martes, 7 de junio de 2016

El maestro del dinero

La situación esencial no es muy original, lejos de ello, no es sino el viejo y querido recurso de la toma de rehenes. Un hombre joven (el talentoso y ascendente Jack O’Connell) irrumpe en el show televisivo sobre finanzas en vivo, Money Monster (título original de la película) y le pone a su conductor estrella, Lee Gates (el siempre rendidor George Clooney) un chaleco lleno de explosivos. La productora del programa, Patty Fenn (la siempre incandescente y cada día mejor actriz, Julia Roberts) deberá lidiar con esta delicada situación y sus consecuencias, en las que no serán ajenos, Diane Lester (la hermosa y recién llegada Caitriona Balfe), relacionista pública de una compañía liderada por Walt Camby (el siempre confiable Dominic West) que acaba de hacerle perder a la gente, como por arte de magia, unos ochocientos millones de dólares.


Si la situación esencial no es muy original, tampoco lo es que para ponernos en antecedentes, nos fatiguen una vez más con clips de noticieros. El viejo y mentado cartel con datos que nos explicaban de dónde veníamos ha sido reemplazado en todas, absolutamente en todas las películas, con un zapping alocado y veloz que nos informa lo que debemos saber. Si hoy se hiciera La guerra de las galaxias 1, la original, en vez del largo cartel que se pierde en el espacio, tendríamos un acelerado montaje de noticieros bullangueros. Tampoco es muy original que todo lo que se relaciona con Caitriona Balfe caiga en la dialéctica de pasillos, recurso en que los personajes deambulan con un teléfono en la mano o vociferando órdenes a quienes los acompañen en largos pasillos para movilizar la trama, como si estuviera prohibido por algún mandamiento extra de Moisés que los personajes puedan resolver cosas hablando como el resto de los mortales, sentados quizá, tomando un té o café, sin gritar a velocidades que dejan al número de Danny Kaye de los compositores rusos a la altura de la lentitud de Flash, el simpatiquísimo perezoso de Zootopia. El truco de los pasillos ya no da idea de agilidad, si es que alguna vez lo dio, sino que aburre y cómo.


Sin embargo, hay un par de resoluciones sorpresivas que despiertan el interés y que desatan una bienvenida ironía. Como enseñara Bernard Shaw, se trata de contrariar las expectativas del espectador, que espera, para dar un ejemplo, que todas las madrecitas sean buenas y nobles, claro, es lo que uno descuenta ver, pero si la madrecita es una voraz capitana de la industria, nos sorprende y nos divierte. Aquí hay algo de eso, no lo detallo y recurro a ejemplos paralelos para no arruinarles la diversión.


También entre los peros de la película, hallamos que parece ir en determinada dirección, para dar sobre el final un volantazo y cambiar de camino. En un principio parece un ataque a la maldita bicicleta financiera, que por estos días volvemos a padecer los argentinos, condenados por la falta de memoria de algunos compatriotas a repetir viejos errores, una y otra vez, retomo, el film parece criticar la inmoralidad, el sinsentido, la perversión de unos cuantos hijos de puta que juegan con el dinero, para dejar a medio mundo sumido en hambre, guerra y miseria, pero no, llegado el desenlace, los culpables no son el sistema financiero y sus nefastas realidades sino algunos pillos de siempre que se apartan del sistema para cometer tropelías. Perdón, Jodie Foster, pero a nosotros, quizá por ser víctimas de encumbrados hijos de puta, hace rato que nos quedó más que claro que la mierda es el sistema y todos los que lo sostienen, no que el sistema es bueno y hay hombres malos. Cuestiones de conceptos que no invalidan el cuento, que cada uno cuenta como quiere.


Y Jodie Foster, la verdad sea dicha, lo cuenta bien. El tiempo se pasa volando y uno siempre está entretenido. Tiene esta vez, una aliada de fierro, Julia Roberts. A Julita le hizo más que bien, maravillas, el haber protagonizado una obra de teatro. Será una antigualla, pero el teatro es la universidad del actor. Ahora Julia sabe cómo sostener la tensión, mantener vivo el conflicto, llevar la acción dramática sin depender del director, del montaje o de la fragmentación de las escenas. De allí que Jodie maneje es planos secuencias, no puros, pero casi, la mayoría de las escenas en que está Julia.


Además, por suerte para nosotros, espectadores, sigue intacta la química que tiene con George Clooney, que perfila uno de esos tarambanas vacuos a punto de ser insoportable, aunque uno lo disculpa de antemano, ya que si alguien de la talla del personaje que corporiza Jullia lo banca, por algo será, algo que se corroborará más tarde, más que por ley de Hollywood, por buena lectura de Roberts y Foster.


A pesar de sus altibajos, es una película valiosa, , que como dijeron los chicos de The Guardian quizá inaugure un nuevo género: el thriller humorístico o el thriller con humor. Sabrá Dios si se pierde en el río del tiempo o si es rescatada como una pieza memorable. Apuesto a lo segundo, más que nada porque la humanidad que trasunta el derrotero del personaje de Julia tiende a permanecer en la memoria. Comprensible. Uno siempre ambiciona que lo quieran así, por más pelotudo que se sea.

Gustavo Monteros



Danny Kaye y los compositores rusos

Como lo mencioné, lo adjunto para que lo disfruten.

Y aquí viene Flash

jueves, 2 de junio de 2016

Dos estrenos dos




En medio de la oleada de tanques pochocleros habituales, dos estrenos se destacan. Por ahora no podré verlos, pero llamo la atención sobre ellos porque pueden ser buenas opciones para ver este fin de semana.


El hijo perfecto (Min lilla syster, o Mi hermana flaca, según el título en inglés) es una película sueca, escrita y dirigida por Sanna Lenken,  que entremezcla el drama de enfermedad, en este caso la anorexia, con el de crecimiento, el paso de la infancia a la pubertad de la chica que narra la historia. Una gordita simpática que envidia a su hermana levemente mayor que se perfila como una estrella del patinaje sobre hielo. en apariencia perfecta en más de un sentido, a no ser por su anorexia.


El maestro del dinero es la cuarta película como directora de la inquieta y talentosa Jodie Foster (Mentes que brillan, 1991, Feriados en familia, 1995, La doble vida de Walter, 2011) en la que se cruzan tanto el film de denuncia, el thriller, la comedia y el drama. Un conductor de un show televisivo sobre inversiones, George Clooney, es tomado de rehén por un estafado miembro del público, Jack O’Connell. La productora del programa, Julia Roberts, se las tendrá que ingeniar para que la sangre no llegue al río. En otros papeles destacados aparecen el siempre ubicuo Dominic West y la fulgurante recién llegada Caitriona Balfe, la protagonista de la serie Outlander.


Según se lee por ahí, ambas películas tienen un muy buen arranque y se desbarrancan cerca del desenlace, lo que ensombrece pero no invalida los logros iniciales. Veremos.

Gustavo Monteros

jueves, 26 de mayo de 2016

De cómo procuraré no ver Francofonia



Uno no tiene diálogo con todo el mundo, pero si uno dice que le gusta el cine, se espera que sepamos todo de todos los géneros. Un despropósito. El cine no es el fútbol. Tiene miles de juegos, no miles de posibilidades de un solo juego. El arte, cinematográfico o el que sea, debe estar asociado siempre al placer. Y a la sinceridad, claro, si no el placer verdadero no existe. Si no me gusta el cine de terror, por ejemplo, por más buena voluntad que ponga, seguirá sin gustarme.


Pero empecemos por el principio, aunque sea un poco tarde para una declaración de principios, como decía una tía de mi infancia: nunca es tarde cuando la dicha es buena. Siempre que puedo ratifico que no hago críticas sino crónicas. La diferencia radica en que cuando uno critica, tarde o temprano, se cae en la tentación de juzgar (lo que no está tan mal per se) y (lo que es peor e irredimible)  de dictaminar lo que la película debería ser, según una determinada perspectiva ética o estética, y no lo que la pobre película es, para bien o para mal. En resumen, uno se pone por encima de la obra que “juzga”. Uno viene antes que la obra que se critica. Las creencias del crítico son más importantes que la obra en sí. Entonces la crítica, más que echar luz sobre la obra, celebra el ego del crítico. Yo prefiero recuperar (o intentarlo al menos) el asombro que sentía cuando comencé a frecuentar los cines. Procuro contar lo que la película me provoca. Claro, como pasé frente a una pantalla más horas de las aconsejables, detecto ya casi todos los entrecruzamientos de los elementos puestos en juego para contar una historia. Y me sofreno cuando siento que me pongo sentencioso, mi idea del placer no es imponerme, sino compartir la alegría o la decepción que me desata ver un film.


La sinceridad es innegociable. De un lado y otro de la pantalla. El artista debe ser sincero, pero el espectador también. Si algo nos deja afuera, nos deja afuera y listo. Por más excelso que sea. Y si algo nos involucra, nos involucra. Por más tramposo que sea. La manipulación es lícita en el arte. Claro, tampoco hay que ser iconoclasta por deporte o de café. Decir por ejemplo que Robert De Niro es un palurdo glorificado es, perdón, una sandez. Quien haya pasado su vida en una isla desierta, sin haber visto actuación alguna, ve actuar treinta segundos a De Niro y sabe que el hombre es un actor nato indiscutible. La iconoclasia para hacerse notar está bien en la adolescencia, o para levantarse a alguien, haciéndose el que no está con la manada, pero como toda impostura debe abandonarse cuando se debe ser sincero.


Y ya que hablamos de sinceridades y manadas, el otro inconveniente a sortear es el fascismo cultural. Hay nombres con suerte que alcanzan rápido el Olimpo, a veces con poca o ninguna justificación. Alguien les puso el sambenito de genios, los demás repicaron y uno debe hacer la genuflexión. No necesariamente, si no nos parece el genio que predican, no debemos dejarnos llevar por la corriente, y decir lo que sentimos con amabilidad y firmeza. Decir algo así como: tal o cual creador no es para mí, no tengo diálogo con él, a mí su obra no me involucra en lo más mínimo, puede que sea un genio, pero no percibo su genialidad, por ahí es una falencia mía, no sé. No nos queda otro camino, nos lo debemos, si no hay sinceridad, no hay placer. Y ante una obra de arte no hay orgasmos fingidos.


Todo esto viene a cuento, como preámbulo, a esta confesión: el cine de Aleksandr Sokurov no es para mí y creo que nunca lo será. Francofonía es su paseo por el Louvre como El arca rusa lo fue por el Hermitage. Para mí, pocas horas fueron tan largas en un cine como las del arca rusa. Displacer absoluto. Y la convicción creciente de que era un bodrio entre bodrios, cuando a la salida gente que se había aburrido grandemente, moviéndose y jugando con sus celulares que por entonces no eran tan sofisticados como los de ahora, declaraban: qué maravilla, qué profundidad. Salvo la proeza de que estaba resuelta en una sola toma, no veía qué otra cosa destacar. En cuanto a la vastedad de sus ideas, me parecieron tan abarcadoras como un pronóstico meteorológico.


Como Sokurov es un número puesto, un nombre establecido, un genio santificado, los críticos se hacen pis ante cada opus. Como los perros cuando uno llega, sin discernir si venimos de gala, mal entrazados, de buen talante o de pésimo humor. El no discernir hace que se vea como brillante una obviedad, que no le perdonarían a otro. En alguna parte del metraje de Francofonía dicen que hay un barco que transporta cuadros valiosos a merced de una tormenta, y se perfila la comparación entre el barco y el museo, como que el museo es también un barco perdido en la tormenta de los tiempos. Y ¿cómo califican los críticos esta imagen?: de una gran profundidad. ¡Muchachos!, recapaciten un segundo, esa idea es tan profunda como una palangana. Y si en El arca rusa, aparecían Catalina y un filósofo que bien podría ser Voltaire, aquí discurren Napoleón y Marianne, la del gorro frigio, la representante de los valores de la Revolución Francesa, los famosos y nunca bien ponderados Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y el eje de la “anécdota” parece ser el choque entre el director del Louvre y el militar alemán a cargo de la preservación de las obras de arte durante la ocupación nazi. Ah, esta vez el montaje es “picadito” y el trámite dura solo 88 minutos.


En fin, que yo no sea capaz de disfrutar de este paseo por el Louvre, no quiere decir que la película sea mala o que carezca de valores estimables. El diagnóstico es que, al menos yo, soy inmune a la genialidad de Sokurov.

Gustavo Monteros

jueves, 19 de mayo de 2016

Tiempo de revelaciones



Cuando se es joven (feliz e indocumentado, diría García Márquez) se tiende a pensar que la realidad conocida ha sido así desde el principio de los tiempos, o casi. Y cuando tratamos de sacarlos del error, se les hace cuento lo que decimos los que, por vivir apenas, ya hemos alcanzado la infelicidad de tanto transitar o documentarnos.


Se quedan con la boca abierta cuando se les cuenta, por ejemplo, que había censura, que no había libertades sexuales y que solo se podía pensar como Dios manda, es decir, como dicen algunos qué Dios manda, ya que desde hace unos cuantos siglos, dicho señor está más mudo que la conciencia de gobernante neoconservador.


Tiempo de revelaciones (La Belle Saison, Catherine Corsini, 2015) nos retrotrae al año 1971, o sea al Mesozoico, para un adolescente. Delphine (Izïa Higelin) trabaja con sus padres de sol a sol en una granja de la campiña francesa. Cuando su novia clandestina le dice que se va para casarse, Delphine decide probar suerte en París. Como ya dijimos estamos en el 71 del siglo pasado, o sea que París rebulle de jóvenes rebeldes con ganas de mejorar el mundo. La casualidad hace que Delphine se relacione con un grupo de feministas arrebatadas, entre las que se encuentra Carole (Cécile De France) que le hace perder el sueño. Carole, que es profesora de español, vive con Manuel (Benjamin Bellecour) y ni sospecha que se enamorará de la recién llegada hasta el punto de querer dejarlo todo. Y miren que había que dejar el París del 71…


Peter Handke en algún momento del guión para Las alas del deseo (Win Wenders, 1987) decía que no hay mejores historias que las de amor. Y es verdad. Tiempo de revelaciones es, por sobre otras muchas cosas, una historia de amor. Y ya se sabe, quienes protagonizan una historia de amor deben sobreponerse a unas cuantas dificultades empeñadas en negarles el beso final. Lo llamativo es que ante estas dificultades, Carole se comporta como si viniera del presente, es como la representante directa de estos tiempos. Le cuesta comprender que nadie vea la belleza del amor y solo juzgue desde una sexualidad atrincherada en modelos de pareja que ya estaban anquilosados cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.


Catherine Corsini (El ensayo, 2001, Partir, 2009), por suerte, filma sin subrayados melosos ni ornamentos inútiles y consigue involucrarnos todo el tiempo en lo que cuenta. Sus protagonistas, más Noémie Lvovsky (Monique) y Jean-Henri Compère (Maurice), los padres de Delphine y Kévin Azaïs como un aspirante a partido para Delphine están insuperables y nos hacen compartir sus maneras de ver la vida.

 
Lo que hoy es, ayer no lo era y para que exista mañana, hay que recordar cómo es y cómo era, sobre todo y más que nunca en esta noche neoconservadora que nos asfixia, porque no recordar hizo que se aposentara sobre nosotros.

Gustavo Monteros

jueves, 12 de mayo de 2016

45 años



Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay) cumplen 45 años de casados y lo festejarán el sábado con una gran fiesta en un salón de la ciudad. Viven en las afueras de Norfolk, cerca de The Broads, la red acuática que une ríos y lagos de Norfolk y Suffolk, en el Reino Unido, of course. La historia comienza el lunes, con una hermosa toma panorámica en que se ve a Kate pasear a Sam, un imponente ovejero manto negro. De regreso a casa se topa con el cartero, a quien conoce de los tiempos en que fue primero docente y luego directora de una escuela de la región. Entra y ve a Geoff, que fue gerente administrativo de una empresa de ingeniería, que comenzó muy de abajo y que todavía resiente el daño que hizo la administración Thatcher (Santo Dios, ¿en nombre de qué benignidades puede alguien votar al conservadurismo de la derecha recalcitrante?) luchar con una carta en alemán. Le escriben desde Suiza para informarle que hallaron por el deshielo de un glaciar el cadáver intacto de Katya, está tal como lucía en el momento de la muerte. Katya fue un antiguo amor de Geoff, que se despeñó accidentalmente mientras hacían un tour turístico por las montañas suizas en procura de llegar a Italia. De a poco se instala en Kate la duda de si Katya fue “un” amor o “el” amor de Geoff.


Como en esos policiales insidiosos que transcurren en una semana, distintos cartelitos nos irán informando del paso de los días. En la superficie no parece que pasan demasiadas cosas, pero por poco que uno sepa mirar, comenzamos a percibir que arrecian los huracanes, se desatan los tsunamis y que se acumulan los terremotos en una relación que se presumía ya inconmovible en su estratificación. Conoceremos las rigideces de ella, las obstinaciones y desvaríos de él, y como en los viejos filmes de Bergman, nos preguntaremos si es posible, aunque se conviva con alguien de la mañana a la noche, durante años y años, conocerlo de verdad. Las tensiones que crecen lenta e inexorablemente nos recuerdan al Caché/Escondido (2005) de Michael Haneke, y esperamos la revelación que suponemos será una epifanía. Y sí, la revelación llega, y será dolorosa, porque resignifica otra vez todo lo pasado. Otra vez, porque la mera aparición del cadáver ya lo había resignificado. Entonces esperamos que la fiesta final sea catártica. Lo es, pero en un gesto final, muy Haneke también, abierto a la libre interpretación de cada espectador, Kate ¿nos suelta o se queda a carcomernos el poco cerebelo que nos queda?


El director y guionista Andrew Haigh, a quien conociéramos por Weekend (2011) es por sobre todo un atento y minucioso observador de conductas. En Weekend, un levante entre dos hombres, que se supone cosa de una noche deriva en un fin de semana compartido, que conllevará tomar unas cuantas decisiones. Aquí, como dice Geoff por ahí, las decisiones que pudieron tomarse ya se acabaron y no queda sino significarlas o vivir con sus consecuencias, no dice textualmente esto último, pero está muy implícito.


45 años como las indagaciones bergmanianas es tanto un film de director como de los actores. Las cámaras están puestas estratégicamente para que haya la menor cantidad de tomas posibles y las actuaciones fluyan y no se “construyan” desde la secuenciación. Rampling y Courtenay están sencillamente magníficos. Ella que sudó la camiseta en varios títulos icónicos de la cinematografía mundial recién recibió con este trabajo su primera nominación para un Óscar. Perdió ante la joven Brie Larson, que sabrá Dios qué carrera hará. La de Rampling ya es arquetípica y en ella un Óscar es un ornamento más, como un cisne de yeso para el jardín.

Gustavo Monteros