Virginia Luque, con justicia y merecimiento, fue apodada
“La estrella de Buenos Aires” No le quedó medio por triunfar: el teatro, la
radio, el cine y la televisión la vieron brillar. Su fuerte era el canto. Tenía
una voz muy bella y bien timbrada. El gastado adjetivo aterciopelada, en su
caso le cuadraba justo. Comenzó de muy chica y grandes nombres, como Francisco
Canaro, Cátulo Castillo, Azucena Maizani, entre otros, fueron muy generosos con
ella.
Y en esta lista de próceres de la cultura argentina, no
debe faltar el nombre de Manuel Romero, que la dirigió en su penúltima película
Arriba el telón o El patio de la morocha (1951). Romero ya la había
dirigido antes en Un tropezón cualquiera da en la vida (1949) y en La
historia del tango (también de 1949).
Dice Wikipedia de Manuel Romero: “fue un comediógrafo,
letrista de tango, director de cine y productor de teatro de revista argentino.
Fue uno de los directores más prolíficos e influyentes del cine clásico
argentino, especialmente a través de la productora Lumiton. Como letrista de
tangos, consiguió numerosos éxitos perdurables a lo largo del tiempo.”
Tanta prolificidad lo hacía más expeditivo que
quisquilloso. En las películas tendía a ser sencillo, rodar lo más rápido
posible para terminar más pronto que tarde.
El rodaje de Arriba el telón o El patio de la morocha
debió agarrar a Manuel Romero con el caballo cansado. Era la tercera que rodaba
ese año de 1951. Antes había hecho Derecho viejo y la gloriosa El
hincha, con Enrique Santos Discépolo y Diana Maggi.
Se trataba de una comedia musical con el detrás de escena
del montaje de una revista y el argumento era ramplón. Dice la sinopsis
oficial: “La nieta del sereno de un teatro que se va a demoler tiene el
sueño de ser una cancionista de éxito como su madre y el hijo del dueño del
teatro lo hace posible.”
De base estaba el repetido conflicto de clases en el
romance protagónico. La chica (Virginia Luque) representaba a la clase
trabajadora y el chico (Juan Carlos Mareco, Pinocho) a la burguesía de aires
aristocráticos. La resolución, claro, estaba cantada. La chica se haría
estrella y el chico que ya venía con inclinaciones artísticas optaría por el
arte antes que la familia.
La trama se resolvía en cuatro o cinco sets todos de
estudio (prácticamente no hay exteriores). Y la gran parte era cubierta por
planos generales de varios minutos (el plano secuencia ni se les pasaba por la
cabeza, traía más problemas de logística que resoluciones). Alguno que otro
plano medio para dar variedad, sin casi primeros planos. El todo luce torpe,
descuidado.
Lo impecable pasaba por lo musical. Eran conscientes de lo
que vendían (la voz de Luque) y ponían en ello especial cuidado. Las orejas,
agradecidas.
Habría que hacer una investigación de cuándo las
coreografías en el cine hispanoamericano dejaron de ser pobres y elementales. (Por
el tema del cuplé que mencionaremos a continuación, vi películas musicales
españolas, mexicanas y argentinas de fines de los años cincuenta y las
coreografías son más de amontonar gente alrededor del o de la cantante que otra
cosa. Los pasos lucen poco profesionales, los movimientos son básicos y por
momentos todos hacen una cosa diferente, como si se los hubiera librado a su suerte.
Los bailarines más que contribuir, hacen bulto, son como estatuas del decorado
que se mueven para dar más volumen.)
Desde los orígenes del mundo del espectáculo lo que no ha
cambiado es la regla aquella de que, si algo tiene éxito, se repite la fórmula
hasta agotarla.
En la década del cincuenta, Sarita Montiel venía traficando
nostalgia por el cuplé en muchas de sus películas. En 1957 este tipo de canción
fue dominante en su El último cuplé, que dirigió Juan de Orduña. Tuvo un
éxito arrollador y los productores cinematográficos pusieron a cuánta chica que
cantaba a hacer cuplés en películas que avisaban la presencia de estos temas ya
desde el título.
En 1958 se hicieron: Aquellos tiempos del cuplé, con
dirección de Mateo Cano y José Luis Merino, con Lilián de Celis en el
protagónico; y la que comentaremos, Del cuplé al tango, de Julio
Saraceni, con Virginia Luque. En 1959 fue el turno de Miss Cuplé, con
dirección de Pedro Lazaga y el protagónico de Mary Santpere, y de Y después
del cuplé de Ernesto Arancibia con nuestra conocida Marujita Díaz.
Pero nosotros nos concentraremos en la de Virginia Luque.
La trama esta vez es un poquito más compleja, al menos en comparación con la de
Arriba el telón o El patio de la morocha.
Hay dos tiempos. Arrancamos en los años anteriores a la
Primera Guerra Mundial. Estamos en Madrid y en el teatro triunfa Pepita Cádiz
(Virginia Luque), la secunda en guitarra, su hermano Jaime (José Comellas). Una
noche en el público hay cuatro dibujantes argentinos Ernesto Fernández
(Fernando Siro), Camilo Croti (René Jolivet), Juan Carlos Gorner (Juan Carlos
Galván) y Osvaldo Lavalle (Orlando Marconi).
Ernesto terminará conquistando a Pepita. Eventualmente se
casarán. Por la muerte de su padre, Ernesto deberá regresar a Buenos Aires.
Pepita se quedará a cumplir el contrato que la ata al teatro y después se unirá
a Ernesto. Algo que no sucederá.
Pepita tendrá una hija, Violeta (ya mayorcita también
Virginia Luque) y morirá a poco de parir.
Terminada la guerra y retornados los viajes
transatlánticos, Jaime se llevará a la niña Violeta a ver si encuentran a
Ernesto. Se alojan en una pensión, donde vive también Ramírez (Tito Lusiardo),
un eximio bailarín de tango que le infundirá a Violeta su pasión por el dos por
cuatro. Algo que Jaime rechaza de plano, Violeta solo debe cantar cuplés.
A todo esto, Violeta anda por sus veintitantos. Ramírez
hará que Violeta triunfe con el tango, gracias a la ayuda de Julián Moreno
(Osvaldo Miranda), que se enamorará de Violeta, aunque no será correspondido,
porque ella noviará con Jorge Acuña Figueroa (Rodolfo Salerno), un ricachón que
en un principio no podrá casarse con Violeta porque es una doña nadie (pero
como no lo es en realidad porque su padre es Fernández Dávila, al tener el abolengo
requerido, el tránsito al altar se verá despejado).
El guion es de Abel Santa Cruz, un señor talentoso que
enriqueció la trama de esta vida de cantantes con unas cuantas vueltas, en las
que hay amantes despechadas y desencuentros azarosos.
No es su culpa, es la del género, el melodrama encumbrado,
pero hay momentos de psicología cero, ejemplo, el reencuentro entre padre e
hija, por convención de género se tenía que hacer por una canción, pero si se
hiciera así en la vida, hay un infarto seguro, y si sobrevivís, ni te cuento el
trauma, enriquecés a cuatro psicoterapeutas, ¡seguro!
Del cuplé al tango es
mucho más película que Arriba el telón o El patio de la morocha tanto en
cuidados formales como en desarrollo de trama. Comparte con la anterior que su
fuerte es el canto de Virginia Luque, un placer de aquellos.
Me puse a ver estas películas porque andaba con ganas de
que me cantaran y bailaran en castellano. Por lo que dije antes, bailar (salvo
los momentos de Tito Lusiardo) me bailaron poco y mal, pero me cantaron como
los dioses.
El cine argentino clásico puede parecer anticuado en muchos
aspectos, pero tiene estrellas de una calidad irrepetible. Hay que acercar el
viejo cine a las nuevas generaciones. Hay que construir identidad. No venimos
de un zapallo ni de un repollo. Las formas, las modas, los estilos en
apariencia son obsoletos, pero el amar, las ganas de triunfar, tener sueños no
se oxidan. Estas dos películas y todas las que tienen cuplé en su título pueden
verse en YouTube.


















