jueves, 16 de abril de 2009

Entre los muros

Es curioso lo que pasa cuando uno ve una película que se centra en una actividad con la que uno se gana la vida. La posibilidad de la evasión de la realidad está coartada. Sólo queda la posibilidad de una identificación irrestricta.

Tengo amigos médicos que odian las series y películas de temas médicos, y amigos abogados que no quieren saber nada con las series y películas sobre la ley. Me dicen: ¿para qué quiero ver algo que padezco todos los días?

Claro que la negación no es absoluta, ya que uno de mis amigos me dijo alguna vez: Eso sí, si el colega es el héroe, derrota al sistema y tiene buen sexo con alguna diosa del cine, voy y disfruto de la película. Bueno, en realidad no dijo “buen sexo”, pero hoy estoy en ánimo de “apta para todo público.”

En esta ocasión me toca a mí: una película sobre los sufridos docentes.

Como lo demostrara en las magníficas Recursos humanos y El empleo del tiempo, a Laurent Cantet le preocupa la problemática social contemporánea. Esta vez se encierra en las aulas de una escuela pública parisina en esta película ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes con un jurado presidido por Sean Penn. (Ahora sé que puedo entretener a Sean Penn con mis jugosas anécdotas escolares.)

Cantet trabaja delimitando espacios, hace corte precisos y acotados a una realidad mayor, se concentra en ellos y profundiza un análisis de los elementos en juego. En Recursos humanos estudiaba la deshumanización de las nuevas estructuras laborales, en El empleo del tiempo, la devastación emocional que provoca el desempleo y en Bienvenidas al paraíso, las implicancias desequilibrantes del turismo sexual.

En las aulas de Entre los muros hay una agresividad soterrada que no tarda en explotar. La frustración es lo único que tienen en común docentes y alumnos. Víctimas del vaciamiento moral que trajo el triunfo del neo capitalismo, saben o intuyen que nunca alcanzarán lo que desean. No hay metas ni valores. Pero están atrapados en una situación concreta: el aula es el espacio en el que el derecho a la educación debe cumplirse. La clase es multirracial, lo que no facilita las cosas.

Antes que nada es esencial alcanzar un mínimo de respeto mutuo. Y le corresponde al docente (de lengua en este caso) sentar las bases, porque es su rol, es el adulto, el que está al frente y el que tiene la formación necesaria. Debe meterse en el rincón más oscuro de su anatomía la nostalgia de una escuela ordenada y ansiosa de conocimientos, sofrenar la ironía con la que hace un poco de catarsis, y aceptar que aunque le paguen poco y mal deberá seguir trabajando. El aula es una prisión, no hay escape, hay que sacar lo mejor posible de la situación y seguir adelante.

Deberá soportar sin mosquear los cuestionamientos sobre su supuesta homosexualidad, comprender que no es él quien emite señales confusas sino que sus alumnos por ser adolescentes aún no saben qué son o qué quieren y como temen ser homosexuales desarrollan una acentuada homofobia.

Los alumnos se ven a sí mismos como inútiles dominados por una desidia invencible. Habrá que socavar esa noción fortaleciendo su endeble autoestima, celebrando como épicos los logros más pequeños. Y será imprescindible olvidar que lo que hoy aprenden en un año antes se aprendía en un mes o un día.

Pero la frustración es amarga y traicionera, y no hace muy llevadero el día a día. Una pequeñez desatará una reacción en cadena, el sistema operará sus trampas y quien sin duda merece otra oportunidad no la tendrá.

Basada en un libro de investigación del profesor, escritor y periodista, François Bégaudeau (que protagoniza al docente), Entre los muros está concebida como un documental actuado. Los alumnos, sus padres y los docentes recrean fidedignamente la realidad. Es muy conmovedora y reveladora, no sólo para los docentes, para todo el público.

La educación debe ser inclusiva, integradora, universal. El sistema no es perfecto y la realidad lo hace más vulnerable. En este país, por ejemplo, sabemos que los chicos de padres golpeadores, o de madres borrachas, o con fácil acceso a las drogas, o de ámbitos desvalizadores, o de familias sin cultura del trabajo porque viven de planes sociales, etc. no se beneficiarán con la educación. Y como no se quiere tratar el problema político económico que engendra esta realidad, el poder y los medios le dan a estos temas un tratamiento superficial y facilista que resulta insultante y que despierta una rabia impotente.

La teorización inútil tampoco ayuda. Cada vez que un problema educativo de formación, relación o disciplina llega a los medios, invitan a una renombrada psicóloga, pedagoga y licenciada en no sé cuantas ciencias afines más que recita teorías inaplicables a nuestra realidad. Los polacos, los japoneses o los islandeses estudiaron el problema educativo y llegaron a conclusiones que son valederas para su realidad, pero que no son de aplicación universal irrefutable. Un padre golpeador en China no es igual a un padre golpeador en Argentina, las sociedades chinas y argentinas tienen características idiosincrásicas diferentes. Si bien el problema educativo tiene rasgos comunes en todos los países, las soluciones alcanzadas en Somalia pueden no ser pertinentes en otros países de la misma región.

Esta señora de la que hablo se sabe todas las teorías educativas desarrolladas en todo el mundo, pero nunca estudió su viabilidad en este país. Eso no le impide darlas por válidas. Una vez una periodista le preguntó si trabajaba en escuelas. “Sí, sí”, dijo, “Asesoro a varias instituciones.” La periodista, intuyendo que se trataba de organizaciones privadas, insistió: “Pero, ¿trabaja en escuelas públicas?” “Sí”, dijo muy suelta de cuerpo, “Hice las prácticas de mis especialidades en escuelas públicas”.

Así que esta señora, que hace 10 años estuvo 12 veces en una escuela pública, se pasea por los medios iluminándonos con sus soluciones “teóricas” a nuestros “prácticos” problemas cotidianos. El día en que en este país se decidan a tratar seriamente la problemática educativa, pagarán trabajos de campo que investiguen las características específicas de nuestra realidad. Mientras tanto, por favor, que alguien le enseñe a esta señora que su pelotudez es superable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

domingo, 12 de abril de 2009

El niño pez

Voy a cometer un pecado mortal. Voy a decir que una muy buena película me aburrió soberanamente. Perdón, debo ser sincero. A mí, XXY, la ópera prima de Lucía Puenzo me pareció aburridísima. Puedo enumerar largamente sus virtudes, pero nunca conecté con ella.

Entonces ¿por qué iba a ver la segunda película de la Puenzo? Porque Emme me robó el corazón con Rita, la salvaje. Fue el debut teatral más apabullante que vi. Se plantaba en escena como una secuoya, se entregaba, se arriesgaba y casi siempre la pegaba. Lucía la audacia y el aplomo de una veterana, sin embargo ¡era una debutante! Por momentos la obra se caía a pedazos o se iba directa al carajo, y ella permanecía incólume y nuestra compasión con ella.

Por Emme iba, aunque cuando un director elige un actor que respeto, se me despierta una natural empatía. Y si la Puenzo había elegido a Emme...

El niño pez no es tan buena película como XXY, pero esta vez la pasé bien. Quizá porque es audaz, ambiciosa, apasionada.

No es lineal como XXY, tiene una estructura compleja. Se asienta sobre un cruce de géneros, participa tanto de una historia de amor, de un policial y del realismo mágico. Pero es la historia de amor la que le da cohesión.

Lala (Inés Efron) adolescente rica, hija de un juez, ama a, y es correspondida por Guayi (Emme), la sirviente paraguaya de la casa. Un día, el juez aparece muerto. Lala huye. Guayi se queda, es acusada del crimen y enviada a un correccional de menores. De este punto de partida se entroncarán los flashbacks que nos contarán cómo llegamos hasta aquí. Luego Lala regresará y la historia procederá a su desenlace.

Que la familia rica se apellide Brontë no es gratuito, una vez armada la historia veremos que tiene las densidades, las complicaciones melodramáticas y las pasiones descabelladas de una novela de las hermanas Brontë.

No es una gran película, pero es buena. Los cinco para el peso que le faltan son algunos diálogos solemnes y ampulosos a los que una reescritura les vendría bien o un tiroteo que merecía una secuenciación más clara, pero entre los 95 restantes figuran una dirección con un punto de vista preciso, una historia compleja que cuando se completa suena rotunda, porque aunque hay argumento como para tres películas, los detalles han sido atendidos y los vericuetos de los personajes y la trama resultan nítidos y contundentes, y un elenco impecable conducido con firmeza.

Inés Efron ratifica el talento mostrado en XXY y en Amorosa soledad. Arnaldo André quizá fue siempre un buen actor relegado al galán eterno, ahora que la madurez lo ha liberado de la galanura exhibe una ductilidad que sorprende. Tanto este trabajo como el que le vi en la puesta de Los monstruos sagrados de Jean Cocteau muestran un actor que se luce en exigencias hasta hace poco impensadas para él.

Y Emme deslumbra en cada escena. Su personaje tiene como arma de defensa y ataque su propio cuerpo y Emme hace pasar todas las emociones de su personaje por la morbidez de su cuerpo para nada anoréxico. Su cuerpo desata la lujuria, pero también manipula las pasiones. Y es su cuerpo el que se quiebra de dolor. Las actrices suelen ser inseguras y ponen en duda hasta lo obvio. Ojalá Emme sea consciente de la autoridad de su talento, ganaríamos una actriz maravillosa.

Ah, el niño pez del título es un mito personal de Guayi que encierra un dolor inabarcable, una representación simbólica para sobrevivir o hacerlo soportable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros
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domingo, 5 de abril de 2009

Esperando la carroza 2

Hay un viejo dicho teatral que reza: Lo bueno de los fracasos es que nadie los recuerda. Y se podría agregar que también son buenos porque se pueden reciclar impunemente.

En 1986, al año siguiente del estreno de la película de Doria, Jacobo Langsner escribió una segunda parte de la obra original que estrenó como Barbacoa en Montevideo. En 1987 la misma obra se estrenó en Buenos Aires con el título Chimichurri. Y, cambio de títulos al margen, fracasó estrepitosamente en ambas riberas del Plata.

Ahora regresa como guión para Esperando la carroza 2. No hay mucha reelaboración y así los reparos que se le hicieron a la obra mantienen su validez: fallas garrafales en su estructura, humor no sólo grueso sino poco efectivo, ausencia de un nudo central y personajes que si no se conocieran de la obra anterior naufragarían sin remedio.

No hagamos mucho suspenso y digámoslo claramente: Esperando la carroza 2 es un bodrio irredimible.

Antonio (Luis Brandoni) y Nora (Betiana Blum) han subido un poco más en la escala social. Él ahora no sólo tiene conexiones con las oscuras fuerzas de la ley sino también con diputados, ministros, senadores y jueces. Puso un matadero clandestino a nombre de su hermano Jorge (Roberto Carnaghi, en reemplazo del recordado Julio De Grazia), en el que también trabajan Emilia (Lidia Catalano) y su hijo el Rulo (Facundo Espinosa, en reemplazo de Darío Grandinetti). La esposa de Jorge, Susana (Mónica Villa) está embarazada, más por necesidad argumental que otra cosa, por puro paralelismo. Si en la primera abundantes líos giraban en torno a un velatorio, aquí habrá un pequeño revuelo en torno a un parto. Elvira (China Zorrilla) es la gran ausente. Sus líneas fueron a parar al personaje de su hija, Matilde (Andrea Tenuta). Y las líneas de Matilde ahora las tiene una hija que le nació de la nada, Marita (Dolores Fernández). Porque Langsner no sólo no reelaboró mucho sino que ante la negativa de la Zorrilla a participar del proyecto, se limitó a correr las líneas de ésta a la Tenuta y las de la Tenuta a una hija. Y así la correlación entre una y otra película no cierra para nada. En la uno, Rulo y la Tenuta tenían la misma edad, en ésta Rulo y la hija de la Tenuta tienen la misma edad. Y la distancia entre una y otra película la ponen los hijos de la Villa. El mayor que era un bebé en la uno, ahora tiene entre 8 y 12 años (se lo ve brevemente en el auto en la ida al matadero). De donde se concluye que el tiempo fue cruel y rápido para la Tenuta, quien pasó de adolescente a tener una hija adolescente en menos de 10 años mientras que el Rulo no envejeció sino que rejuveneció.

La excusa argumental para juntarlos es una fiesta de aniversario de Nora y Antonio, ella no quiere que estén presentes porque son muy ordinarios y desentonarán con sus nuevos y encumbrados amigos, lo que provocará gritos y reyertas. Cada situación terminará torpemente y volverá a empezar en los mismos términos. Las reiteraciones son hartantes y la falta de progresión termina por aburrir. El humor, las pocas veces que es efectivo, se asemeja al de una película de Sofovich (Gerardo, porque Hugo era más habilidoso y obtenía algunos logros remarcables). La dirección de arte, de tan recargada, termina por no decir nada. La dirección de Gabriel Condrón es inexistente, parece como que los actores se hubieran reunido por su cuenta a repetir los personajes que alguna vez les dieron fama, por ejemplo, la escena en la que unos muchachos acosan en la calle a los Tenuta y a la Fernández es vergonzosamente mala. Y el acordeoncito de la banda sonora que está presente en cada segundo de la película es insufrible por pesado y monocorde.

Pocas películas en el cine argentino son tan queridas, celebradas y recordadas como Esperando la carroza (ahora uno). Una estatura mítica que se ganó por el video y las repeticiones por televisión, porque cuando se estrenó en cine no fue un éxito de público ni de crítica. El público saluda a la Zorrilla (doy fe, fui testigo) no con un hola sino con un “Yo hago fideos, ella hace fideos”, porque se saben de memoria diálogos enteros y recuerdan secuencias completas. Y no está nada mal que así sea porque cada hallazgo cómico era una epifanía que nos mostraba todas las lacras que cargamos. (Gracias, Doria.)

Es una pena que se haya mancillado ese mito con una secuela tan pero tan mala. (¡Y encima amenazan con la tres!)

Un abrazo,

Gustavo Monteros

viernes, 27 de marzo de 2009

Al otro lado

Al otro lado es una película paradójica, porque es densa, compleja, profunda y a la vez llana, directa, de fácil acceso. Sólo hay que sentarse y dejarse llevar. Es un viaje fascinante por temas y situaciones que nos abarcan a todos.

A propósito no referiré nada del argumento. Brinda una gran recompensa si uno se deja fluir con la historia. Sorprende a cada paso. Es ambiciosa y lograda. Y es tan simple que no molesta al apetito intelectual si uno atiende el apetito corporal con los consabidos pochoclos y la gaseosa.

Eso sí, enumeraré algunos de los temas que toca. Trata la indisolubilidad y la extrañeza que crea el vínculo entre padres e hijos, la dificultad de hallar una identidad cultural que llamemos propia o un lugar en el mundo que consideremos nuestro, el destino caprichoso que se empeña cruelmente en que nos desencontremos mientras nos lleva a lugares insospechados que nos hacen más plenos, la posibilidad de que encontremos finalmente la redención y el perdón, la certeza de que el amor es un regalo que hay que disfrutar dónde y cuándo se lo encuentre, la aseveración de que somos si vivimos, amamos y elegimos.

La película se divide en partes que, cual capítulos de una novela, tienen títulos. Y aunque anuncien la muerte de un personaje, así de antemano, no nos quitan el interés o el misterio porque lo esencial es lo que viene después.

Es la obra de un director alemán, Fatih Akin, hijo de inmigrantes turcos. Transcurre tanto en Alemania como en Turquía. Pero aunque los detalles son específicos, es tan cercana como si transcurriera entre Buenos Aires y Montevideo, o entre La Plata y Gonnet.

Sí, es una película coral en forma de rompecabezas, pero los personajes son muy identificables y las piezas se ubican con facilidad. Pasado el deslumbramiento inicial de Amores perros, 21 gramos o Babel, muchos han aprendido a sospechar de las películas corales en forma de rompecabezas. Pero aquí no hay trampas artificiosas, ni personajes vacíos que vocean las ideas del director, ni nudos de hilo chanchero que atan las historias. Como el director también es actor, los personajes son ricos, están bien armados y por su situación personal de heredadas culturas contrapuestas, la transculturización suena sincera.

Si pueden véanla lo más pronto posible, no creo que dure más de una semana. Salvo Hanna Schygulla, no tiene nombres convocantes. Son actores alemanes y turcos cuyos nombres no nos dicen nada, sin embargo lo que hacen es reconocible y muy humano.

En el cine, la mayoría de la oferta que recibimos es yanqui, un cine que últimamente es esencialmente estúpido y si esta película se estrena en cine y no pasa directamente a DVD es porque es seductora y emocionante.

Y así como la reproducción de un cuadro empalidece ante la visión directa del mismo cuadro, somos afortunados de que esta película se exhiba en un cine y que no tengamos que conformarnos con verla en cable o DVD. Aprovechemos la oportunidad.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

miércoles, 25 de marzo de 2009

Música en espera

Si los años cincuenta fueron la edad de oro del policial negro en el cine argentino, ésta parece ser un excelente momento para la comedia romántica. Después de las logradas No sos vos, soy yo, ¿Quién dijo que es fácil?, Motivos para no enamorarse y Un novio para mi mujer, llega esta comedia impecable.

El enredo inicial es entre un compositor de música para películas creativamente bloqueado que cree descubrir en una música de espera la melodía que anda necesitando y una subgerente de banco embarazada que necesita un hombre que finja ser su novio ante su madre dominante recién llegada de España.

El guión toma como modelo las mejores comedias del gran maestro Preston Sturges: Las tres noches de Eva, The Palm Beach story, Salve héroe victorioso, El milagro de Morgan Creek, Los viajes de Sullivan, El gran McGinty. Y así cada situación se funde naturalmente con la siguiente, cada objeto que se presenta pivoteará una situación cómica, los personajes secundarios participarán de lo que se llaman “running gags” (gags continuos). Todos los personajes son ricos y están muy bien delineados y el dialogo si bien no tiene “repartee” (intercambio de líneas ingeniosas) es fluido y chispeante.

El director (Hernán Goldfrid) y el coguionista (Patricio Vega) vienen de las huestes de Damián Szifron, colaboraron con él en Los simuladores, Hermanos y detectives, y en Tiempo de valientes. En algún momento de la película, el personaje del compositor (Peretti) dice que no le gustan las comedias románticas pero que si se las piden las hace. Si es una confesión de partes, chapeau. La película resuma talento, creatividad y un amor por la profesión encomiable. Ante tanto cineasta que sólo se mira el ombligo, que alguien no haga la película que quiere, sino la que le ofrecen y exhiba tanto amor, compromiso y respeto por el público merece un gran aplauso.

El trío protagónico (Diego Peretti, Natalia Oreiro y Norma Aleandro) no son sólo reyes de la taquilla sino que nadan como Esther Williams o Johnny Weissmuller en las aguas de la comedia. Verlos dominar este difícil arte es una delicia.

Los aspectos técnicos son irreprochables y por obvias razones se luce la música de Guillermo Guareschi.

Si bien la música en espera es en la vida real exasperante e insoportable, ésta es disfrutable e inolvidable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

martes, 24 de marzo de 2009

Nuestra Natasha

Odio profundamente los obituarios y aquí estoy escribiendo uno. Como diría Walt Whitman: What the hell if I contradict myself (Qué carajo importa si me contradigo a mí mismo)

El miércoles estaba mirando Boca-Guaraní, el partido estaba aburrido e hice zapping. La CNN me informaba que Natasha Richardson había muerto. Fue como un golpe en el estómago y me agarró la tristeza infinita. No es que no supiera que estaba grave, los diarios internacionales lo advertían, pero acostumbrado a la prensa local que mata a la gente cada vez que le sale un callo (¿cuántas veces mataron a Sandro? el pobre anda muy cachuzo pero todavía vive), pensé que por ahí zafaba.

Volví al partido que se puso interesante o al menos se llenó de goles, pero yo ya no lo veía. Acudían a mi mente en tropel, sin orden ni concierto las películas protagonizadas por la Richardson: La condesa blanca, Asylum, Gótico, Entre la furia y el éxtasis, El monte de las viudas, Una relación indecente, Éxito por los pelos, Zelda.

Aunque el gran público quizá la recuerde más como la tercera en discordia de Jennifer López y Ralph Fiennes en Sueño de amor, o como la doctora de Jodie Foster en Nell, film en el que conoció a Liam Neeson con quien se casaría y tendría dos hijos.

Tenía (¡qué feo es hablar en pasado!) todo para ser una estrella de cine: talento, presencia, magnetismo, pero nunca se tomó muy en serio lo de ser estrella. Por venir de una familia de actores de ilustre abolengo y encumbrada prosapia, (fue hija de Vanessa Redgrave y el director Tony Richardson, sobrina de Lynn Redgrave, hermana de Joely Richardson, y nieta del gran Michael Redgrave) sabía que el estrellato es un campo minado, se recogen carretilladas de rosas mientras no se pise una mina y se vuele por los aires.

Lo que sí se tomaba en serio y amaba con fervor era el teatro. El crítico teatral en jefe de The Guardian dijo que su muerte era “Una tragedia para el teatro”. No parece una hipérbole desmadrada si se toma en cuenta que protagonizó Anna Christie de O’Neill, De repente en el verano (con Maggie Smith) y El tranvía llamado deseo de Williams, La gaviota de Chejov, Espectros y La dama del mar de Ibsen, los musicales Alta sociedad y Cabaret (en la puesta de Sam Mendes) y como buena inglesa anduvo por algunos Shakespeares, fue Helena en Sueño de una noche de verano y Ofelia en Hamlet. A fines de este año planeaba hacer Señorita Julia de Strindberg.

Broadway le rindió el conmovedor homenaje que le tributa a los grandes. El jueves a las 8, hora en que comienzan las obras, el público y los elencos de todos los teatros hicieron un minuto de silencio, mientras que en la calle se apagaban todas las luces y marquesinas por un minuto. Ver esa calle siempre extremadamente iluminada sumirse en las penumbras provoca una congoja atenazadora.

Cada vez que muere un artista, el mundo se pone un poquito más feo. Parafraseo el título de una obra de Alejandro Casona y digo Nuestra Natasha se fue porque Dios estaba armando un elenco de repertorio en el cielo y necesitaba una primera actriz. Sin duda le iluminará cada papel que le otorgue.



viernes, 13 de marzo de 2009

Gomorra

Gomorra es una película italiana sobre la Camorra, la famosa mafia napolitana. Como se ve, el título es un juego de palabras, al nombre de la organización delictiva se le cambian las dos primeras letras para acercarla a la ciudad bíblica que fuera destruida por la ira divina debido a su necedad, crueldad y miseria.

La película se basa en el best seller de Roberto Saviano (éxito amargo, por revelar algunos secretos criminales, el autor vive bajo protección policial permanente). Dirigida por Matteo Garrone, ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes del 2008. Merecidamente.

Es un film único e irrepetible que llega a alturas insospechadas en los films de mafiosi.

Para empezar no se parece a nada que hayamos visto antes. No hay capi mafia carismáticos, ni música operística, ni arengas sobre el honor, ni mammas revolviendo estofados o guardaespaldas en trajes de Armani. Aquí no hay glamour ni glorificación.

Por aquí deambulan los últimos orejones del tarro, los miembros menores de las órdenes inferiores. Los más importantes quizá, porque son las raíces, las bases del andamiaje. Y la carne de cañón.

Están Ciro y Marco, dos jóvenes caóticos que buscan emular a Tony Montana, el personaje de Al Pacino en Scarface (¡pavada de role model!); Franco, un intermediario que posibilita que los países desarrollados tiren sus desechos tóxicos altamente cancerígenos en estos parajes; Pasquale, un sastre especialista en copiar diseños de alta costura; Don Ciro, un pagador de “beneficios” para las familias de los “soldados” que están muertos o en la cárcel; y Toto, un chico de 13 años que sueña con pertenecer a la organización.

La cámara sigue a los protagonistas como si estuviéramos en un documental o en una reformulación de las premisas del neorrealismo. Y valga la paradoja, esa cercanía es también una distancia. No hay que olvidar que el punto de vista es todo. A los autores no les interesa comprometernos emocionalmente en los dramas y en las tragedias que se narran, porque a veces el horror no se aprecia si los sentimientos están comprometidos.

Hay una insistencia en no juzgar sino en mostrar. Por primera vez en mucho tiempo, la cámara en mano no es el estúpido jueguito de moda sino el recurso ideal para lo que se está contando. La cuidada planificación se constituye en un lenguaje rico, potenciador y perturbador. Por ejemplo, la no apertura del plano en la escena en la que Don Ciro visita a sus “beneficiarios” cuando ya se instaló la guerra con los “secesionistas” es magistral. Los primeros planos desnudan las muy expresivas caras de los actores; los planos medios se ciñen a la claustrofobia de los míseros interiores y los planos amplios se abren hipnóticos a paisajes de aterradora decadencia.

Al comienzo desconcierta, alejada de los didactismos de las tradicionales películas de mafiosos, en las que se empeñan que entendamos los mecanismos del delito, aquí se ven actividades delictivas sin que terminemos de entender sus implicancias o modus operandi. No importa. Avanzado el metraje, el cuadro se ampliará y comprenderemos.

Hay escenas inolvidables: el rito de iniciación, la prueba de las armas robadas, la paranoia de Don Ciro, la traición de Toto o la entrada de Pasquale al taller chino.

El elenco mezcla a actores profesionales con no profesionales. Todos son exactos y contundentes.

Es una película dura, ardua de acceder (no otorga las habituales concesiones o los lugares comunes lícitos asociados al espectáculo cinematográfico), pero una vez que uno entra, atrapa hasta el final. Bajo su aparente simplicidad, hay capas y capas de significación y resignificación. Las ironías surgen casi sin querer, porque cuando se retrata fielmente una realidad que se fue de cauce, el sarcasmo es el resultado natural.

La película se abre con un hombre rodeado de lámparas azules. Parece que estuviéramos en un film de ciencia ficción. Ojalá así fuera. La ciencia ficción presenta cuadros de advertencia y esto, mal que nos pese, es una realidad. Para nosotros es como un espejo que adelanta y nos muestra hacia donde estamos yendo.

Retrata un mundo donde el crimen y el delito persisten porque políticos venales y corruptos los posibilitan; las drogas fluyen libremente porque son un buen negocio y los buenos negocios no se cuestionan; los diarios y la televisión perpetúan la desinformación y la ignorancia; se envenena la tierra y eso se justifica porque promueve la economía; los ricos quieren más riqueza sin que les importe cómo; y la miseria engendra más y más delito.

¿Les suena conocido?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 6 de marzo de 2009

Gran Torino

Querido Clint,

Todas las despedidas son tristes. Me resisto a creer que te retirás de la actuación, que Gran Torino sea tu última película como actor. Aunque no hay motivo para no creerte. Siempre fuiste un hombre de palabra. Te voy a extrañar… y mucho. Sos una parte importante de mi vida.

En mi infancia y en mi adolescencia te admiré porque hacías esos héroes imperturbables en esas inolvidables películas de acción que me aceleraban el pulso y hacían que me atragantara con el maní con chocolate. Westerns, thrillers, policiales, de guerra, de risa y hasta un musical.

En mi madurez te convertiste en un magnífico director de cine, el último maestro del cine clásico, aquél al que por sobre todo le interesa contar bien una historia. Y no me quedó más remedio que admirarte otra vez. Ahora ya no sólo despabilabas mi emoción sino que también deslumbrabas mi intelecto.

Y si la película aparte de estar dirigida por vos, estaba actuada por vos, el placer era doble o triple, porque tu imagen me devolvía siempre el pibe que fui, el adolescente zonzo que fui.

No todas fueron rosas. Tuve mis diferencias con vos, pero te perdoné algunas agachadas ideológicas porque sabía que te corregirías como lo hacés ahora. Sabés que pasa, los artistas aunque se creen semidioses son humanos, y tarde o temprano su sensibilidad los hace retrotraerse de sus estupideces.

En Gran Torino estás bárbaro, te retirás con una actuación impecable, magistral. Yo creo que sos un buen actor, pero en realidad eso a nadie le importa. Sos como Humphrey Bogart, James Steward, Gregory Peck, Bruce Willis o Harrison Ford, una estrella cinematográfica. Y a las auténticas estrellas cinematográficas, uno no les pide actuaciones, su talento no reside en la técnica actoral sino en esa presencia, ese carisma que hace que les creamos todo lo que hacen porque están en nuestra simpatía, en nuestro corazón. Son como esos jugadores de fútbol que le dieron la victoria a nuestro equipo cuando todo estaba perdido o que evitaron que nos empataran cuando el triunfo era nuestro, algún día pueden jugar mal o no ser tan lúcidos ni tan hábiles, pero se lo perdonamos porque están en nuestro corazón.

A Robert De Niro (a quien también respeto mucho) y a los otros grandes actores se los recibe en silencio, con expectativa, con solemnidad, se los trata de usted. A vos y a los otros a los que te nombré se los recibe con cariño, con una sonrisa, se los trata de vos. Son de la familia. Hagan lo que hagan no nos defraudarán.

Y sos un hijo de puta, te despedís con una historia inolvidable. ¿Cómo no conmoverse con ese racista de mierda que aprende que el prejuicio es estupidez, ignorancia, miedo a lo que no se conoce o es diferente? De aquí a mil años recordaré esta historia. Aunque me agarre la amnesia, de esta historia no me olvido.

Si querés retirarte, estás en todo tu derecho. Tu figura alta y flaca ya no recortará el horizonte en un film, pero no te preocupés. Puedo ser bastante estúpido, pero no soy ingrato. De los buenos momentos no me olvido.

Te prometo que volveré a la última función del último día de proyección, te despediré en el cine, como se despide a un amigo que se va de viaje. Te desearé la mejor de las suertes. Y no te enojés, en el camino de vuelta a casa por ahí se me pianta un lagrimón. No sé que te sorprende, si cierro una etapa de mi vida. Chau, Clint, y gracias.

Un abrazo,
Gustavo

PS Eso sí, no te pierdas, no dejes de dirigir y ni se te ocurra morirte, ya arrastro muchas pérdidas. Ah, la canción que compusiste y cantás en los títulos finales es buenísima. No esperaba menos de vos. Cuidate.

sábado, 28 de febrero de 2009

Vicky Cristina Barcelona

Después de todo, para ser original quizá no se trate de hacer algo único que no se parezca a nada, si no de hacer algo que se parezca a todo y la vez sea único. A Woody Allen como a Shakespeare o a Borges se le puede rastrear las influencias y hasta el origen de las ideas, pero aunque se les desbroce cada coma o se les desmalece cada imagen, siguen siendo únicos e irrepetibles.


En Vicky Cristina Barcelona, Allen mezcla norteamericanas de pura cepa con experimentados europeos y se inscribe en la tradición inaugurada por Henry James. Reformula Design for living (Esquemas de vida) de Nöel Coward para dar cuenta de la esencia del amor entre artistas bohemios; como Truffaut usa un narrador para dar pistas y circunscribir escenas; y la conclusión es un nuevo canto de amor a la filosofía de Ingmar Bergman. Y por eso o a pesar de todo eso, es un Woody Allen legítimo y original.


Después de su período londinense (Match Point, Scoop, El sueño de Casandra) en el que partió de relatos policiales para explorar sus ideas, vuelve a la comedia sentimental celebrando el sol de España que ilumina incomparable la belleza natural y arquitectónica de Barcelona y Oviedo.


La anécdota es sencilla, hay mucho devaneo amoroso, con constante tironeo entre opuestos (la conformidad burguesa o la libertad caótica bohemia, el raciocinio o el sentimiento, la sujeción o la libertad), hasta llegar a una conclusión bergmaniana: quizá el hombre no nació para la felicidad. Por más que la desee, ella es tan esquiva como la luz. Pero no hay desesperanza o desaliento en su visión. La vida es muy hermosa y merece ser vivida.


El sol de España parece haberle encendido la sangre y vuelve a escribir con la cámara y supera su tendencia de pararla frente a los actores para que registre, inexpresiva, el diálogo.


Como siempre, el elenco es uno de los lujos que se permite Allen. Javier Bardem es un actor prodigioso que seduce hasta los huesos desde su aparente fealdad. Scarlett Johansson es sensual hasta cuando te da el vuelto. Penélope Cruz desde el Volver de Almodóvar ha descubierto una mediterraneidad à la Loren que la hace más apetecible y la aleja del estereotipo de la españolita caliente. Rebecca Hall, mujer al fin, ante tanta competencia le saca filo a su encanto como quien no quiere la cosa, con la naturalidad de la que se pinta los labios.


La luminosidad es omnipresente, destierra las sombras de los recovecos de la trama y hasta los dobleces de los personajes destellan. La conclusión puede ser amarga, pero uno sale con una sonrisa. Una síntesis nada desdeñable. La superación de los opuestos que se asocia con la madurez.


No es una película de la que uno se enamore, pero deleita verla y se la recuerda con simpatía, como a un romance de verano.

Un abrazo
Gustavo Monteros

viernes, 20 de febrero de 2009

Frost/Nixon

El Donmar y Michael Grandage aparecen a las apuradas y de compromiso en los créditos, sin embargo fueron fundamentales para que este film existiera.


El Donmar es un teatrito independiente (es decir no estatal ni comercial) de Londres, que bajo la dirección de Grandage alcanzó preeminencia por la audacia de su repertorio y la creatividad de sus puestas. Atrajo a figuritas y figurones (Nicole Kidman, Judi Dench, Maggie Smith, Kenneth Brannagh, Kim Catrall, Ewan McGregor, etc.) quienes descubrieron que tenían un espacio en el que poder experimentar sin la presión de obtener actuaciones descollantes y críticas ditirámbicas (como cuando trabajan en teatros oficiales) o éxitos rutilantes de taquilla (como cuando trabajan en teatros comerciales).


Un artista necesita desembarazarse de las presiones para experimentar libremente. Necesita saber también que puede equivocarse. Arriesgarse conlleva la posibilidad de la equivocación. Así que figuritas y figurones se ofrecen para ir al Donmar o saltan en una pata, dejan todo y salen corriendo si los llaman. Otro ejemplo, en breve Jude Law hará su primer Hamlet en el Donmar.


Frost/Nixon nació en el Donmar como un proyecto de lo que se llama “verbatim theatre”. En este tipo de teatro, se parte de un hecho real: un juicio, una conferencia, una entrevista, etc. Se toman las transcripciones textuales y con el mínimo de licencias dramáticas posibles se arma una obra de teatro.


En este caso, Grandage y Peter Morgan, el autor, toman la histórica entrevista (para ellos, a nosotros no nos fue ni nos vino) que le hiciera David Frost al ex presidente Nixon, en la que terminó aceptando su responsabilidad en el mentadísimo Watergate.


El proyecto comenzó como “verbatim”, pero concluyó en una obra hecha y derecha, porque Morgan y Grandage descubrieron que las circunstancias que llevaron a la entrevista eran tan apasionantes como la entrevista en sí, y como había que crearlas, la obra ya no podía considerarse “verbatim”.


Y así, en el resultado final, si bien el eje es la entrevista, los prolegómenos no carecen de interés. Por ejemplo, la entrevista casi no se hace, al no lograr interesar a ninguna cadena televisiva, Frost la terminó pagando de su bolsillo. Sabremos también que Frost, un conductor de programas frívolos, era el menos indicado para sacarle algo jugoso a Nixon. Sin embargo lo logró y el suspenso radica en cómo lo hizo.


Peter Morgan ya husmeó en bambalinas con La Reina de Stephen Frears. Allí el interés estaba en ver como Isabel II (Helen Mirren, the great) por la presión popular manda al carajo el protocolo y le da a Lady Diana exequias de princesa, que ya no le correspondían por estar divorciada del cara de bobo de Charles. Confieso que fui a ver La Reina por amor a Helen Mirren. Me importaban tres soretes los vericuetos por los cuales la reina conservó su valor icónico en el pueblo inglés al hacer lo que hizo. Sin embargo, el ver toda esa gente en ruleros y calzoncillos, con sus fobias, sus cortedades, sus rencores y generosidades me atrapó y pasé una hora y media de lo más entretenida.


Aquí me pasó otro tanto. Me senté y me pregunté: ¿a mí qué mierda me importan Frost, Nixon y el Watergate? Pero al ratito estaba enganchado. Es interesante ver lo importante que son los laderos de esta gente; comprobar cómo se relacionan, piensan y sienten en la intimidad estas personas que manejaron destinos o que están siempre en control con una cámara encendida.


Ron Howard vio en Londres la puesta de Michael Grandage y la compró ya hecha, lista para llevar. Se trajo el impresionante duelo actoral de Langella y Sheen, puso caripelas conocidas en los secundarios (Sam Rockwell, Kevin Bacon, Oliver Platt, Rebecca Hall y Toby Jones), y marche una nominación para el Óscar por un drama serio y (¡oh, qué rareza en el reino del pochoclo!) adulto.


Howard se arriesgó a respetar la decisión más audaz de Grandage: el Nixon de Langella. Frank Langella no hace una caracterización formal de Nixon, es decir no se pone 15 kilos de maquillaje ni 22 máscaras de látex para parecerse a Nixon. No, procuró evocarlo por la voz y la postura corporal. Obviamente yo a Nixon no lo tengo ni ahí, pero los yanquis y los ingleses dicen que le sale igualito. Lo que sí uno le puede aplaudir es el inmenso arte que vuelca en su actuación. Michael Sheen (que fuera el Tony Blair de La Reina y que no es pariente de Martin, Charlie y los demás Sheens yanquis) no le va a la zaga en esto de actuar como los dioses. Es un placer verlo exponer las grandezas y miserias de su personaje.


Cuando era chico daban un programa de tele en el que Alfredo Barbieri payaba y Don Pelele estaba sentado a su lado. De tanto en tanto, Don Pelele decía: “No sé vaya a olvidar del perro”, porque quería que Barbieri incluyera al perro en lo que estaba payando. Cuando lo veo a Ron Howard llenándose la boca con los logros artísticos que obtuvo con Frost/Nixon, me dan ganas de emular a Don Pelele y decirle: Ron, no se vaya a olvidar de Michael Grandage.


Un abrazo

Gustavo Monteros

lunes, 16 de febrero de 2009

Milk

Hallmark tiene una sección que se llama Historias Verdaderas, en la que presenta inspiracionales films para teve que son los herederos directos de esa vieja sección de Selecciones del Reader’s Digest, que tenía títulos tales “Como aprendí a vivir con un riñón”, “Cómo sobreviví a la plaga de cucarachas” o “Ya casi no extraño a mi mano” (esta última sería una biografía autorizada de Scioli). Gust Van Sant sin duda ambicionó otra cosa con Milk (que no es la historia de “La Vaca Estudiosa”, sino la de Harvey), pero no le salió como esperaba.


Harvey Milk fue el primer homosexual electo para un cargo público. Vivía en Nueva York en el clóset (o sea ocultaba su identidad sexual). Para festejar su cumpleaños se levanta a James Franco. Y si París bien vale una misa, parece que James Franco bien vale salir del clóset, largar todo, incluso alguna pluma, y mudarse a San Francisco. Van a vivir al Castro, un barrio gay friendly como se dice ahora. Ponen un kiosquito de venta de rollos de fotos. El día de la inauguración es discriminado por otro comerciante. Funda una liga de comercio para defender los derechos de los comerciantes homosexuales, después de todo si el barrio es mayormente gay, no tienen por qué ser maltratados. Y como una cosa lleva a la otra, termina siendo candidato para concejal municipal. Llegar a ser electo no será fácil, en el medio hartará a James Franco que lo abandonará, tendrá un tormentoso romance con Diego Luna que terminará mal, y despertará el funesto resentimiento de un concejal colega (Josh Brolin) que, según da a entender Van Sant, es un homosexual reprimido.


El espectador medio yanqui, el que vive en Texas, republicano de corazón y adherente fervoroso de los Bush, odia a los judíos, a los negros y a los homosexuales. De allí que haya que recordarle de tanto en tanto que su odio es irracional y que ser patriota, temeroso de Dios, defensor de la justicia por mano propia y oidor del himno con la mano en el corazón no le da derecho a no respetar a los que no son como él. Por supuesto, ésta es una simplificación humorística, que por desgracia a veces es demasiado cierta.


Gus Van Sant se propuso llegar a ese espectador medio, contarle la vida de este hombre sin ofenderlo ni disgustarlo. Pero se le fue la mano. Este Milk en política parece más santo que San José y en lo personal es más remilgado que Doris Day cuando defendía su virginidad de los manotazos de Rock Hudson (esto en los 70, en San Francisco, el epicentro de la revolución sexual gay parece medio increíble). En su intención de hacerlo asequible y comprensible, Van Sant lo santifica, lo sacraliza, lo vuelve al clóset, como decía un crítico inglés.


Lo que sí es interesantísimo es ver como los homosexuales, al igual que la chica de Virginia Slims, pueden decir: Has recorrido un largo camino. Comprobar que lo que sostenía Anita Bryant (un personaje fundamental en el film) no era la excepción sino la regla (al revés de lo que ocurre hoy por suerte) espanta.


Sean Penn está estupendo como siempre, y a pesar de todo su desparramo histriónico, se le nota mucho que, tal como está armado su personaje, no tiene mucha variación. Es como el clásico de Tom Jobim: Samba de una sola nota.


Lo de Brolin es muy bueno y lo que le pasa a su personaje en su relación con Milk es lo más interesante del film. Bien, Diego Luna, aunque su personaje parece escrito como para Andrea del Boca.


Y James Franco, no seas botón, no te pasees por los programas estilo Intrusos (pero yanquis) diciendo que Van Sant te contó en secreto que Sean Penn le pedía más escenas de sexo con vos. No te agrandés porque no sos tan irresistible. Por ahí se trataba solamente de que Sean Penn se había dado cuenta de que todo era muy llano y descolorido. Además con tu “humorada” denuncias un mensaje opuesto al de la película, el de tener temor. Pero no te preocupes, si te tachan de homosexual, no te van a discriminar, porque personajes como Milk se preocuparon para que no lo hicieran.


En resumen, no es una mala película, pero lo que pudo ser El Toro Salvaje gay, terminó siendo "Cómo aprendí a defender los derechos homosexuales". No es poco, pero no alcanza.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 13 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire


En la historia del cine, pocas tramas han sido tan transitadas como la de cenicienta. No me refiero, claro está, a la transposición literal de fregona-baile-zapatito-príncipe sino a la reelaboración de sus componentes básicos.


Para dar dos ejemplos más o menos recientes con protagonistas masculinos, mencionaremos Rocky y Billy Elliot.


Lo esencial de la fórmula es rescatar a la o el protagonista, a través del amor o del dinero, de un oscuro destino.


Como tan bien aprendimos con Billy Elliot, cuanto más miserable, asfixiante, desesperada es la condición de la que huyen, más conmovedor es que logren sus objetivos. Y cuantos más escollos en contra tengan que superar, mejor. Ante un pobre diablo que tiene todo en contra, nuestra identificación o adhesión es completa.


Durante la primera hora, los protagonistas de Slumdog millionaire acumulan tantas desventuras que es imposible no entregarles nuestro corazón.


Un pobre desgraciado, rico en experiencias de vida, pobre de bagaje cultural, está a punto de alzarse con el premio mayor de la versión india de ¿Quieres ser un millonario? Dos policías, tortura incluida, procuran averiguar si hace trampa. El muchachito comenzará a contar su vida y aparecerá el artilugio que tenemos que aceptar sí o sí para disfrutar de la historia. Este joven es más bruto que un arado, pero cada pregunta que le hacen en el concurso remite a una situación dolorosa de su pasado que le garantiza la respuesta. La justificación para este artilugio aparecerá en el último subtítulo y tendrá que ver con la religión musulmana. Si aceptamos esta convención, el film nos deparará sólo placer.


Toulouse Lautrec decía que tenía más valor pintar la flor que crece en el barro. Y Danny Boyle hace honor a esa premisa. El film transcurre en las zonas más pobres de la India, y Boyle encuentra belleza sin ser pintoresquista, condescendiente o paternalista. Chapeau!


Y como bien lo demostrara en Millones sabe dirigir como nadie niños actores, hace que jueguen escenas dificilísimas con una entrega y precisión remarcables.


El Óscar es el premio de la industria cinematográfica yanqui y refleja los vaivenes de la realidad política, social y cultural en el que está inserto. En períodos conservadores, nominan y premian films conservadores. En períodos más progresistas gana gente como Woody Allen, etc. En el primer año de la era Obama, harán honor al discurso de asunción del primer presidente negro y premiarán a Slumdog millionaire. Al margen de la corrección política, y teniendo en cuenta sus contendientes (1) se lo merece. Con creces. Es un film inolvidable, muy humano y conmocionante.


Y si nos alegra que la fregona se calce el zapatito de cristal y se gane el príncipe es porque en este lado del paraíso, todos somos cenicientas y nos lavamos todos los días los pies, con la esperanza de que hoy por fin el zapatito nos calce y el premio mayor sea nuestro. Quien sabe, por ahí hoy es el día.


Y si creen que les conté el final, se equivocan, nada es lo que parece, porque como nos enseña el tango, el éxito y el fracaso son dos impostores y a la larga no importan.


No se lo pierdan, dejen todo, salgan corriendo y véanla. Me lo agradecerán. Es de esas historias que se atesoran por siempre. Y si van al cine una vez al año, ésta es la película que hay que ver.


(1) Milk es una biografía fallida que santifica a su protagonista; Frost/Nixon es una buena obra de teatro filmada, Howard compró una puesta hecha y se limitó a buscar un punto de vista para la cámara; El extraño caso de Benjamín Button es un bodrio de la industria, sólo defendible por los adelantos técnicos que exhibe; El lector promueve debates por las razones equivocadas, hay demasiado glamour en su dudosa visión del Holocausto.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

sábado, 7 de febrero de 2009

El extraño caso de Benjamin Button

Francis Scott Fitzgerald es un gran novelista norteamericano. Es el autor de El gran Gatsby y Tierna es la noche, novelas ejemplares que bordean la perfección. Cuentan sus biógrafos que escribió El extraño caso de Benjamin Button a las apuradas para venderlo a una revista y hacerse de unos dólares. Concluyen que es un cuento interesante, pero deficientemente ejecutado, que la adjetivación es imprecisa y la caracterización muy precaria. Parte de una idea seductora. Si la niñez y la vejez necesitan de la ayuda de otros para poder sobrevivir, ¿por qué no invertir la norma?, ¿por qué no plantear el caso de un hombre que nace viejo y muere hecho un bebé?


Vi las colas de El extraño caso de Benjamín Button en agosto cuando fui a ver Mamma mia! Las imágenes me sedujeron. Y el director David Fincher (Aliens 3, Seven, El club de la pelea, La habitación del pánico, Zodíaco) era garantía de buen espectáculo.

Llegué al cine con grandes expectativas. Me senté entusiasmado. Los primeros 15 minutos satisfacían las expectativas. Y al minuto 16…


Uno establece con un film, un libro, una obra de teatro, un cuadro, una ópera, etc. una relación que admite la comparación con un vínculo afectivo. Uno comienza una relación con deslumbramiento y la esperanza de que sea algo satisfactorio y duradero. Eso a veces se confirma y uno encuentra el rostro que completa nuestra moneda y es el inicio de una felicidad eterna. Pero otras veces se produce el momento revelador en que uno descubre que, por más buena que sea la otra persona, nunca congeniaremos del todo y que es mejor terminar la relación antes de que sea demasiado tarde. De ahí que supe en el minuto 16 que El extraño caso de Benjamín Button no era una película para mí.


David Fincher logra una destreza visual envidiable. Todas y cada una de las secuencias que pueblan los 167 minutos de proyección son hermosas. Pero para mí, un cuadro sin contrastes, por más luminoso que sea, no me conmueve.
La historia no tiene progresión dramática. Prima lo narrativo, novelístico sobre lo dramático o teatral. Y para mí, una historia que no expone conflictos me deja indiferente.



Todos los personajes saben vivir o se benefician rápidamente de las lecciones que les da la vida. La bondad les es afín, desconocen la maldad. A mí, los personajes tan unívocos no me atraen.



Todo el tiempo declaman frases que podrían convertirse en lemas de vida. A mí me dejan afuera cuando me predican mucho y no me dejan elaborar nada.
La historia es una sucesión de anécdotas que podrían propagarse al infinito. Se nota mucho que el guionista es el mismo de Forrest Gump. Son innumerables los paralelos que pueden establecerse entre este guión y el del film de Robert Zemeckis y Tom Hanks, lo que me dejaba la sensación de que ya había visto esto antes, y mejor.



Y aunque me gane la inquina de las muchachas y muchachos adherentes a Brad Pitt, debo ser sincero y decir lo que pienso. Jamás podré negar que es una auténtica estrella cinematográfica y que es de buen ver el hombre, pero como actor es muy malo. Tiene problemas técnicos básicos y a esta altura de su carrera, insalvables. La noción de personajes y la ejecución de conflictos le son naturalmente ajenas. Ni siquiera puede reaccionar o adaptarse a lo que le dan sus colegas. Si ven este film, presten atención a cuando vuelve de la guerra o cuando lo dejan solo después de la fiesta teatral en Nueva York. Es la inexpresividad hecha persona.
Y cuando Cate Blanchett de luz a su hija, dan ganas de zamarrearlo para que dé algo parecido a una reacción humana. A veces se esfuerza tanto que su rostro registra emociones, pero son tan breves y forzadas que no tienen peso.
Una actuación es tanto lo que el actor da como lo que el público está dispuesto a creer. Los adherentes a su lindura están dispuestos a creerle cualquier cosa, pero si toman una mínima distancia comprobarán que todo lo ponen ellos, que él no da nada.
Aquí el maquillaje ayuda mucho, pero cuando el guión o la dirección lo ponen a prueba, demuestra una orfandad actoral vergonzante.



Cate Blanchett en un relato mayoritariamente descriptivo es poco lo que puede hacer y la salva el oficio. La única que se luce es Taraji P. Henson, una actriz negra que hace de la madre adoptiva. Pone en juego una humanidad contundente que la hace muy conmovedora. Quizá porque para ella era hacerse notar y conseguir otros trabajos o pasar desapercibida y desocupada el resto de su carrera. El hambre de gloria siempre ayuda.



En mi modesta opinión, la catarata de nominaciones para el Óscar que recibió este film es una celebración a la capacidad técnica alcanzada por la industria. Los envejecimientos y rejuvenecimientos de los personajes y el embellecimiento de las imágenes son logros técnicos notables y verosímiles. Hacen bien en felicitarse y celebrarse. En algún momento los utilizarán de un modo que nos deslumbre y conmueva a todos.




Cada creador concreta su obra como se le dé su talento o su momento. Usa elementos que nos hace comulgar con él o ser sus ateos.
Mucha gente aceptará las convenciones utilizadas en El extraño caso de Benjamín Button y la amará.
A mí sólo me dio tedio, fastidio y una desesperante sensación de estar atrapado en un limbo. Aunque parezca angustiante, en el fondo no lo es, simplemente no era un film para mí.
Es como a esas personas a las que le deseamos lo mejor, pero nos bendecimos por no habernos unidos a ellas, porque a pesar de sus virtudes, nuestra vida hubiera sido un infierno.
En resumen, pasé 167 minutos horribles, pero por suerte ahora liberado, puedo comenzar a olvidarlos convenientemente.

Un abrazo,
Gustavo Monteros