martes, 20 de octubre de 2009

As you like it

Las películas, además de personalidad, tienen su destino. Algunas tienen buena ventura y renacen en cuanto formato existe o está por existir. Otras reaparecen periódicamente como la primavera y nos sorprenden gratamente en la calesita del zapping. Otras tienen un reflujo constante como la acidez y dan ganas de erradicarlas del cable a los escobazos. Y están las de poca fortuna. Las se pierden en los laberintos de los depósitos. Las que esperan pacientemente la resolución de los litigios por sus derechos entre creadores y productores. Las cenicientas sin final feliz, relegadas eternamente por las distribuidoras que privilegian proyectos que se venden con más facilidad. Las que se olvidan burocráticamente hasta que la productora necesita sacar réditos de donde sea. Las que envejecen solas porque surgieron de empresas independientes que se retiraron del mercado. Y las que nadie reclama ni recuerda.


Y están las que se prometen y no llegan. Las que se traspapelan. Las que fondean en el puerto, no desembarcan y se marchan. Las de personalidad histérica y destino incierto que se hacen desear y desear.


As you like it o Como gustéis, la versión cinematográfica de Kenneth Brannagh de la obra de William Shakespeare (Willy Speare para los amigos) parece querer inscribirse en esta última categoría. Se filmó en el 2005, se estrenó con discreto éxito en Inglaterra, se distribuyó sucintamente en EE. UU. y en selectos países de Europa en el 2006, y hasta la fecha el único país latino que gozó de una distribución en DVD fue México. Pagada por HBO films, no se la incluyó en la programación de esa señal Premium, nadie la subió a Internet y permanece como una promesa impaga de entretenimiento y buen cine si uno cree las referencias de los que la vieron.


No ayuda a que la promesa se concrete que la protagonicen Bryce Dallas Howard y Adrian Lester. Ella es una actriz que se perfila para estrella (protagonizó los sonados bodrios de M.Night Shayamalan: La aldea y La dama en el agua, y hace poco acompañó a Christian Bale en Terminator Salvation), pero aún no encontró el proyecto que la catapulte. Él es un actor negro muy popular en Inglaterra, pero desconocido por estos lares. Ayuda en cambio que estén en roles secundarios sólidos actores de aceptable popularidad: Kevin Kline y Alfred Molina.


Como apasionado del cine, leo con devoción la revista del cable buscando las perlas en las anodinas ostras. Grande fue mi sorpresa cuando la vi anunciada en Film&Arts. Confirmé que fuera la misma que viste y calza en la página web de esa señal. Sí, me dijeron, es ella. Se exhibía por primera vez hoy, martes 20 de octubre a las seis de la mañana. Programé con unción la grabadora. Cuando me levanté vi que ningún corte de luz interrumpió el proceso y fui a dar clases con la alegría de una recompensa segura. Volví de la escuela, me serví un café, apagué los teléfonos y me senté a disfrutar. Pero no, ¡sorpresa!, no era ella, la de Kenneth Brannagh, sino una versión pedorra y desangelada de la BBC. Un auténtico bodrio indigesto e indigerible en el que ni Willy Speare se salvaba. Hasta el café se había enfriado. Apagué todo, prendí los teléfonos y me fui a Internet para conformarme por enésima vez con el tráiler. Y si escribo esto es para dejar constancia que aunque ella me dejó plantado, yo la deseé. Y cómo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 4 de octubre de 2009

Los abrazos rotos

Pedro Almodóvar, prototípico niño mimado de la crítica y el público, sufre con estos “abrazos rotos” los primeros reveses de su larga y prolífica carrera. Esta película no despertó mucho entusiasmo en los festivales internacionales en que la presentó. El público español la ignoró olímpicamente. Y la Academia de Cine española no la eligió para que compitiera por el Óscar como Mejor Película Extranjera; optó por El baile de la victoria de Fernando Trueba, protagonizada por Ricardito Darín, el grande.


Es su película “más”. La más cara (15 millones de euros), la más larga tanto en rodaje (14 meses) como en duración (127 minutos), la que más argumento tiene… y la más fría.
Como todos sus films anteriores es un homenaje al cine y a los trucos lícitos del arte de narrar en imágenes. Como en La mala educación se cita a sí mismo en el ejercicio de cinefilia, incluyéndose entre los maestros del cine. Contrariamente a La mala educación y a Volver, esta vez sus historias cierran y no quedan como caprichosas e ilógicas narraciones. Como en Todo sobre mi madre, los personajes están perdidos en un laberinto de espejos y tienen más de una cara. Lo que no hay es la alegría, el fervor de las primeras películas. Su cine ha ido ganando seguridad formal, perfección técnica y ha ido perdiendo el alma, la pasión, las ganas. Todo es muy bonito, suntuoso, seductor pero vacío de enjundia y misterio. Parece una telenovela que se mira mientras uno espera el programa que sigue. Entretiene mientras dura y se olvida ni bien termina. Jamás engancha ni convive con nosotros. Queda ahí, en la pantalla, perdida en sí misma.


Penélope Cruz, al natural no debe llamar mucho la atención, pero la cámara la vuelve un animalito hermoso y fascinante. (Cuento en realidad la experiencia de Woody Allen, que se decepcionó cuando la conoció, pero la amo cuando la vio en cámara.) Blanca Portillo es una actriz portentosa. Todos los actores están muy bien, pero ya se sabe, cinematográficamente los actores no le generan mucho morbo, su mundo es el de las mujeres.


Que Pedrito es un grande, nadie puede discutirlo. Queda por ver si podrá reinventarse a sí mismo o si se encerrará en sus obsesiones alejándose más y más de su público de siempre. En la conferencia de prensa de Cannes dijo que Scorsese debía dejar a DiCaprio y volver con DeNiro, porque juntos hacían mejores películas. Quizá él deba zanjar de una vez sus diferencias con Carmen Maura, juntos hicieron algunos films inolvidables que hoy por hoy parecen cosas del irrecuperable pasado.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 19 de septiembre de 2009

Julie & Julia

Nora Ephron, talentosa directora y guionista, desde Tienes un e-mail (1998), busca desesperada un proyecto que la devuelva a los dorados tiempos de Sintonía de amor (Sleepless in Seatle, 1993). No es para menos después de las sonadas patinadas de Lucky numbers (2000) y Hechizada (2005).


Procura esta vez hacer una película basándose en dos libros. Una biografía de Julia Childs (una Doña Petrona yanqui) por un lado y el libro que nació del blog de Julie Powell, por el otro. Le queda una especie de El Padrino II culinario, sólo que aquí no hay un apogeo y una caída sino dos apoteosis. Dos mujeres separadas por circunstancias y épocas distintas reafirmarán su lugar en el mundo a través del amor a la cocina francesa.

Julia (Meryl Streep) casada con un diplomático (Stanley Tucci) recalará en el París de posguerra, se abocará a aprender a cocinar y no parará hasta armar un manual que enseñe a dominar el arte de la cocina francesa.

Julie (Amy Adams), atrapada en un trabajo odioso, contará en un blog la experiencia de hacer todas las recetas del libro de Julia en un año.

No es una película floja o mediocre, pero dista de ser lograda. Como en Tienes un e-mail, más allá de los encantos que se muestran, en algún momento el trámite se hace un poco largo y el interés decae. Quizá el problema sea que Nora Ephron es una intelectual que hace comedias y se siente bajo el peso de no hacer la vista gorda al entorno en el que se desarrollan sus historias. Nunca hace subrayados, más bien trabaja acumulando indicios y si uno se abstrae un segundo del cuento de hadas en primer plano se ve el trasfondo de capitalismo decadente, exitista, hueco que nada ha hecho para que las personas vivan un poco mejor. Y dado que los protagonistas de sus películas son fracasados glamorosos que hallan su final feliz, sería aconsejable que Nora hiciera fluir sus historias y dejara que trabajen por implicancia. Creo que así ganarían en contundencia y se alejarían de los intelectualismos de té con masas. Porque si Vidas privadas de Nöel Coward aun hoy se sigue representando no es por su deliciosa frivolidad sino porque dice lo mismo que algunas obras de Strindberg (que el matrimonio es una prisión inexpugnable) en un desvergonzado tono de comedia. Una comedia que pide disculpas es tan absurda como una prostituta melindrosa.

Pero el as bajo la manga que Ephron siempre tiene es su habilidad para elegir y dirigir actores. No en vano Tom Hanks y Meg Ryan le deben la consolidación de sus carreras.

Amy Adams, que viene de padecer el gorgóneo personaje de Meryl Streep en La duda, vuelve a compartir el protagónico con Streep sin cruzarse con ella en ninguna escena. Le toca la historia menos atractiva, pero le basta con aparecer para que toda nuestra simpatía esté con ella.

Meryl Streep continúa con su racha de grandes éxitos y grandes papeles. No creo que sea casual que le lluevan los buenos personajes. Resolvió sus neurosis equilibradamente. Ya no pelea por el título de la Mejor Actriz De Su Generación. Hace rato que ganó por apabullante knock out. Ni tampoco la desvela ya estar a la altura de su leyenda. Ahora se entrega por entera a celebrar el don que Dios le dio y da actuaciones gozosas que contagian alegría. Ella sí que ya no pide disculpas por ser inmensa y paradójicamente disfruta de su talento con naturalidad y humildad. Verla es un placer.

Stanley Tucci, que trabajara frente a Streep en El diablo viste a la moda, es un partener de primera. Sabe que actuar es contar una historia en equipo y ante el impar histrionismo de Streep ofrece sutileza y contención. Su grandeza reside en crear contraste. Sólo el título de la vieja película de Trinity y Bambino los define con justeza: Juntos son dinamita.

Chris Messina arma un personaje que supera al típico galán y se ganó la lisonja de una de las espectadoras a la función que asistí: Yo quiero un marido así.

Para verla sin hambre, muestran platos exquisitos que hacen agua la boca.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 12 de septiembre de 2009

Mentiras piadosas

Viernes 11 de septiembre de 2009

Me decidí a último momento. Como siempre fui caminando. Apreté el paso porque creí que llegaba tarde. Era en el San Martín a las 21:05. Subí y me encontré con un grupo de unas 8 personas que rodeaban al control de sala, otras 6 personas estaban sentadas en los duros asientos del hall. Pensé que todos esperaban para ver otra película y como ya era la hora, me acerqué y le entregué mi entrada al control. Tenés que esperar, me dijo, van a entrar todos juntos. Está el director y les va a hablar. Ése es, y me señaló con la quijada a un flaco no muy alto, de pelo negro y anteojos, parado en medio del hall. Vestía unos jeans grises de diseñador con muchos cierres y bolsillos, unas zapatillas bonitas y modernas, grises también y un pullover azul claro con una especie de charreteras de cuerina, parecido al que usan los policías, eso sí el cuello era distinto, volcado y con unos botoncitos. Disculpame, me dijo el control y le presentó al director una parejita que acababa de subir. Según pude oír eran periodistas del diario. Eran jóvenes y no los conocía. Me fui a sentar en los duros asientos al lado de dos amigas con problemas sentimentales, una de ellas se estaba hartando del novio y no sabía si largarlo ahora o más adelante. El director y los periodistas se acercaron a donde estábamos y pude oír que hablaban de mandarse mails para intercambiar información. El control de sala, un flaco joven, alto y desgarbado que no parecía cómodo con su cuerpo, como un adolescente que pegó un estirón de golpe, comenzó a ponerse nervioso. Desde un teléfono interno, el proyectorista lo apuraba, la función se estaba atrasando demasiado. Pero como no le quedaba otro remedio, esperó a que la conversación entre el director y los periodistas terminara. Entramos finalmente. Era en la Sala 4, la del fondo del pasillo a la derecha. Nos sentamos todos en tres filas continuas, si nos iban a hablar, al menos que nos pescaran a todos juntos. El control tan incómodo con su rol de maestro de ceremonias como con su cuerpo, entró rápido, se paró adelante y dijo: Buenas noches, el director les va a presentar la película, aplaudan. Y con un gesto torpe, que hacía que toda nuestra simpatía estuviera con él, le pidió al director que se acercara. Y después, mientras el director hablaba, se puso a sacarle fotos con una camarita digital, y como no se animó a sacarnos una foto de frente, se fue hacia atrás y desde allí nos fotografió. Aunque no lo pareciera, el director no podía tener más suerte con un presentador: nada estimula más la solidaridad, la consideración y la atención que ver a alguien exigirse en funciones sociales para las que no está preparado. El control podría ser tímido y sin mucha calle, pero ponía mucha voluntad y lo emocionaba de verdad conocer a un director. De estar más despiertos, alguno de nosotros debería haberse ofrecido a sacarle una foto con el director.


El director, después de saludarnos y agradecernos que hubiéramos venido, nos contó que la película era una coproducción entre una pequeña productora de Argentina y otra más pequeña de España, que contó con el apoyo de San Luis cine; que era una versión libre de La salud de los enfermos de Julio Cortázar que está en su libro Todos los fuegos el fuego, con la interpolación de otros cuentos, también de Cortázar; que fue un proyecto de 9 años; que era su ópera prima y que su único antecedente era un corto; que la presentaba solo porque los actores estaban haciendo teatro; que uno de los protagonistas era Claudio Tolcachir, que había dirigido Agosto, la obra con Norma Aleandro y Mercedes Morán; que Marilu Marini trabajaba generalmente en Francia y que ahora estaba haciendo teatro en la Argentina; que le gusta mucho Torre Nilsson y que agradecía la participación de Lydia Lamaison, que había sido la madre de La caída; que la semana próxima la presentaba en el Lincoln Center de Nueva York; que nos daba una primicia: que hoy había sido invitado al Festival de Bombay; que cada vez que la veía descubría que podría haber hecho las cosas mejor, pero que le decían que eso era normal; que esperaba que la disfrutáramos y que no se podía quedar a verla con nosotros porque tenía que presentarla en otro lado.


Nuestra predisposición no podía ser mejor. El director era un hombre sencillo, sincero, agradable. Andaba solo, sin esos molestos séquitos, como un hombre con una misión. Iba de cine en cine procurando ganar espectadores. Hacía crecer su seguridad mencionando nombres famosos y los logros obtenidos como las invitaciones a festivales. Hasta ahora, todo más que bien.


La película es buena. Gracias a Dios no tiene el vicio habitual de las óperas primas. (Los directores nóveles quieren demostrar que han visto la mitad de la cinematografía mundial y llenan de citas inútiles filmes que incluso están en otro registro; además por las dudas no hagan otras, nos apabullan con todas las gracias que pueden haber absorbido.) Está bien contada, los actores están muy bien y en muchas escenas revela un verdadero talento. Los aspectos técnicos tienen el cuidado, el fervor y el amor de las producciones sin mucha plata. Recrea el estilo de las películas de la época en que transcurre la acción, fines de los 50 y los primeros 60, y desnuda un profundo afecto no sólo por el cine de Torre Nilsson sino también por el de Antín. La habrían favorecido algunos flashbacks menos y el pero mayor es que aún no ha aprendido a comprometer emocionalmente a los espectadores, esa sutil diferencia entre preocuparse menos por expresarse y preocuparse más por quienes completaremos su visión.


Para despedirse repitió el viejo lema del music hall, que como tantas cosas debe venir de los griegos pero que sin duda está en Shakespeare. Cuando uno no tiene medios, lo más difícil es encontrar público. En el final de un espectáculo, yo lo reformulaba así: “Si les gustó, recomiéndenselo a sus amigos; si no les gustó, recomiéndenselo a sus enemigos, pero por favor, recomiéndenselo a alguien.” Su versión era menos irónica, después de contarnos que los cines deciden los lunes según la cantidad de espectadores congregados si una película sigue en cartel, nos dijo: “Si les gusta, hagan correr la voz e insistan para que vengan en el fin de semana; si no les gusta, guarden el secreto.” Como me gustó, aquí estoy escribiendo estas líneas a las apuradas. Su nombre es Diego Sabanés y su próxima película cuenta conmigo como espectador seguro.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

lunes, 7 de septiembre de 2009

Bastardos sin gloria

Como los grandes directores, Quentin Tarantino es un cinéfilo militante. Eso sí, su cinefilia es muy democrática. Abarca de las formas más excelsas a las más bajas, aunque su corazón se inclina más hacia los géneros abyectos y bastardos.


Después de disfrutar las mieles del éxito, ver su testa coronada de laureles y disfrutar el asedio de las reinas de la belleza, todo gracias a su sensacional Kill Bill, se estroló contra el piso con Death Proof, la segunda parte de su proyecto Grindhouse, homenaje al cine berreta de terror de los programas dobles de los cines de cruce (como el viejo, querido y glorioso Belgrano). Dicho proyecto lo compartía con Robert Rodríguez, cuya primera parte, Planet Terror, fue también un gran bodrio.


Fiel a sí mismo, en vez de refugiarse en formas más clásicas como las que practicara en Jackie Brown, que despiertan siempre el unánime beneplácito crítico, duplicó la apuesta de sus excentricidades y entregó una película cuanto menos desconcertante.


Como ante cada estreno de un film de Tarantino se navegaron ríos de tinta, se caminaron kilómetros de papel y se necesitaron eternidades de horas para remontar cada influencia y escalar cada logro. Los pobres pelafustanes como yo, que gustan leer sobre cine, quedamos sepultados por la avalancha de datos. (Pasa algo parecido con los estrenos de Almodóvar.) A lo que voy es que es casi imposible llegar más o menos virgen a un film de Tarantino. Tanta información chamusca la sorpresa.


Yo a mi vez no los fatigaré con erudiciones y sapiencias y procuraré desempolvarme las influencias recibidas.


Como siempre la narración es fragmentaria, hay en este caso cinco capítulos. (Tarantino más que un bordador de tapices, es un joyero que engarza perlas y arma collares deslumbrantes.) Hay diálogos ingeniosos y caprichosos, más artificiosos y rebuscados en este caso porque al tratarse de un film de época, los personajes no pueden discurrir sobre hamburguesas o las canciones de Madonna. Su regusto por la hiperviolencia está presente, aunque en menor medida de lo que podía esperarse. Y es su película con la mayor cantidad de referencias cinéfilas, si esto es posible en un director que hace de las citas y guiños su marca de fábrica. Es larga y se le nota. Es despareja y la menos orgánica de todas sus películas.


No me adentraré demasiado en el argumento, muy mentado en las críticas nacionales e internacionales, lo que arruina la expectativa. Por lo que sigue, sólo diré que un grupo de judíos furibundos más una bellas de armas tomar, después de darle a los nazis una sopa de su propio chocolate, ganan literalmente la segunda guerra volando incluso al mismísimo Hitler.


Ideológicamente plantea un dilema que es imprescindible resolver. ¿Estamos ante un disparate fenomenal o ante la seria elaboración de una metáfora del arte como reparación justiciera de la historia? La mayoría de los críticos optó por la variante de la metáfora (construida con nociones harto inflamables y polémicas) y firmaron sesudas interpretaciones alabando o denostando la instauración de semejante atrevimiento. Unos pocos, a los que adhiero, la consideran una broma colosal, tan nociva o influyente como una historieta desmadrada de la vieja revista El Tony. El tiempo dirá cuál de los dos grupos tuvo razón. (En lo personal digo que no sé si será por pertenecer a un país en el que las Nazarenas Vélez hacen cualquier cosa por los dos minutos de fama, pero me cuesta darle entidad a tamaña concatenación de disparates. Creo que Tarantino sólo se aseguró de volver a ser el eje de la polémica. Y como el payaso genial que es, lo logró.)


Al igual que toda película de un cinéfilo, los rubros técnicos son de primerísimo nivel. La banda sonora, como la de Moulin Rouge! mezcla libremente canciones de diferentes períodos. El reparto incluye actores de distintas extracciones, experiencias y talentos. Va desde el inolvidable villano del austriaco Christoph Waltz, pasando por un irreconocible Rod Taylor como Churchill, los atendibles Michael Fassbender y Daniel Brühl, dos mujeres bellas y talentosas, Diane Kruger y Mélanie Laurent, hasta otros que fueron elegidos por la cara o por ser amigos del director como Eli Roth. Y Brad Pitt, claro. Sorpresivamente, este prototípico muñeco lindo de madera balsa da su mejor actuación y alienta la esperanza de que, después de todo, quizá haya un actor detrás de su celebrada y anodina donosura.


Creo que más allá de los reparos que puedan hacérsele, esta ucronía merece verse. Aunque más no sea porque hay un par de escenas que de tan bien resueltas, rozan la genialidad indiscutida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 29 de agosto de 2009

Anita

La cosa es sencilla. Anita (Alejandra Manzo) es una gordita adorable con síndrome de Down que vive feliz atendida por su cariñosa madre, Dora (Norma Aleandro). Los domingos las visitan su hermano (Peto Menahen) y su esposa. Un día perderá a su madre en el atentado a la AMIA. Un ramalazo de la explosión la herirá, será empujada a un hospital y se perderá. Pasará un tiempo con Félix (Luis Luque), un reportero gráfico fracasado; recalará luego con una familia coreana y por último con Nori (Leonor Manso), una enfermera a la que la vida no le mostró su mejor cara.


No traiciono nada refiriendo el argumento; cualquiera que haya visto la “cola” sabe que todo gira según lo que acabo de decir.


El cuento es simple y está contado. El problema con la película es que no termina de definir qué quiere ser. Por momentos parece la típica historia de iniciación, ésa en la que un personaje hace el aprendizaje de una vida totalmente distinta a la que llevaba. Pero en otros momentos, el film parece querer erigirse en una metáfora del cuerpo social argentino, en la que todos, como Anita, estamos perdidos y desazonados ante un destino inabarcable que no comprendemos porque ni a las heridas las asumimos como tales. Y en otros momentos, el film parece el melodrama tradicional que nace de una tragedia social mayor.


Pero a poco de andar, descartamos el melodrama porque el film elude elegantemente todos los golpes bajos a su alcance; lo que no quiere decir que no se permita otros excesos que fácilmente podrían haberse evitado. Y si lo que se quería era la elaboración de una metáfora, le falta un sustento ideológico claro. Y tampoco es una historia de iniciación, ya que éstas requieren más rigor y claridad que las que aquí se exhiben. Queda entonces como un film honesto y sensible que navega a la deriva y no naufraga por el arte de sus actores.


El otro problema grave es que muestra arbitrarias faltas de lógica que conspiran contra la credibilidad del cuento. ¿Por qué los personajes de la Manso y de Luque, que respectivamente son enfermera y reportero gráfico no hacen lo lógico y se contactan con las instituciones que educan y ayudan a la gente con síndrome de Down si desconfían de la policía? Los coreanos quedan a salvo de este reparo por su aislamiento cultural. Si Anita durante todo el metraje atiende bien sus necesidades fisiológicas, ¿por qué sobre el final habría de malinterpretar la clara consigna de la Manso y mearse encima?


Y hay una disparidad notable en el armado de las escenas, algunas son excelentes como la borrachera de la Manso o las de la Aleandro, mientras que otras son de una sublime torpeza como la de Peto Menahen en el hospital cuando anuncian que ya no buscarán más cuerpos o cuando le recrimina a Luque en el bar, aquí con el agravante de la pérdida de ironía: Menahen le reclama no haberla cuidado cuando él temió toda su vida tener que hacerse cargo de Anita. Y pobre Luque, sus escenas en general son feas e ineficientes.


La Aleandro sólo pone el nombre y su presencia, su personaje es sólo una referencia. Menahen está mayormente bien. Luque tiene un personaje tan exacerbado que no le queda otra que sobreactuar. La Manso como siempre devuelve con creces la plata de la entrada, otro personaje inolvidable para su galería de logros. Y Alejandra Manzo en el protagónico conmueve todo el tiempo.


Los rubros técnicos están muy bien, y es muy hermosa la música de Lito Vitale.


Si no le piden mucho y aceptan sus falencias, puede verse. Eso sí, si van, lleven muchos pañuelos, porque más allá de todos los reparos, emociona. Aunque si me pongo cínico, otro camino no deja: lo del atentado es una monstruosidad que duele y el síndrome de Down es una condición que genera una desprotección que conmociona.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

martes, 18 de agosto de 2009

El secreto de sus ojos

En el fondo los cinéfilos como los filatelistas, los hinchas de fútbol o los lectores de historietas siempre somos niños. Aunque el tiempo pase, nos pese y nos empape de cinismo, al entrar a una cancha o a un cine, al dar vuelta la página o recibir una nueva estampilla, la inocencia y el asombro nos devuelven intactos a lugares donde todo es posible y no sólo la aceptación de una realidad fría y árida.

Esto viene a cuento porque Juan José Campanella, un señor muy talentoso, y su cine me remiten a mí, calientabutacas curtido, al deslumbramiento de las primeras veces. Por más que pueda desmantelar sus trampas, remontar sus influencias, o tamizar su estilo, en algún momento su inquebrantable voluntad de contar me gana y ya no me importa nada, me dejo llevar de las narices por los vericuetos de su historia y navego por las corrientes de su narración con la ingenuidad del pibe que fui en las matinés iniciáticas.

Con El secreto de sus ojos vuelve al thriller (aunque la historia de amor tenga igual suspenso), y en mí, el milagro se repite. No diré nada de la historia para que los que no la conozcan se maravillen descubriéndola. Diré obviedades: 1) que la novela de Eduardo Sacheri en la que se basa es muy hermosa y merece ser leída, incluso después de haber visto la película, porque si bien el guión respeta el eje argumental, se permite desplazamientos de circunstancias y conflictos, y la comparación entre guión y novela se vuelve fructífera. 2) Que los cómicos (Francella y Gioia, en este caso) por estar cerca de las miserias humanas pueden pasar con gloria al drama. 3) Que la Villamil es una actriz con un rostro expresivo como pocos. 4) Que Darín más que actor es un prócer de la patria a quien sólo los superlativos pueden abarcar. 4) Que Rago apuesta a la economía de recursos y la pega creando un personaje inolvidable. 5) Que Campanella es dueño de una maestría inclaudicable. 6) Que los aspectos técnicos son impecables y un orgullo. 7) Que las historias supuestamente “pequeñas” están indisolublemente unidas a la historia con Mayúsculas.

Es una película excelente, aunque por suerte esta recomendación sea inútil. No veía tanta aglomeración de público por una película argentina desde los tiempos de Camila, y todos salimos tan conformes que muchos otros también se la recomendarán. Llévenles el apunte, se merece toda la adhesión pasional que está recibiendo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 7 de agosto de 2009

Corazones

Según un benemérito teórico teatral, la misión de la dramaturgia es desnudar conductas. Si de eso se trata la cosa, Corazones de Alain Resnais cumple con creces ese cometido.


Resnais es un linajudo maestro del cine cuya prosapia se remonta a los orígenes de la Nouvelle Vague. Jugó con las formas y los tiempos cinematográficos hasta el hartazgo. Al alcanzar la madurez creativa, concluyó, como tantos otros, que quizá el secreto de la originalidad radique en la sencillez. Eligió esta vez una obra de Alan Ayckbourn, un talentoso y prolífico autor inglés. Este impar dramaturgo ya superó el centenar de obras. La mayoría son buenísimas. Su peor obra es el sueño dorado de cualquier otro autor. Todo indica que, aunque se lo proponga, este “piratón” es incapaz de escribir una obra mala.


En esta comedia dramática, hay siete personajes y dos ámbitos principales (una inmobiliaria y un bar). Thierry (André Dussollier) y Charlotte (Sabine Azéma) trabajan en la inmobiliaria. Thierry, un solterón tan simpático como insatisfecho, le muestra departamentos a Nicole (Laura Morante) que tiene una problemática relación con Dan (Lambert Wilson). Dan, un ex militar, ahoga sus penas en el bar que atiende Lionel (Pierre Arditi). Lionel, víctima de una historia de amor que terminó mal, para poder trabajar contrata a Charlotte para que cuide a su postrado padre Arthur, un hijo de puta mayúsculo o un padre abnegado (Claude Rich). Thierry vive con su hermana menor Gaëlle (Isabelle Carré) que noche tras noche concurre a citas a ciegas para ver si puede encontrar pareja. (Ah, bueno, no quiero arruinar el pastel, pero déjenme decir que Charlotte es una “inocente” que se las trae.)


Todos tienen un secreto más por no poder expresarse que por la voluntad de esconderse. Son personajes entrañables y uno desea todo el tiempo que pudieran verse como los vemos nosotros. Comprenderían que los condiciona y los condena a la soledad.


Es una película profunda y reveladora y a la vez simple y llana. La estupenda puesta en escena (premiada en el Festival de Venecia) subraya el aprisionamiento. La nievecita pareciera indicar que los personajes están dentro de esas bolas llenas de agua que uno zangolotea y cae la nieve. Cortinas y vidrios de todo tipo se interponen entre ellos. Y la cámara cuando los toma desde arriba, los asemeja a ratones blancos buscando la salida del laberinto.


No hay bajadas de línea ni obvios textos discursivos, no son necesarios. Es como si Resnais y Ayckbourn fueran demiurgos con el don de ilustrar lo que nos ata. No tendrán el poder de impartir felicidad, pero sí el de mostrar los grilletes. No es poco.


Y aunque el material provenga del teatro, Resnais logra una obra ferozmente cinematográfica.


Eso sí, sabrá Dios qué imposición comercial llevó a Resnais a dar un nombre tan cursi a su film. El título de la obra de Ayckbourn es poético y remite a lo que de verdad se habla en esta maravilla: Private fears in public places (Temores privados en lugares públicos).


La presentó Inés Estévez hace dos sábados en su ciclo de canal 7, En idioma original. Aún no se pasea por el cable, pero se la halla en casi todos los clubes de DVD. No creo que nadie se pelee por alquilarla, pero deberían. Aunque la definición nos haga pensar lo contrario, a veces la verdad y la belleza pasan desapercibidas.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

El ciclo de la Estévez es muy atendible, va los sábados a las 22 por canal 7. El sábado pasado dio La corporación de Costa Gavras, muy inteligente y lograda. Mañana da El asesinato de Richard Nixon, un film muy interesante con el gran Sean Penn y la hermosa Naomi Watts
.

viernes, 31 de julio de 2009

Enemigos públicos

Hollywood no puede prescindir de los gangsters, los nazis y los vampiros. No sólo por las historias que pueden generar, sino por una cuestión estética. Circunscriptos en tiempos y lugares determinados, ofrecen la oportunidad de llenar cada centímetro de la pantalla con juegos visuales glamorosos. Porque más allá de la detestable raíz ética que los hermana (que puede despertar mórbidas fascinaciones), el otro elemento común que los une es la elegancia. Y el mundo del espectáculo, hambriento siempre de “charme” no puede perderse la oportunidad de proyectar figuras masculinas empaquetadas en vestuarios vistosos, y rodeadas de ámbitos seductores.


Y aquí están otra vez los trajes y los abrigos holgados de corte impecable, los sombreros, las metralletas, los autos grandes, cuadrados, cómodos, y la escenografía art decó.


Todo se centra alrededor de los 14 meses de fama de John Dillinger, un asalta bancos de la Depresión del ’30, que supo mantener en vilo a la sociedad de su época. El ciudadano medio le tuvo simpatía. En un punto no era para menos. Imagínense que durante el “corralito” hubiera surgido un bandido que robara bancos, no lo hubiéramos detestado precisamente.


Como en toda película de Michael Mann, hay un intento de equilibrio entre los dos lados del conflicto. El agente Purvis (Christian Bale) será tan relevante para la trama como John Dillinger (Johnny Depp). (Como en Heat en que el policía Pacino tenía su dialoguito con el forajido DeNiro, aquí rejas mediante Depp y Bale tendrán su charlita.)


La película cumple con todo lo que se espera de ella, hay glamour, tiroteos estupendamente filmados, excelentes actuaciones, preciosismos formales y hasta algunos lujos que se apartan de la torpeza general del cine pochoclero: Mann confía en su puesta en escena y no apabulla con la banda sonora (la escena de la segunda fuga de la cárcel es toda una bendición).


Pero el film falla en lo esencial: un punto de vista rector, una idea central que enhebre todos los hilos y lo cohesione. No hay una reflexión sobre los caprichos del destino como en Érase una vez en América, ni un retrato de una sociedad cerrada como metáfora de una realidad mayor como en El Padrino, ni la glorificación de vidas tan alocadas como libres como en Bonnie and Clyde, ni siquiera el retrato de una personalidad compleja como en Bugsy. Parece más bien un telefilm de lujo que cuenta el apogeo y caída de un maleante. (Pasó lo mismo con American gangster de Ridley Scott.)


Y causa extrañeza lo que se le pide a Johnny Depp (quizá porque por una imposición comercial que contradijera la idea primigenia o por haberse pasado de vuelta con el análisis, no tengan en claro su personaje). Depp es uno de los pocos actores que no le teme a las caracterizaciones, es más, ha erigido su carrera metamorfoseándose, perdiéndose en maquillajes bizarros y vestuarios extravagantes para corporizar personajes únicos. Aquí sólo se le pide que proyecte su perfil de estrella, que sea sólo “cool”, apenas un poco más que un galán de telenovela. Y así, si bien su personaje tiene matices, reacciona pasivamente a lo que sucede antes que proponer una personalidad definida. Hay además una contradicción fragrante, se dice todo el tiempo que su personaje es muy inteligente, pero las cosas que hace no son muy inteligentes. Y después de más de dos horas que pasan volando, así de entretenida es, uno se queda con que Dillinger es Johnny Depp con sombrero y un par de tics.


Christian Bale está muy bien, pero tiene que aflojar con su tendencia a hablar con una voz pasada de testosterona, ya comienza a cansar. Billy Crudup (J. Edgar Hoover) ratifica que el teatro hace bien, después de algunos años en Broadway regresa al cine más afiatado, pleno de recursos y con un bienvenido histrionismo. Giovanni Ribisi (Alvin Karpis) hace uso y abuso de su particular rostro, no es para menos, es un regalo de los dioses que hay que explotar. Todos los demás (James Russo, Stephen Dorff, Stephen Lang, Lili Taylor, etc.) muy bien 10, felicitados.


Pero la estrella de la velada es la francesa Marion Cotillard (ganadora del Óscar por su conmovedora Piaf en La vie en rose). Se supone que sólo es la bella de la película, pero se pone a bordar su personaje y entrega una mujer tironeada entre la esperanza y el miedo. Una maestra, la franchuta.


A pesar de sus limitaciones, merece verse. Es el ejemplo perfecto de lo mejor que puede hoy ofrecer Hollywood, un gran espectáculo (adulto esta vez para variar), pero en el fondo leve e insustancial.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 24 de julio de 2009

Confidencialmente tuya

De todos los grandes maestros del cine, François Truffaut siempre fue el más cercano. Al menos para mí. Era brillante sin ser pedante. Era genial y no lo pregonaba con un séquito de chupamedias. Además me perdonó. Bueno, él no personalmente, pero hizo una película Los 400 golpes que me enseñó a perdonarme un pecadito de infancia.


Como ya conté, pasé mi infancia en Catamarca. Vivíamos en San Isidro, a 9 kilómetros de la ciudad capital, San Fernando del Valle de Catamarca. San Isidro tenía una plaza central adonde daban la iglesia, la escuela Normal de Maestros Gobernador José Cubas, el club, la estafeta postal, dos copetines, la panadería, la carnicería y el cine. (En realidad en San Isidro había dos cines, porque los domingos abría el cine de Berón, pero ese cine “fantasma” era tan especial que merece una crónica por sí mismo.)


Del que quiero hablar hoy es del cine oficial, el cine del cura. Llamado así porque era un cine parroquial que quedaba al lado de la iglesia. Era un gran salón rectangular, con sillas durísimas de madera, un par de ventiladores y una pantalla amarillenta que siempre fue vieja. La puerta de entrada tenía dos hojas, que abrían para afuera y era allí donde se colocaban los afiches. La boletería era diminuta con una escalerita que llevaba al proyector. Al lado de la pantalla, a la izquierda, había una puerta que daba a un patio trasero donde había un par de baños raquíticos. Entre los baños, un piletón con pedazos de jabón blanco para lavarse las manos. También junto a la pantalla, pero sobre la pared de la derecha, una gran puerta que daba a la iglesia.


Había funciones nada más que los viernes, sábados y domingos. El viernes, sólo función noche, que empezaba a las 20:30. Los sábados y los domingos, una matiné con un programa para niños y la función nocturna. Sólo dos programas por fin de semana, las dos películas de la matiné y las dos de la noche. Un adepto irredento al cine como yo tenía la oportunidad de acrecentar su experiencia cinematográfica con cuatro películas por fin de semana.


Era lo que se llamaba un cine de cruce, es decir jamás daba un estreno, para eso estaban los cines de la ciudad. Daban antiquísimas películas de Hollywood, clase A, B y C. Y mucho Disney reciclado. Todo estrictamente acto para todo público. Si no les quedaba otro remedio, daban en la función nocturna, algún film inconveniente para menores, y la chatita con los altoparlantes que anunciaba los programas pasaba dos veces, no sea cosa que a alguien no le quedara claro. Nada tan prohibido como una de la Coca Sarli. No, apenas con una insignificancia que sólo notaría una afiebrada mente mojigata. Un beso de más, una mano sugerente o un fundido a negro que inequívocamente proclamaba que los personajes hacían el amor. (Desde los treinta hasta los sesenta, todo el mundo hacía el amor en los fundidos a negro.) Que el cine del cura diera un film inconveniente no despertaba el morbo de nadie, ni traía más público. Ya todos sabían que se trataba del desmedido exceso de celo de la censura eclesiástica, que siempre fue medio estúpida y miope. Era más interesante ver lo que se les “pasaba” que lo que “notaban”.


Para los niños había un sistema de vales. A la salida del catecismo y de misa, nos daban un vale. Cuando juntábamos cinco, podíamos entrar gratis a la matiné. Los que podíamos pagar la entrada, regalábamos las vales a los que no podían y así nadie se quedaba afuera. Eran muy estrictos, cinco vales o nada. Recuerdo que una vez, un compañerito de la escuela había juntado sólo cuatro y no lo dejaban pasar. Habíamos salido del catecismo que era los sábados y para que lo dejaran entrar, yo tuve que jurar que no faltaría a misa el día siguiente y que con mi vale completaría los cinco. Cumplí y a la salida de misa, el cura me dijo: A vos no te toca el vale, porque ya lo usamos ayer.


Frente a la boletería, colgaban los afiches de las películas que darían más adelante. En esa época yo perdía la cabeza por Hayley Mills, una niña actriz dulce y pecosa que actuaba en films de la Disney como Pollyanna, Operación Cupidos, Los hijos del Capitán Grant, etc. Una vez en esa cartelera pusieron fotos de una película suya; Mientras sopla el viento. Mientras pujábamos por entrar a la matiné, yo me tenté y me robé una foto. Era invierno, la puse entre la camisa y el pullover y durante toda la función procuré que no se me arruinara. Llegué a casa feliz y la oculté en los diccionarios que sólo yo usaba. Durante tres días fue mi tesoro.


Al miércoles siguiente, mientras yo hacía los deberes, cayó de visita Don Vera, el Jefe de la Acción Católica, quien era también el administrador del cine. Habló largo rato en el comedor con mi tía Martina, mi tutora, porque mis padres estaban en La Plata. La tía entró en la pieza, me acarició la cabeza y me dijo: Necesito la foto. Yo creí que me moría de vergüenza. No lloré, pero me puse pálido. Sin decir una palabra, fui hacia los diccionarios, miré por última vez a Hayley Mills y Alan Bates y le entregué la foto. Me senté en la cama y me puse a mirar el patio por la ventana. Quería que se desatara un temblor y que me tragara la tierra. O que no, pero un temblor al menos haría que pasara a un segundo plano el robo. Después de un temblor, sólo se hablaba del temblor. Al rato volvió la tía, se sentó a mi lado, me abrazó y me dijo: El “Bragueta Santa” te la cambia por ésta, y me dio una estúpida foto de Sammy, la foca loca. Intenté explicarme, decirle algo, pero no pude. Ella me dio un beso y me dijo: Deje m’hijo, los chupacirios son así. Era devota, pero como vivía en el pecado por compartir la cama de su supuesto “pensionista”, se vengaba de las lenguas santurronas poniéndoles motes. A Don Vera le había tocado el de “Bragueta Santa”.


Al viernes siguiente, no quise ir al cine del cura. (Me dejaban ir a la función nocturna, por que esperaba que cerrara el cine y me venía caminando con Don Vera, que vivía más allá, en Villa Dolores.) Yo te acompaño, dijo la tía, y fuimos. Compró un paquete de Rumba y vimos Artistas y modelos y La última vez que vi París. Con la boca llena de sabor a cacao y almendras de las galletitas, sentí que Don Vera desde la cabinita de proyección ahora también a mí me señalaba, éramos “la concubina” y “el ladrón.” Nunca más me volví caminando con Don Vera. Le pedí a la tía que me dejara venir solo, que casi todos los que iban a la función venían para este lado, que eran dos cuadras nada más, que qué me iba a pasar. Ella me dejó. De todos modos, durante dos años me sentí observado, estigmatizado por Don Vera. Verlo me hacía sentir sucio, yo había robado, no para comer, que podría estar bien, sino por placer, por egoísmo, para hacer daño. Él lo sabía y quién sabe a cuántos más se los había contado. Era otra afrenta que achacarle a la “Niña Martina” y no se la iban a perder. Suponía que todos los de la parroquia lo sabían y que se llenaban de santa indignación. A la tía Martina (después de quedar plantada prácticamente en el altar y haberse recuperado de las anfetaminas para adelgazar, el famoso Diminex) lo que comentaran le importaba un bledo, pero a mí sí. Viví amenazado por los fuegos del infierno hasta que François Truffaut llegó a mi vida.


Los jueves, la Embajada Francesa organizaba un ciclo de películas en el cine Ideal de la ciudad. Fui de casualidad, porque teníamos que ir al zapatero y la tía me dijo: Si querés andá al cine mientras yo visito a mis primas. Acepté encantado. Daban Los 400 golpes. En un momento determinado, el chico protagonista roba una foto de un cine. El cine está cerrado, bloquea el hall una puerta plegable de metal. El chico ata una ganzúa a un palo, acerca una gran cartelera con rueditas, mete la mano por entre un rombo de la cortina y se roba una foto. Y para mí fue la alegría, la revelación, el fin de la culpa. Robar la foto de una película no era una monstruosidad, era el ímpetu infantil de coleccionar algo, el deseo de prolongar en un recuerdo tangible lo que nos había deslumbrado. No estaba solo. Si era un monstruo, era un monstruo como Truffaut. Un nuevo amigo que provocaba alegría hasta con su nombre, porque hacía cosquillas cuando se lo pronunciaba: fransuá trufó.


Confidencialmente tuya es un policial en blanco y negro en clave de comedia. Un homenaje más a su ídolo de toda la vida Alfred Hitchcock (escribió dos libros esenciales sobre él, uno con el análisis de sus películas y otro con las entrevistas que se dio el gusto de hacerle). Al dueño de una inmobiliaria (Trintignant) lo acusan del asesinato de su mujer y del amante de su mujer. Su secretaria (Ardant) con la que se lleva muy mal y que lo ama en secreto lo ayudará a demostrar su inocencia. Es una reformulación pícara y alambicada de Cuéntame tu vida de Hitchcock con Fanny Ardant como una especie de Ingrid Bergman y Jean Louis Trintignant como un improbable Gregory Peck. (Hasta le hace un guiño al fetichismo y al voyeurismo de Hitchcock cuando Ardant camina ante la claraboya. )



El destino determinaría que Confidencialmente tuya fuera la última película de Truffaut. A poco de su estreno le diagnosticaron la enfermedad que en pocos meses se lo llevaría. Es difícil saber si intuyo que sería su despedida, nada hay de melancólico en ella. Sobrevuela todo el tiempo un espíritu burlón. Frívola por momentos, en otros, profunda y reveladora. Exuda alegría y la celebración del gozo de vivir. Como si dijera que la vida es una broma de Dios que en algún momento entenderemos, compartiremos y celebraremos. Consolidaba lo iniciado en su film anterior, La mujer de la próxima puerta: catapultaba a su mujer (Ardant) al estrellato. Ésa quizá sea la clave del film: es un acto de amor.


Ella recibió la noticia de su muerte mientras actuaba en Les enragés. Resolvió seguir filmando para extrañeza de todos. Yo creo que había un acuerdo entre ellos, que él quería que no interrumpiera por algo tan banal como su muerte lo que había amado tanto. Ya habría tiempo de llorar. Además en los últimos momentos, ya no era él, era otro.


Un amigo es un amigo para siempre. Y nunca se van, dejan lo que fueron, lo que compartimos, los recovecos del cariño. Los artistas tienen además una ventaja, dejan una obra concreta detrás. Y uno puede seguir dialogando con ellos a través de los siglos, ¿acaso no seguimos hablando con Flaubert, Jane Austen o José Mármol? No me duró mucho tiempo la tristeza de que se fuera. ¿Cómo podría si hasta pronunciar su nombre me despertaba una sonrisa? fransuá trufó. Nos dejaba sus películas. Vigentes y hermosas como todo clásico. Divertidas, zumbonas, profundas. Siempre dialogo con sus películas y no sólo por que me haya perdonado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Europa, Europa (el canal 35 en mi cable) da Confidencialmente tuya el domingo 26 a las 12:10 y a las 18:10 y el viernes 31 a las 10:00 y a las 16:00.

viernes, 17 de julio de 2009

Donde las águilas se atreven

Hace unos años, no muchos, fui a visitar a una amiga. Me atendió con los ojos rojos. Le pregunté si le pasaba algo. Sonrió y me dijo que acababa de ver una película. Me contó que se trataba de un film con Anthony Lapaglia, El jardín de la redención. Como yo aún no lo había visto, me refirió brevemente el argumento y concluí que era bueno. No, me dijo, es repedorro. Pero te emocionó, insistí. Sí, contestó, pero tuve que hacer un poco de fuerza, viste como es el cine últimamente, si no ponés algo de tu parte, no pasa nada. Preparó mate y hablamos de nuestras cosas. Pero lo que dijo me dejó pensando.


Es verdad, hoy en día a las películas “industriales”, “comerciales”, uno las tiene que completar. No nos terminan de convencer a menos que uno haga un esfuerzo consciente de que les creemos, de que no vemos las hilachas de hilo chanchero con las que están atadas. Están tan torpemente contadas, que en algún momento, uno elige creerles para no sentirse muy estúpido, para no tener la horrible sensación de que estamos perdiendo el tiempo con algo que no vale la pena, que no es del todo malo, pero que es muy mediocre.


Pero el cine industrial no siempre fue así. Hubo una época en que los ejecutivos se formaban en el cine y lo amaban. No eran egresados de universidades cínicas donde se aprende que todo el cine puede reducirse a fórmulas, que A más B siempre da C. Se les enseña a vender y da lo mismo una película, un antiácido o un candidato político. Piensan en términos de producto, no de narración. A esta gente no le interesa contar historias si no vender pochochos. Los viejos ejecutivos sabían que vendían entretenimiento en forma de historias, eran conscientes de que una buena historia bien contada se vendía bien, y que podría transformarse en inolvidable y mejorar el negocio volviéndonos pendientes de la nueva historia que propusieran. Los nuevos ejecutivos si no odian al cine, al menos lo desprecian. Equiparan un film a un jabón o a un paquete de papas fritas. Para ellos una película es algo que se olvida y se desecha una vez consumido, como una cáscara o un envoltorio vacío. Como el envase de pochochos que a ellos tanto les interesa.


Antes las películas no eran multitarget, o sea, por ejemplo, un policial con interés romántico, interludios cómicos y con una subtrama alrededor de un ídolo teen, para interesar al hombre medio heterosexual y/o homosexual y/o bisexual y/o metrosexual, a la mujer romántica de edad amplia, al adolescente calentón y al niño proclive a la comicidad obvia. El resultado es algo que cualquier cocinero sabe, si uno pone tantas cosas en la olla, lo que sale sólo puede ir a la basura. Pero, claro, después de tanta plata invertida, no importa cuán grande sea el bodrio, se lo vende igual, se le pone más publicidad y sale con fritas.


Bruce Willis y Colin Farell todavía procuran saber a qué género pertenece En defensa del honor. Sandra Bullock (la más castigada por el multitarget) aún se pregunta de qué iban La red, Corazones en conflicto, o Fuerzas de la naturaleza. Halle Berry y Sharon Stone todavía se entrevistan con videntes para saber de que se trataba Catwoman.


No siempre fue así, antes las películas pertenecían a un género determinado. Puro. Eran de amor, de acción, de guerra, de cowboys, policiales, cómicas, dramas o musicales. Y no era que los viejos ejecutivos de los estudios fueran mejores personas que los actuales. No, con las pieles de actores, directores y guionistas estaban tapizadas sus oficinas. Pero cuando elegían una historia, querían contarla lo mejor posible. Y si era un western era un western, en medio del rodaje no querían transformarlo en drama sociológico porque el estudio de al lado ganó un premio con Crash, o en un drama de travestis porque Las aventuras de Priscilla estaba haciendo plata.


De aquella época hermosa, en que uno iba al cine sabiendo qué iba a ver, pertenece Donde las águilas se atreven. Es de guerra, guerra. El tagline o slogan del afiche denunciaba claramente sus intenciones: “Un fin de semana, el mayor Smith y el teniente Schaffer y una hermosa rubia llamada Mary decidieron ganar la Segunda Guerra Mundial. Deben hacer lo que ningún ejército puede hacer, ir adonde ningún ejército puede ir. Tienen que penetrar El Castillo de las Águilas, centro neurálgico de la Gestapo y VOLARLO”. Eso ofrecían y era eso lo que daban. Ni más ni menos. Una aventura apasionante para comerse las uñas o estar más en el borde de la butaca que apoyado contra el respaldo. Caían, claro, en todos los trucos lícitos del género. (Los protagonistas tenían, por ejemplo, una puntería certera, y los otros erraban más que acertaban.) Y en esta película para acrecentar más el suspenso, hay un traidor entre ellos. ¿Quién? Eso generaba inesperadas vueltas de tuerca, no estúpidas y gratuitas como las que plantean los argumentos ahora, sino lógicas y coherentes. Cumplían a rajatabla el mandamiento del viejo Hitchcock: al público hay que engañarlo honestamente. Debo confesar que vi esta película varias veces, pero consciente o inconscientemente olvido quien es el traidor, y así siempre lo disfruto como si fuera la primera vez.


Supongo que ya es obvio que la recomiendo calurosamente. Dura 158 minutos que se pasan volando. Es electrizante. Y es una fiesta verlo interactuar a Richard Burton con Clint Eastwood. Estrellas de cine de la vieja escuela sabían que ante todo debían proyectar sus fuertes personalidades viriles, que las actuaciones y sus sutilezas venían después. Al ser dueños de físicos, edades y temperamentos muy disímiles, el contraste era enriquecedor. Eastwood, aunque había estudiado actuación, se había formado en el set trabajando sin descanso, su escuela era la mejor, la de la experiencia continua. Burton venía del teatro, su trabajo, ligeramente aparatoso, tenía el misterio del dominio de la palabra y de los silencios, una mirada o una pausa contaban más el conflicto que las réplicas. Ojalá la den subtitulada porque Burton tenía una bellísima voz de barítono que moldeaba las palabras como esculturas. (Aunque con el doblaje él tuvo suerte, el actor centroamericano que lo doblaba siempre también tenía una hermosa voz). La rubia mencionada en el afiche era Mary Ure, una bella y talentosa actriz de triste destino. Fue la primera Alison de Recordando con ira. Tuvo matrimonios desastrosos con John Osborne (quien la retrata con insólito desprecio en sus memorias: Casi un caballero) y Robert Shaw (cuyo tremendo ego la hizo relegar su carrera). Murió de una sobredosis accidental de alcohol y barbitúricos a los 42 años.


La da TCM (el canal 38 en mi cable) el martes 21 a las 23:45. Duerman la siesta, preparen un termo de café y trasnochen, vale la pena. O programen la videocasetera y grábenla. Palabra de amigo, no se arrepentirán.


Una de las cosas que odio de ir al cine hoy es que entro y siento que estoy en territorio enemigo. Venden pochoclo y gaseosas, como en los cines yanquis que aparecían en las películas de la infancia. No es que odie los pochoclos, todo lo contrario. Pero eran el “mimo” de la visita a la abuela o la “gracia” de papá y mamá los fines de semana que llovía, la alternativa “light” a las ricas y pesadas tortas fritas, nunca se correspondían con la ida al cine. Ya sé que se impusieron en nuestros cines por culpa de la transculturización, la globalización y la desidia a defender nuestras costumbres. Yo, por rebeldía zonza e inútil, no compro pochoclos ni aunque me muera de hambre, ni bajo amenaza de revolver. Cambio con beneplácito la linda y desangelada joven que ofrece los pochoclos y la coca cola por el viejo caramelero, un poco encorvado, de eterna casaca color té con leche, que proclamaba agresivamente: “¡Maní con chocolate, caramelo, bombón helado!” Ésos son los gustos del cine, o al menos de “mi” cine. Esta película es ideal para verla comiendo maní con chocolate Arcor, caramelos Media Hora o bombón helado Noel. Lo que es, uno ya no lo puede cambiar, pero al menos uno puede no olvidar que hubo una vez un mundo que no era el reino del desencanto si no el de la promesa, que al menos desde la pantalla siempre te cumplían.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 11 de julio de 2009

Guía del viajero intergaláctico

Llegué a la Guía del viajero intergaláctico como a otras cosas buenas de la vida, de pura casualidad. No tenía ni idea que se basaba en el primer libro de una saga de culto entre los aficionados al humor paródico y la ciencia ficción. Douglas Adams es su autor.

Los ingleses tienen una larga tradición en la sátira. Los viajes de Gulliver no eran otra cosa. Bah, no sólo en la sátira, en el humor en general. No en vano se habla del British humour. Si logró una trascendencia que no alcanzaron, por ejemplo, el humor polaco o el islandés, que sin duda deben saber reírse de sí mismos como cualquiera que se precie, es por haber tocado una tecla personalísima que los identifica. Alguien muy politizado me diría: Sí, hicieron conocer su humor porque alguna vez fueron imperio, y así como nos dejaron su idioma como la lingua franca internacional, nos impusieron también su particular visión del humor. Quizá. Pero el humor, como el amor, tiene razones que el intelecto desconoce. Córdoba no fue imperio y es tan democrática como Jujuy, pero conocemos el humor cordobés y no el jujeño.

Sea cual sea la razón por la cual un tipo de humor prevalece, la cuestión con Guía del viajero intergaláctico es que es una sátira que se burla de costumbres muy inglesas y de otras que por desgracia son muy universales. Entre las primeras, está la manía de los almanaques con datos, las enciclopedias y las guías de viaje (según parece los ingleses perecen por la recolección de datos y especulaciones inútiles). Entre las universales figuran la burocracia, la irresponsabilidad de los gobernantes y las irresoluciones del amor. Es una desternillante sucesión de disparates.

Supe que durante años se planeó llevarla al cine. Muchos directores de renombre barajaron el proyecto. Se consideraba infilmable por la estructura del libro (antes de ser una novela, fue un guión para la radio). Aquí recurrieron a un narrador delirante que ilustra teorías acompañadas de dibujitos animados o da información esencial para la trama.

Martin Freeman es el atribulado protagonista al que el argumento lo agarra en piyamas, bata y con una toalla. (No cambien de canal hasta el último crédito final, porque después de los primeros títulos está insertada una alocada explicación del por qué de la toalla.) Mos Def (que se luciera como el prisionero al que debe acompañar Bruce Willis en 16 cuadras) es el amigo extraterrestre que lo salva cuando el planeta se destruye y el que lo acompaña en el periplo por el universo. Mos Def tiene un perfil personalísimo, deberían acuñar monedas con él. Sam Rockwell es el frívolo y narcisista presidente de la galaxia. Zooey Deschanel es la bella damita joven, valiente e intrépida. John Malkovich regala su cara más siniestra en un par de escenas. Bill Nighy es un arquitecto inefable en una escena hermosa y espectacular. Helen Mirren, Stephen Fry y Alan Rickman prestan sus inimitables voces.

En lo personal, me mataron el robot depresivo, la computadora de la nave maníacamente entusiasta y las puertas que suspiran. También me hicieron brotar la carcajada unas cuantas cosas más que no develo para no arruinarles la sorpresa.

Como es de público conocimiento, todos lloramos con lo mismo (hay gente que no se repone del hecho que Disney haya matado a la madre de Bambi), pero no todos nos reímos de lo mismo. Si no le hacen asco al humor delirante, no se la pierdan. Es divertidísima.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Guía del viajero intergaláctico se exhibe por el canal ISAT (el 27 en mi cable) y va el sábado 18 a las 22hs, el domingo 26 a las 19:45hs, y el lunes 27 a las 15hs.

Addendum
En la crónica de No habrá más penas ni olvido, lamentaba que Miguel Ángel Solá ya no trabajara entre nosotros y que extrañaba su arte. Si les pasa lo mismo, les cuento que podemos mitigar un poco su ausencia. A partir del lunes, de lunes a jueves a las 22hs Canal 7 dará Bruno Sierra, el rostro de la ley, multipremiada miniserie de la televisión española, protagonizada por Solá. Si se pierden algún capítulo o si son ansiosos, les cuento que se la puede ver completa en Internet en esta página (aquí aparece con el título con el que se la conoció en España: Desaparecida)

http://www.rtve.es/television/desaparecida/

viernes, 10 de julio de 2009

Juegos, trampas y dos armas humeantes

Si tuviera coraje subtitularía a esta crónica como ¿Y si hablamos de la gripe porcina? Pero tengo miedo de que todo el mundo deje de leer de inmediato, me mande al diablo y proceda a “erase” este escrito de inmediato.


En el país de la torpeza y la desazón, ante una pandemia, no se puede sino sentir estupefacción y desconfianza. ¿Cuáles son las cifras verdaderas? ¿Debieron postergarse las elecciones? ¿Debieron suspender antes las clases? ¿Es posible creerle al ministro de salud provincial cuyo antecedente más notorio fue representar laboratorios en noticieros? ¡Casi un visitador médico mediático! ¿Es posible creerle al ministro de salud nacional cuyo antecedente más notorio fue reducir el índice de mortalidad infantil manipulando los números? ¿Manejará las cifras de la gripe el Indec? Los medios son corruptos y prostibularios, son empresas privadas que atienden las necesidades económico-financieras de los conglomerados a los que pertenecen. La verdad y el servicio público les importa cuatro carajos, sólo les interesa vender y si lo que vende es la confusión y el pánico, eso es lo que venderán. (Ya lo dijo el querido Castello: “contribuyendo a la desinformación general.”)


La semana pasada fue caótica, en la calle veíamos que la pandemia estaba instalada, pero medios y gobernantes sólo atendían los resultados de la elección. La ciudad de Rosario tomó medidas drásticas, sin consultar a nadie cerró escuelas, espacios públicos y salas de espectáculos. ¿Qué haría el resto del país? En las escuelas, al menos, esperábamos que tomaran medidas o que no las tomaran, pero que hablaran claro. El lunes había renunciado la anterior ministra de salud que, en total sintonía con el cargo, era licenciada en arte. Se reunió un comité de crisis, que por supuesto no resolvió nada. El martes se habló de adelantar las vacaciones escolares, primero dijeron que comenzarían el lunes 6, después que no, que el miércoles 8. Medicina en La Plata, el martes a la tarde, decidió cerrar y mandar al frente a las autoridades nacionales y provinciales. Dijeron: como no deciden nada y la enfermedad está diseminada, nosotros cerramos. El miércoles dimos clases normalmente, bah con los pocos que estaban sanos o no tenían parientes enfermos. El miércoles a la tarde, en una vergonzosa conferencia de prensa (que evidenció falencias graves tanto en los funcionarios como en los periodistas), los ministros de educación anunciaban el cierre de escuelas desde el jueves. (El de la provincia es particularmente impresentable. Es titular de una cartera pública, pero sostiene que la educación privada es mejor para el país, es más, tiene trabajos publicados en los que abiertamente propone la eventual abolición de la educación universitaria pública y veladamente la limitación y erradicación de la educación pública en los niveles inferiores. Que alguien que defiende esas ideas llegue a ser ministro público, no una vez sino dos veces, es algo que excede a mi alocada imaginación.)


El jueves me quedé en casa y me informé por los medios. Debajo de un aparente disfraz de moderación, no hacían más que incentivar el pánico. El viernes tampoco asomé mi nariz a la calle. Me sentía como en la escena de Los 10 mandamientos, en que hay que pintar las puertas con sangre de cordero, porque si no el Ángel de la Muerte matará a los primogénitos. Ese día según los medios, la psicosis colectiva llegó a su punto más alto, que el barbijo, que el alcohol en gel, que el tamiflú. Algunos porteños desesperados cruzaron el río para comprar tamiflú en Uruguay porque en las farmacias locales no se conseguía. El sábado, el tiempo estaba primaveral y como debía aprovisionarme de vituallas, salí. Grande fue mi sorpresa cuando vi que todo el mundo hacía vida habitual. Los supermercados estaban llenos, los bares tenían gente y había muchísimos niños en los locales de juegos y en las casitas de fiestas. ¿Cómo, no era que había que limitar la vida social al mínimo? ¿Me habían mentido otra vez los medios con sus imágenes apocalípticas de desolación y miedo? (En este país, creer la imagen de la realidad que dan los medios y no ver la realidad por la ventana o en la calle es el camino más rápido de ser colonizado y estupidizado por la derecha “empresarial”) ¿O acaso se había llegado ya al límite del terror, pasado el cual ya nada importa? ¿O los padres hartos después de dos días con los niños en la casa, se tomaban un recreo sin importarles la consecuencias?


Ayer decidieron cerrar los teatros por 10 días, y aunque los fundamentos sonaban nobles (el cuidado de la salud pública, etc.) la realidad era otra. Cierran porque no va nadie y si los actores se quedan en la casa no hay que pagarles. (Antes los empresarios teatrales habían pedido al gobierno que los cerraran por resolución del ejecutivo, para poder después hacerle juicio al estado por lucro cesante. No lo consiguieron y no les quedó más remedio que cerrarlos por acuerdo entre ellos. En este país, los empresarios, teatrales y de otro tipo, no son trigo limpio.) Aún no cierran los cines, pero las multinacionales suspendieron los estrenos importantes. De modo que por un tiempo, hablemos del cine que se puede ver en el cable o que se puede bajar de internet. Estemos o no con moquillo, se impone un descanso de la desinformación de la gripe porcina o como dice la retrógrada conductora de TV, que otrora fuera estrella de cine: la grippe (pronúnciese en francés) A. (Desde que volvió a triunfar la derecha, está desatada y más fundamentalista que la Escuela de Chicago.)


Guy Ritchie, antes de casarse con Madonna (y convertirse en Mr. Madonna), ya era un director de cine reconocido. Su debut en el largometraje con Juegos, trampas y dos armas humeantes lo colocó en el mapa como una ráfaga de aire fresco. Venía a reformular el policial. De Tarantino tomó el gusto por los encuadres originales, los cambios de velocidad en el ritmo narrativo, el esquema de la historieta y el uso desprejuiciado de la banda sonora. ¿Qué los distinguía? Tarantino hace uso y abuso de cuánto subgénero se le pone adelante y estiliza el diálogo hasta volverlo original y personalísimo. Ritchie en cambio se apoya en la tradición teatral inglesa de la “farce”, (género que aquí denominamos vodevil) y no se aparta del submundo delictivo londinense al que retrata en su idiosincrásica manera de hablar y vestir.


Ayer volví a ver Juegos, trampas y dos armas humeantes. Sigue siendo muy divertida, pero ya no sorprende como cuando se estrenó. Es que la vanguardia estilística dura cada vez menos. La televisión y la publicidad vampirizan rápido cualquier cosa que parezca novedosa. Vuelven antiguo de inmediato lo que ayer asombraba. Los procesos se aceleran, pero siempre fue así. La vanguardia de ayer es la cultura de masas de hoy.


A pesar de eso, esta comedia policial sigue siendo muy recomendable. Cuatro amigos subvencionan a uno de ellos para que juegue en una pesada partida de poker. Perderá porque le hacen trampa, y todos deberán hacerse cargo de la deuda. Lo que sigue es una concatenación delirante de hechos muy graciosos. La pobladísima galería de personajes evidencia que el film se produce en una cultura en la que reinó alguna vez Charles Dickens, tan ricos y característicos son. Sting, al contrario de Madonna, se mueve en el cine como pez en el agua. Aquí hace de padre del amigo jugador. Como en todos los films en los que participó, está delicioso.


(Escrito el martes 7, aclaro porque la realidad se ha vuelto loca y cada día trae nuevos delirios. San Martín dijo que para los hombres de coraje se hicieron las empresas, sí, pero ni para estos gobernantes ni para estos medios se han hecho las pandemias.)


Juegos, trampas y dos armas humeantes se exhibe en el canal AXN (es el número 33 en mi cable) y va el jueves 16 a las 23, el viernes 17 a las 3 de la mañana (ideal para los insomnes) y a las 13hs y el sábado 18 a las 15:30hs. Si no la vieron, agéndenla, vale la pena.
Un abrazo,

Gustavo Monteros