domingo, 15 de noviembre de 2009

La extranjera

Hace años hubo una telenovela llamada Muchacha italiana viene a casarse. La extranjera de Fernando Díaz bien podría tener como título alternativo Muchacha argentina viene a San Luis a descubrir las posibilidades comerciales del arrope de chañar.


La cosa es así. Una argentina de unos treinta y tantos largos, no muy bonita y flaca (ya se sabe que las flacas de protagonistas dan más chic) (María Laura Cali) trabaja en el guardarropas de una disco de Barcelona. La chica se aburre o se deprime tanto que es un milagro que no se haya suicidado antes (una pena, nos hubiera evitado este despropósito). Un abogado la obliga a volver a San Luis a que compruebe el abandono en que ha quedado su herencia, una chacra que era de su abuelo, y decida si la pone a la venta o la remata. El dueño del almacén de ramos generales (Roly Serrano) manifiesta su voluntad de comprarla. Pero San Luis es tan lindo y además pagó la película que nada revelo si digo que se queda. El rico del lugar (Arnaldo André en plan de hacendado aparato) la ayudará a instalarse. Su sirvienta (la gran Norma Argentina, el hallazgo cinematográfico más interesante de los últimos años) la mirará con desconfianza, no sea cosa que le birle el patroncito. La chica llegaría sin duda a finalista de un reality de supervivencia, porque demuestra ser un genio autodidacta en el tema. Sin ayuda de nadie y con sólo mirar las costumbres del lugar, se vuelve una chacarera de la primera hora, y de una aprende a hacer fatay y arrope de chañar. Se le ocurre entonces para salvar la chacra formar una cooperativa que comercialice el arrope.


La película exhibe un conservadurismo que haría palidecer de vergüenza a Enrique Carreras.


El bueno (Arnaldo André) no hace nada porque vive de las rentas que le da participar en un pool sojero. Juega a hacerse el gaucho en San Luis y tiene una esposa en Buenos Aires (que uno imagina viviendo en un country y patinándose la guita en los shoppings) e hijos en la universidad (que uno imagina convenientemente privada).


El malo es Roly Serrano, el pulpero ladino. Un hijo de su madre que si bien medra con las miserias de los lugareños, lo hace por necesidad e imitando las estrategias de los pulcros hacendados. (En una obra de Bertold Brecht o de George Bernard Shaw no llevaría la peor parte, Bertold y George sabían distinguir a los culpables de las injusticias sociales.)


Pero el film no sólo es conservador sino también insultante y condescendiente con los lugareños. Sus costumbres ancestrales y su sabiduría práctica pueden ser duplicadas por la primera paracaidista ex guardarropera de una disco barcelonesa. Y son tan caídos del catre que tiene que venir una citadina para explicarles que con una bolsita de arpillera como packaging pueden llegar a hacer pingues negocios hasta con su insípido arrope de chañar.


Hay además una ironía elemental, cuando nos enteremos de la historia de la muchacha, sabremos que aunque los lugareños la ven como una tilinga, fue tan humilde como ellos ya que es hija de una sirvienta y hasta ella misma fue mucama.


Y el guión hasta se permite banalizar innecesariamente tópicos dolorosos, la chica dice ser hija de un sindicalista asesinado por la dictadura.


La planificación es inexpresiva y el montaje espasmódico. Alterna escenas breves tirando a elocuentes con otras eternas que parecen filmadas en tiempo real. En una secuencia tuve tiempo de contar las nubes y ver cuáles eran las que el viento sacaba de cuadro.


María Laura Cali no es mala actriz, pero el protagónico le queda inmenso. No despierta ni empatía ni simpatía. Por momentos uno tiene ganas de que la agarre el puma que anda dando vueltas, a ver si otro asume el protagonismo y la cosa se pone más interesante. Y hay un par de secuencias en que da pena por los motivos equivocados. Se supone que halló su lugar en el mundo y debe exhibir la alegría liberadora de Alterio cuando gritaba: La puta que vale la pena estar vivo. Pero no, ella exhibe la alegría liberadora de alguien que en una fiesta aprovecha el airecito del balcón para tirarse un pedito.


Arnaldo André está muy bien, arma un personaje claro y llamativo. Lástima que empañe su trabajo un monólogo final imposiblemente torpe y discursivo. Pero ya se sabe, los patriarcas ricos tienen la verdad final y deben instruir a los humildes según su conveniencia. La de los ricos, claro.


Roly Serrano da una lectura impecable de su personaje. Y Norma Argentina tiene tanta vida interior, espesor y misterio que le basta con estar y mirar para darle contundencia a su personaje.


Un bodrio hecho y derecho. Y si no fuera tan ideológicamente enojoso, sería mortalmente aburrido.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 13 de noviembre de 2009

Una historia de violencia

De vez en cuando a propósito compro golosinas que ya existían en mi tierna y lejana infancia (galletitas Rumba, Tita, alfajores Jorgito, pastillas D.R.F., caramelos Media Hora, etc.). Lo hago para comprobar si tienen el mismo gusto que tenían en la antigüedad. Inútil y frustrante ejercicio de memoria emotiva. No saben cómo sabían. No porque mi memoria sea quisquillosa o amnésica sino por la sencilla razón de que las firmas que las producían fueron absorbidas por compañías multinacionales a las que les importa un bledo y tres pepinos el sabor, la calidad y la tradición.


Me va mejor cuando hago el mismo ejercicio con películas que en su momento me gustaron mucho. De tanto en tanto vuelvo a verlas para comprobar si están envejeciendo bien.


A history of violence de David Cronenberg sigue tan perfecta y potente como en su estreno en el 2005. Es un cóctel delicioso del western del héroe misterioso y el policial negro retinto del pasado turbulento que vuelve.


Sam Stall (Viggo Mortensen) es un padre de familia irreprochable que atiende un bar. Cuando dos maleantes llegan a asaltarlo, revela una pericia inusitada para matar gente. Este hecho acabará con su bajo perfil y la fama hará que enfrente algunas deudas pendientes.


La clave está en el título porque no es una story sino una history. Ambas pueden traducirse como historia, pero story en su primera acepción es cuento mientras que history en su primera acepción es historia. Esto viene a cuento no porque tenga un ataque de etimología pelotudo sino porque en este relato cinematográfico hay un recorte de tiempo con principio y final. Un círculo, válgame la redundancia, redondísimo entre la escena familiar de apertura (la pesadilla de la nena) y la escena familiar de cierre (la cena). Más un perturbador prólogo que delimitará magistralmente el ámbito en el que se desatará la violencia.


Es una parábola ejemplar que no nos dejará indiferentes y que más allá de su simpleza suscitará tantas interpretaciones como espectadores tenga. Porque cuando las ideas son claras, no hay nada más profundo que lo simple.


Los caballeros confirman su derecho a portar todos los adjetivos admirativos que les han tributado. Viggo Mortensen es el candidato ideal para retratar a este hombre que es tanto un padre soñado como un asesino implacable. A Ed Harris le bastan tres o cuatro escenas para ratificar su estatura de actor inmenso. Y un audaz William Hurt camina por el precipicio de la sobreactuación sin desbarrancarse jamás, regocijándonos con su histrionismo sin par. Pero la sorpresa la da la dama, María Bello se revela como una actriz talentosísima y personalísima. Sincera, plena, segura, una auténtica maravilla. Muy hermosa, además.


Si no la han visto, no se la pierdan. Y si ya la han visto, vuélvanla a ver: vale la pena. La da ISAT, las próximas emisiones son el jueves 19 de noviembre (La Plata Day) a las 22hs y el domingo 29 a las 0:00 y a las 22.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 6 de noviembre de 2009

A Homero

Durante casi 30 años fui amigo de Homero y nunca le conocí la cara. Hace poco vi una fotografía suya, pero mi memoria no registró sus facciones. No porque fuera diferente a como lo había imaginado, más bien porque cualquiera o todos pueden ser Homero. Después de todo, Homero es el que escribe como Homero.


Me apasioné con el cine con naturalidad, como quien se apasiona con el fútbol o con coleccionar cosas. Cuando estábamos en primer año del secundario, de repente y sin que viniera a cuento, la profesora de matemáticas, una mujer desorbitada, como lo están quienes trabajan con gente todo el tiempo, nos dijo: Procuren saber todo de lo que les gusta, sea lo que sea, sépanlo todo, eso los hará siempre felices. Me pareció un buen consejo y decidí seguirlo. (En esa edad impresionable, la sensatez inesperada pega fuerte.) Fui a la librería Juvenilia y después de pasear entre las mesas, compré Crónicas de cine. Un libro de Homero, claro.


Intuitivamente ya podía distinguir qué era bueno. Podía afirmar que El ciudadano era una gran película aunque no tenía herramientas para sustentar mi afirmación. Sabía que La diligencia, A la hora señalada o Lo que no se perdona decían más cosas y eran mejores que las películas de Trinity y Bambino, por más divertidas que fueran. Mi ignorancia era suprema.


En Crónicas de cine, Homero reseña la carrera de algunos directores y describe películas insignes. Pero no se parecía a nada de lo que había conocido o leído. No eran críticas como la de esos críticos siempre trepados al púlpito, con el dedito en alto, diciendo esto es bueno por esto o esto es malo por aquello. Siempre por encima de lo que hablaban. Jueces superiores y eunucos que bajaban el martillo con la insolencia de los mediocres. No, Homero no. Él ejercía otra autoridad. Hablaba desde el amor, desde la pasión. Cada película era suya también porque vivía con ellas, porque soñaba con ellas, porque lo rebelaban o lo acariciaban.


Leer a Homero fue un deslumbramiento, fue entregarse a la ceguera de la admiración, fue encontrar al Maestro. Lo leí como no volví a leer, con la sed de aprender, de superarme. Nunca presté ese libro ni lo prestaría. Se puso amarillento en mis manos lo cual es lógico porque yo también perdí vigor.


Cuando apareció su nuevo libro (Cine sonoro americano) quise tenerlo, pero era muy caro. No, dijo mi madre, que el cine, que el teatro y ahora libros caros, tus hermanos también tienen derecho a sus gustos y sus lujos.


Como siempre fui a veranear a Catamarca. Una tía dijo querer regalarme un pullover. No, dije yo, quiero un libro. Aceptó inocentemente. Yo sabía que la librería Sarmiento, donde compraba mis Puigs y mis García Márquez, lo tenía. Llegamos y cuando vio el precio en la vidriera, empalideció. Procuró persuadirme, pero me mantuve firme. La dueña la conoce, seguro que se lo da a pagar en dos o tres veces, insistí. Los libreros conocían a un buen cliente, sabían cuando un libro había encontrado su lector. No sólo lo dejó en tres cuotas sino que hasta nos hizo un descuento. Es hermoso, tiene un dibujo del rostro impar de Greta Garbo en la tapa.


Aunque es gordo como una enciclopedia, lo leí en tres días. Durante ese tiempo no hice otra cosa que leer, comer poco y dormir menos. Me maravilló. Ya conocía someramente mis Hustons, mis Zinnemanns, mis Wylers, mis Wilders, mis Fords, mis Leans. Pero él, aparte de enseñarme muchísimas cosas que no sabía, los ponía en perspectiva, los emparentaba, los hermanaba, los hacía herederos de tradiciones por estilos, por géneros, por épocas.


No bien terminé de leerlo, comencé otra vez. Lo absorbía todo, con fruición, con desesperación, con hambre.


Se convirtió en mi Biblia. Película norteamericana que veía, corría a buscarla en el libro. Corroboraba datos, fechas, la circunscribía al período cinematográfico y a la realidad histórica y social en que había surgido. Ni al diccionario en inglés consulté tanto. Todavía lo hago.


Después, primero en las clases teatrales de memoria emotiva y más tarde en las de programación neurolingüística, cuando preguntaban qué libro llevaríamos a una isla desierta, aunque hubiera que elegir uno, yo siempre hacía trampa y elegía tres: los dos de Homero y los 100 años de soledad del Gabo.


Homero era uruguayo, así que sus artículos nos llegaban esporádicamente como colaboraciones para distintas publicaciones.


A principios de los 80 apareció su Enciclopedia de datos inútiles, que como su título lo indica es un registro de datos inservibles que su memoria tenaz se resistía a borrar. Lo hojeé, pero no lo compré. Yo admiraba al Homero que admiraba al cine. Este otro Homero me dejaba indiferente, no tenía relación con él.


Eso sí, cada vez que iba a la Cinemateca o a la Lugones a rever un Bergman, me arrebataba la envidia porque el programa transcribía fragmentos de Bergman, un dramaturgo cinematográfico, el libro que Homero escribió con Emir Rodríguez Monegal. Es que para mí es un tesoro inhallable que busqué y todavía busco. De ese libro sólo existe una edición uruguaya, de unos dos mil ejemplares. Más de una vez estuve cerca, pero no lo suficiente. Conocí a personas que lo tenían, que estaban dispuestas a prestármelo para que lo fotocopiara, pero cuando iban a buscarlo descubrían que lo habían perdido. No importa, todo llega, hasta lo bueno.


En los 90 el cine cambió, se volvió banal y estúpido. Homero rumbeó para otros lados, para otros temas. Lo bien que hizo, nadie puede apasionarse con el cartón grasoso que envuelve los pochoclos. Porque el cine yanqui en su gran mayoría ahora es eso, un contenedor o un acompañador de pochoclos.


La noticia de su muerte me llegó en uno de esos momentos difíciles que solemos tener todos. Con los sentidos embotados por las penurias que me dominaban, no lo lloré. Eso sí, le prometí que nunca lo olvidaría.


Jurarle fidelidad a su memoria me pareció importante porque en estos países a los hombres de la cultura apenas mueren ya se los comienza a olvidar. Además, iluso de mí, me creía uno de los pocos que todavía lo recordaban. No, gracias a Dios, somos legión. José Martínez Suárez acaba de anunciar que el festival de cine de Mar del Plata publicará cuatro tomos con sus escritos dispersos, este año presentarán el primero. Los bautizaron Obras Incompletas.


Casi no escribo estas líneas, aunque cuando una amiga me instó a que iniciara un blog ensayé varios nombres, pero me quedé con Crónicas de cine. Por Homero, claro.


El domingo pasado Página 12 le dedicó su suplemento Radar. Como la sigla de su nombre (Homero Alsina Thevenet) da H.A.T., sombrero en inglés, ilustraron la tapa con hermosos sombreros. Esa noche mientras remoloneaba con un libro que me costaba terminar, me puse a pensar si le debía a Homero una crónica. A esa misma hora, otra amiga me enviaba un mail con la nota de Página. La “casualidad” me decidió.


No sé si escribo bien sobre cine. Bah, no sé si escribo bien en general, si el sujeto coincide siempre con el predicado o si siempre elijo el adjetivo más elocuente. Quizá a Homero no le hubiera gustado como escribo, mucho sentimiento, diría. No importa, escribo de cine desde el amor, desde la pasión, porque las películas también son mías, porque vivo con ellas, porque sueño con ellas. Gracias, Homero. Gracias, Maestro.

Gustavo Monteros

domingo, 1 de noviembre de 2009

Se suspende por mal tiempo

Siempre hay una época del año en la que hallar una buena película es tan difícil como encontrar la tan mentada aguja del pajar. No busco una película que sea estimulante intelectualmente, particularmente conmovedora o entretenida singularmente sino una que no sea tan mediocre, mala o aburrida.


Y cuando las opciones son entre poco interesante o menos interesante, uno se neurotiza.


Desde Moonlighting soy socio vitalicio del club de admiradores de Bruce Willis, y si bien Identidad sustituta no deslucirá en su currículum tampoco le aportará nuevos laureles. Ya cumplí con mi membrecía en el club, la vi. Para verla dos veces, no da…


Y con gusto inauguraría el club de admiradores de Rachel Weisz filial La Loma, pero aunque está deliciosa en Los estafadores, ésta es una película tan vistosa como vacía, lo que de ningún modo amerita una segunda visita.


Y de Robert Downey Jr no soy hincha, soy directamente barra brava. Es un artista con mayúsculas y su pelea contra las adicciones me conmueve tanto que si rezara lo incluiría en mis oraciones. Y ¡pobrecito! en El solista le toca decir algunas líneas imposibles, pero se las apaña y sale adelante. El que no pie con bola es Jamie Foxx, hace lo que puede pero se hunde sin remedio, junto con la película, un bodrio bien pensante, bienintencionado y mortalmente aburrido.


Porque duraron una mísera semana en cartel, no llegué a ver Homero de Eduardo Spagnuolo ni Horizontal/Vertical de Nicolás Tuozzo que prometían elementos de interés.


En vano esperé que llegara a los cines locales Nunca estuviste tan adorable, la versión cinematográfica de Mausi Martínez de la maravillosa y excepcional obra teatral de Javier Daulte. Y más vale que me vaya despidiendo de la esperanza de ver Lejano del director turco Nuri Bilge Ceylan, en Buenos Aires se exhibe en DVD.


Y no estoy tan libre de prejuicios como me gustaría imaginarme: Las viudas de los jueves y Cuestión de principios me dan miedito. A pesar de los buenos antecedentes de Marcelo Piñeyro, Las viudas mucho no me atraen porque leí la novela y no me gustó nada, nada. Y respecto a Cuestión de principios se me fue la curiosidad de verla porque en los reportajes previos al estreno los actores y el director la desmenuzaron tan al detalle que no dejaron sorpresas por descubrir.

A Papá por un día, la vería si me pagaran… mucho. Nicolás Cabré es un actor tan limitado como sobrevaluado, por Dios, sáquense las anteojeras y devalúenlo de una vez. Entre nosotros parece buena y está multipremiada. Pero es sobre problemas de pareja y alemana. La pareja en sí es un problema y no tengo nada contra los alemanes, pero últimamente los prefiero en comedia. Hablando de comedias, Nia Vardalos, ¿qué te pasó, perdiste la gracia con los kilos? Si ése es el precio, la silueta no te sienta. Mi vida en Grecia es tan divertida como contar moscas en el cielo raso.


Hablando de actrices, Hiam Abbass es una actriz talentosa y muy hermosa a la que vi en Visita inesperada y Paradise now. Ahora está en El árbol de lima. La vería pero dos cosas me rebelan. Vi las colas los últimos dos meses que fui al cine y parece tan cargada de alegorías que ya me resulta pesada e indigesta. Y segundo, mi infancia catamarqueña me obliga a que diga: no, muchachos, ésas no son limas, ¡son limones!


Si exceptúo las películas de terror (no, gracias) y las infantiles (muchachos de Disney, por respeto a la salud mental de las niñas del planeta, córtenla con la saga de Tinkerbell que ya dan ganas que exista el Raid mata-hadas-y- polillas), me queda El corredor nocturno. La veré por gratitud a Miguel Ángel Solá… en otro momento.


Cuando voy a salir, el cielo se oscurece y se raja un trueno. El mentiroso canal TN insiste con el alerta meteorológico. Decido creerle, miente en muchas cosas, pero en el pronóstico todavía no. Desensillo y me voy a dormir la siesta. Porque como dice la hermosa canción de Kevin Johansen que ahora usan en una propaganda: “¡Qué lindo que es soñar! Y no te cuesta nada más que tiempo…”
Un abrazo,
Gustavo Monteros

martes, 20 de octubre de 2009

As you like it

Las películas, además de personalidad, tienen su destino. Algunas tienen buena ventura y renacen en cuanto formato existe o está por existir. Otras reaparecen periódicamente como la primavera y nos sorprenden gratamente en la calesita del zapping. Otras tienen un reflujo constante como la acidez y dan ganas de erradicarlas del cable a los escobazos. Y están las de poca fortuna. Las se pierden en los laberintos de los depósitos. Las que esperan pacientemente la resolución de los litigios por sus derechos entre creadores y productores. Las cenicientas sin final feliz, relegadas eternamente por las distribuidoras que privilegian proyectos que se venden con más facilidad. Las que se olvidan burocráticamente hasta que la productora necesita sacar réditos de donde sea. Las que envejecen solas porque surgieron de empresas independientes que se retiraron del mercado. Y las que nadie reclama ni recuerda.


Y están las que se prometen y no llegan. Las que se traspapelan. Las que fondean en el puerto, no desembarcan y se marchan. Las de personalidad histérica y destino incierto que se hacen desear y desear.


As you like it o Como gustéis, la versión cinematográfica de Kenneth Brannagh de la obra de William Shakespeare (Willy Speare para los amigos) parece querer inscribirse en esta última categoría. Se filmó en el 2005, se estrenó con discreto éxito en Inglaterra, se distribuyó sucintamente en EE. UU. y en selectos países de Europa en el 2006, y hasta la fecha el único país latino que gozó de una distribución en DVD fue México. Pagada por HBO films, no se la incluyó en la programación de esa señal Premium, nadie la subió a Internet y permanece como una promesa impaga de entretenimiento y buen cine si uno cree las referencias de los que la vieron.


No ayuda a que la promesa se concrete que la protagonicen Bryce Dallas Howard y Adrian Lester. Ella es una actriz que se perfila para estrella (protagonizó los sonados bodrios de M.Night Shayamalan: La aldea y La dama en el agua, y hace poco acompañó a Christian Bale en Terminator Salvation), pero aún no encontró el proyecto que la catapulte. Él es un actor negro muy popular en Inglaterra, pero desconocido por estos lares. Ayuda en cambio que estén en roles secundarios sólidos actores de aceptable popularidad: Kevin Kline y Alfred Molina.


Como apasionado del cine, leo con devoción la revista del cable buscando las perlas en las anodinas ostras. Grande fue mi sorpresa cuando la vi anunciada en Film&Arts. Confirmé que fuera la misma que viste y calza en la página web de esa señal. Sí, me dijeron, es ella. Se exhibía por primera vez hoy, martes 20 de octubre a las seis de la mañana. Programé con unción la grabadora. Cuando me levanté vi que ningún corte de luz interrumpió el proceso y fui a dar clases con la alegría de una recompensa segura. Volví de la escuela, me serví un café, apagué los teléfonos y me senté a disfrutar. Pero no, ¡sorpresa!, no era ella, la de Kenneth Brannagh, sino una versión pedorra y desangelada de la BBC. Un auténtico bodrio indigesto e indigerible en el que ni Willy Speare se salvaba. Hasta el café se había enfriado. Apagué todo, prendí los teléfonos y me fui a Internet para conformarme por enésima vez con el tráiler. Y si escribo esto es para dejar constancia que aunque ella me dejó plantado, yo la deseé. Y cómo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 4 de octubre de 2009

Los abrazos rotos

Pedro Almodóvar, prototípico niño mimado de la crítica y el público, sufre con estos “abrazos rotos” los primeros reveses de su larga y prolífica carrera. Esta película no despertó mucho entusiasmo en los festivales internacionales en que la presentó. El público español la ignoró olímpicamente. Y la Academia de Cine española no la eligió para que compitiera por el Óscar como Mejor Película Extranjera; optó por El baile de la victoria de Fernando Trueba, protagonizada por Ricardito Darín, el grande.


Es su película “más”. La más cara (15 millones de euros), la más larga tanto en rodaje (14 meses) como en duración (127 minutos), la que más argumento tiene… y la más fría.
Como todos sus films anteriores es un homenaje al cine y a los trucos lícitos del arte de narrar en imágenes. Como en La mala educación se cita a sí mismo en el ejercicio de cinefilia, incluyéndose entre los maestros del cine. Contrariamente a La mala educación y a Volver, esta vez sus historias cierran y no quedan como caprichosas e ilógicas narraciones. Como en Todo sobre mi madre, los personajes están perdidos en un laberinto de espejos y tienen más de una cara. Lo que no hay es la alegría, el fervor de las primeras películas. Su cine ha ido ganando seguridad formal, perfección técnica y ha ido perdiendo el alma, la pasión, las ganas. Todo es muy bonito, suntuoso, seductor pero vacío de enjundia y misterio. Parece una telenovela que se mira mientras uno espera el programa que sigue. Entretiene mientras dura y se olvida ni bien termina. Jamás engancha ni convive con nosotros. Queda ahí, en la pantalla, perdida en sí misma.


Penélope Cruz, al natural no debe llamar mucho la atención, pero la cámara la vuelve un animalito hermoso y fascinante. (Cuento en realidad la experiencia de Woody Allen, que se decepcionó cuando la conoció, pero la amo cuando la vio en cámara.) Blanca Portillo es una actriz portentosa. Todos los actores están muy bien, pero ya se sabe, cinematográficamente los actores no le generan mucho morbo, su mundo es el de las mujeres.


Que Pedrito es un grande, nadie puede discutirlo. Queda por ver si podrá reinventarse a sí mismo o si se encerrará en sus obsesiones alejándose más y más de su público de siempre. En la conferencia de prensa de Cannes dijo que Scorsese debía dejar a DiCaprio y volver con DeNiro, porque juntos hacían mejores películas. Quizá él deba zanjar de una vez sus diferencias con Carmen Maura, juntos hicieron algunos films inolvidables que hoy por hoy parecen cosas del irrecuperable pasado.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 19 de septiembre de 2009

Julie & Julia

Nora Ephron, talentosa directora y guionista, desde Tienes un e-mail (1998), busca desesperada un proyecto que la devuelva a los dorados tiempos de Sintonía de amor (Sleepless in Seatle, 1993). No es para menos después de las sonadas patinadas de Lucky numbers (2000) y Hechizada (2005).


Procura esta vez hacer una película basándose en dos libros. Una biografía de Julia Childs (una Doña Petrona yanqui) por un lado y el libro que nació del blog de Julie Powell, por el otro. Le queda una especie de El Padrino II culinario, sólo que aquí no hay un apogeo y una caída sino dos apoteosis. Dos mujeres separadas por circunstancias y épocas distintas reafirmarán su lugar en el mundo a través del amor a la cocina francesa.

Julia (Meryl Streep) casada con un diplomático (Stanley Tucci) recalará en el París de posguerra, se abocará a aprender a cocinar y no parará hasta armar un manual que enseñe a dominar el arte de la cocina francesa.

Julie (Amy Adams), atrapada en un trabajo odioso, contará en un blog la experiencia de hacer todas las recetas del libro de Julia en un año.

No es una película floja o mediocre, pero dista de ser lograda. Como en Tienes un e-mail, más allá de los encantos que se muestran, en algún momento el trámite se hace un poco largo y el interés decae. Quizá el problema sea que Nora Ephron es una intelectual que hace comedias y se siente bajo el peso de no hacer la vista gorda al entorno en el que se desarrollan sus historias. Nunca hace subrayados, más bien trabaja acumulando indicios y si uno se abstrae un segundo del cuento de hadas en primer plano se ve el trasfondo de capitalismo decadente, exitista, hueco que nada ha hecho para que las personas vivan un poco mejor. Y dado que los protagonistas de sus películas son fracasados glamorosos que hallan su final feliz, sería aconsejable que Nora hiciera fluir sus historias y dejara que trabajen por implicancia. Creo que así ganarían en contundencia y se alejarían de los intelectualismos de té con masas. Porque si Vidas privadas de Nöel Coward aun hoy se sigue representando no es por su deliciosa frivolidad sino porque dice lo mismo que algunas obras de Strindberg (que el matrimonio es una prisión inexpugnable) en un desvergonzado tono de comedia. Una comedia que pide disculpas es tan absurda como una prostituta melindrosa.

Pero el as bajo la manga que Ephron siempre tiene es su habilidad para elegir y dirigir actores. No en vano Tom Hanks y Meg Ryan le deben la consolidación de sus carreras.

Amy Adams, que viene de padecer el gorgóneo personaje de Meryl Streep en La duda, vuelve a compartir el protagónico con Streep sin cruzarse con ella en ninguna escena. Le toca la historia menos atractiva, pero le basta con aparecer para que toda nuestra simpatía esté con ella.

Meryl Streep continúa con su racha de grandes éxitos y grandes papeles. No creo que sea casual que le lluevan los buenos personajes. Resolvió sus neurosis equilibradamente. Ya no pelea por el título de la Mejor Actriz De Su Generación. Hace rato que ganó por apabullante knock out. Ni tampoco la desvela ya estar a la altura de su leyenda. Ahora se entrega por entera a celebrar el don que Dios le dio y da actuaciones gozosas que contagian alegría. Ella sí que ya no pide disculpas por ser inmensa y paradójicamente disfruta de su talento con naturalidad y humildad. Verla es un placer.

Stanley Tucci, que trabajara frente a Streep en El diablo viste a la moda, es un partener de primera. Sabe que actuar es contar una historia en equipo y ante el impar histrionismo de Streep ofrece sutileza y contención. Su grandeza reside en crear contraste. Sólo el título de la vieja película de Trinity y Bambino los define con justeza: Juntos son dinamita.

Chris Messina arma un personaje que supera al típico galán y se ganó la lisonja de una de las espectadoras a la función que asistí: Yo quiero un marido así.

Para verla sin hambre, muestran platos exquisitos que hacen agua la boca.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 12 de septiembre de 2009

Mentiras piadosas

Viernes 11 de septiembre de 2009

Me decidí a último momento. Como siempre fui caminando. Apreté el paso porque creí que llegaba tarde. Era en el San Martín a las 21:05. Subí y me encontré con un grupo de unas 8 personas que rodeaban al control de sala, otras 6 personas estaban sentadas en los duros asientos del hall. Pensé que todos esperaban para ver otra película y como ya era la hora, me acerqué y le entregué mi entrada al control. Tenés que esperar, me dijo, van a entrar todos juntos. Está el director y les va a hablar. Ése es, y me señaló con la quijada a un flaco no muy alto, de pelo negro y anteojos, parado en medio del hall. Vestía unos jeans grises de diseñador con muchos cierres y bolsillos, unas zapatillas bonitas y modernas, grises también y un pullover azul claro con una especie de charreteras de cuerina, parecido al que usan los policías, eso sí el cuello era distinto, volcado y con unos botoncitos. Disculpame, me dijo el control y le presentó al director una parejita que acababa de subir. Según pude oír eran periodistas del diario. Eran jóvenes y no los conocía. Me fui a sentar en los duros asientos al lado de dos amigas con problemas sentimentales, una de ellas se estaba hartando del novio y no sabía si largarlo ahora o más adelante. El director y los periodistas se acercaron a donde estábamos y pude oír que hablaban de mandarse mails para intercambiar información. El control de sala, un flaco joven, alto y desgarbado que no parecía cómodo con su cuerpo, como un adolescente que pegó un estirón de golpe, comenzó a ponerse nervioso. Desde un teléfono interno, el proyectorista lo apuraba, la función se estaba atrasando demasiado. Pero como no le quedaba otro remedio, esperó a que la conversación entre el director y los periodistas terminara. Entramos finalmente. Era en la Sala 4, la del fondo del pasillo a la derecha. Nos sentamos todos en tres filas continuas, si nos iban a hablar, al menos que nos pescaran a todos juntos. El control tan incómodo con su rol de maestro de ceremonias como con su cuerpo, entró rápido, se paró adelante y dijo: Buenas noches, el director les va a presentar la película, aplaudan. Y con un gesto torpe, que hacía que toda nuestra simpatía estuviera con él, le pidió al director que se acercara. Y después, mientras el director hablaba, se puso a sacarle fotos con una camarita digital, y como no se animó a sacarnos una foto de frente, se fue hacia atrás y desde allí nos fotografió. Aunque no lo pareciera, el director no podía tener más suerte con un presentador: nada estimula más la solidaridad, la consideración y la atención que ver a alguien exigirse en funciones sociales para las que no está preparado. El control podría ser tímido y sin mucha calle, pero ponía mucha voluntad y lo emocionaba de verdad conocer a un director. De estar más despiertos, alguno de nosotros debería haberse ofrecido a sacarle una foto con el director.


El director, después de saludarnos y agradecernos que hubiéramos venido, nos contó que la película era una coproducción entre una pequeña productora de Argentina y otra más pequeña de España, que contó con el apoyo de San Luis cine; que era una versión libre de La salud de los enfermos de Julio Cortázar que está en su libro Todos los fuegos el fuego, con la interpolación de otros cuentos, también de Cortázar; que fue un proyecto de 9 años; que era su ópera prima y que su único antecedente era un corto; que la presentaba solo porque los actores estaban haciendo teatro; que uno de los protagonistas era Claudio Tolcachir, que había dirigido Agosto, la obra con Norma Aleandro y Mercedes Morán; que Marilu Marini trabajaba generalmente en Francia y que ahora estaba haciendo teatro en la Argentina; que le gusta mucho Torre Nilsson y que agradecía la participación de Lydia Lamaison, que había sido la madre de La caída; que la semana próxima la presentaba en el Lincoln Center de Nueva York; que nos daba una primicia: que hoy había sido invitado al Festival de Bombay; que cada vez que la veía descubría que podría haber hecho las cosas mejor, pero que le decían que eso era normal; que esperaba que la disfrutáramos y que no se podía quedar a verla con nosotros porque tenía que presentarla en otro lado.


Nuestra predisposición no podía ser mejor. El director era un hombre sencillo, sincero, agradable. Andaba solo, sin esos molestos séquitos, como un hombre con una misión. Iba de cine en cine procurando ganar espectadores. Hacía crecer su seguridad mencionando nombres famosos y los logros obtenidos como las invitaciones a festivales. Hasta ahora, todo más que bien.


La película es buena. Gracias a Dios no tiene el vicio habitual de las óperas primas. (Los directores nóveles quieren demostrar que han visto la mitad de la cinematografía mundial y llenan de citas inútiles filmes que incluso están en otro registro; además por las dudas no hagan otras, nos apabullan con todas las gracias que pueden haber absorbido.) Está bien contada, los actores están muy bien y en muchas escenas revela un verdadero talento. Los aspectos técnicos tienen el cuidado, el fervor y el amor de las producciones sin mucha plata. Recrea el estilo de las películas de la época en que transcurre la acción, fines de los 50 y los primeros 60, y desnuda un profundo afecto no sólo por el cine de Torre Nilsson sino también por el de Antín. La habrían favorecido algunos flashbacks menos y el pero mayor es que aún no ha aprendido a comprometer emocionalmente a los espectadores, esa sutil diferencia entre preocuparse menos por expresarse y preocuparse más por quienes completaremos su visión.


Para despedirse repitió el viejo lema del music hall, que como tantas cosas debe venir de los griegos pero que sin duda está en Shakespeare. Cuando uno no tiene medios, lo más difícil es encontrar público. En el final de un espectáculo, yo lo reformulaba así: “Si les gustó, recomiéndenselo a sus amigos; si no les gustó, recomiéndenselo a sus enemigos, pero por favor, recomiéndenselo a alguien.” Su versión era menos irónica, después de contarnos que los cines deciden los lunes según la cantidad de espectadores congregados si una película sigue en cartel, nos dijo: “Si les gusta, hagan correr la voz e insistan para que vengan en el fin de semana; si no les gusta, guarden el secreto.” Como me gustó, aquí estoy escribiendo estas líneas a las apuradas. Su nombre es Diego Sabanés y su próxima película cuenta conmigo como espectador seguro.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

lunes, 7 de septiembre de 2009

Bastardos sin gloria

Como los grandes directores, Quentin Tarantino es un cinéfilo militante. Eso sí, su cinefilia es muy democrática. Abarca de las formas más excelsas a las más bajas, aunque su corazón se inclina más hacia los géneros abyectos y bastardos.


Después de disfrutar las mieles del éxito, ver su testa coronada de laureles y disfrutar el asedio de las reinas de la belleza, todo gracias a su sensacional Kill Bill, se estroló contra el piso con Death Proof, la segunda parte de su proyecto Grindhouse, homenaje al cine berreta de terror de los programas dobles de los cines de cruce (como el viejo, querido y glorioso Belgrano). Dicho proyecto lo compartía con Robert Rodríguez, cuya primera parte, Planet Terror, fue también un gran bodrio.


Fiel a sí mismo, en vez de refugiarse en formas más clásicas como las que practicara en Jackie Brown, que despiertan siempre el unánime beneplácito crítico, duplicó la apuesta de sus excentricidades y entregó una película cuanto menos desconcertante.


Como ante cada estreno de un film de Tarantino se navegaron ríos de tinta, se caminaron kilómetros de papel y se necesitaron eternidades de horas para remontar cada influencia y escalar cada logro. Los pobres pelafustanes como yo, que gustan leer sobre cine, quedamos sepultados por la avalancha de datos. (Pasa algo parecido con los estrenos de Almodóvar.) A lo que voy es que es casi imposible llegar más o menos virgen a un film de Tarantino. Tanta información chamusca la sorpresa.


Yo a mi vez no los fatigaré con erudiciones y sapiencias y procuraré desempolvarme las influencias recibidas.


Como siempre la narración es fragmentaria, hay en este caso cinco capítulos. (Tarantino más que un bordador de tapices, es un joyero que engarza perlas y arma collares deslumbrantes.) Hay diálogos ingeniosos y caprichosos, más artificiosos y rebuscados en este caso porque al tratarse de un film de época, los personajes no pueden discurrir sobre hamburguesas o las canciones de Madonna. Su regusto por la hiperviolencia está presente, aunque en menor medida de lo que podía esperarse. Y es su película con la mayor cantidad de referencias cinéfilas, si esto es posible en un director que hace de las citas y guiños su marca de fábrica. Es larga y se le nota. Es despareja y la menos orgánica de todas sus películas.


No me adentraré demasiado en el argumento, muy mentado en las críticas nacionales e internacionales, lo que arruina la expectativa. Por lo que sigue, sólo diré que un grupo de judíos furibundos más una bellas de armas tomar, después de darle a los nazis una sopa de su propio chocolate, ganan literalmente la segunda guerra volando incluso al mismísimo Hitler.


Ideológicamente plantea un dilema que es imprescindible resolver. ¿Estamos ante un disparate fenomenal o ante la seria elaboración de una metáfora del arte como reparación justiciera de la historia? La mayoría de los críticos optó por la variante de la metáfora (construida con nociones harto inflamables y polémicas) y firmaron sesudas interpretaciones alabando o denostando la instauración de semejante atrevimiento. Unos pocos, a los que adhiero, la consideran una broma colosal, tan nociva o influyente como una historieta desmadrada de la vieja revista El Tony. El tiempo dirá cuál de los dos grupos tuvo razón. (En lo personal digo que no sé si será por pertenecer a un país en el que las Nazarenas Vélez hacen cualquier cosa por los dos minutos de fama, pero me cuesta darle entidad a tamaña concatenación de disparates. Creo que Tarantino sólo se aseguró de volver a ser el eje de la polémica. Y como el payaso genial que es, lo logró.)


Al igual que toda película de un cinéfilo, los rubros técnicos son de primerísimo nivel. La banda sonora, como la de Moulin Rouge! mezcla libremente canciones de diferentes períodos. El reparto incluye actores de distintas extracciones, experiencias y talentos. Va desde el inolvidable villano del austriaco Christoph Waltz, pasando por un irreconocible Rod Taylor como Churchill, los atendibles Michael Fassbender y Daniel Brühl, dos mujeres bellas y talentosas, Diane Kruger y Mélanie Laurent, hasta otros que fueron elegidos por la cara o por ser amigos del director como Eli Roth. Y Brad Pitt, claro. Sorpresivamente, este prototípico muñeco lindo de madera balsa da su mejor actuación y alienta la esperanza de que, después de todo, quizá haya un actor detrás de su celebrada y anodina donosura.


Creo que más allá de los reparos que puedan hacérsele, esta ucronía merece verse. Aunque más no sea porque hay un par de escenas que de tan bien resueltas, rozan la genialidad indiscutida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 29 de agosto de 2009

Anita

La cosa es sencilla. Anita (Alejandra Manzo) es una gordita adorable con síndrome de Down que vive feliz atendida por su cariñosa madre, Dora (Norma Aleandro). Los domingos las visitan su hermano (Peto Menahen) y su esposa. Un día perderá a su madre en el atentado a la AMIA. Un ramalazo de la explosión la herirá, será empujada a un hospital y se perderá. Pasará un tiempo con Félix (Luis Luque), un reportero gráfico fracasado; recalará luego con una familia coreana y por último con Nori (Leonor Manso), una enfermera a la que la vida no le mostró su mejor cara.


No traiciono nada refiriendo el argumento; cualquiera que haya visto la “cola” sabe que todo gira según lo que acabo de decir.


El cuento es simple y está contado. El problema con la película es que no termina de definir qué quiere ser. Por momentos parece la típica historia de iniciación, ésa en la que un personaje hace el aprendizaje de una vida totalmente distinta a la que llevaba. Pero en otros momentos, el film parece querer erigirse en una metáfora del cuerpo social argentino, en la que todos, como Anita, estamos perdidos y desazonados ante un destino inabarcable que no comprendemos porque ni a las heridas las asumimos como tales. Y en otros momentos, el film parece el melodrama tradicional que nace de una tragedia social mayor.


Pero a poco de andar, descartamos el melodrama porque el film elude elegantemente todos los golpes bajos a su alcance; lo que no quiere decir que no se permita otros excesos que fácilmente podrían haberse evitado. Y si lo que se quería era la elaboración de una metáfora, le falta un sustento ideológico claro. Y tampoco es una historia de iniciación, ya que éstas requieren más rigor y claridad que las que aquí se exhiben. Queda entonces como un film honesto y sensible que navega a la deriva y no naufraga por el arte de sus actores.


El otro problema grave es que muestra arbitrarias faltas de lógica que conspiran contra la credibilidad del cuento. ¿Por qué los personajes de la Manso y de Luque, que respectivamente son enfermera y reportero gráfico no hacen lo lógico y se contactan con las instituciones que educan y ayudan a la gente con síndrome de Down si desconfían de la policía? Los coreanos quedan a salvo de este reparo por su aislamiento cultural. Si Anita durante todo el metraje atiende bien sus necesidades fisiológicas, ¿por qué sobre el final habría de malinterpretar la clara consigna de la Manso y mearse encima?


Y hay una disparidad notable en el armado de las escenas, algunas son excelentes como la borrachera de la Manso o las de la Aleandro, mientras que otras son de una sublime torpeza como la de Peto Menahen en el hospital cuando anuncian que ya no buscarán más cuerpos o cuando le recrimina a Luque en el bar, aquí con el agravante de la pérdida de ironía: Menahen le reclama no haberla cuidado cuando él temió toda su vida tener que hacerse cargo de Anita. Y pobre Luque, sus escenas en general son feas e ineficientes.


La Aleandro sólo pone el nombre y su presencia, su personaje es sólo una referencia. Menahen está mayormente bien. Luque tiene un personaje tan exacerbado que no le queda otra que sobreactuar. La Manso como siempre devuelve con creces la plata de la entrada, otro personaje inolvidable para su galería de logros. Y Alejandra Manzo en el protagónico conmueve todo el tiempo.


Los rubros técnicos están muy bien, y es muy hermosa la música de Lito Vitale.


Si no le piden mucho y aceptan sus falencias, puede verse. Eso sí, si van, lleven muchos pañuelos, porque más allá de todos los reparos, emociona. Aunque si me pongo cínico, otro camino no deja: lo del atentado es una monstruosidad que duele y el síndrome de Down es una condición que genera una desprotección que conmociona.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

martes, 18 de agosto de 2009

El secreto de sus ojos

En el fondo los cinéfilos como los filatelistas, los hinchas de fútbol o los lectores de historietas siempre somos niños. Aunque el tiempo pase, nos pese y nos empape de cinismo, al entrar a una cancha o a un cine, al dar vuelta la página o recibir una nueva estampilla, la inocencia y el asombro nos devuelven intactos a lugares donde todo es posible y no sólo la aceptación de una realidad fría y árida.

Esto viene a cuento porque Juan José Campanella, un señor muy talentoso, y su cine me remiten a mí, calientabutacas curtido, al deslumbramiento de las primeras veces. Por más que pueda desmantelar sus trampas, remontar sus influencias, o tamizar su estilo, en algún momento su inquebrantable voluntad de contar me gana y ya no me importa nada, me dejo llevar de las narices por los vericuetos de su historia y navego por las corrientes de su narración con la ingenuidad del pibe que fui en las matinés iniciáticas.

Con El secreto de sus ojos vuelve al thriller (aunque la historia de amor tenga igual suspenso), y en mí, el milagro se repite. No diré nada de la historia para que los que no la conozcan se maravillen descubriéndola. Diré obviedades: 1) que la novela de Eduardo Sacheri en la que se basa es muy hermosa y merece ser leída, incluso después de haber visto la película, porque si bien el guión respeta el eje argumental, se permite desplazamientos de circunstancias y conflictos, y la comparación entre guión y novela se vuelve fructífera. 2) Que los cómicos (Francella y Gioia, en este caso) por estar cerca de las miserias humanas pueden pasar con gloria al drama. 3) Que la Villamil es una actriz con un rostro expresivo como pocos. 4) Que Darín más que actor es un prócer de la patria a quien sólo los superlativos pueden abarcar. 4) Que Rago apuesta a la economía de recursos y la pega creando un personaje inolvidable. 5) Que Campanella es dueño de una maestría inclaudicable. 6) Que los aspectos técnicos son impecables y un orgullo. 7) Que las historias supuestamente “pequeñas” están indisolublemente unidas a la historia con Mayúsculas.

Es una película excelente, aunque por suerte esta recomendación sea inútil. No veía tanta aglomeración de público por una película argentina desde los tiempos de Camila, y todos salimos tan conformes que muchos otros también se la recomendarán. Llévenles el apunte, se merece toda la adhesión pasional que está recibiendo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 7 de agosto de 2009

Corazones

Según un benemérito teórico teatral, la misión de la dramaturgia es desnudar conductas. Si de eso se trata la cosa, Corazones de Alain Resnais cumple con creces ese cometido.


Resnais es un linajudo maestro del cine cuya prosapia se remonta a los orígenes de la Nouvelle Vague. Jugó con las formas y los tiempos cinematográficos hasta el hartazgo. Al alcanzar la madurez creativa, concluyó, como tantos otros, que quizá el secreto de la originalidad radique en la sencillez. Eligió esta vez una obra de Alan Ayckbourn, un talentoso y prolífico autor inglés. Este impar dramaturgo ya superó el centenar de obras. La mayoría son buenísimas. Su peor obra es el sueño dorado de cualquier otro autor. Todo indica que, aunque se lo proponga, este “piratón” es incapaz de escribir una obra mala.


En esta comedia dramática, hay siete personajes y dos ámbitos principales (una inmobiliaria y un bar). Thierry (André Dussollier) y Charlotte (Sabine Azéma) trabajan en la inmobiliaria. Thierry, un solterón tan simpático como insatisfecho, le muestra departamentos a Nicole (Laura Morante) que tiene una problemática relación con Dan (Lambert Wilson). Dan, un ex militar, ahoga sus penas en el bar que atiende Lionel (Pierre Arditi). Lionel, víctima de una historia de amor que terminó mal, para poder trabajar contrata a Charlotte para que cuide a su postrado padre Arthur, un hijo de puta mayúsculo o un padre abnegado (Claude Rich). Thierry vive con su hermana menor Gaëlle (Isabelle Carré) que noche tras noche concurre a citas a ciegas para ver si puede encontrar pareja. (Ah, bueno, no quiero arruinar el pastel, pero déjenme decir que Charlotte es una “inocente” que se las trae.)


Todos tienen un secreto más por no poder expresarse que por la voluntad de esconderse. Son personajes entrañables y uno desea todo el tiempo que pudieran verse como los vemos nosotros. Comprenderían que los condiciona y los condena a la soledad.


Es una película profunda y reveladora y a la vez simple y llana. La estupenda puesta en escena (premiada en el Festival de Venecia) subraya el aprisionamiento. La nievecita pareciera indicar que los personajes están dentro de esas bolas llenas de agua que uno zangolotea y cae la nieve. Cortinas y vidrios de todo tipo se interponen entre ellos. Y la cámara cuando los toma desde arriba, los asemeja a ratones blancos buscando la salida del laberinto.


No hay bajadas de línea ni obvios textos discursivos, no son necesarios. Es como si Resnais y Ayckbourn fueran demiurgos con el don de ilustrar lo que nos ata. No tendrán el poder de impartir felicidad, pero sí el de mostrar los grilletes. No es poco.


Y aunque el material provenga del teatro, Resnais logra una obra ferozmente cinematográfica.


Eso sí, sabrá Dios qué imposición comercial llevó a Resnais a dar un nombre tan cursi a su film. El título de la obra de Ayckbourn es poético y remite a lo que de verdad se habla en esta maravilla: Private fears in public places (Temores privados en lugares públicos).


La presentó Inés Estévez hace dos sábados en su ciclo de canal 7, En idioma original. Aún no se pasea por el cable, pero se la halla en casi todos los clubes de DVD. No creo que nadie se pelee por alquilarla, pero deberían. Aunque la definición nos haga pensar lo contrario, a veces la verdad y la belleza pasan desapercibidas.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

El ciclo de la Estévez es muy atendible, va los sábados a las 22 por canal 7. El sábado pasado dio La corporación de Costa Gavras, muy inteligente y lograda. Mañana da El asesinato de Richard Nixon, un film muy interesante con el gran Sean Penn y la hermosa Naomi Watts
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viernes, 31 de julio de 2009

Enemigos públicos

Hollywood no puede prescindir de los gangsters, los nazis y los vampiros. No sólo por las historias que pueden generar, sino por una cuestión estética. Circunscriptos en tiempos y lugares determinados, ofrecen la oportunidad de llenar cada centímetro de la pantalla con juegos visuales glamorosos. Porque más allá de la detestable raíz ética que los hermana (que puede despertar mórbidas fascinaciones), el otro elemento común que los une es la elegancia. Y el mundo del espectáculo, hambriento siempre de “charme” no puede perderse la oportunidad de proyectar figuras masculinas empaquetadas en vestuarios vistosos, y rodeadas de ámbitos seductores.


Y aquí están otra vez los trajes y los abrigos holgados de corte impecable, los sombreros, las metralletas, los autos grandes, cuadrados, cómodos, y la escenografía art decó.


Todo se centra alrededor de los 14 meses de fama de John Dillinger, un asalta bancos de la Depresión del ’30, que supo mantener en vilo a la sociedad de su época. El ciudadano medio le tuvo simpatía. En un punto no era para menos. Imagínense que durante el “corralito” hubiera surgido un bandido que robara bancos, no lo hubiéramos detestado precisamente.


Como en toda película de Michael Mann, hay un intento de equilibrio entre los dos lados del conflicto. El agente Purvis (Christian Bale) será tan relevante para la trama como John Dillinger (Johnny Depp). (Como en Heat en que el policía Pacino tenía su dialoguito con el forajido DeNiro, aquí rejas mediante Depp y Bale tendrán su charlita.)


La película cumple con todo lo que se espera de ella, hay glamour, tiroteos estupendamente filmados, excelentes actuaciones, preciosismos formales y hasta algunos lujos que se apartan de la torpeza general del cine pochoclero: Mann confía en su puesta en escena y no apabulla con la banda sonora (la escena de la segunda fuga de la cárcel es toda una bendición).


Pero el film falla en lo esencial: un punto de vista rector, una idea central que enhebre todos los hilos y lo cohesione. No hay una reflexión sobre los caprichos del destino como en Érase una vez en América, ni un retrato de una sociedad cerrada como metáfora de una realidad mayor como en El Padrino, ni la glorificación de vidas tan alocadas como libres como en Bonnie and Clyde, ni siquiera el retrato de una personalidad compleja como en Bugsy. Parece más bien un telefilm de lujo que cuenta el apogeo y caída de un maleante. (Pasó lo mismo con American gangster de Ridley Scott.)


Y causa extrañeza lo que se le pide a Johnny Depp (quizá porque por una imposición comercial que contradijera la idea primigenia o por haberse pasado de vuelta con el análisis, no tengan en claro su personaje). Depp es uno de los pocos actores que no le teme a las caracterizaciones, es más, ha erigido su carrera metamorfoseándose, perdiéndose en maquillajes bizarros y vestuarios extravagantes para corporizar personajes únicos. Aquí sólo se le pide que proyecte su perfil de estrella, que sea sólo “cool”, apenas un poco más que un galán de telenovela. Y así, si bien su personaje tiene matices, reacciona pasivamente a lo que sucede antes que proponer una personalidad definida. Hay además una contradicción fragrante, se dice todo el tiempo que su personaje es muy inteligente, pero las cosas que hace no son muy inteligentes. Y después de más de dos horas que pasan volando, así de entretenida es, uno se queda con que Dillinger es Johnny Depp con sombrero y un par de tics.


Christian Bale está muy bien, pero tiene que aflojar con su tendencia a hablar con una voz pasada de testosterona, ya comienza a cansar. Billy Crudup (J. Edgar Hoover) ratifica que el teatro hace bien, después de algunos años en Broadway regresa al cine más afiatado, pleno de recursos y con un bienvenido histrionismo. Giovanni Ribisi (Alvin Karpis) hace uso y abuso de su particular rostro, no es para menos, es un regalo de los dioses que hay que explotar. Todos los demás (James Russo, Stephen Dorff, Stephen Lang, Lili Taylor, etc.) muy bien 10, felicitados.


Pero la estrella de la velada es la francesa Marion Cotillard (ganadora del Óscar por su conmovedora Piaf en La vie en rose). Se supone que sólo es la bella de la película, pero se pone a bordar su personaje y entrega una mujer tironeada entre la esperanza y el miedo. Una maestra, la franchuta.


A pesar de sus limitaciones, merece verse. Es el ejemplo perfecto de lo mejor que puede hoy ofrecer Hollywood, un gran espectáculo (adulto esta vez para variar), pero en el fondo leve e insustancial.

Un abrazo,
Gustavo Monteros