miércoles, 20 de julio de 2016

Florence

La historia de Florence Foster Jenkins ratifica con creces la aseveración de que la realidad supera siempre a la ficción. De no haber sido cierta, si a alguien se le hubiera ocurrido inventarla, tendría que haber trabajado muy duramente pare crear el verosímil que la sustentara. Y sin embargo, allí está.


En la Nueva York de la entreguerras y en particular durante la Segunda Guerra Mundial, Florence fue una generosa mecenas que sostuvo el mundo de la música. Nada extraordinario en sí, dado que la señora poseía una cuantiosa fortuna, lo prodigioso fue que desarrollara a la vez una celebrada carrera de cantante lírica para la que no tenía oído, ni diafragma ni talento. ¿Consentida por sus veteranas amigas ricas, sordas como tapias? ¿Los Toscanini y otras glorias de la música acaso hacían oídos sordos a sus inhabilidades como gratitud hacia su generosidad? La enfermedad crónica que la acuciaba, contagiada por su primer marido, ¿ya había hecho mella en su cerebro? ¿Era una reina del autoengaño o de verdad estaba convencida de la fortaleza y belleza de su voz? Si la verdad supera a la ficción, es también más misteriosa en sus causas y razones que cualquier ficción bien urdida.


Cualquiera sea la explicación por la que se opte, esta peripecia vital no hubiera sido posible sin la activa intervención de St Sinclair Bayfield, el último marido de Florence, un ex actor de dudoso linaje aristocrático. El análisis de sus acciones solo permite una explicación plausible, el hombre la quería. El interés o el egoísmo no llegan a tanto, no son capaces de sostener con tanta perfección la posibilidad del engaño. El timo es poderoso, pero se agota cuando el engañado abandona el juego. El amor es más perseverante y hasta permite que el amado (el engañado, en este caso) dude.


La historia de Florence tardó en llegar al cine con nombre y apellido. La precedieron un par de obras de teatro y una película francesa, Marguerite (Xavier Giannoli, 2015) que se aproximaba a la historia sin asentarse en todas sus circunstancias verdaderas. En todas sus versiones, es un imán para el despliegue de histrionismo de una actriz. Meryl Streep se da y nos da un festín. Apabullante e indiscutible como todo lo que hace. No tuvo la suerte que tuvo Karina K, cuando la encarnó en teatro hace unos años, de contar con los modelos de Olinda Bozán y Niní Marshall. Olinda Bozán llevó algunas millonarias excéntricas a la apoteosis, y Niní cuando se le daba por bailar o cantar llevaba la condición de no tener talento, y suplirlo con ganas de tenerlo, a cumbres irremontables. Como reflexionaba Muriel Santa Ana al interpretar a Rosaura en La vida es sueño de Calderón de la Barca, algunos personajes te hacen participar de una tradición y te hacen dialogar, por transitar por la misma senda, con las actrices que los encarnaron antes. Apuesto lo que no tengo a que Meryl desconoce a Niní, y sin embargo cuando canta por primera vez en la película está muy, muy cerca de Niní, como lo puede atestiguar cualquier espectador que se haya reído con nuestra cómica.


Pero para que Meryl pueda primero pulir y luego lucir el diamante de su personaje, necesita de un engarce que lo sostenga, rol que le cabe al inmenso Hugh Grant. Es nuestro representante en la historia, nuestro canal de acceso. Si entramos en empatía con él, nuestra participación será emocional; si no es así, la presenciaremos con distancia. Él asume con autoridad el puesto, y a fuerza de sensibilidad y prestancia, nos hace ver a Florence con sus ojos de puro amor, y así, Florence ya nunca más nos será ajena. Hugh Grant apoya y sostiene también el crecimiento del personaje de Simon Helberg, el pianista Cosme McMoon, que ingresa sin advertencia en esta peculiar circunstancia. Simon Helberg, que ganó fama con The Big Bang Theory, no se desmadra y viste con simpatía su rol.


Dirigió el gran Stephen Frears (The hit, 1984, Ropa limpia, negocios sucios, 1985, Susurros en tus oídos, 1987, Sammy y Rosie van a la cama, 1987, Relaciones peligrosas, 1989, Ambiciones prohibidas, 1992, Héroe accidental, 1993, El secreto de Mary Reilly, 1996, The van/La camioneta, 1997, Hi-Lo Country, 1998, Alta fidelidad, 2000, Dirty pretty things/Negocios entrañables, 2002, Mrs Henderson presenta, 2005, La reina, 2006, Chéri, 2009, Tamara Drewe, 2010, Philomena, 2013) quien entiende que se trata de una historia de personajes, o sea de actores, y no se pone hacer tomas grandilocuentes, intrusivas, que estorban y relata con claridad.


En el arte es imposible establecer quién es “el” mejor, están los mejores, porque Kiri Te Kanawa no es mejor que María Callas, no, son diferentes, por más que habiten igual grado de excelencia. Pero en dos disciplinas al menos, se ha establecido quienes son los peores. En cine se dice que el peor director es Ed Wood, y en el canto lírico se dice que la peor cantante es Florence Foster Jenkins. Borges enunciaba, como premisa de algunos cuentos y poemas, que los absolutos por ser inabarcables son iguales. ¿Puede abarcarse el todo? No, imposible. ¿Podemos hacernos idea de la nada? No, siempre se nos ocurre ponerle algo, aunque más no sea un color o un recipiente que la contenga. Entonces, el todo y la nada, por absolutos inabarcables, son iguales. De allí que al ser Florence Foster Jenkins la peor, quizá sea, sin discusión, por absoluto inabarcable, la mejor.

Gustavo Monteros


viernes, 15 de julio de 2016

Mi buen amigo gigante

Otra semana sin poder ir al cine, o sea otra semana de recomendaciones a libro cerrado, aunque no del todo sin red, porque si hay alguien en la historia del cine que garantiza entretenimiento del bueno es nuestro buen amigo gigante... el inmenso Steven Spielberg, de allí que crea que el estreno de su nueva película sea "la" opción para este fin de semana. 

jueves, 7 de julio de 2016

¡Feliz fin de semana largo!

Este fin de semana, vean Florence. No la vi todavía, pero no hay peligro alguno en recomendar un Stephen Frears con Meryl Streep y Hugh Grant. Juntos o por separado siempre devuelven la plata de la entrada, lo que no es decir poco en estos tristes tiempos. 

jueves, 30 de junio de 2016

La ilusión de estar contigo

Es la historia de una obsesión post-andropausia. Nuestro narrador, un cincuentón, como ya no le da para entregarse a una pasión carnal, se deja llevar por un juego literario. Pero seamos claros y comencemos por el principio.


Martin Joubert (Fabrice Luchini) está casado con Valérie (Isabelle Candelier) y tiene un hijo adolescente, Julien (Kacey Mottet Klein). Hace unos siete años dejó su trabajo de editor en una empresa de libros y se vino a Normandía a ocuparse de la panadería familiar tras la muerte de su padre. Un día, ocupan la casa vecina una pareja inglesa, compuesta por un restaurador de muebles antiguos, Charlie (Jason Flemyng) y una decoradora, Gemma (Gemma Artenton). Que ella, Gemma Bovery, por un par de letras casi sea la homónima de la protagonista de la célebre novela de Flaubert, Emma Bovary, convence a Martin de que compartirá igual insatisfacción y triste destino que la Madame Bovary archifamosa.


El material se perfila, al margen de la obsesión principal (a veces cómica, otras patética) como una sátira a la alta burguesía londinense, representada por Elsa Zylberstein y Pip Torrens, que viene a desparramar su esnobismo por la campiña francesa y por las pretensiones de profundidad de los que huyen de las grandes urbes para refugiarse en el campo. Algo que la película no termina de abarcar. Quizá a Ann Fontaine (Nathalie X, 2003, Cocó antes de Chanel, 2009, Madres Perfectas, 2013) le hubiera convenido el pastiche del que hizo uso su colega, Jocelyn Moorhouse en la reciente El poder de la moda/The dressmaker. Eso fue por la razón, hablemos ahora de corazón.


Hay películas a las que uno accede con plenitud, ante las que se deja de lado todo juicio de valor y uno las termina por abrazar entre las favoritas. Por varios motivos, me  pasó con esta. Confieso. Al iniciarse nomás, me ganó el paisaje de la luminosa Normandía en verano y la música de Bruno Coulais, que sigue el canon impuesto por Hollywood, aunque con mucho mejor gusto. Fabrice Luchini, a quien recordamos de dos François Ozon (En la casa, 2012 y Potiche, las mujeres al poder, 2010) y un Philippe Le Guay (Las chicas del sexto piso, 2010) es un actor elegante y prodigioso y es muy difícil permanecer incólume a su talento. Gemma Artenton es una mujer en su esplendor, su sensualidad de tan vibrante es casi palpable. Y como amo los idiomas, que esté hablada en francés es tanto un bálsamo como un recreo al predominante cine en inglés. Sé muy poco francés, desconozco casi todos los tiempos verbales, y todos los modismos lingüísticos, pero reconozco los sustantivos y los adjetivos, no en vano, es pariente del español, y cuando está hablado con la dicción perfecta de un actor formado en el teatro como Luchini, paladeo cada sílaba. Y como no adherir a una película en que los protagonistas tienen perros y si encima el de él se llama Gus, pónganme el moño, que voy de regalo.


No será perfecta, lejos de ello, pero a mí me encantó. Ojalá les pase lo mismo. (Eso sí, prisión perpetua para el que le puso el título para la Argentina, además no decimos “contigo” ni aunque nos peguen, entonces por qué no La ilusión de estar con vos, ¿o estará volviendo el “tú” de los años cuarenta? )

Gustavo Monteros




Amor por sorpresa

Jacob van Zuylen de With (Jeroen van Koningsbrugge) aunque es rico de toda riqueza se quiere suicidar. Algo que le resulta muy difícil, dado que vive literalmente en un palacio, donde alguien siempre aparece para impedírselo. Una casualidad hará que se tope con una empresa que ayuda inesperadamente, previo pago de una enorme suma, en el viaje al más allá. O sea, uno contrata unos piadosos asesinos que te liquidan cuando menos te lo esperas. Eso sí, el trato, como el fáustico, una vez convenido, no puede deshacerse. Y como la vida es bromista, conoce a una tal Anne de Koning (Georgina Verbaan) que le devuelve sino las ganas de vivir, al menos las de prolongar la existencia un rato más.


Si este resumen de argumente les recuerda a la de la novela de Julio Verne, Tribulaciones de un chino en China y a la deliciosa y disparatada versión que emprendieron el director Philippe de Broca y el actor Jean Paul Belmondo allá por 1965, no es pura coincidencia, se trata de materiales muy conocidos para protestar inocencia. De todos modos, la originalidad en sí ya no es un mérito y uno puede inspirarse donde sea, lo que importa es lo que se logra, sea el punto de partida propio o ajeno.


El holandés Mike van Diem, que ganara el Óscar a la mejor película extranjera en 1997 con la recordada Karakter, se despacha con una comedia romántica por momentos muy locuaz, siempre elegante, diestra, suntuosa y apegada a alguna que otra convención del género, inevitables quizá, porque si las de tiros han de tener sangre, las de amor tienen que tener romance. Como sea en el todo se impone una inherente simpatía y los entuertos se siguen con disfrute.


En tiempos de pobreza espiritual y de bolsillo, por los golpes que nos propina a diario el neo-conservadurismo que nos gobierna, no es poco y se agradece. En tiempos así, las horas en que no se recuerdan las salvajadas y los atropellos a los derechos adquiridos valen oro.


Gustavo Monteros

jueves, 16 de junio de 2016

Nuestras mujeres


Las obras de teatro muy exitosas tienen prácticamente garantizado su transcripción cinematográfica. Nos femmes de Eric Assous no es la excepción. Y dado que lidera la tabla de recaudaciones de la cartelera porteña (protagonizada por Guillermo Francella, Arturo Puig y Jorge Marrale, dirigidos por Javier Daulte) nos llega ahora su versión cinematográfica francesa. Acentúo francesa porque Le Prénom (pieza de Alexandre de Patellière y Matthieu Delaporte) que también figura alto entre las obras de mayor recaudación en Buenos Aires (Carlos Belloso, Federico D’Elía, Peto Menahem, Mercedes Funes y Fabiana García Lago en el elenco, Arturo Puig en la dirección), ya tiene una versión francesa (2012, dirigida por sus autores) y una italiana (Il nome del figlio/El nombre del hijo, 2015, dirigida por Francesca Archibugi) que se acaba de estrenar.


Y ya que hablamos de obras de teatro, Nuestras mujeres al igual que la hípertaquillera Art de Yasmina Reza cuenta con solo tres hombres en el elenco que deben ratificar o romper sus lazos amistosos. Esta vez no es la compra de un cuadro totalmente blanco el punto de partida sino que uno de ellos acaba de matar a su mujer. Tema espinoso si los hay, más en tiempos de concientización y visualización de la violencia hacia las mujeres. Este tema se convierte en lo más flojo de la propuesta. Dada la importancia que ha alcanzado, no solo aquí, en el mundo, merecía una reflexión más relevante que la que se le dio aquí. Se lo presenta, se lo menciona, se lo sobrevuela y se pasa a otra cosa. A si corresponde mentir por un amigo para darle una coartada. El dilema moral se acaba también rápidamente y se pasa a lo que de verdad le importa a esta comedia dramática, a que sus protagonistas enfrenten y superen problemas que los acucian de larga data. Y si eso era a lo que iba ¿por qué abrir con un tema tan cruento para muchas víctimas? ¿El efecto para lograr nuestra atención inicial a toda costa? En lo que deriva, no era necesario “abrir” con un crimen. Como sea, los protagonistas, al igual que los de Art, hombres maduritos, exitosos, de clases media alta, con sus necesidades básicas satisfechas, que se concentran en sus dramas de relación, deben hacer las paces con decisiones negadas o postergadas.


El texto no tiene buenas líneas (la escuela Neil Simon parece perdida) y mucho menos brillantes, las situaciones no son la mar de graciosas y los personajes no son ni jugosos ni demasiado atractivos, pero, como es de rigor, en estas obras, cada uno de ellos tiene “su” momento de lucimiento. Thierry Lhermite exacerba su estado de shock. Daniel Autehuil se exaspera hasta la estratósfera a velocidades vertiginosas mientras que Richard Berry (que dirige el film y se ocupó de la dirección y del mismo personaje en la versión de estreno de la pieza) se reserva el personaje más calmado, y termina por lucirse más ante tanto grito y enojo, “su” momento es musical, además, y por lo tanto “novedoso” entre tanto texto.


En resumen, solo para los que les gusta detenerse en las actuaciones y para los que son fanáticos de estos tres grandes actores (por estas tierras, Daniel Autehuil es muy popular y querido), los demás dejarla pasar sin inmutarse en lo más mínimo.


Para los coleccionistas de datos, les cuento que Nos femmes se estrenó en el Théâtre de Paris en 2013 con un elenco compuesto por Daniel Autehuil, Richard Berry (que reprisan sus roles en este film) y Didier Flamand. Metieron más de 160.000 espectadores. En una segunda temporada, Autehuil se retiró y fue reemplazado  nada más ni nada menos que por Jean Reno.


(No sé, en  teatro por ahí uno pasa una velada fantástica, gracias al arte de los actores en vivo, con su humanidad bien expuesta, en cine, ya que no podemos olerlos, se necesita algo más)


Gustavo Monteros

jueves, 9 de junio de 2016

El poder de la moda


Por estricta definición del diccionario, demiurgo en la filosofía platónica es una divinidad que crea o armoniza el universo. Hay pocos demiurgos más excelsos que lxs diseñadorxs. Y no hablo de cualquiera, hablo de los verdaderos, de los que pueden hacer que te veas, no como sabés que sos, sino cómo te gustaría ser, cómo te imaginás ser. Y que cuando logran crear un traje que te devuelve la línea apolínea que nunca tuviste, pero que siempre supiste que tenías, oculta en tus flaccideces musculares y en tus deformaciones óseas, te sentís feliz con vos, con los demás, como si participaras al fin de la belleza universal. Por nada más que eso, un buen diseñador, una creadora textil, un buen sastre, una buena modista, son demiurgos.


El título original, The dressmaker (La modista) es bueno, y en mucho tiempo, el título elegido para estrenarla no traiciona sino que dimensiona la humilde ironía del original: El poder de la moda. Suena excesivo que algo en apariencia tan leve como la moda tenga el peso del dinero, del sexo o de lo que sea que trasunte poder. Y sin embargo, como bien se ocupa de ilustrar esta historia, también hay mucho poder en la moda.


La directora y guionista Jocelyn Moorhouse está casada con el director y guionista P. J. Morgan. Él dirigió, entre otras, El casamiento de Muriel, 1994, La boda de mi mejor amigo, 1997, Amor incondicional, 2002. Ella, entre otras cosas, dirigió La prueba, 1991 (la australiana, la que es con Hugo Weavin, Genevieve Picot y Russell Crowe, no la que se basa en la obra de teatro y es con Gwyneth Paltrow, Anthony Hopkins, Jake Gyllenhaal y Hope Davis, que es de 2005), Donde reside el amor/How to make an American quilt, 1995, En lo profundo del corazón/A thousand acres, 1997. El suyo debe ser un hogar de lo más divertido en el que se habla mucho de historias, de cine, de cómo contar historias en el cine.


Esta vez ella eligió una novela de Rosalie Ham para que juntos la guionaran y ella la dirigiera. Y lo primero que sobresale es la pasión volcada en contar esta historia, de la mejor manera posible, aunque por momentos pareciera un pastiche de géneros, que pasa por el melodrama del regreso y el reencuentro, el western, el realismo mágico, la historia de venganza, el policial, el cuento de amor y  la superación y unos cuantos etcéteras más que no contamos para no poner a nadie sobre la pista de algunas sorpresas. Pero que una vez terminada, uno comprende la belleza del modelo y que lo anterior fueron la elección de la tela, el diseño, las pruebas, las costuras y los toques finales. Los pasos previos para que la historia se vea cómo se imagina y no cómo es. Parece paradojal, pero no lo es.


Estamos en los cincuenta, uno de los momentos cumbres de la moda, en que Dior y Balenciaga, entre otros, idearon un glamur supremo, con esos sombreros de ala ancha, las cinturas delineadas por costuras que hacía más prominente el busto, y con esas faldas amplias, muy amplias si la silueta no era tan escueta como debiera. Tiempos en los que soltar aquí y ajustar allá hacían la magia y no se necesitaba ser flacx como un palo de escoba o un alambre para ser epítome de la elegancia.


En un pueblito perdido de Australia, de un tren polvoriento baja Myrtle “Tilly” Dunnage (la siempre hermosísima y natural Kate Winslet) y de tan primorosa semeja una Joan Crawford producida para la ocasión. Vuelve al pueblo de donde la echaron de niña para comprobar si es cierto de que fue una asesina, para reencontrarse con su madre, Molly Dunnage (la siempre apabullantemente talentosa, Judy Davis), vengar alguna que otra afrenta, para la que recluta la ayuda del policía local, el sargento Farrat (el siempre camaleónico Hugo Weaving, en otra caracterización memorable) y hasta hallar el amor en Teddy McSwiney (Liam Hemsworth, uno de los galanes del momento en tren de galanazo total).


Por casualidad o a propósito, salvo Kate que es inglesa, aunque uno la crea australiana porque triunfó en un film de esa nacionalidad, Criaturas celestiales, 1994 del fabuloso Peter Jackson, el elenco es un auténtico seleccionado de talentos australianos. Australia, como la Argentina, en cámara es tan fotogénica como Greta Garbo. Lástima que por acá, como en tantas cosas, el puerto domine y la belleza de los escenarios naturales se luzca poco o nada. No es el caso de Australia, que aquí, de nuevo se ve deslumbrante y un escenario para filmar lo que hasta la imaginación más alocada conciba.


El cuento sorprende y encanta. Hay mucho amor por el cine. Y están Kate Winslet, Judy Davis, Hugo Weaving y unos cuantos notables más que engalanarían el reparto más selecto. ¿Qué más se puede pedir? Nada, salvo encontrar a quien nos haga lucir tan hermosos como creemos ser.


Gustavo Monteros

martes, 7 de junio de 2016

El maestro del dinero

La situación esencial no es muy original, lejos de ello, no es sino el viejo y querido recurso de la toma de rehenes. Un hombre joven (el talentoso y ascendente Jack O’Connell) irrumpe en el show televisivo sobre finanzas en vivo, Money Monster (título original de la película) y le pone a su conductor estrella, Lee Gates (el siempre rendidor George Clooney) un chaleco lleno de explosivos. La productora del programa, Patty Fenn (la siempre incandescente y cada día mejor actriz, Julia Roberts) deberá lidiar con esta delicada situación y sus consecuencias, en las que no serán ajenos, Diane Lester (la hermosa y recién llegada Caitriona Balfe), relacionista pública de una compañía liderada por Walt Camby (el siempre confiable Dominic West) que acaba de hacerle perder a la gente, como por arte de magia, unos ochocientos millones de dólares.


Si la situación esencial no es muy original, tampoco lo es que para ponernos en antecedentes, nos fatiguen una vez más con clips de noticieros. El viejo y mentado cartel con datos que nos explicaban de dónde veníamos ha sido reemplazado en todas, absolutamente en todas las películas, con un zapping alocado y veloz que nos informa lo que debemos saber. Si hoy se hiciera La guerra de las galaxias 1, la original, en vez del largo cartel que se pierde en el espacio, tendríamos un acelerado montaje de noticieros bullangueros. Tampoco es muy original que todo lo que se relaciona con Caitriona Balfe caiga en la dialéctica de pasillos, recurso en que los personajes deambulan con un teléfono en la mano o vociferando órdenes a quienes los acompañen en largos pasillos para movilizar la trama, como si estuviera prohibido por algún mandamiento extra de Moisés que los personajes puedan resolver cosas hablando como el resto de los mortales, sentados quizá, tomando un té o café, sin gritar a velocidades que dejan al número de Danny Kaye de los compositores rusos a la altura de la lentitud de Flash, el simpatiquísimo perezoso de Zootopia. El truco de los pasillos ya no da idea de agilidad, si es que alguna vez lo dio, sino que aburre y cómo.


Sin embargo, hay un par de resoluciones sorpresivas que despiertan el interés y que desatan una bienvenida ironía. Como enseñara Bernard Shaw, se trata de contrariar las expectativas del espectador, que espera, para dar un ejemplo, que todas las madrecitas sean buenas y nobles, claro, es lo que uno descuenta ver, pero si la madrecita es una voraz capitana de la industria, nos sorprende y nos divierte. Aquí hay algo de eso, no lo detallo y recurro a ejemplos paralelos para no arruinarles la diversión.


También entre los peros de la película, hallamos que parece ir en determinada dirección, para dar sobre el final un volantazo y cambiar de camino. En un principio parece un ataque a la maldita bicicleta financiera, que por estos días volvemos a padecer los argentinos, condenados por la falta de memoria de algunos compatriotas a repetir viejos errores, una y otra vez, retomo, el film parece criticar la inmoralidad, el sinsentido, la perversión de unos cuantos hijos de puta que juegan con el dinero, para dejar a medio mundo sumido en hambre, guerra y miseria, pero no, llegado el desenlace, los culpables no son el sistema financiero y sus nefastas realidades sino algunos pillos de siempre que se apartan del sistema para cometer tropelías. Perdón, Jodie Foster, pero a nosotros, quizá por ser víctimas de encumbrados hijos de puta, hace rato que nos quedó más que claro que la mierda es el sistema y todos los que lo sostienen, no que el sistema es bueno y hay hombres malos. Cuestiones de conceptos que no invalidan el cuento, que cada uno cuenta como quiere.


Y Jodie Foster, la verdad sea dicha, lo cuenta bien. El tiempo se pasa volando y uno siempre está entretenido. Tiene esta vez, una aliada de fierro, Julia Roberts. A Julita le hizo más que bien, maravillas, el haber protagonizado una obra de teatro. Será una antigualla, pero el teatro es la universidad del actor. Ahora Julia sabe cómo sostener la tensión, mantener vivo el conflicto, llevar la acción dramática sin depender del director, del montaje o de la fragmentación de las escenas. De allí que Jodie maneje es planos secuencias, no puros, pero casi, la mayoría de las escenas en que está Julia.


Además, por suerte para nosotros, espectadores, sigue intacta la química que tiene con George Clooney, que perfila uno de esos tarambanas vacuos a punto de ser insoportable, aunque uno lo disculpa de antemano, ya que si alguien de la talla del personaje que corporiza Jullia lo banca, por algo será, algo que se corroborará más tarde, más que por ley de Hollywood, por buena lectura de Roberts y Foster.


A pesar de sus altibajos, es una película valiosa, , que como dijeron los chicos de The Guardian quizá inaugure un nuevo género: el thriller humorístico o el thriller con humor. Sabrá Dios si se pierde en el río del tiempo o si es rescatada como una pieza memorable. Apuesto a lo segundo, más que nada porque la humanidad que trasunta el derrotero del personaje de Julia tiende a permanecer en la memoria. Comprensible. Uno siempre ambiciona que lo quieran así, por más pelotudo que se sea.

Gustavo Monteros



Danny Kaye y los compositores rusos

Como lo mencioné, lo adjunto para que lo disfruten.

Y aquí viene Flash

jueves, 2 de junio de 2016

Dos estrenos dos




En medio de la oleada de tanques pochocleros habituales, dos estrenos se destacan. Por ahora no podré verlos, pero llamo la atención sobre ellos porque pueden ser buenas opciones para ver este fin de semana.


El hijo perfecto (Min lilla syster, o Mi hermana flaca, según el título en inglés) es una película sueca, escrita y dirigida por Sanna Lenken,  que entremezcla el drama de enfermedad, en este caso la anorexia, con el de crecimiento, el paso de la infancia a la pubertad de la chica que narra la historia. Una gordita simpática que envidia a su hermana levemente mayor que se perfila como una estrella del patinaje sobre hielo. en apariencia perfecta en más de un sentido, a no ser por su anorexia.


El maestro del dinero es la cuarta película como directora de la inquieta y talentosa Jodie Foster (Mentes que brillan, 1991, Feriados en familia, 1995, La doble vida de Walter, 2011) en la que se cruzan tanto el film de denuncia, el thriller, la comedia y el drama. Un conductor de un show televisivo sobre inversiones, George Clooney, es tomado de rehén por un estafado miembro del público, Jack O’Connell. La productora del programa, Julia Roberts, se las tendrá que ingeniar para que la sangre no llegue al río. En otros papeles destacados aparecen el siempre ubicuo Dominic West y la fulgurante recién llegada Caitriona Balfe, la protagonista de la serie Outlander.


Según se lee por ahí, ambas películas tienen un muy buen arranque y se desbarrancan cerca del desenlace, lo que ensombrece pero no invalida los logros iniciales. Veremos.

Gustavo Monteros

jueves, 26 de mayo de 2016

De cómo procuraré no ver Francofonia



Uno no tiene diálogo con todo el mundo, pero si uno dice que le gusta el cine, se espera que sepamos todo de todos los géneros. Un despropósito. El cine no es el fútbol. Tiene miles de juegos, no miles de posibilidades de un solo juego. El arte, cinematográfico o el que sea, debe estar asociado siempre al placer. Y a la sinceridad, claro, si no el placer verdadero no existe. Si no me gusta el cine de terror, por ejemplo, por más buena voluntad que ponga, seguirá sin gustarme.


Pero empecemos por el principio, aunque sea un poco tarde para una declaración de principios, como decía una tía de mi infancia: nunca es tarde cuando la dicha es buena. Siempre que puedo ratifico que no hago críticas sino crónicas. La diferencia radica en que cuando uno critica, tarde o temprano, se cae en la tentación de juzgar (lo que no está tan mal per se) y (lo que es peor e irredimible)  de dictaminar lo que la película debería ser, según una determinada perspectiva ética o estética, y no lo que la pobre película es, para bien o para mal. En resumen, uno se pone por encima de la obra que “juzga”. Uno viene antes que la obra que se critica. Las creencias del crítico son más importantes que la obra en sí. Entonces la crítica, más que echar luz sobre la obra, celebra el ego del crítico. Yo prefiero recuperar (o intentarlo al menos) el asombro que sentía cuando comencé a frecuentar los cines. Procuro contar lo que la película me provoca. Claro, como pasé frente a una pantalla más horas de las aconsejables, detecto ya casi todos los entrecruzamientos de los elementos puestos en juego para contar una historia. Y me sofreno cuando siento que me pongo sentencioso, mi idea del placer no es imponerme, sino compartir la alegría o la decepción que me desata ver un film.


La sinceridad es innegociable. De un lado y otro de la pantalla. El artista debe ser sincero, pero el espectador también. Si algo nos deja afuera, nos deja afuera y listo. Por más excelso que sea. Y si algo nos involucra, nos involucra. Por más tramposo que sea. La manipulación es lícita en el arte. Claro, tampoco hay que ser iconoclasta por deporte o de café. Decir por ejemplo que Robert De Niro es un palurdo glorificado es, perdón, una sandez. Quien haya pasado su vida en una isla desierta, sin haber visto actuación alguna, ve actuar treinta segundos a De Niro y sabe que el hombre es un actor nato indiscutible. La iconoclasia para hacerse notar está bien en la adolescencia, o para levantarse a alguien, haciéndose el que no está con la manada, pero como toda impostura debe abandonarse cuando se debe ser sincero.


Y ya que hablamos de sinceridades y manadas, el otro inconveniente a sortear es el fascismo cultural. Hay nombres con suerte que alcanzan rápido el Olimpo, a veces con poca o ninguna justificación. Alguien les puso el sambenito de genios, los demás repicaron y uno debe hacer la genuflexión. No necesariamente, si no nos parece el genio que predican, no debemos dejarnos llevar por la corriente, y decir lo que sentimos con amabilidad y firmeza. Decir algo así como: tal o cual creador no es para mí, no tengo diálogo con él, a mí su obra no me involucra en lo más mínimo, puede que sea un genio, pero no percibo su genialidad, por ahí es una falencia mía, no sé. No nos queda otro camino, nos lo debemos, si no hay sinceridad, no hay placer. Y ante una obra de arte no hay orgasmos fingidos.


Todo esto viene a cuento, como preámbulo, a esta confesión: el cine de Aleksandr Sokurov no es para mí y creo que nunca lo será. Francofonía es su paseo por el Louvre como El arca rusa lo fue por el Hermitage. Para mí, pocas horas fueron tan largas en un cine como las del arca rusa. Displacer absoluto. Y la convicción creciente de que era un bodrio entre bodrios, cuando a la salida gente que se había aburrido grandemente, moviéndose y jugando con sus celulares que por entonces no eran tan sofisticados como los de ahora, declaraban: qué maravilla, qué profundidad. Salvo la proeza de que estaba resuelta en una sola toma, no veía qué otra cosa destacar. En cuanto a la vastedad de sus ideas, me parecieron tan abarcadoras como un pronóstico meteorológico.


Como Sokurov es un número puesto, un nombre establecido, un genio santificado, los críticos se hacen pis ante cada opus. Como los perros cuando uno llega, sin discernir si venimos de gala, mal entrazados, de buen talante o de pésimo humor. El no discernir hace que se vea como brillante una obviedad, que no le perdonarían a otro. En alguna parte del metraje de Francofonía dicen que hay un barco que transporta cuadros valiosos a merced de una tormenta, y se perfila la comparación entre el barco y el museo, como que el museo es también un barco perdido en la tormenta de los tiempos. Y ¿cómo califican los críticos esta imagen?: de una gran profundidad. ¡Muchachos!, recapaciten un segundo, esa idea es tan profunda como una palangana. Y si en El arca rusa, aparecían Catalina y un filósofo que bien podría ser Voltaire, aquí discurren Napoleón y Marianne, la del gorro frigio, la representante de los valores de la Revolución Francesa, los famosos y nunca bien ponderados Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y el eje de la “anécdota” parece ser el choque entre el director del Louvre y el militar alemán a cargo de la preservación de las obras de arte durante la ocupación nazi. Ah, esta vez el montaje es “picadito” y el trámite dura solo 88 minutos.


En fin, que yo no sea capaz de disfrutar de este paseo por el Louvre, no quiere decir que la película sea mala o que carezca de valores estimables. El diagnóstico es que, al menos yo, soy inmune a la genialidad de Sokurov.

Gustavo Monteros