De todos los grandes maestros del cine, François Truffaut siempre fue el más cercano. Al menos para mí. Era brillante sin ser pedante. Era genial y no lo pregonaba con un séquito de chupamedias. Además me perdonó. Bueno, él no personalmente, pero hizo una película Los 400 golpes que me enseñó a perdonarme un pecadito de infancia.
Como ya conté, pasé mi infancia en Catamarca. Vivíamos en San Isidro, a 9 kilómetros de la ciudad capital, San Fernando del Valle de Catamarca. San Isidro tenía una plaza central adonde daban la iglesia, la escuela Normal de Maestros Gobernador José Cubas, el club, la estafeta postal, dos copetines, la panadería, la carnicería y el cine. (En realidad en San Isidro había dos cines, porque los domingos abría el cine de Berón, pero ese cine “fantasma” era tan especial que merece una crónica por sí mismo.)
Del que quiero hablar hoy es del cine oficial, el cine del cura. Llamado así porque era un cine parroquial que quedaba al lado de la iglesia. Era un gran salón rectangular, con sillas durísimas de madera, un par de ventiladores y una pantalla amarillenta que siempre fue vieja. La puerta de entrada tenía dos hojas, que abrían para afuera y era allí donde se colocaban los afiches. La boletería era diminuta con una escalerita que llevaba al proyector. Al lado de la pantalla, a la izquierda, había una puerta que daba a un patio trasero donde había un par de baños raquíticos. Entre los baños, un piletón con pedazos de jabón blanco para lavarse las manos. También junto a la pantalla, pero sobre la pared de la derecha, una gran puerta que daba a la iglesia.
Había funciones nada más que los viernes, sábados y domingos. El viernes, sólo función noche, que empezaba a las 20:30. Los sábados y los domingos, una matiné con un programa para niños y la función nocturna. Sólo dos programas por fin de semana, las dos películas de la matiné y las dos de la noche. Un adepto irredento al cine como yo tenía la oportunidad de acrecentar su experiencia cinematográfica con cuatro películas por fin de semana.
Era lo que se llamaba un cine de cruce, es decir jamás daba un estreno, para eso estaban los cines de la ciudad. Daban antiquísimas películas de Hollywood, clase A, B y C. Y mucho Disney reciclado. Todo estrictamente acto para todo público. Si no les quedaba otro remedio, daban en la función nocturna, algún film inconveniente para menores, y la chatita con los altoparlantes que anunciaba los programas pasaba dos veces, no sea cosa que a alguien no le quedara claro. Nada tan prohibido como una de la Coca Sarli. No, apenas con una insignificancia que sólo notaría una afiebrada mente mojigata. Un beso de más, una mano sugerente o un fundido a negro que inequívocamente proclamaba que los personajes hacían el amor. (Desde los treinta hasta los sesenta, todo el mundo hacía el amor en los fundidos a negro.) Que el cine del cura diera un film inconveniente no despertaba el morbo de nadie, ni traía más público. Ya todos sabían que se trataba del desmedido exceso de celo de la censura eclesiástica, que siempre fue medio estúpida y miope. Era más interesante ver lo que se les “pasaba” que lo que “notaban”.
Para los niños había un sistema de vales. A la salida del catecismo y de misa, nos daban un vale. Cuando juntábamos cinco, podíamos entrar gratis a la matiné. Los que podíamos pagar la entrada, regalábamos las vales a los que no podían y así nadie se quedaba afuera. Eran muy estrictos, cinco vales o nada. Recuerdo que una vez, un compañerito de la escuela había juntado sólo cuatro y no lo dejaban pasar. Habíamos salido del catecismo que era los sábados y para que lo dejaran entrar, yo tuve que jurar que no faltaría a misa el día siguiente y que con mi vale completaría los cinco. Cumplí y a la salida de misa, el cura me dijo: A vos no te toca el vale, porque ya lo usamos ayer.
Frente a la boletería, colgaban los afiches de las películas que darían más adelante. En esa época yo perdía la cabeza por Hayley Mills, una niña actriz dulce y pecosa que actuaba en films de la Disney como Pollyanna, Operación Cupidos, Los hijos del Capitán Grant, etc. Una vez en esa cartelera pusieron fotos de una película suya; Mientras sopla el viento. Mientras pujábamos por entrar a la matiné, yo me tenté y me robé una foto. Era invierno, la puse entre la camisa y el pullover y durante toda la función procuré que no se me arruinara. Llegué a casa feliz y la oculté en los diccionarios que sólo yo usaba. Durante tres días fue mi tesoro.
Al miércoles siguiente, mientras yo hacía los deberes, cayó de visita Don Vera, el Jefe de la Acción Católica, quien era también el administrador del cine. Habló largo rato en el comedor con mi tía Martina, mi tutora, porque mis padres estaban en La Plata. La tía entró en la pieza, me acarició la cabeza y me dijo: Necesito la foto. Yo creí que me moría de vergüenza. No lloré, pero me puse pálido. Sin decir una palabra, fui hacia los diccionarios, miré por última vez a Hayley Mills y Alan Bates y le entregué la foto. Me senté en la cama y me puse a mirar el patio por la ventana. Quería que se desatara un temblor y que me tragara la tierra. O que no, pero un temblor al menos haría que pasara a un segundo plano el robo. Después de un temblor, sólo se hablaba del temblor. Al rato volvió la tía, se sentó a mi lado, me abrazó y me dijo: El “Bragueta Santa” te la cambia por ésta, y me dio una estúpida foto de Sammy, la foca loca. Intenté explicarme, decirle algo, pero no pude. Ella me dio un beso y me dijo: Deje m’hijo, los chupacirios son así. Era devota, pero como vivía en el pecado por compartir la cama de su supuesto “pensionista”, se vengaba de las lenguas santurronas poniéndoles motes. A Don Vera le había tocado el de “Bragueta Santa”.
Al viernes siguiente, no quise ir al cine del cura. (Me dejaban ir a la función nocturna, por que esperaba que cerrara el cine y me venía caminando con Don Vera, que vivía más allá, en Villa Dolores.) Yo te acompaño, dijo la tía, y fuimos. Compró un paquete de Rumba y vimos Artistas y modelos y La última vez que vi París. Con la boca llena de sabor a cacao y almendras de las galletitas, sentí que Don Vera desde la cabinita de proyección ahora también a mí me señalaba, éramos “la concubina” y “el ladrón.” Nunca más me volví caminando con Don Vera. Le pedí a la tía que me dejara venir solo, que casi todos los que iban a la función venían para este lado, que eran dos cuadras nada más, que qué me iba a pasar. Ella me dejó. De todos modos, durante dos años me sentí observado, estigmatizado por Don Vera. Verlo me hacía sentir sucio, yo había robado, no para comer, que podría estar bien, sino por placer, por egoísmo, para hacer daño. Él lo sabía y quién sabe a cuántos más se los había contado. Era otra afrenta que achacarle a la “Niña Martina” y no se la iban a perder. Suponía que todos los de la parroquia lo sabían y que se llenaban de santa indignación. A la tía Martina (después de quedar plantada prácticamente en el altar y haberse recuperado de las anfetaminas para adelgazar, el famoso Diminex) lo que comentaran le importaba un bledo, pero a mí sí. Viví amenazado por los fuegos del infierno hasta que François Truffaut llegó a mi vida.
Los jueves, la Embajada Francesa organizaba un ciclo de películas en el cine Ideal de la ciudad. Fui de casualidad, porque teníamos que ir al zapatero y la tía me dijo: Si querés andá al cine mientras yo visito a mis primas. Acepté encantado. Daban Los 400 golpes. En un momento determinado, el chico protagonista roba una foto de un cine. El cine está cerrado, bloquea el hall una puerta plegable de metal. El chico ata una ganzúa a un palo, acerca una gran cartelera con rueditas, mete la mano por entre un rombo de la cortina y se roba una foto. Y para mí fue la alegría, la revelación, el fin de la culpa. Robar la foto de una película no era una monstruosidad, era el ímpetu infantil de coleccionar algo, el deseo de prolongar en un recuerdo tangible lo que nos había deslumbrado. No estaba solo. Si era un monstruo, era un monstruo como Truffaut. Un nuevo amigo que provocaba alegría hasta con su nombre, porque hacía cosquillas cuando se lo pronunciaba: fransuá trufó.
Confidencialmente tuya es un policial en blanco y negro en clave de comedia. Un homenaje más a su ídolo de toda la vida Alfred Hitchcock (escribió dos libros esenciales sobre él, uno con el análisis de sus películas y otro con las entrevistas que se dio el gusto de hacerle). Al dueño de una inmobiliaria (Trintignant) lo acusan del asesinato de su mujer y del amante de su mujer. Su secretaria (Ardant) con la que se lleva muy mal y que lo ama en secreto lo ayudará a demostrar su inocencia. Es una reformulación pícara y alambicada de Cuéntame tu vida de Hitchcock con Fanny Ardant como una especie de Ingrid Bergman y Jean Louis Trintignant como un improbable Gregory Peck. (Hasta le hace un guiño al fetichismo y al voyeurismo de Hitchcock cuando Ardant camina ante la claraboya. )
El destino determinaría que Confidencialmente tuya fuera la última película de Truffaut. A poco de su estreno le diagnosticaron la enfermedad que en pocos meses se lo llevaría. Es difícil saber si intuyo que sería su despedida, nada hay de melancólico en ella. Sobrevuela todo el tiempo un espíritu burlón. Frívola por momentos, en otros, profunda y reveladora. Exuda alegría y la celebración del gozo de vivir. Como si dijera que la vida es una broma de Dios que en algún momento entenderemos, compartiremos y celebraremos. Consolidaba lo iniciado en su film anterior, La mujer de la próxima puerta: catapultaba a su mujer (Ardant) al estrellato. Ésa quizá sea la clave del film: es un acto de amor.
Ella recibió la noticia de su muerte mientras actuaba en Les enragés. Resolvió seguir filmando para extrañeza de todos. Yo creo que había un acuerdo entre ellos, que él quería que no interrumpiera por algo tan banal como su muerte lo que había amado tanto. Ya habría tiempo de llorar. Además en los últimos momentos, ya no era él, era otro.
Un amigo es un amigo para siempre. Y nunca se van, dejan lo que fueron, lo que compartimos, los recovecos del cariño. Los artistas tienen además una ventaja, dejan una obra concreta detrás. Y uno puede seguir dialogando con ellos a través de los siglos, ¿acaso no seguimos hablando con Flaubert, Jane Austen o José Mármol? No me duró mucho tiempo la tristeza de que se fuera. ¿Cómo podría si hasta pronunciar su nombre me despertaba una sonrisa? fransuá trufó. Nos dejaba sus películas. Vigentes y hermosas como todo clásico. Divertidas, zumbonas, profundas. Siempre dialogo con sus películas y no sólo por que me haya perdonado.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Europa, Europa (el canal 35 en mi cable) da Confidencialmente tuya el domingo 26 a las 12:10 y a las 18:10 y el viernes 31 a las 10:00 y a las 16:00.
Hace unos años, no muchos, fui a visitar a una amiga. Me atendió con los ojos rojos. Le pregunté si le pasaba algo. Sonrió y me dijo que acababa de ver una película. Me contó que se trataba de un film con Anthony Lapaglia, El jardín de la redención. Como yo aún no lo había visto, me refirió brevemente el argumento y concluí que era bueno. No, me dijo, es repedorro. Pero te emocionó, insistí. Sí, contestó, pero tuve que hacer un poco de fuerza, viste como es el cine últimamente, si no ponés algo de tu parte, no pasa nada. Preparó mate y hablamos de nuestras cosas. Pero lo que dijo me dejó pensando.
Es verdad, hoy en día a las películas “industriales”, “comerciales”, uno las tiene que completar. No nos terminan de convencer a menos que uno haga un esfuerzo consciente de que les creemos, de que no vemos las hilachas de hilo chanchero con las que están atadas. Están tan torpemente contadas, que en algún momento, uno elige creerles para no sentirse muy estúpido, para no tener la horrible sensación de que estamos perdiendo el tiempo con algo que no vale la pena, que no es del todo malo, pero que es muy mediocre.
Pero el cine industrial no siempre fue así. Hubo una época en que los ejecutivos se formaban en el cine y lo amaban. No eran egresados de universidades cínicas donde se aprende que todo el cine puede reducirse a fórmulas, que A más B siempre da C. Se les enseña a vender y da lo mismo una película, un antiácido o un candidato político. Piensan en términos de producto, no de narración. A esta gente no le interesa contar historias si no vender pochochos. Los viejos ejecutivos sabían que vendían entretenimiento en forma de historias, eran conscientes de que una buena historia bien contada se vendía bien, y que podría transformarse en inolvidable y mejorar el negocio volviéndonos pendientes de la nueva historia que propusieran. Los nuevos ejecutivos si no odian al cine, al menos lo desprecian. Equiparan un film a un jabón o a un paquete de papas fritas. Para ellos una película es algo que se olvida y se desecha una vez consumido, como una cáscara o un envoltorio vacío. Como el envase de pochochos que a ellos tanto les interesa.
Antes las películas no eran multitarget, o sea, por ejemplo, un policial con interés romántico, interludios cómicos y con una subtrama alrededor de un ídolo teen, para interesar al hombre medio heterosexual y/o homosexual y/o bisexual y/o metrosexual, a la mujer romántica de edad amplia, al adolescente calentón y al niño proclive a la comicidad obvia. El resultado es algo que cualquier cocinero sabe, si uno pone tantas cosas en la olla, lo que sale sólo puede ir a la basura. Pero, claro, después de tanta plata invertida, no importa cuán grande sea el bodrio, se lo vende igual, se le pone más publicidad y sale con fritas.
Bruce Willis y Colin Farell todavía procuran saber a qué género pertenece En defensa del honor. Sandra Bullock (la más castigada por el multitarget) aún se pregunta de qué iban La red, Corazones en conflicto, o Fuerzas de la naturaleza. Halle Berry y Sharon Stone todavía se entrevistan con videntes para saber de que se trataba Catwoman.
No siempre fue así, antes las películas pertenecían a un género determinado. Puro. Eran de amor, de acción, de guerra, de cowboys, policiales, cómicas, dramas o musicales. Y no era que los viejos ejecutivos de los estudios fueran mejores personas que los actuales. No, con las pieles de actores, directores y guionistas estaban tapizadas sus oficinas. Pero cuando elegían una historia, querían contarla lo mejor posible. Y si era un western era un western, en medio del rodaje no querían transformarlo en drama sociológico porque el estudio de al lado ganó un premio con Crash, o en un drama de travestis porque Las aventuras de Priscilla estaba haciendo plata.
De aquella época hermosa, en que uno iba al cine sabiendo qué iba a ver, pertenece Donde las águilas se atreven. Es de guerra, guerra. El tagline o slogan del afiche denunciaba claramente sus intenciones: “Un fin de semana, el mayor Smith y el teniente Schaffer y una hermosa rubia llamada Mary decidieron ganar la Segunda Guerra Mundial. Deben hacer lo que ningún ejército puede hacer, ir adonde ningún ejército puede ir. Tienen que penetrar El Castillo de las Águilas, centro neurálgico de la Gestapo y VOLARLO”. Eso ofrecían y era eso lo que daban. Ni más ni menos. Una aventura apasionante para comerse las uñas o estar más en el borde de la butaca que apoyado contra el respaldo. Caían, claro, en todos los trucos lícitos del género. (Los protagonistas tenían, por ejemplo, una puntería certera, y los otros erraban más que acertaban.) Y en esta película para acrecentar más el suspenso, hay un traidor entre ellos. ¿Quién? Eso generaba inesperadas vueltas de tuerca, no estúpidas y gratuitas como las que plantean los argumentos ahora, sino lógicas y coherentes. Cumplían a rajatabla el mandamiento del viejo Hitchcock: al público hay que engañarlo honestamente. Debo confesar que vi esta película varias veces, pero consciente o inconscientemente olvido quien es el traidor, y así siempre lo disfruto como si fuera la primera vez.
Supongo que ya es obvio que la recomiendo calurosamente. Dura 158 minutos que se pasan volando. Es electrizante. Y es una fiesta verlo interactuar a Richard Burton con Clint Eastwood. Estrellas de cine de la vieja escuela sabían que ante todo debían proyectar sus fuertes personalidades viriles, que las actuaciones y sus sutilezas venían después. Al ser dueños de físicos, edades y temperamentos muy disímiles, el contraste era enriquecedor. Eastwood, aunque había estudiado actuación, se había formado en el set trabajando sin descanso, su escuela era la mejor, la de la experiencia continua. Burton venía del teatro, su trabajo, ligeramente aparatoso, tenía el misterio del dominio de la palabra y de los silencios, una mirada o una pausa contaban más el conflicto que las réplicas. Ojalá la den subtitulada porque Burton tenía una bellísima voz de barítono que moldeaba las palabras como esculturas. (Aunque con el doblaje él tuvo suerte, el actor centroamericano que lo doblaba siempre también tenía una hermosa voz). La rubia mencionada en el afiche era Mary Ure, una bella y talentosa actriz de triste destino. Fue la primera Alison de Recordando con ira. Tuvo matrimonios desastrosos con John Osborne (quien la retrata con insólito desprecio en sus memorias: Casi un caballero) y Robert Shaw (cuyo tremendo ego la hizo relegar su carrera). Murió de una sobredosis accidental de alcohol y barbitúricos a los 42 años.
La da TCM (el canal 38 en mi cable) el martes 21 a las 23:45. Duerman la siesta, preparen un termo de café y trasnochen, vale la pena. O programen la videocasetera y grábenla. Palabra de amigo, no se arrepentirán.
Una de las cosas que odio de ir al cine hoy es que entro y siento que estoy en territorio enemigo. Venden pochoclo y gaseosas, como en los cines yanquis que aparecían en las películas de la infancia. No es que odie los pochoclos, todo lo contrario. Pero eran el “mimo” de la visita a la abuela o la “gracia” de papá y mamá los fines de semana que llovía, la alternativa “light” a las ricas y pesadas tortas fritas, nunca se correspondían con la ida al cine. Ya sé que se impusieron en nuestros cines por culpa de la transculturización, la globalización y la desidia a defender nuestras costumbres. Yo, por rebeldía zonza e inútil, no compro pochoclos ni aunque me muera de hambre, ni bajo amenaza de revolver. Cambio con beneplácito la linda y desangelada joven que ofrece los pochoclos y la coca cola por el viejo caramelero, un poco encorvado, de eterna casaca color té con leche, que proclamaba agresivamente: “¡Maní con chocolate, caramelo, bombón helado!” Ésos son los gustos del cine, o al menos de “mi” cine. Esta película es ideal para verla comiendo maní con chocolate Arcor, caramelos Media Hora o bombón helado Noel. Lo que es, uno ya no lo puede cambiar, pero al menos uno puede no olvidar que hubo una vez un mundo que no era el reino del desencanto si no el de la promesa, que al menos desde la pantalla siempre te cumplían.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Llegué a la Guía del viajero intergaláctico como a otras cosas buenas de la vida, de pura casualidad. No tenía ni idea que se basaba en el primer libro de una saga de culto entre los aficionados al humor paródico y la ciencia ficción. Douglas Adams es su autor.
Los ingleses tienen una larga tradición en la sátira. Los viajes de Gulliver no eran otra cosa. Bah, no sólo en la sátira, en el humor en general. No en vano se habla del British humour. Si logró una trascendencia que no alcanzaron, por ejemplo, el humor polaco o el islandés, que sin duda deben saber reírse de sí mismos como cualquiera que se precie, es por haber tocado una tecla personalísima que los identifica. Alguien muy politizado me diría: Sí, hicieron conocer su humor porque alguna vez fueron imperio, y así como nos dejaron su idioma como la lingua franca internacional, nos impusieron también su particular visión del humor. Quizá. Pero el humor, como el amor, tiene razones que el intelecto desconoce. Córdoba no fue imperio y es tan democrática como Jujuy, pero conocemos el humor cordobés y no el jujeño.
Sea cual sea la razón por la cual un tipo de humor prevalece, la cuestión con Guía del viajero intergaláctico es que es una sátira que se burla de costumbres muy inglesas y de otras que por desgracia son muy universales. Entre las primeras, está la manía de los almanaques con datos, las enciclopedias y las guías de viaje (según parece los ingleses perecen por la recolección de datos y especulaciones inútiles). Entre las universales figuran la burocracia, la irresponsabilidad de los gobernantes y las irresoluciones del amor. Es una desternillante sucesión de disparates.
Supe que durante años se planeó llevarla al cine. Muchos directores de renombre barajaron el proyecto. Se consideraba infilmable por la estructura del libro (antes de ser una novela, fue un guión para la radio). Aquí recurrieron a un narrador delirante que ilustra teorías acompañadas de dibujitos animados o da información esencial para la trama.
Martin Freeman es el atribulado protagonista al que el argumento lo agarra en piyamas, bata y con una toalla. (No cambien de canal hasta el último crédito final, porque después de los primeros títulos está insertada una alocada explicación del por qué de la toalla.) Mos Def (que se luciera como el prisionero al que debe acompañar Bruce Willis en 16 cuadras) es el amigo extraterrestre que lo salva cuando el planeta se destruye y el que lo acompaña en el periplo por el universo. Mos Def tiene un perfil personalísimo, deberían acuñar monedas con él. Sam Rockwell es el frívolo y narcisista presidente de la galaxia. Zooey Deschanel es la bella damita joven, valiente e intrépida. John Malkovich regala su cara más siniestra en un par de escenas. Bill Nighy es un arquitecto inefable en una escena hermosa y espectacular. Helen Mirren, Stephen Fry y Alan Rickman prestan sus inimitables voces.
En lo personal, me mataron el robot depresivo, la computadora de la nave maníacamente entusiasta y las puertas que suspiran. También me hicieron brotar la carcajada unas cuantas cosas más que no develo para no arruinarles la sorpresa.
Como es de público conocimiento, todos lloramos con lo mismo (hay gente que no se repone del hecho que Disney haya matado a la madre de Bambi), pero no todos nos reímos de lo mismo. Si no le hacen asco al humor delirante, no se la pierdan. Es divertidísima.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Guía del viajero intergaláctico se exhibe por el canal ISAT (el 27 en mi cable) y va el sábado 18 a las 22hs, el domingo 26 a las 19:45hs, y el lunes 27 a las 15hs.
Addendum
En la crónica de No habrá más penas ni olvido, lamentaba que Miguel Ángel Solá ya no trabajara entre nosotros y que extrañaba su arte. Si les pasa lo mismo, les cuento que podemos mitigar un poco su ausencia. A partir del lunes, de lunes a jueves a las 22hs Canal 7 dará Bruno Sierra, el rostro de la ley, multipremiada miniserie de la televisión española, protagonizada por Solá. Si se pierden algún capítulo o si son ansiosos, les cuento que se la puede ver completa en Internet en esta página (aquí aparece con el título con el que se la conoció en España: Desaparecida)
http://www.rtve.es/television/desaparecida/
Si tuviera coraje subtitularía a esta crónica como ¿Y si hablamos de la gripe porcina? Pero tengo miedo de que todo el mundo deje de leer de inmediato, me mande al diablo y proceda a “erase” este escrito de inmediato.
En el país de la torpeza y la desazón, ante una pandemia, no se puede sino sentir estupefacción y desconfianza. ¿Cuáles son las cifras verdaderas? ¿Debieron postergarse las elecciones? ¿Debieron suspender antes las clases? ¿Es posible creerle al ministro de salud provincial cuyo antecedente más notorio fue representar laboratorios en noticieros? ¡Casi un visitador médico mediático! ¿Es posible creerle al ministro de salud nacional cuyo antecedente más notorio fue reducir el índice de mortalidad infantil manipulando los números? ¿Manejará las cifras de la gripe el Indec? Los medios son corruptos y prostibularios, son empresas privadas que atienden las necesidades económico-financieras de los conglomerados a los que pertenecen. La verdad y el servicio público les importa cuatro carajos, sólo les interesa vender y si lo que vende es la confusión y el pánico, eso es lo que venderán. (Ya lo dijo el querido Castello: “contribuyendo a la desinformación general.”)
La semana pasada fue caótica, en la calle veíamos que la pandemia estaba instalada, pero medios y gobernantes sólo atendían los resultados de la elección. La ciudad de Rosario tomó medidas drásticas, sin consultar a nadie cerró escuelas, espacios públicos y salas de espectáculos. ¿Qué haría el resto del país? En las escuelas, al menos, esperábamos que tomaran medidas o que no las tomaran, pero que hablaran claro. El lunes había renunciado la anterior ministra de salud que, en total sintonía con el cargo, era licenciada en arte. Se reunió un comité de crisis, que por supuesto no resolvió nada. El martes se habló de adelantar las vacaciones escolares, primero dijeron que comenzarían el lunes 6, después que no, que el miércoles 8. Medicina en La Plata, el martes a la tarde, decidió cerrar y mandar al frente a las autoridades nacionales y provinciales. Dijeron: como no deciden nada y la enfermedad está diseminada, nosotros cerramos. El miércoles dimos clases normalmente, bah con los pocos que estaban sanos o no tenían parientes enfermos. El miércoles a la tarde, en una vergonzosa conferencia de prensa (que evidenció falencias graves tanto en los funcionarios como en los periodistas), los ministros de educación anunciaban el cierre de escuelas desde el jueves. (El de la provincia es particularmente impresentable. Es titular de una cartera pública, pero sostiene que la educación privada es mejor para el país, es más, tiene trabajos publicados en los que abiertamente propone la eventual abolición de la educación universitaria pública y veladamente la limitación y erradicación de la educación pública en los niveles inferiores. Que alguien que defiende esas ideas llegue a ser ministro público, no una vez sino dos veces, es algo que excede a mi alocada imaginación.)
El jueves me quedé en casa y me informé por los medios. Debajo de un aparente disfraz de moderación, no hacían más que incentivar el pánico. El viernes tampoco asomé mi nariz a la calle. Me sentía como en la escena de Los 10 mandamientos, en que hay que pintar las puertas con sangre de cordero, porque si no el Ángel de la Muerte matará a los primogénitos. Ese día según los medios, la psicosis colectiva llegó a su punto más alto, que el barbijo, que el alcohol en gel, que el tamiflú. Algunos porteños desesperados cruzaron el río para comprar tamiflú en Uruguay porque en las farmacias locales no se conseguía. El sábado, el tiempo estaba primaveral y como debía aprovisionarme de vituallas, salí. Grande fue mi sorpresa cuando vi que todo el mundo hacía vida habitual. Los supermercados estaban llenos, los bares tenían gente y había muchísimos niños en los locales de juegos y en las casitas de fiestas. ¿Cómo, no era que había que limitar la vida social al mínimo? ¿Me habían mentido otra vez los medios con sus imágenes apocalípticas de desolación y miedo? (En este país, creer la imagen de la realidad que dan los medios y no ver la realidad por la ventana o en la calle es el camino más rápido de ser colonizado y estupidizado por la derecha “empresarial”) ¿O acaso se había llegado ya al límite del terror, pasado el cual ya nada importa? ¿O los padres hartos después de dos días con los niños en la casa, se tomaban un recreo sin importarles la consecuencias?
Ayer decidieron cerrar los teatros por 10 días, y aunque los fundamentos sonaban nobles (el cuidado de la salud pública, etc.) la realidad era otra. Cierran porque no va nadie y si los actores se quedan en la casa no hay que pagarles. (Antes los empresarios teatrales habían pedido al gobierno que los cerraran por resolución del ejecutivo, para poder después hacerle juicio al estado por lucro cesante. No lo consiguieron y no les quedó más remedio que cerrarlos por acuerdo entre ellos. En este país, los empresarios, teatrales y de otro tipo, no son trigo limpio.) Aún no cierran los cines, pero las multinacionales suspendieron los estrenos importantes. De modo que por un tiempo, hablemos del cine que se puede ver en el cable o que se puede bajar de internet. Estemos o no con moquillo, se impone un descanso de la desinformación de la gripe porcina o como dice la retrógrada conductora de TV, que otrora fuera estrella de cine: la grippe (pronúnciese en francés) A. (Desde que volvió a triunfar la derecha, está desatada y más fundamentalista que la Escuela de Chicago.)
Guy Ritchie, antes de casarse con Madonna (y convertirse en Mr. Madonna), ya era un director de cine reconocido. Su debut en el largometraje con Juegos, trampas y dos armas humeantes lo colocó en el mapa como una ráfaga de aire fresco. Venía a reformular el policial. De Tarantino tomó el gusto por los encuadres originales, los cambios de velocidad en el ritmo narrativo, el esquema de la historieta y el uso desprejuiciado de la banda sonora. ¿Qué los distinguía? Tarantino hace uso y abuso de cuánto subgénero se le pone adelante y estiliza el diálogo hasta volverlo original y personalísimo. Ritchie en cambio se apoya en la tradición teatral inglesa de la “farce”, (género que aquí denominamos vodevil) y no se aparta del submundo delictivo londinense al que retrata en su idiosincrásica manera de hablar y vestir.
Ayer volví a ver Juegos, trampas y dos armas humeantes. Sigue siendo muy divertida, pero ya no sorprende como cuando se estrenó. Es que la vanguardia estilística dura cada vez menos. La televisión y la publicidad vampirizan rápido cualquier cosa que parezca novedosa. Vuelven antiguo de inmediato lo que ayer asombraba. Los procesos se aceleran, pero siempre fue así. La vanguardia de ayer es la cultura de masas de hoy.
A pesar de eso, esta comedia policial sigue siendo muy recomendable. Cuatro amigos subvencionan a uno de ellos para que juegue en una pesada partida de poker. Perderá porque le hacen trampa, y todos deberán hacerse cargo de la deuda. Lo que sigue es una concatenación delirante de hechos muy graciosos. La pobladísima galería de personajes evidencia que el film se produce en una cultura en la que reinó alguna vez Charles Dickens, tan ricos y característicos son. Sting, al contrario de Madonna, se mueve en el cine como pez en el agua. Aquí hace de padre del amigo jugador. Como en todos los films en los que participó, está delicioso.
(Escrito el martes 7, aclaro porque la realidad se ha vuelto loca y cada día trae nuevos delirios. San Martín dijo que para los hombres de coraje se hicieron las empresas, sí, pero ni para estos gobernantes ni para estos medios se han hecho las pandemias.)
Juegos, trampas y dos armas humeantes se exhibe en el canal AXN (es el número 33 en mi cable) y va el jueves 16 a las 23, el viernes 17 a las 3 de la mañana (ideal para los insomnes) y a las 13hs y el sábado 18 a las 15:30hs. Si no la vieron, agéndenla, vale la pena.
Un abrazo,Gustavo Monteros
Crimen en el Expreso de Oriente es una de mis películas favoritas, no porque sea buena, que lo es, sino por el momento de mi vida al que me remite.
Una película no es sólo una película (las emociones que nos despierta, los sueños que nos evoca, los pensamientos que nos provoca, etc.) Una película es también sus circunstancias (el momento en que la vimos, la compañía que tuvimos, el estado de ánimo que teníamos, etc.)
Si nos metemos al cine a matar el tiempo para llegar a una cita de amor, cualquier bodrio se cubre de gloria. Si aprovechamos la excusa de la penumbra para robarnos besos, el film más pésimo se vuelve querible. O si dos minutos antes nos dicen que ya no nos aguantan más, que hemos agotado la paciencia del amor, el mejor film del mundo se torna insoportable.
A veces, una película equivaldría (y le tomo prestada la imagen a Benedetti) a fundar un recuerdo.
En mi caso, por ejemplo, tres musicales jalonan momentos que no olvido.
Las películas llegaban a Catamarca con un año de atraso, más o menos. Todos habían oído hablar de La novicia rebelde y la esperaban con ansía. En un lugar tan devoto, la palabra “novicia” sumada al adjetivo “rebelde” enfervorizaba hasta la imaginación más lenta. Y que el Papa no sólo no la rechazara sino que la celebrara, excitaba aun más la curiosidad. El film se exhibiría durante un mes en el mejor cine (el cine-teatro Catamarca) en tres funciones diarias (por entonces, la siesta era sagrada, la tele era un aparato que existía sólo en Buenos Aires y la globalización, un disparate impensado de ciencia ficción) y se venderían entradas numeradas para todas las funciones (parecía más una breve temporada teatral que otra cosa.) Hicieron bien porque toda la ciudad y alrededores se preparaban para verla. (Fueron hasta los que irían tres veces en su vida al cine, esos que relataban con orgullo que habían conocido el cine con La guerra gaucha, y como había sido tan buena, la consideraban difícil de superar y no tuvieron más ganas de volver; en los casos que conozco, la tercera película que verían en cine sería Camila.)Mi abuelo materno que tenía un copetín cerca del cine aprovechó su amistad con el boletero para no hacer cola y comprar entradas para toda la familia para la primera función de la noche de un viernes, que era la función más codiciada. Cuando digo toda la familia, digo toda: desde los más cercanos hasta los primos cuartos que veíamos sólo en los velatorios (mis padres, mi hermano mayor, mi hermana Alejandra ya estaban en La Plata y yo estaba a cargo de mi tía Martina, una hermosa morocha argentina, al lado de la cual, la “tía” que se inventó Graham Greene era una tonta inglesa desabrida). Ocupamos como siete filas, Catamarca y mi abuelo eran democráticos a la hora de incluir parientes. No se oyó ni un suspiro durante la primera parte y en el intervalo comentaron hasta sobre la pluma verde de los sombreros tiroleses (tanta atención habían prestado, no se trataba de ir al cine cada muerte de obispo y andar papando moscas.) Cuando terminó todos explotaron en un aplauso cálido, fue la primera vez que oí aplaudir en un cine. Mi abuelo, en plan de patriarca provinciano, nos invitó a todos a comer milanesas con papas fritas a la cantina del Club Defensores del Norte. En el camino, las mujeres mayores contaban (entre risas) que, en la escena en la que se ocultan en el cementerio, habían rezado un Ave María para que se salvaran. Normalmente la cantina tenía un par de mesas tristes al lado de la cancha de básquet, ahora las mesas ocupaban toda la cancha y hasta había gente que comía sentada en las gradas. El cantinero, un turco inmenso como una montaña, con manazas como para aplastar cráneos y un bigotazo retinto como la noche, confesó que ya le había puesto una vela a la Novicia en el altar de la Virgen en agradecimiento al inesperado repunte de su negocio.
Mi papá me llevó a ver Mi bella dama. Esta oración puede que a ustedes no les diga mucho, pero para mí en ella cabe un universo. En realidad él quería verla solo, me había explicado que no me llevaría, porque si bien era apta para todo público, trataba cosas de grandes y que me aburriría. Pero a último momento cambió de idea y me llevó. Me porté bien, porque eso se esperaba de mí, esperé al intervalo para pedir de ir al baño e hice durar toda la película la caja de maní con chocolate para que no tuviera que comprarme otra. Tuvo razón, mucho no entendí, hablaban mucho y rápido y de cosas que me costaba seguir, pero me gustó y mucho, por las canciones y los colores. Y me sorprendió que aunque era como de amor, no terminara con un beso, sino con él acomodándose en un sillón y ella en la puerta. A medida que iba creciendo, la fui viendo varias veces y la comprendía más y más. En el segundo año de la facultad, me pidieron que comparara Mi bella dama de Alan Jay Lerner con la obra de Bernard Shaw en la que se basa, Pigmalión. Y la epifanía terminó de manifestarse, descubrí en todo su esplendor la belleza y la brillantez de la poesía de Jay Lerner y la sabiduría teatral de Shaw. La tengo en video y en DVD, y si fuera rico la tendría en celuloide. Cada vez que me desaliento por el poco interés de los alumnos en aprender inglés, la veo. Me emociona y me divierte siempre. Aunque suene pedante (bien podría defenderme diciendo que lo hago para fortalecer la autoestima) me felicito por haberme esforzado en saber inglés y poder así disfrutar de esta obra tan magnífica en su idioma original.
Gigi fue la primera película que vi solo en horario nocturno. Tenía 12 años y el Cine Ocho la reestrenaba, pero sólo la daba de noche. Pedí permiso suponiendo que me lo negarían. Papá lo pensó un ratito y dijo que sí. Eso sí, cuidate, agregó. Eran tiempos anteriores a los talk shows, las revistas escandalosas y los noticieros victimarios y amarillistas, la palabra pedófilo dormía en los diccionarios, pero nos agitaban tantos fantasmas que era casi un milagro que le habláramos al chofer del micro para pedirle el boleto. Sentí como que emprendía una aventura en el corazón del Amazonas. La casualidad dictaminó que mi primer paso a la independencia tuviera que ver con un film sobre el aprendizaje de ser adulto. Gigi me encantó y me apure en volver para no preocupar más a mis padres. Cuando llegué, dormían a pata suelta. Elegí creer que fingían para que yo no supiera de su ansiedad, pero no, sólo dormían. Comí el sanguche que me dejaron y me calenté la leche. Mientras comía, quizá comprendí que comenzaba a estar por mi cuenta.
Crimen en el Expreso de Oriente se basa en una novela de Agatha Christie, por lo tanto es un “whodunit”, es decir se trata de saber quien es el culpable del crimen. No, no es el mayordomo. La Christie fue una arquitecta magistral en eso de construir tramas ingeniosas, insólitas pero plausibles. En ésta se supera a sí misma, porque el final es uno de los más originales jamás concebidos. El elenco es multiestelar. Había quedado esa moda por las películas catástrofe que llenaban con estrellas hasta los papelitos más diminutos. Como me había formado viendo películas viejas, el elenco para mí era una fiesta que me reunía con amigos de toda la vida. Había viejas glorias del cine norteamericano (Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Richard Widmark); próceres del cine inglés (Albert Finney, John Gielgud, Wendy Hiller, Rachel Roberts); un francés recordado y querido (Jean-Pierre Cassell); figuras más o menos jóvenes todavía en carrera por ese entonces (Sean Connery, Vanessa Redgrave, Anthony Perkins, Martin Balsam); y luminarias que el tiempo relegó a los repartos (Michael York, Jacqueline Bisset). La escenografía es el legendario y lujoso tren que unía Estambul con París. El director no es nada más ni nada menos que el gran Sidney Lumet, que aparte de manejarse muy bien en el policial, es un excelente director de actores. La música es hermosa y el vestuario es creativo y elegante. Y la Bergman se despacha con una actuación complicada que le valió el Óscar.
La vi solo, pero estaba enamorado y era correspondido. Después todo terminó mal, como suele ocurrir con algunos romances, pero de eso prefiero no acordarme. El amor es bueno a cualquier edad, pero ser joven y estar enamorado es una gloria incomparable que ni en la amnesia se olvida.
Film&Arts (el canal número 56 en mi cable) da Crimen en el Expreso de Oriente el martes 7 de julio a las 6:00, a las 15:00 y a las 20:00; el viernes 10 a las 17:00 y el sábado 11 a las 3:00.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Es natural que casi todos los directores sean cinéfilos irredentos. Antes de dedicarse a pensar la vida en términos de películas, aprendieron a amar el cine. Se expusieron todo lo que pudieron al titilar de la luz sobre la pantalla. Atesoraron en su memoria como a revelaciones místicas, secuencias magistrales, emblemáticos giros de guión y actuaciones destacadas.
Fernando Trueba no es la excepción, más bien todo lo contrario, un ejemplo exaltado. Se define como “adicto feroz al cine”, “rata de filmoteca.” Regocija oírlo hablar de cine. Apasionado, tira nombres y datos, pero no apabulla. Transforma su erudición en un placer contagioso.
De modo que era natural también que al presentarle Carlos López y Manuel Ángel Egea el guión de La niña de tus ojos, Trueba se entusiasmara. El guión homenajeaba por igual tanto a Ser o no ser de Ernest Lubitsch como a Casablanca de Michael Curtiz. Películas amadas hasta el delirio por los borrachos de cine (incluso por quien esto escribe.)
Trueba reelaboró el guión con su hermano David y Rafael Azcona.
(Rafael Azcona fue uno de los más grandes guionistas que hasta la fecha haya dado la historia del cine. No bien alguien le enunciara una idea, él al día siguiente tenía un guión articulado con trama, subtramas y una galería de personajes inolvidables. Escuchaba con atención a los directores y les servía el mejor guión posible en bandeja de plata. Para mí, el nombre de Rafael Azcona es un imán irresistible, como los colores del equipo lo son para el hincha de fútbol. Trabajó incansablemente, y los proyectos en los que participó son cientos. No los vi a todos, gracias a Dios. Agradezco porque este hecho alienta la presunción de que aún soy joven, de que todavía tengo cosas por descubrir. A esta edad, esa creencia es siempre bienvenida. No todas las películas en las que trabajó son memorables, pero siempre se sale de sus guiones con una recompensa. Aprendí más de sus guiones cómo escribir “dramáticamente”, es decir en términos de conflicto, tanto para el cine como para el teatro, que de las clases magistrales a las que asistí. A Azcona le bastaba un detalle para pasar al primer plano un personaje de dos líneas e integrarlo insustituiblemente a la trama. Nada ni nadie debía ser superfluo o accidental. Todo debía contribuir a lo que se estaba contando. Perdón por la digresión, pero le debía al gran maestro Azcona este pequeño reconocimiento.)
Con La niña de tus ojos estamos en España en 1938. Como los estudios de filmación están en territorios tomados por los republicanos, una producción falangista decide aceptar la invitación del ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, para filmar esta españolísima película en Berlín, en dos versiones, una hablada en castellano y otra en alemán.
Por delirante que esta situación inicial pueda parecer (¿recrear en Alemania el pintoresquismo andaluz?, ¿completar el elenco con actores que se parecen tanto a los españoles como a los zulúes?), se basa en circunstancias reales. Florián Rey y Benito Perojo dirigieron en 1938 y 1939 a Imperio Argentina (Carmen, la de Triana, La canción de Aixa) y Estrellita Castro (Suspiros de España, El barbero de Sevilla) en películas folclóricas, de las que se realizó una versión alemana.
Estos españoles de La niña de tus ojos llegarán en la tristemente célebre “noche de los cristales rotos.” Y no les cuento más para no arruinarles el convite.
El homenaje a Ser o no ser y a Casablanca es obvio y fue reconocido por sus creadores. Y aunque nadie lo haya dicho, yo creo que los inspiraba también las numerosas anécdotas que se recuerdan de la filmación de Les enfants du paradis. Esta deliciosa, bellísima y sensible película de Marcel Carné se filmó en Vichy, Niza y París durante los dos últimos años de ocupación nazi en Francia. El primer productor tuvo que renunciar por tener, debido a un antepasado, “gotas de sangre judía”. El director de arte y el compositor tuvieron que pedir nombres prestados, porque ellos sí eran judíos y no podían trabajar (en Vichy, los judíos no eran deportados, pero no podían trabajar.) El representante de Goebbels los obligaba a poner como extras a franceses simpatizantes de los nazis. Carné violaba esta norma todo lo que podía y se defendía usando los argumentos más bizarros. Cuando no pudo hacerlo más, contrarrestó contratando a integrantes de la resistencia que durante el día tenían que bajar el perfil, ocultándose entre la multitud. Uno de los actores secundarios, activo colaboracionista, tuvo que huir ya que lo amenazó la resistencia. Irónicamente cuando llegó a campo alemán, lo fusilaron por desertor. Lo reemplazaron y tuvieron que prescindir de las escenas ya filmadas, sin embargo en el metraje final, se lo ve brevemente merodeando a la protagonista. Un cabecilla de la resistencia, gracias a sus conocimientos de los secretos del set de filmación, pudo huir entre el laberinto de decorados cuando los alemanes lo vinieron a buscar para fusilarlo, En la escena del banquete, los extras, hambreados por el racionamiento, dieron cuenta de los manjares antes de que se encendiera la cámara. Carné filmó la escena de todos modos, la mesa lucía menos pródiga, pero al menos ahora los invitados tenían mejor cara y parecían disfrutar de la fiesta. La primera actriz, Arletty, que había sido amante de un jerarca nazi al comienzo de la ocupación, en algún momento de la filmación, se vio obligada a enunciar una frase que la sobreviviría: Mi corazón es francés, pero mi vagina es internacional. En Niza, un vendaval casi destruye la escenografía que recreaba el Bulevar del Crimen, la calle de los teatros populares de París a principios del siglo XIX. Como no había plata para construir otra, tuvo que ser desenterrada del barro. Obviamente no recuerdo la cantidad de hombres y de horas de trabajo que se necesitaron, pero fue toda una proeza. El rodaje terminó en sótanos de París, cuando ya los aliados se acercaban y la resistencia combatía a los alemanes en plena calle. Lo curioso es que no hay absolutamente nada en la película que delate las tumultuosas circunstancias en que fue filmada. Yo la vi, durante la dictadura, en un ciclo de cine francés que daban en el salón de actos del María Auxiliadora. Dieron las dos largas partes en que está dividida en dos sábados consecutivos. El segundo sábado, el presentador, con buen tino, nos pidió que no nos retiráramos cuando terminara. Así lo hicimos y fue entonces cuando nos contó lo que acabo de referir. No lo podíamos creer. Sólo habíamos visto una bellísima historia de amor, que es también un homenaje al teatro. Les enfants du paradis fue en ejemplo cabal de la tenacidad de los artistas, empeñados en embellecer el mundo aunque éste se cayera en pedazos.
A La niña de tus ojos no se la conoce mucho. Tuvo en la Argentina un éxito discreto. No resistió al habitual bombardeo de estúpidas superproducciones yanquis. El cable la exhibió fugazmente. Y resiste en la memoria de los que la amamos.
Este domingo en que la rutina mediática de los días de votación se cumplirá a rajatabla: habrá móviles en los lugares donde votan candidatos y famosos; los candidatos lucirán seguros y cancheros; Susana Giménez será amable, pero renuente a hablar de nada, ni de su programa; Mirtha Legrand con elegante tailleur gris, sombrero y anteojos negros y enjoyada como reina pirata, dirá que se engalanó así porque para ella votar es una fiesta de la democracia y se quejará del mal estado de la escuela en que le tocó votar; se nos informará si los candidatos cumplieron o no sus cábalas de los días de votación; habrá flashes informando que en algunas escuelas, por ausencia de las autoridades de mesa, se comenzó a votar a las 11, pero que no se postergará el cierre del comicio; a las 7, todas las cadenas mostrarán resultados a boca de urna y jurarán que esas tendencias se confirmarán, aunque después de una pausa, con la misma cara de piedra, informen lo contrario; habrá notas desde los distintos búnkeres políticos y todos dirán que hicieron una votación excelente y que ganarán la elección, después se llamarán a silencio y no atenderán ni a la madre; a las 10 comenzarán a conocerse los datos oficiales, es como si los políticos necesitasen un tiempo psicológico de 3 0 4 horas para asimilar los resultados; a las 11, hablarán los candidatos, los ganadores, aplacadas las exuberancias triunfalistas, se mostrarán ufanos y serenos; los perdedores insistirán con que hicieron una buena elección y que son los triunfadores morales porque tuvieron que enfrentarse al aparato demoledor, político o publicitario, del opositor, etc. Todo muy previsible y aburrido como una mala película hollywoodense.
Ideal para ir al club de DVD y alquilarse una película por la que nadie se peleará. Vendrá bien para tomarse un recreo de la chatura mediática mientras se conocen los resultados finales de la votación. La niña de tus ojos merece conocerse. Es una comedia dramática muy buena.
Un abrazo
Gustavo Monteros
Mike Leigh, como se decía también de Ingmar Bergman, es un dramaturgo cinematográfico. No sólo escribe con la cámara y el guión sino también con los actores y la puesta en escena. Aunque sus films son fuertemente cinematográficos, tienen la profundidad y la concentración de una buena obra de teatro.
Como si viviera en la Argentina, sabe que la realidad es compleja y para nada unívoca. Se aleja como de la peste de los fundamentalismos maniqueos de los yanquis. Nada es bueno o malo, ni siquiera verdadero o falso; la realidad es una amalgama de heroicidades, miserias, generosidades y canalladas. La Biblia y el calefón, como quien dice.
Ejemplifiquemos su visión con uno de sus films: El secreto de Vera Drake. Vera es una mujer buena, noble y generosa como pocas, pero lleva una doble vida, hace abortos clandestinos. Cuando la descubren y la apresan, dice: yo sólo quería ayudar. Mike Leigh no la juzga, no la castiga, no la premia ni la justifica. Sólo la muestra lo más detallada y profundamente posible. Uno sale del cine no con una opinión, sino con un mundo a dilucidar. Alguien que ama tanto la vida, ¿puede hacer abortos? Si para ella no hay contradicción, ¿por qué el secreto?
Como buen artista, plantea preguntas. Pero nunca simplistas, esquemáticas o tramposamente orientadoras.
Como buen humanista, la esperanza no le es ajena.
Con La felicidad trae suerte parece haberse metido en camisa de once varas. Descubrió que el optimismo tiene muy mala prensa. Los reportajes eran casi una interpelación y lo acusaban prácticamente de haberse pasado de rosca con la fluoxetina o de haberse fumado un cigarro de yerba mate sabor pomelo en ayunas. Todo por proponer al buen humor como una alternativa de vida. ¿¡Cómo un intelectual podía ser tan poco serio?! Parece que sólo una visión negativa de la vida es lo políticamente correcto.
No hay nada peor que los lugares comunes que se asumen como verdades reveladas. Es como si el undécimo mandamiento fuese: Tendrás una visión nihilista de la vida o no serás nada. Como si la alegría sólo fuera patrimonio de los brasileros bailadores de samba. Opinar que el mundo merece el exterminio inmediato está bien, tener esperanza es de religioso petardista, y ser alegre es de descerebrado trasnochado. Los prejuicios no tienen límites y la estupidez parece congénita.
En un mundo rotulador, ser un intelectual comprometido y alegre es una abominación, una contradicción en términos insalvable. Pobre Mike Leigh, los que lo conocemos, nunca lo consideraríamos un tarambana alegre.
Aventuré estas reflexiones antes de ver la película. Confieso que comencé a verla con temor. Ya antes había hecho films luminosos (Life is sweet, Career girls) y no había desatado tanto enojo. ¿Acaso su cerebro se había reblandecido y se había convertido en un viejo gagá?
Conforme el film avanzaba, me tranquilicé. Era el Mike de siempre.
Poppy es una maestra de primer grado y tiene la desagradable costumbre de algunas docentes de niños de abusar de los diminutivos y de la jerga infantil. (Los subtítulos no lo registran, pero juro que es así.) Ser alegre está en su naturaleza. El delicioso personaje de viejo huraño, malhumorado, gruñón, andropáusico que hacía Walter Matthau la ahogaría con el primer almohadón a mano. Y durante los primeros 20 minutos, uno se pregunta si no tendría razón. Es alegre como un cascabelito. Pero uno que suena todo el tiempo. La alegría se asocia con la levedad, con la superficialidad. Sin embargo, en el entorno de Poppy nada es leve y superficial.
Puede que Poppy sea alegre, optimista, dicharachera, feliz, un poco insoportable a veces, pero no es ninguna tarada como lo demuestra sobre el final.
Como en todas las películas de Mike Leigh, los actores son maravillosos. Y los personajes están tan bien definidos que se podrían escribir tesis sobre ellos.
El mundo es una mierda, parece decir Mike Leigh. Hay guerra, hambre, miseria, codicia, enfermedad, injusticia, etc. Que habría que cambiarlo, no hay quien lo niegue. ¿Quién está más cerca de cambiarlo? ¿El que con amargura lo acepta y lo soporta? O ¿el que con una sonrisa procura que todos a su alrededor, en su pequeño lugar del mundo, sean felices?
Y sí, la alegría no estimula el morbo de nadie. Cuando le preguntamos a alguien cómo está, esperamos que nos cuente problemas. Si más de dos veces, nos contesta que está bien, asentimos y pensamos: Este boludo es tan superficial que nunca le pasa nada. Craso error, nada debe de ser tan difícil como procurar estar bien, y permanecer bien.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Richard Jenkins es un nombre que no nos dice nada, pero su cara nos informa que lo vimos muchas veces en decenas de películas. Pertenece a la liga de excelentes actores secundarios que fortalecen y dignifican los proyectos en los que participan.
¿Qué es lo que lleva a un buen actor a ser protagonista o actor de reparto? La personalidad, quizá. El protagonista es el que se anima a pararse en la luz, el que tiene el coraje de mostrarse más, el que acepta cargarse un proyecto sobre los hombros y llevarlo a buen puerto o estrellarlo contra las rocas. Tiene más para ganar, pero también mucho que perder.
En el reportaje público de Inside the actor’s studio, James Lipton le preguntó a Lee Grant por qué nunca se había atrevido a ser protagonista, ella le contestó que por temor a perder el cariño del público. A los actores de reparto, aclaró, el público los quiere siempre y nunca les da la espalda. A los protagonistas se los quiere con intensidad una temporada, continuó, y se los rechaza con igual ímpetu a la siguiente.
Es verdad, los protagonistas no tienen carreras estables, pasan por ciclos. Hay momentos en el que el público se cansa de ellos y deben reinventarse para seguir contando con el favor popular. Robert De Niro y Meryl Streep probaron con la comedia cuando el público se cansó de verlos sufrir. Goldie Hawn se refugió en el policial y el drama cuando el público se fatigó de su impronta cómica.
Mientras esto pasaba, los eternos secundarios, caras que nos son familiares, nombres que no recordamos nunca, siguieron trabajando sin conocer jamás el rechazo ni la crítica lapidaria.
El actor de reparto, alejado de las presiones de ser permanentemente exitosos, debe tener un temperamento estable, amable, paciente. No le están permitidos los desplantes, las rabietas, los divismos. Como lo aclara la palabra que lo designa en inglés, debe ser “supporting”, debe apoyar, respaldar, ser solidario con las figuras que convocan al público, los cortaboletos como se les dice ahora.
Como en cualquier otra actividad de la vida, están los que se atreven a ser líderes, los que saben que sus decisiones serán cuestionadas, criticadas, vilipendiadas, y se sienten con autoridad para defender y afrontar las consecuencias de lo que deciden. Y están los que prefieren el perfil bajo, la tranquilidad de no tomar decisiones ni afrontar críticas, los que disfrutan de separar el trabajo de su vida privada, los que llegan a su hogar ligeros de equipaje.
Ser o no ser protagonistas, ésa no es la cuestión. Quizá sólo se trate de aceptar lo que es afín a nuestra personalidad, nuestras apetencias, nuestra comodidad.
Richard Jenkins es un actor de reparto de raza. Se sorprendió gratamente cuando lo eligieron de protagonista, pero lo vivió como una excepción, como un regalo. En los reportajes previos al estreno de la película decía que aunque el film tuviera éxito, no creía que su protagonismo fuera a repetirse. Es decir que no haría nada para continuar en esa situación. Nominado al Oscar como actor protagónico por esta labor, se lo veía incómodo, fuera de lugar en la ceremonia. Los Brad Pitt, los Sean Penn, los Mickey Rourke, los Frank Langella estaban en su elemento. Él, como el actor que hacía Robin Williams en Los problemas de Harry de Woody Allen, estaba fuera de foco. No estaba entre los favoritos y no ganó. Los otros perdedores mostraban fastidio, a él se lo veía aliviado. De haber ganado, su carrera tendría que dar un vuelco que parecía no estar dispuesto a considerar. Parece que no está en su naturaleza ser protagonista.
Ironía suprema, en su primer protagónico le pidieron lo que hace mejor: no hacerse notar. (Convengamos que el protagonismo generalmente involucra la exhibición de la mayor cantidad de virtudes que se tengan a disposición.) Como su personaje es un hombre gris, triste, un muerto en vida, su contención y sutileza venían como anillo al dedo. Revivirá, claro, porque el film es una variación del eterno tema del intruso. La irrupción de la “visita inesperada”, su entorno y sus circunstancias le sacudirán el letargo, la monotonía y la indiferencia.
El film de Thomas McCarthy bordea los lugares comunes de las historias Hollywoodenses de la “segunda oportunidad”, pero no cae en ninguno de ellos, siempre pega un volantazo que lo salva del almíbar y la ñoñería.
Más allá de la manipulación lícita de nuestras emociones (perdón, cometí un Perogrullo, todo arte es manipulación), el film luce honesto y sincero.
Y es profundamente entrañable porque pone en primer plano lo que de mejor tenemos los humanos: la solidaridad.
A Jenkins el protagónico ya le reportó dividendos. Puede elegir proyectos en vez de ordenarle a su agente que acepte lo primero que le propongan. Y se dio el gusto de trabajar con Johnny Depp, a quien admira (¿quién no?)
No sé si finalmente se parará en la luz o seguirá al costado del cuadro. Como en este film aprendí a quererlo, le deseo lo mejor que uno puede desearle a quien se quiere: que haga lo que quiera, que sea lo que quiere ser. Yo, desde mi butaca, lo apoyaré.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Teresa Costantini es una mujer rica y responde a los mandatos sociales de su clase. De allí que sea perfectamente natural que la obsedan las sufridas heroínas acaudaladas y de abolengo. Confesó que le hubiera encantado que la Bemberg la eligiera para protagonizar Camila; y que la asombra que, a pesar de los numerosos proyectos, Madame Lynch (la amante del paraguayo Solano Lopez) no haya llegado al cine todavía.
(Durante años, Isabel Sarli, seducida por el personaje, leía todo lo que caía en sus manos sobre Madame Lynch, pero Armando se le reía y le decía: Coca, la gente te quiere ver desnuda, no en miriñaque. Una pena, son siempre interesantísimos los proyectos “artísticos” de los fenómenos “comerciales.”)
Volviendo a la Costantini, ocupado el casillero de Camila O’Gorman, y difícil de llenar el de Madame Lynch (la dama tuvo una vida llena de peripecias, tanto personales como políticas), le quedaba la Felicitas Guerrero, que ya se anduvo paseando por cuentos, novelas y hasta un ballet, y esperaba ansiosa una versión cinematográfica.
Estos proyectos son ideales para jugar a ser Visconti y demostrar un conocimiento exquisito de telas, muebles y objetos de arte, que evidencian a la vez la pertenencia al selecto grupo de los very few. El problema es darle textura a la historia y que no quede como la transposición “paqueta” de las novelas románticas de supermercado. (Ésas en las que la protagonista trémula se enfrenta inerme en el frío corredor del castillo a los impetuosos deseos del hombre fuerte, alto, moreno, musculoso, que la conmina con sus ojos de esmeralda a que no resista más la urgencia que la carcome. Ella se niega una vez más, pero el brazo poderoso ciñe su frágil talle y la arrastra hasta ese pecho varonil en el que el corazón late desbocado. Él acerca sus labios carnosos y ella siente que se pierde en un marasmo de ardores. Ya no puede resistir más, ahoga un grito de placer y muerde más que besa esos labios ávidos que hace meses la desvelan. En un último gesto de resistencia, se prende a sus cabellos para alejarlo, pero no hace más que unirlo a ella. Comprende al fin que todo es inútil, que su destino es entregarse a él, para bien o para mal, ante Dios o en el mismo infierno. Perdida ya toda vergüenza, todo pudor, se deja arrastrar, devorar. Ya no piensa, siente. Y se funde en el fuego abrasador de su lujuria que la arrolla, la transporta. Su masculinidad se yergue enhiesta y ella cede, cede, etc.
Perdón por la digresión. Es que después de esperar casi dos horas en vano que me den un poco de romanticismo, me dio un ataque agudo de parodia. ¿Cuál era la pregunta? Ah, sí, ¿si el film quedó como una transposición “paqueta” de las novelas románticas de supermercado? Más o menos. Visualmente no llega a la cursilería anodina del cine publicitario, pero tampoco tiene entidad o personalidad propia, se queda en lo “bonito”.
Los problemas son muchos y otros. El guión está verde, le faltan un par de reescrituras para madurar; la dirección es dubitativa, no elige punto de vista y no sabe muy bien qué contar; las actuaciones (dejo de lado por ahora la parejita central) van de lo correcto (Brandoni, Awada, Alfonzo) a lo bueno (Ana Celentano, Antonella Acosta), nadie se anota para merecer un premio; la música de Nico Muhly no llega a ser tan insoportable como la de El lector, pero anda cerca, (pregunta: habiendo tanto compositor excelente en la Argentina, ¿hay que contratar un cuatro de copas de afuera al que hay que pagarle en dólares?). Lo mejor es la dirección de arte, si les divierte la idea de pasar dos horas viendo muebles y telas suntuosas: ésta es su película. Si no es así, les parecerá eterna como los laureles.
No llega a ser un bodrio certificado, hay aciertos parciales (los puntos suspensivos con los que se informa la viudez), aunque también hay bochornos (las escenas de guerra asustan por la torpeza y la impericia). Pero esos aciertos parecen deberse más a la casualidad que al método.
La historia es conocida, un crimen pasional en la clase alta. Un gran escándalo en su momento, porque se daba en una clase en la que, por educación y contexto, hay mucho dominio de emociones. La desmesura se asociaba y se asocia con clases más bajas. Todo crimen pasional es buen material para una película. Basta con indagar las causas, observar bien el contexto y recrear las obsesiones. Éste era doblemente interesante porque era significante la importancia que le daban al dinero. En el fondo, es una tragedia más económica que romántica. Los que quedan vivos están más interesados en reclamar herencias que en andar llorando.
Pero ni el enredo amoroso ni el desvelo por el dinero tienen aquí peso. Todo es bastante leve y tonto. El amor que se describe es tan romántico como una botella de lavandina; la pasión tiene el ímpetu de un turno de telo, no dura más; y el dinero es sólo un dato que se menciona culposamente al pasar, aun cuando es la sangre de estos nombres patricios.
Todo bien si la Costantini, por culpa o por no desafiar a su clase, no muestra el olor a bosta que hay debajo del perfume francés (la Bemberg en Camila patentizaba bien la hipocresía y la doble moral de los ricos, claro que aparte de plata tenía talento), pero y ¿el romance?
Poco ayuda la errónea elección de protagonistas. Sabrina Garciarena y Gonzalo Heredia son muy bonitos, pero parecen haber perdido varias clases del curso de actuación al que asistían. En especial en las que hablaban de manejo de personajes, intenciones dramáticas y comprensión de textos. Lloran mucho y con eso creen que manejan emociones. Llorar y no darle intención o contexto dramático al llanto es sólo un ejercicio de lagrimales.
Aunque pareciera, no les tengo envidia a los ricos. Salvo quizá los martes a la mañana, cuando tengo que levantarme a las seis para darle clase a una banda de adolescentes tan interesados en aprender inglés como en nadar en el pantano de los cocodrilos. Lo que extraño es cuando los ricos producían cine o patrocinaban políticos. Ya no les interesa ser mecenas, ahora quieren ser protagonistas. El 28 veremos si el electorado compra a De Narváez, que se vende a puro slogan como si fuera un nuevo yogur. Bah, total, si ya compraron a Macri. Va a estar lindo Buenos Aires, decía. Con la salud y la educación devastadas, no está nada lindo Buenos Aires. Cuatro canteros con flores en Palermo y unos suculentos negocios que engordan las arcas privadas no bastan para ponerla “linda”. En cuanto a la Costantini, ya que se pagó una película, que se pague también unas críticas. Va a ser la única forma de disimular una mediocridad tan flagrante.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
¡Por fin Chabrol y Depardieu juntos! El slogan de este film bien podría ser: Dos potencias del cine francés se saludan. Durante años planearon hacer una película juntos, pero coincidir en proyectos y esquemas laborales les resultó complicado. Gerard Depardieu es uno de los actores más prolíficos del cine. Claude Chabrol, para nuestro beneplácito, nos entrega un nuevo film todos los años. Por suerte, un día se pusieron firmes, et voilà.
Chabrol eligió para Depardieu un personaje y un argumento de Simenon, pero, travieso y juguetón, transformó a Depardieu en su alter ego, pidiéndole que corporice aspectos de su personalidad y comportamiento.
Y así Bellamy es un oso sabio, mórbido, sensual, romántico, celoso, egoísta, amigo de la buena mesa; respira y camina con dificultad, dormita cuando hace palabras cruzadas o ve televisión, está a un paso del alcoholismo y tiene mucha suerte.
Bellamy, un inspector de policía, está pasando sus vacaciones en la campiña francesa y acepta un caso para no llevar a su mujer en un crucero porque odia viajar. El caso, en realidad, es su segunda excusa; antes se había asegurado la visita de su problemático hermano.
Es un film profundo y maravilloso, estructurado en su mayor parte en base a escenas con no más de tres personajes por vez. En una primera lectura, los vericuetos del caso reflejarán los conflictos de Bellamy con su mujer y su hermano.
Es un film que exige que estemos descansados y atentos. Cuántos más detalles podamos percibir, mayor será nuestra recompensa al final. Porque cuando el film termine, habrá una hermosa cita de Auden que desatará un laberinto de espejos, abrirá un juego de cajas chinas; lo resignificará todo.
Simenon y Chabrol comparten un interés morboso más por los personajes que por la trama. Ésta cerrará con todos los moños en su lugar, pero lo importante será desnudar comportamientos, revelar contradicciones.
Los homenajes son un reconocimiento, pero fundamentalmente son un agradecimiento. Hay tanta ecuanimidad y amor en este film que Chabrol se permitió unos cuantos homenajes. Hay uno explícito, el film está dedicado “a los dos Georges” (Simenon y Brassens), pero el título (como se lo señalara un entrevistador) es un transparente juego de palabras con Bel Ami, la novela de Maupassant que alguna vez adaptara Chabrol. Se recuerda también a Tchaicovsky, hombre torturado y inclinado a la autodestrucción como algún que otro personaje que anda por aquí. Y claro, la autocelabración de poder seguir ejerciendo su arte y la alegría de al fin contar con Depardieu.
Los aspectos técnicos son impecables y luminosos. Todos y cada uno de los actores están maravillosos. Los que a veces esperamos que el cine nos dé algo más que entretenimiento quedaremos felices.
En resumen, lo más cercano a la genialidad que se haya visto este año.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Prefiero las librerías de viejo a las que venden libros nuevos. En las librerías comunes no hay magia. Uno halla lo que se publica hoy y se publicita en las páginas literarias de los diarios. Las librerías de viejo, en cambio, son misteriosas, azarosas, sorprendentes. Uno se para ante las bateas y no sabe qué libro aparecerá detrás del que estamos barajando. Uno puede encontrar el libro aquel que leyó, amó y perdió, en la misma edición que uno tuvo. O aquel libro que uno siempre quiso leer y dejó pasar y que hoy está fuera de imprenta. O mejor aún, aquel libro que uno desconocía que existiera o del que hay una fugaz mención en un doblez de la memoria.
Internet, a veces, se parece a una librería de viejo. Uno de mis tesoros es un portal turco con links para bajar películas. Los títulos, por suerte, están en inglés. Como casi en todos lados están los estrenos, pero también films antidiluvianos. Entré buscando La millonaria, la vieja película sobre la obra de Bernard Shaw con Sophia Loren y Peter Sellers. Quería compararla con una puesta del National Theatre que había visto con la inmensa Maggie Smith. Mientras buscaba, me choco con Funny dirty little war. El título me sonaba, pero no había más información que el año de producción: 1982. Seguí persiguiendo a La millonaria, intrigado, ¿de dónde me sonaba ese título. Volví atrás para guardar los links y descubrí que era el título con el que se había conocido No habrá más penas ni olvido en Inglaterra y USA. Me puse a bajarla, cuando la descomprimí, allí estaba, con un bloc de notas con los subtítulos en inglés.
En 1982, cuando era inminente el advenimiento de la democracia, Héctor Olivera filmó la versión cinematográfica de la novela de Osvaldo Soriano (mi favorita de las suyas, Triste, solitario y final y Cuarteles de invierno me gustan mucho, pero no tanto como ésta.) El film se estrenó el 22 de septiembre del 83, un mes y monedas antes de que votáramos a Alfonsín. Eran días de alegría. La cultura nunca fue más alegre que durante el fin de la dictadura y en la primavera alfonsinista. Se acababa la censura, el oscurantismo, la idiotez represora. Se podía respirar con libertad otra vez.
Me puse a verla, expectante, porque no había planeado verla y porque quería ver qué pasaba cuando la confrontaba con mis recuerdos. Hacía más de quince años que no la veía. Me llenaba de felicidad reencontrármela. Así, inesperadamente.
Transcurre en 1974, en un pueblo ficticio de la provincia de Buenos Aires y refleja el enfrentamiento de las facciones extremas del peronismo. De un lado, la derecha; del otro, la izquierda; en el medio los peronistas “inocentes”, los que creen estar todavía en el 45 defendiendo al general de los “gorilas”. La trama se nutre del amor de Soriano al cine sonoro norteamericano; hay mucho de western, de comedia lunática y de policial, atravesado por eso tan nuestro del fatalismo tanguero y la chantada consuetudinaria. Y es tanto una farsa como un grotesco o una tragedia. Se nota nuestra filiación española e italiana. Somos nosotros, pero también nuestros ancestros. Ratifica que para el humor no hay temas prohibidos. Sólo se trata de encontrar el punto de abordaje.
El film, ganador del Oso de Plata del Festival de Berlín, mantiene su frescura y su mordacidad. Es acción pura, no hay datos sobre los personajes, no son necesarios, los definen sus actos, los reconocemos de inmediato, siguen estando entre nosotros. Hay tal precisión en la trama y en los personajes, que sólo bastan 80 minutos para contar implacablemente un pedazo de nuestra historia. Sólo la musicalización original suena un poco antigua, muy ochentona; no el valsecito zumbón que acompaña las secuencias del avión, ése será eterno como los laureles.
Nos reencontramos con actores que se fueron de gira al cielo: Ulises Dumont, Arturo Maly, Lautaro Murúa, Emilio Vidal, Tacholas, Julio de Grazia. Otros, por suerte, nos siguen deparando emoción y risas: Luppi, Ranni, Bidonde, Laplace, Rizzo, Contreras, Salo Pasik, Graciela Dufau.
Y le dedico un renglón aparte a Miguel Ángel Solá, por eso tan latinoamericano de los exilios. Se fue desesperado por nuestra eterna incapacidad a aprender de nuestros errores. Comprendo que se haya ido, sé lo que le costó tomar esa decisión, pero eso no me hace extrañarlo menos. Que nuestro medio haya perdido a un artista tan inmenso me desconsuela. Aquí está inolvidable en su borracho Juan. Verlo actuar es una gloria, una celebración de nuestra humanidad.
A los méritos de la novela se suma el lujo de que en la adaptación y guión, junto al director, haya participado Roberto Cossa, nuestro dramaturgo máximo.
Después de verla, me preparé un café y me puse a pensar por qué el webmaster del portal turco la calificaba de imperdible. No tardé en tropezar con la respuesta. Las circunstancias son irremediablemente nuestras, sólo nosotros podemos abarcarlas en su totalidad, pero hay algo inherente al hecho de ser humano. Los prejuicios, las diferencias ideológicas y el hambre de poder fueron, son y serán las excusas favoritas de los hombres para desatar la belicosidad y el ímpetu asesino. Pero si la guerra es la estupidez del hombre, son también reveladores los roles que Soriano, Cossa, Olivera le asignan a las mujeres ante esta estupidez. El personaje de María Socas participa activamente de las acciones de sus compañeros, el de Graciela Dufau quizá no tuvo el hijo que Luppi reclama para que no se lo mate en la guerra, y las dos vecinas (descerebradas o quizá todo lo contrario) saludan contentas a quien sea que vaya ganando.
Cuando volví a entrar a mi portal turco descubrí que, vaya uno a saber por qué, había expirado. Una de mis fuentes de placeres “truchos” se había agotado. Sonreí, se había despedido devolviéndome una muy buena película argentina. Salud.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Beatrix Potter (1866-1943) fue una autora e ilustradora de libros para chicos. En Inglaterra es toda una institución en el ámbito de la literatura infantil. Sus obras fueron llevadas al cine, al teatro y hasta al ballet.
Miss Potter nos cuenta algunos años de su vida: los entretelones de la publicación de su primer libro, su situación familiar y su primer gran amor.
Más allá de sus primores formales en fotografía, música, ambientación, vestuario y reconstrucción de época, es una película de actores. El guión descansa enteramente en la magia que los actores puedan conjurar.
Renée Zellweger, como acostumbra, se carga la película sobre los hombros y la defiende a ultranza. Impone su magnetismo estelar en todo momento, y a uno no le queda más remedio que adorarla o quererla matar sumergiéndola en ácido. La chica no admite medias tintas.
Ewan McGregor se saca otro Excelente 10 Felicitado con otra caracterización impecable. Emily Watson, Phyllida Law, Barbara Flyn y Bill Paterson ratifican que los actores ingleses son campeones en hacerse notar en personajes menores sin levantar una ceja de más. El arte y el oficio se amalgaman y el resultado es magistral.
Confieso que cuando la estrenaron en el cine, me negué a verla porque pensé que se trataba de otra tonta biografía de una protoheroína del feminismo. Esas películas con sufridas mujeres sometidas o subyugadas al poder masculino, que pagan con un destino aciago su libertad o independencia, me aburren soberanamente porque son pedagógicas, militantes y manipuladoras. Para colmo son los vehículos de lucimiento favoritos de las actrices. Les permiten ser buenas, abnegadas, sacrificadas y llorar mucho. Por temor a perder la categoría estelar, buscan ser amadas por el público a toda costa. Hoy en día, salvo Meryl Streep (El diablo viste a la moda, La duda) nadie tiene el coraje de hacer personajes odiosos. Ya ninguna quiere ser Bette Davis, todas quieren ser Ingrid Bergman.
Además, por culpa de una profesora de inglés, Beatrix Potter como autora me cae tan simpática como un ideólogo nazi. En mi adolescencia, Miss Laura me obligó a leer un libro de la Potter del que odié cada sílaba. En esa edad de hormonas insurgentes y granos purulentos, yo estaba más propenso a las aventuras eróticas de El amante de Lady Chatterly o al Kamasutra, que a conejitos, ranitas y patitos. Deseé que los pasaran por la cacerola y los sirvieran con una buena salsa.
Como ven, mi predisposición al film no era favorable. Pero era concentrarme y verla o hacer media hora de zapping hasta que llegaran las “gracias” de Tinelli. Hacer media hora de zapping continuo provoca neurosis incurable y las “gracias” de Tinelli no son precisamente imperdibles. Es más, es imposible perdérselas. Al día siguiente están en cadena nacional, a intervalos de 10 minutos, durante toda la programación. Así que suspiré y comencé a ver esta “peliculita”.
Renée Zellweger me cae bien, pero estoy a un mohín de su naricita, a un puchero de su boquita de que la ahorque… lentamente. Le gusta hacer personajes ingleses en Inglaterra (después de todo, fue un personaje inglés en Inglaterra el que la hizo una superestrella: El diario de Bridget Jones) y no cruzaba mi línea límite de mohines y pucheros. Había buenos apuntes de la rígida sociedad inglesa de la época y era interesante el contrapunto de personalidades entre Beatrix y su madre.
Y comenzó la historia de amor y entré como un caballo. Hay buena química entre Renée e Ewan McGregor, y lo que hacían era muy conmovedor. Ewan, como galán, parece seguir los pasos de Hugh Grant. A pesar de los desplantes, manías, fobias, caprichos y antipatías de las actrices con las que le tocó hacer pareja, Hugh Grant se las ingenió para crear química con ellas. Puede que en el set las odiara y quisiera atropellarlas con el auto, pero en la pantalla las amó con devoción y dulzura. (Hay reveladoras anécdotas de dichas damas que le hubieran quitado la paciencia a un santo.)
Ustedes dirán, no hay mucho mérito en eso, no hace sino cumplir con su trabajo. Sí, es verdad. Desde que los griegos inventaron el teatro, hay un decreto actoral inapelable que dice que el galán debe amar a su heroína. Pero el galán no es sino otro pobre ser humano y hay actrices que de tan inseguras o mimadas inventan nuevos matices al adjetivo “insoportable.”
De allí que muchos aman a reglamento. Ponen cara 2, sonrisa 4, suspiro 1, cejas 5 y esperan que el público “compre”. Pero Ewan no se rinde y nos devuelve el precio de la entrada o el tiempo que invertimos en ver sus películas.
En resumen, Miss Potter, dirigida por Chris Noonan (el australiano de Babe, el chanchito valiente) es una buena película. El guión de Richard Maltby Jr. es paradigmático, ya que trabaja los conflictos “cinematográficamente” por implicancia, en vez de “vociferarlos” como en el teatro. En su estreno, esta película fue maltratada por la crítica e ignorada por el público. Simplemente porque tuvo la desgracia de ser presentada en un momento en el que nadie quería ver este tipo de película. Pero hoy en día, los films, como los gatos, tienen varias vidas (el DVD, la Internet, el cable, etc.) y pueden ser redescubiertos y considerados por su valía. Miss Potter ahora se pasea por el cable. La está dando Cinecanal. La próxima repetición es el sábado 6 de junio a las 20:15. Agéndenla, pasarán un buen momento.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Dan Brown, mediocre autor de literatura de supermercado o de aeropuerto (llamada así porque no persigue otro fin que mitigar insomnios o evadir el pánico del vuelo) ni en sus sueños más salvajes supuso que se convertiría en multimillonario.
Como diría Discépolo, la suerte lo es todo, para un lado o para el otro. Le bastó apropiarse de las especulaciones alternativas a la versión oficial de la Iglesia sobre el inicio del cristianismo (que antropólogos, sociólogos, lingüistas y filósofos venían manejando por más de 30 años sin levantar ninguna polvareda), para vender libros como panes.
Es que el azar determinó que las mencionara en el momento en que literalmente todo el mundo quería entretenerse con esas especulaciones.
El Código Da Vinci era la segunda novela protagoniza por el semiólogo Robert Langdon. Ángeles y Demonios, que la precedió llega ahora al cine como una secuela, con el mismo tándem creativo de la anterior, el actor Tom Hanks y el director Ron Howard.
Es una verdad de Perogrullo, pero la novela y el cine son medios expresivos completamente distintos. Pueden coincidir en algunos aspectos, pero tienen herramientas y necesidades diferentes. A una novela por más “cinematográfica” que sea le sobrevendrán cambios cuando se la lleve al cine. Según el eje narrativo elegido, desaparecerán subtramas, personajes, habrá cambios de circunstancias, de motivaciones, etc.
Esto pasa simplemente porque, lo que es creíble en el papel, puede no serlo cuando se lo corporiza y se lo pasa a la acción. Además, los trucos del “turn pager” (que nos hacen leer de un tirón, ansiosos de llegar al final, dando vueltas páginas y páginas) no son los mismos que usa el cine para crear suspenso. En una novela, el suspenso se crea por una sucesión de hechos que trabajan por acumulación, con o sin progresión dramática. En cine, la progresión dramática es esencial para crear el suspenso.
Esto viene a cuento, porque autores que vendieron millones de libros como Jane K Rowling o Dan Brown (ya sea por estupidez, soberbia o la voluntad de ejercer autoridad sobre uno de los poderes más despóticos y mafiosos del mundo: Hollywood) exigieron que sus novelas fueran llevadas al cine sin cambios, con fidelidad absoluta.
Por lo tanto, la trascripción cinematográfica de Harry Potter y la piedra filosofal de Jane K Rowling por Chris Columbus, y la de El Código Da Vinci de Dan Brown por Ron Howard, nunca tuvieron chance como películas. No fueron destinadas al espectador común, sino al devoto lector de esas novelas. De allí que fueran pesadas, difíciles de seguir, más una seguidilla de escenas que el desarrollo de una trama. Los devotos lectores, felices, porque veían la reproducción fidedigna e imperturbable de lo que habían amado leyendo.
Jane K Rowling aprendería la lección, y en las sucesivas versiones cinematográficas de sus novelas HarryPotterescas, aflojaría las riendas, y los directores Alfonso Cuarón, Mike Newell y David Yates tendrían la libertad de construir películas. Sus fieles lectores no protestaron, más bien todo lo contrario, podían cotejar las diferencias entre el libro y la película.
Dan Brown también parece haber aprendido la lección, y ahora Ron Howard tiene la oportunidad de echar mano a su experiencia de artesano hollywoodense a la antigua. Como los viejos directores bajo contrato de los grandes estudios, Ron Howard puede dirigir lo que sea: dramas, comedias, policiales, westerns, etc. Nunca aportará mucha creatividad, pero si fluidez y pericia. Nunca hará una gran película, pero tampoco un gran bodrio.
Pero que el hombre tenga solvencia y le hayan dado un poco más de piolín no significa que haya hecho una buena película
La cosa es así. Ha muerto un Papa buenísimo y hay que elegir sucesor. Una secta pro ciencia, enemiga acérrima de la Iglesia (los Illuminati) ha secuestrado a los cuatro cardenales más “elegibles” y amenaza con matarlos de a uno por hora. También ha puesto una bomba de antimateria que puede volar el Vaticano. Por suerte para el simbolista que interpreta Tom Hanks, han enviado un video (!!!) que puede ayudarlo a evitar el desastre.
Ángeles y demonios dura 140 minutos y es entretenida si uno deja el cerebro en la puerta del cine. Todo es un gigantesco disparate de alto octanaje. Nada resiste el más mínimo análisis lógico. Si uno se detiene a pensar un segundo en lo que está viendo, se sentirá tratado de estúpido. Pero si uno acepta pasivamente todas las volteretas que propone la insustancial trama, es posible que se divierta, a juzgar por la reacción de algunos espectadores que me acompañaban.
Los actores de El código Da Vinci, (Audrey Tautou, Ian McKellen, Jean Reno. Paul Bettany, Alfred Molina, Jürgen Prochnow) encorsetados por las exigencias del autor, estaban más cerca del bronce estatuario que del repentismo actoral. Los de Ángeles y demonios, (Ayelet Zurer,Ewan McGregor, Stellan Skarsgård, Armin Mueller-Stahl, Nikolaj Lie Kaas) sin tantas restricciones, se divierten más. Nadie ganará un premio con este film, pero tampoco les dará vergüenza incluirlo en el currículum.
La banda de sonido de Hans Zimmer, que mezcla un melodramatismo agudo con estentóreos cantos gregorianos heavy metal, me entretuvo la primera hora, después me aburrió.
En resumen, a menos que hayan leído la novela y les intrigue ver que hicieron (mi caso), no puedan reprimir la curiosidad de ver cómo le queda el bótox a Tom Hanks, deban cumplir con una dosis mensual de cine pochoclero, o les parezcan seductores los actores en sotanas, absténganse… mucho.
Un abrazo,
Gustavo Monteros