están Ciro y Marco, dos jóvenes caóticos que buscan emular a Tony Montana, el personaje de Al Pacino en Scarface (¡pavada de role model!); Franco, un intermediario que posibilita que los países desarrollados tiren sus desechos tóxicos altamente cancerígenos en estos parajes; Pasquale, un sastre especialista en copiar diseños de alta costura; Don Ciro, un pagador de “beneficios” para las familias de los “soldados” que están muertos o en la cárcel; y Toto, un chico de 13 años que sueña con pertenecer a la organización.

La cámara sigue a los protagonistas como si estuviéramos en un documental o en una reformulación de las premisas del neorrealismo. Y valga la paradoja, esa cercanía es también una distancia. No hay que olvidar que el punto de vista es todo. A los autores no les interesa comprometernos emocionalmente en los dramas y en las tragedias que se narran, porque a veces el horror no se aprecia si los sentimientos están comprometidos.

Hay una insistencia en no juzgar sino en mostrar. Por primera vez en mucho tiempo, la cámara en mano no es el estúpido jueguito de moda sino el recurso ideal para lo que se está contando. La cuidada planificación se constituye en un lenguaje rico, potenciador y perturbador. Por ejemplo, la no apertura del plano en la escena en la que Don Ciro visita a sus “beneficiarios” cuando ya se instaló la guerra con los “secesionistas” es magistral. Los primeros planos desnudan las muy expresivas caras de los actores; los planos medios se ciñen a la claustrofobia de los míseros interiores y los planos amplios se abren hipnóticos a paisajes de aterradora decadencia.

Al comienzo desconcierta, alejada de los didactismos de las tradicionales películas de mafiosos, en las que se empeñan que entendamos los mecanismos del delito, aquí se ven actividades delictivas sin que terminemos de entender sus implicancias o modus operandi. No importa. Avanzado el metraje, el cuadro se ampliará y comprenderemos.

Hay escenas inolvidables: el rito de iniciación, la prueba de las armas robadas, la paranoia de Don Ciro, la traición de Toto o la entrada de Pasquale al taller chino.

El elenco mezcla a actores profesionales con no profesionales. Todos son exactos y contundentes.

Es una película dura, ardua de acceder (no otorga las habituales concesiones o los lugares comunes lícitos asociados al espectáculo cinematográfico), pero una vez que uno entra, atrapa hasta el final. Bajo su aparente simplicidad, hay capas y capas de significación y resignificación. Las ironías surgen casi sin querer, porque cuando se retrata fielmente una realidad que se fue de cauce, el sarcasmo es el resultado natural.

La película se abre con un hombre rodeado de lámparas azules. Parece que estuviéramos en un film de ciencia ficción. Ojalá así fuera. La ciencia ficción presenta cuadros de advertencia y esto, mal que nos pese, es una realidad. Para nosotros es como un espejo que adelanta y nos muestra hacia donde estamos yendo.

Retrata un mundo donde el crimen y el delito persisten porque políticos venales y corruptos los posibilitan; las drogas fluyen libremente porque son un buen negocio y los buenos negocios no se cuestionan; los diarios y la televisión perpetúan la desinformación y la ignorancia; se envenena la tierra y eso se justifica porque promueve la economía; los ricos quieren más riqueza sin que les importe cómo; y la miseria engendra más y más delito.

¿Les suena conocido?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 6 de marzo de 2009

Gran Torino

Querido Clint,

Todas las despedidas son tristes. Me resisto a creer que te retirás de la actuación, que Gran Torino sea tu última película como actor. Aunque no hay motivo para no creerte. Siempre fuiste un hombre de palabra. Te voy a extrañar… y mucho. Sos una parte importante de mi vida.

En mi infancia y en mi adolescencia te admiré porque hacías esos héroes imperturbables en esas inolvidables películas de acción que me aceleraban el pulso y hacían que me atragantara con el maní con chocolate. Westerns, thrillers, policiales, de guerra, de risa y hasta un musical.

En mi madurez te convertiste en un magnífico director de cine, el último maestro del cine clásico, aquél al que por sobre todo le interesa contar bien una historia. Y no me quedó más remedio que admirarte otra vez. Ahora ya no sólo despabilabas mi emoción sino que también deslumbrabas mi intelecto.

Y si la película aparte de estar dirigida por vos, estaba actuada por vos, el placer era doble o triple, porque tu imagen me devolvía siempre el pibe que fui, el adolescente zonzo que fui.

No todas fueron rosas. Tuve mis diferencias con vos, pero te perdoné algunas agachadas ideológicas porque sabía que te corregirías como lo hacés ahora. Sabés que pasa, los artistas aunque se creen semidioses son humanos, y tarde o temprano su sensibilidad los hace retrotraerse de sus estupideces.

En Gran Torino estás bárbaro, te retirás con una actuación impecable, magistral. Yo creo que sos un buen actor, pero en realidad eso a nadie le importa. Sos como Humphrey Bogart, James Steward, Gregory Peck, Bruce Willis o Harrison Ford, una estrella cinematográfica. Y a las auténticas estrellas cinematográficas, uno no les pide actuaciones, su talento no reside en la técnica actoral sino en esa presencia, ese carisma que hace que les creamos todo lo que hacen porque están en nuestra simpatía, en nuestro corazón. Son como esos jugadores de fútbol que le dieron la victoria a nuestro equipo cuando todo estaba perdido o que evitaron que nos empataran cuando el triunfo era nuestro, algún día pueden jugar mal o no ser tan lúcidos ni tan hábiles, pero se lo perdonamos porque están en nuestro corazón.

A Robert De Niro (a quien también respeto mucho) y a los otros grandes actores se los recibe en silencio, con expectativa, con solemnidad, se los trata de usted. A vos y a los otros a los que te nombré se los recibe con cariño, con una sonrisa, se los trata de vos. Son de la familia. Hagan lo que hagan no nos defraudarán.

Y sos un hijo de puta, te despedís con una historia inolvidable. ¿Cómo no conmoverse con ese racista de mierda que aprende que el prejuicio es estupidez, ignorancia, miedo a lo que no se conoce o es diferente? De aquí a mil años recordaré esta historia. Aunque me agarre la amnesia, de esta historia no me olvido.

Si querés retirarte, estás en todo tu derecho. Tu figura alta y flaca ya no recortará el horizonte en un film, pero no te preocupés. Puedo ser bastante estúpido, pero no soy ingrato. De los buenos momentos no me olvido.

Te prometo que volveré a la última función del último día de proyección, te despediré en el cine, como se despide a un amigo que se va de viaje. Te desearé la mejor de las suertes. Y no te enojés, en el camino de vuelta a casa por ahí se me pianta un lagrimón. No sé que te sorprende, si cierro una etapa de mi vida. Chau, Clint, y gracias.

Un abrazo,
Gustavo

PS Eso sí, no te pierdas, no dejes de dirigir y ni se te ocurra morirte, ya arrastro muchas pérdidas. Ah, la canción que compusiste y cantás en los títulos finales es buenísima. No esperaba menos de vos. Cuidate.

sábado, 28 de febrero de 2009

Vicky Cristina Barcelona

Después de todo, para ser original quizá no se trate de hacer algo único que no se parezca a nada, si no de hacer algo que se parezca a todo y la vez sea único. A Woody Allen como a Shakespeare o a Borges se le puede rastrear las influencias y hasta el origen de las ideas, pero aunque se les desbroce cada coma o se les desmalece cada imagen, siguen siendo únicos e irrepetibles.


En Vicky Cristina Barcelona, Allen mezcla norteamericanas de pura cepa con experimentados europeos y se inscribe en la tradición inaugurada por Henry James. Reformula Design for living (Esquemas de vida) de Nöel Coward para dar cuenta de la esencia del amor entre artistas bohemios; como Truffaut usa un narrador para dar pistas y circunscribir escenas; y la conclusión es un nuevo canto de amor a la filosofía de Ingmar Bergman. Y por eso o a pesar de todo eso, es un Woody Allen legítimo y original.


Después de su período londinense (Match Point, Scoop, El sueño de Casandra) en el que partió de relatos policiales para explorar sus ideas, vuelve a la comedia sentimental celebrando el sol de España que ilumina incomparable la belleza natural y arquitectónica de Barcelona y Oviedo.


La anécdota es sencilla, hay mucho devaneo amoroso, con constante tironeo entre opuestos (la conformidad burguesa o la libertad caótica bohemia, el raciocinio o el sentimiento, la sujeción o la libertad), hasta llegar a una conclusión bergmaniana: quizá el hombre no nació para la felicidad. Por más que la desee, ella es tan esquiva como la luz. Pero no hay desesperanza o desaliento en su visión. La vida es muy hermosa y merece ser vivida.


El sol de España parece haberle encendido la sangre y vuelve a escribir con la cámara y supera su tendencia de pararla frente a los actores para que registre, inexpresiva, el diálogo.


Como siempre, el elenco es uno de los lujos que se permite Allen. Javier Bardem es un actor prodigioso que seduce hasta los huesos desde su aparente fealdad. Scarlett Johansson es sensual hasta cuando te da el vuelto. Penélope Cruz desde el Volver de Almodóvar ha descubierto una mediterraneidad à la Loren que la hace más apetecible y la aleja del estereotipo de la españolita caliente. Rebecca Hall, mujer al fin, ante tanta competencia le saca filo a su encanto como quien no quiere la cosa, con la naturalidad de la que se pinta los labios.


La luminosidad es omnipresente, destierra las sombras de los recovecos de la trama y hasta los dobleces de los personajes destellan. La conclusión puede ser amarga, pero uno sale con una sonrisa. Una síntesis nada desdeñable. La superación de los opuestos que se asocia con la madurez.


No es una película de la que uno se enamore, pero deleita verla y se la recuerda con simpatía, como a un romance de verano.

Un abrazo
Gustavo Monteros