viernes, 1 de abril de 2016

Regreso con gloria

El macartismo no sólo es uno de los momentos más vergonzosos de la historia norteamericana, desnuda también miserias irredimibles del género humano. Dice Wikipedia: “El macarthismo (mccarthismo, maccarthismo o macartismo) es un término que se utiliza en referencia a acusaciones de deslealtad, subversión o traición a la patria sin el debido respeto a un proceso legal justo donde se respeten los derechos del acusado. Se origina en un episodio de la historia de Estados Unidos que se desarrolló entre 1950 y 1956 durante el cual el senador Joseph McCarthy (1908-1957) desencadenó un extendido proceso de delaciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas. Los sectores que se opusieron a los métodos irregulares e indiscriminados de McCarthy denunciaron el proceso como una «caza de brujas» y llevó al destacado dramaturgo Arthur Miller a escribir su famosa obra Las brujas de Salem (1953) (...) Por extensión, el término se aplica a veces de forma genérica para aquellas situaciones donde se acusa a un gobierno de perseguir a los oponentes políticos o no respetar los derechos civiles en nombre de la seguridad nacional.”


Dalton Trumbo, uno de los guionistas más talentosos que ha dado el cine fue una víctima conspicua del macartismo. Trumbo la película cuenta los daños profesionales, personales y familiares que padeció durante la persecución macartista. Arranca en 1947 y termina en 1970 con un homenaje que le tributó el sindicato de guionistas. Por suerte no intenta contarnos, como en una típica película biográfica, todo el macartismo o toda la vida de Trumbo, ni le atribuye su combativo temperamento a algún significativo trauma de infancia. No, se concentra en el lapso entre los años mencionados y deja que los hechos, las circunstancias y los comportamientos ante los mismos hablen por sí solos. Y así la película fluye, es elocuente y no se desbarranca en melosidades y hasta el final demasiado reparador (perdón por la intransigencia, que por lo visto ni la edad mengua, pero hay cosas que pueden analizarse, comprenderse, superarse, pero nunca disculparse) tiene el perdón de haber sido sacado del discurso que dio Trumbo ante sus pares.


El elenco comandado por el gigantesco Bryan Cranston, (el padre de Malcolm in the middle y el inolvidable Walter White de la ya mítica Breaking bad, uno de los actores más flexibles, dúctiles y versátiles del mundo) es impecable. Helen Mirren (Hedda Hopper) y el propio Cranston (Dalton Trumbo, of course) salen indemnes confrontados en los títulos finales con fotos y videos de las personas que recrean. Al igual que David James Elliott (John Wayne), Dean O’Gorman (Kirk Douglas) y Christian Berkel (Otto Preminger) con los originales. El grandote Louis C.K. conmueve con su Arlen Hird de triste destino y Alan Tudyk con su testaferro nada más ni nada menos de La princesa que quería vivir (Roman Holiday). Diane Lane, Elle Fanning y John Goodman, estupendos como siempre. En off se oyen las voces de Gregory Peck y Lucille Ball que ratifican su heroísmo y que contextualizadas adquieren un coraje épico. Había que tener mucho valor para ser una voz discordante en aquellos momentos. Y es obvio que Michael Stuhlbarg más que una caracterización de Edward G. Robinson elige dar una impresión.


Lo más curioso de Este regreso con gloria (Trumbo a secas en el original) es como dialoga con la realidad argentina actual. Ejemplo, compárese el avasallamiento de los derechos de los ciudadanos con los entresijos (nombramientos de jueces entre gallos y medianoche, corrimiento de fiscales, cambios constantes de carátulas para atenuar la ilegalidad) que llevaron a la detención de Milagro Sala, o las histerias que desata una única voz mediática, monopólica y fustigante, verbigracia, los ofuscados que no podían vivir con las “mentiras” del Indec y que ahora viven de lo más tranquilos con la no existencia del mismo, porque el tipo que antes hacía el índice Congreso con cuatro computadoras, ahora no puede hacerlo con todos los medios del estado a su disposición. Dirigió Ray Roach.

Gustavo Monteros

 

Recuerdos secretos

 


¿Puede una película recibir críticas opuestas, excelsas o aborrecibles, y tener todas la razón? Sí, y no es necesario caer en los argumentos de la emocionalidad para justificar la anomalía. Esta aparente contradicción puede incluso obedecer las rigurosas reglas de la objetividad. Como en tantas otras cosas, todo depende de la perspectiva con que se la mire. Recuerdos secretos (Remember, en el original) puede ser un buen ejemplo de eso. Algunas críticas la ponen por las nubes, mientras que otras, la lapidan sin piedad. Y, por increíble que parezca, quizá todas tengan razón. Desarrollemos.


La trama es simple, Zev Guttman (Christopher Plummer) acaba de quedar viudo y puede cumplir la promesa que le hizo a su compañero de geriátrico, Max Rosembaum (Martin Landau) salir y matar al hombre que torturó y mató a sus familias en Auschwitz, un monstruo que se esconde bajo el nombre de Rudy Kurlander. Zev escapa del geriátrico y comienza la búsqueda, se topará con varios Rudy Kurlanders hasta dar con el verdadero. Como Zev está senil, cada vez que se despierta, no recuerda nada, para ayudarse cuenta con una carta detallada de Max, que lo reubica y focaliza (cualquier parecido con Memento, 2000, de Christopher Nolan, no es pura coincidencia).


Estamos entonces ante una película de caminos (variable con protagonista de edad avanzada), que a la vez se perfila como un thriller de final sorprendente.


Vista de la perspectiva de la película pochoclera de la semana, puede considerase buena, noble, bien intencionada, lograda incluso. Cubre terreno familiar, transitado varias veces. Encuentro con un niño (Peter DaCunha) (encuentro anciano y niño rinde mucho siempre), con el típico simpatizante nazi (Dean Morrison en otra innecesaria sobreactuación) (encuentro entre indefenso anciano y matón siempre rinde mucho también) y las sorpresas, claro, de los diferentes Kurlanders, que permite el lucimiento o al menos la aparición en pantalla de míticos actores europeos, en este caso los legendarios Bruno Ganz y Jürgen Prochnow (aparición de viejos actores famosos siempre rinde mucho, no olvidar las películas catástrofes y sus repartos con viejas glorias del cine, no había avión, barco, plaga o incendio que no contara con alguna).


Pero vista como de quien viene, Atom Agoyan (que supo filmar Speaking parts, 1989, The adjuster, 1991, Calendar, 1993, Exótica, 1994, y, la más famosa de las suyas, El dulce porvenir, 1997, todas muy transitadas por los canales de cine arte del cable, hasta INCA TV le dedicó algún que otro ciclo) es otro bodrio de proporciones épicas. Digo otro porque el hombre desde El viaje de Felicia, 1999, mi favorita entre las suyas, no pega una. Las fallidas Ararat, 2002 y Where the truth lies o como se conoció por acá La verdad desnuda están logradísimas al lado de lo que vino después: Adoration, 2008, Chloe, 2009, Devil’s knot o El nudo del Diablo, 2013 y The captive (o Cautiva o Cautivos, según diferentes países latinoamericanos), auténticos bodrios irredimibles. Se supone que el hombre es uno de los elegidos, de los grandes, que estrena en festivales que se disputan por tenerlo. Si no se repone pronto van a dejar de invitarlo y algunos críticos, menos pacientes, ya le quitaron el mote de “autor”.


Entonces si se mira Recuerdos secretos desde la perspectiva del cine arte o de autor, es una película torpemente manipuladora, argumentativamente endeble, superficial en su tratamiento de la vejez, la memoria, y que poco o nada agrega, más bien vampiriza, el tema del Holocausto.


Se comprende, eso sí, que Christopher Plummer se entusiasmara con el proyecto, lo devuelve a los protagónicos con bríos, nervios y lo corren de los abuelitos o científicos enfermizamente simpáticos.


En fin, todo se reduce a tomar una perspectiva, a responder con una toma de lugar a la pregunta que hacía Matías Martín en un programa de juegos ya olvidado: ¿Y vos, de qué lado estás, chabón?

Gustavo Monteros


Solo la verdad



Con Sólo la verdad de James Vanderbilt volvemos al mundo del periodismo. Si Spotlight era en el fondo una elegía al periodismo gráfico de investigación. Truth, tal el título original, es una elegía al debate serio en los noticieros televisivos. En 2004, el equipo de producción de 60 minutos (Topher Grace, Dennis Quaid, Elisabeth Moss) que lidera Mary Mapes (Cate Blanchett) le hace preguntar a su conductor estrella, Don Rather (Robert Redford) si George W Bush escapó de combatir en Vietnam gracias a las conexiones familiares que lo pusieron en un puesto de guardia costero para el cual ni siquiera entrenó. La derecha, como acostumbra, corrió el eje de la discusión y focalizó el tema en la legitimidad de los memos que servían de prueba. Como no podían cuestionar la firma del documento, partieron de que en vez de una máquina de escribir de los setenta estaba escrito en una plantilla Word, de que los teclados de entonces no tenían el signo °, para colmo por tratarse de una fotocopia no podía estudiarse el papel. Y la gente de 60 minutos cayó en la trampa de la derecha política y corporativa, se puso a discutir estos detalles, pasó a la defensiva y se olvidó de la pregunta inicial de la que nunca debió haberse apartado: ¿se salvo Bush de combatir en Vietnam gracias a influencias y presiones?


Sólo la verdad es una película anómala, los “buenos” pierden por goleada ante las corporaciones y el conservadurismo político. Convengamos que es raro, los Davides siempre ganan aunque enfrenten a los más terribles Goliates, tomemos a la querida Julia Roberts y su Erin Brockovich (2000) sin ir más lejos. Esta verdad tampoco tiene el aliento de querer cambiar algo como las películas de los setenta, que dejaban ganar a las corporaciones, pero invitaban al público a combatirlas, para que no siguiera sucediendo lo mismo. Aquí, parece haber un aire de qué se le va a hacer, las cosas son así, y si ganamos algo es más bien pírrico, por lo que perdemos en el camino. Tampoco tiene un cinismo recalcitrante, que también invita al combate desde otras trincheras. No, hay una resignación, más bien deprimente, que no sé si ayuda en algo.


Como era de esperarse, Cate Blanchett y Robert Redford galvanizan con su carisma la trama y vuelven interesante el trámite de ver esta película. También andan por ahí Stacy Keach, Bruce Greenwood, John Benjamin Hickey, David Lyons, Dermot Mulroney, Rachel Blake , Andrew McFarlane y una conmovedora Noni Saleeba como la esposa de Stacy Keach.


En nuestros noticieros de los canales centrales, hegemónicos y corporativos como pocos, la verdad se perdió hace rato. Tanto que al revés del personaje de Redford ya ni nos acordamos cuando dejaron de ser un servicio y se convirtieron en artefactos de defender intereses propios que inoculan a un público eternamente desprevenido, a pesar de todas las advertencias, y que políticamente nunca parece dar con el cuatro cuando suma dos más dos.

Gustavo Monteros

jueves, 10 de marzo de 2016

La jugada maestra



Cuando Bobby Fischer deja de ser niño y aparece en pantalla Tobey Maguire, uno piensa que sigue teniendo cara de chico aunque ya tiene cuarenta años, sí, nació en el 75. Tobey era el actor ideal para hacer de Bobby Fisher, porque aparte de seguir pareciendo joven, tiene cara de chico abstraído, de estar pensando en cualquier otra cosa que bien puede ser una genialidad. Al ratito, aparece la hermana, que de adulta es Lily Rabe y uno dice ojalá que le vaya mejor que con The whispers en la que terminó la temporada abducida por los extraterrestres y así quedará, porque no habrá temporada dos. Y ahícito nomás aparece Michael Stuhlbarg que hace de abogado que se ofrece a ser representante de Bobby Fischer. Stuhlbarg está excedido de peso. Y pegadito nomás, aparece Peter Sarsgaard, que no está excedido de peso para nada, lejos de ello, sigue tan flaco como una vara. No es que los pesos me obsesionen, pero da la casualidad de que estoy a dieta. No, para adelgazar, sino de tonificación, con complejos vitamínicos y esas cosas, porque los docentes no seremos atletas, pero tenemos nuestras exigencias, pasamos de golpe de estar en nuestra casa a deambular por catorce escuelas, con directivos que demandan papeles y alumnos que no demandan nada o de todo, y si uno no está fuerte, capaz que se enferma. El que parece que está sanito, en su justo peso y muy en forma como se ratifica después en la escena de la playa es Liev Schreiber, que hace de Boris Spassky, sí, no está para nada gordo como lo estaba en Spotlight.


Como pueden comprobar me costaba mucho concentrarme en La jugada maestra o Pawn Sacrifice, según el original en inglés o sea El sacrificio del peón. Por los nombres que ya mencioné, habrán deducido que va de ajedrez y recrea los enfrentamientos de Bobby Fischer con Boris Spassky. O sea otra biopic o película biográfica más. Otra más y van dos millones, trescientas mil cuarenta dos. No, cuarenta y tres contando esta.


Es prolija, prolija, prolija. Prolijo es el guión de Steven Knight (Negocios entrañables, Himno de libertad, Promesas del Este, Locke, Un viaje de diez metros, El séptimo hijo, Una buena receta, entre otras). Prolija es la dirección de Edward Zwick (Glory, Leyendas de pasión, Valor bajo fuego, Contra el enemigo, El último samurái, Diamante de sangre, Desafío, De amor y otras adicciones, entre otras). Prolijas son las actuaciones de todo el elenco. Todo es tan, tan prolijo… que aburre. Soberanamente. A menos, claro, que se tenga afición por el tema o curiosidad por la paranoia de Fischer.


Ah, a todos los que decidan hacer otra biopic, uno les recomendaría hacerse un pequeño ciclo con las películas biográficas de Ken Russell como La otra cara del amor, 1970, que era sobre Tchaikovski, El mesías salvaje, 1972, que era sobre el escultor francés Henri Gaudier-Brzeska, Mahler, 1974, sobre la vida de Gustav, no Ángel, Litsztomanía, 1975, que como su nombre lo indica era sobre Litsz, y Valentino, 1977, que era con Rudolf Nureyev que hacía de Rodolfo Valentino, claro, y una excepcional Leslie Caron que se divertía a lo grande haciendo de Alla Nazimova. Películas acusadas de ser más de Russell que de los retratados en cuestión. Puede que así sea, pero si bien los retratados eran la excusa para la parafernalia visual de Russell, uno aprendía sobre ellos inolvidablemente. Si Russell quería contar que la esposa de Mahler se sentía su sombra, por una escalera bajaba Mahler y un escalón detrás la esposa, trajeada igual que Mahler con la cara cubierta con un tul negro. Algunos decían que semejante imagen era una estupidez, puede que sí, ¿por qué no?, pero que nos quedaba claro como la señora se sentían, no había ninguna duda. Pueden que fueran espectáculos extravagantes, barrocos, recargados, pero eran PELÍCULAS, no la superficial ilustración de un artículo de revista dominical.


En resumen, solo si es fanático del ajedrez, si no se conoce la historia de Bobby Fischer o se quiere rememorarla, o se está en síndrome de abstinencia de Tobey Maguire.

Gustavo Monteros

jueves, 3 de marzo de 2016

La juventud



A Paolo Sorrentino  (L'uomo in più, 2001, Las consecuencias del amor, 2004, El amigo de la familia, 2006, Il divo - La spettacolare vita di Giulio Andreotti, 2008, This must be the place, 2011, La grande bellezza, 2013) se le puede culpar de muchas cosas menos de falta de ambición. En La juventud (Youth, 2015), considerado por muchos críticos europeos como un film menor (¡?) se propone nada más ni nada menos que desentrañar el sentido de la vida. Sus personajes discurren sobre la vida y la muerte, y se asientan en tres ejes: el paso del tiempo y sus consecuencias, el amor y la creación. Dicho así puede parecer que todo es sesudo, profundo, demandante, pero no, es de fácil acceso, fluye y es altamente entretenido.


Pasan unos días de verano, en una mezcla de hotel, spa y sanatorio de Suiza (escenografía compuesta por varios hoteles de lujo, porque de existir en un solo lugar tantas comodidades como se muestran, uno haría lo imposible por procurar visitarlo) Fred Ballinger (the one and only Michael Caine) un compositor y director orquestal retirado, que resiste la invitación de la reina de Inglaterra a salir de su exilio artístico; su amigo de toda la vida, Mick Boyle (Harvey Keitel) un director de cine, que rodeado de un grupo de jóvenes guionistas ultima el borrador de su próxima película; Jimmy Tree (Paul Dano) un astro cinematográfico que procura aceptar las dificultades de su próximo papel; un innominado ex jugador de fútbol latinoamericano (nuestro Roly Serrano), considerado un dios, reconocido internacionalmente, muy excedido en peso y con dificultades para respirar, que se halla en recuperación y reposo, y que provoca una respetuosa deferencia de los mencionados anteriormente (cualquier semejanza con Diego Armando no es pura coincidencia), entre muchos otros huéspedes. Más tarde irrumpirá, Lena (Rachel Weisz) hija de Fred/Michael Caine y también su asistente; Julian (Ed Stoppard) el esposo de Lena con su nueva pareja, la estrella pop Paloma Faith, representándose a sí misma. Y claro, los médicos, las enfermeras, las masajistas, los recepcionistas, los entrenadores de distintas disciplinas, los botones, las prostitutas, los artistas que noche tras noche los entretienen con un show, y hasta la nueva y tremendamente escultural (como puede apreciarse en el afiche) Miss Universo (Madalina Ghenea). Ah, y cerca del final, Jane Fonda haciendo de ícono del cine, algo que salvo ella y tres más pueden hacer.


Este variadísimo elenco charlará sobre sus problemas, a veces los enfrentarán, otras veces no, resolverán alguna cosa o no, de tanto en tanto se entregarán a diálogos sentenciosos, pero en el jamás de los jamases, aburrirán.


Paolo Sorrentino es el rey del gran angular, de las tomas panorámicas, de los barridos abarcadores y épicos, de las grandiosas tomas multitudinarias; es también un insobornable buscador de belleza, que a veces encuentra y otras se queda en lo meramente “lindo” y casi publicitario; y como ya dijimos, un ambicioso que no se anda con chiquitas. Puede que sus logros no estén a la altura de sus ambiciones, pero se gana el respeto por salirse de la medianía, de lo seguro, de lo transitado. Como trabaja con constancia, de a poco nos vamos familiarizando con su estilo, con sus modismos, con sus obsesiones, y en un día no muy lejano comenzaremos a considerarlo un maestro. Esta vez no está el actor Toni Servillo, su protagonista frecuente, y en un papel que se adivina pensado para Servillo, Michael Caine le saca lustre a su inmenso talento. Su actuación no solo es deslumbrante, es antológica.


En resumen, no será perfecta, lejos de ello, pero es imperdible. Sobre todo para los admiradores de Caine, que le andábamos deseando un gran papel, y para los jóvenes cinéfilos, que por obvias razones ya no podrán decir “vi un Visconti, un Fellini, un Bergman en estreno”, pero que podrán enorgullecerse de haber visto Sorrentinos en estreno.

Gustavo Monteros