viernes, 14 de julio de 2017

jueves, 29 de junio de 2017

Después de la tormenta

Confieso que me daba un poco de miedo ver esta película. Por algún lado había leído que su director, Hirokazu Koreeda, dijo que este film partía de la premisa "No todo el mundo puede convertirse en lo que desea ser." Y como pertenezco al 99, 99% de los hombres que no somos George Clooney… No es que hubiera querido ser George Clooney, pero ser celebrado, sexy, bien pensante y universalmente simpático y rico como George no hubiera estado nada mal.


Mi temor se fundamentaba más que nada en el hecho comprobado de que el cine de Hirokazu Koreeda tiene una forma única de conmocionarme, confrontarme e interpelarme. Y no es que se proponga hacer eso conmigo o que yo lo deje, pero es lo que termina por pasar. Su cine es, por sobre todo, generoso, amable e inteligente. De la manera más insidiosa posible de ser inteligente, que es la de plantear una situación y observarla, sin juzgar, ni presumir, con la convicción de que lo que se ve a simple vista es apenas un reflejo de lo que se oculta, de lo que se arrastra, de lo que está pendiente. Y es su generosidad la que termina por desarmarnos, porque no se pone en semi dios, en yo sé todas las respuestas, sino que acompaña a sus personajes como si conociéndolos más, se conociera mejor él, y nosotros, claro, de paso.


En estos días en que la tragedia se vuelve farsa con quitas de pensiones a viudas y tullidos, a deudas a cien años, de desarme de ciencia y malintencionada desinformación perpetua, no andaba con ganas de que encima me preguntaran cómo había llegado a no ser lo que quise ser, de modo que me sumergí en esta película, como en una rambla que usan los perros para descomer, con el sigilo de no pisar caca, no iba a dejar que me conmoviera o que me llevara a estados emocionales inauditos. No, nada  de eso, me iba a mantener a distancia. Y me fue bastante bien, mantuve mi postura hasta la mitad de la película, entonces una imagen cualquiera, de un paseo en autobús, me bañó de belleza, porque esa misma generosidad y esa misma amabilidad para no juzgar personajes, las usa Hirokazu Koreeda para ver la belleza que hay en lo simple, en dos trenes que se cruzan, en la luz que se derrama sobre un árbol, y no lo subraya, no es que transforme lo que ve en imagen de almanaque, no, es, como explicarlo, la generosidad, la amabilidad, de las que ya hablé las que lo hacen ver así, todo tan simple, y comunicarlo.


Esta vez convivimos con Ryota (Hiroshi Abe), un hombre alto y flaco que anda rondando la cincuentena, que supo escribir una primera novela, La mesa vacía, que levantó algo de polvareda, que le dio un premio y una carrera promisoria, que no se está cumpliendo, ya que no hubo una segunda, hace poco murió su padre y aunque no le guste, se parece demasiado a él, por la afición al juego, por vivir empeñando cosas o por pedir plata prestada, tiene un hijo de unos 10 años, al que quiere mucho, pero casi no ve, tiene un trabajo de detective privado, que dice que es temporal y que lo ejerce solo como investigación de ese mundo, aprovecha esta experiencia para espiar a su exmujer que está muy cerca de olvidarlo con una relación nueva que se solidifica día a día, está también su madre (Kirin Kiri) que se pregunta si no tiene que aceptar que morirá en ese departamento chiquito en el que iba a vivir por un tiempito que se extendió hasta ahora, casi media vida, y está también la hermana, que le va mejor económicamente,  pero que hace que su madre con la magra pensión que tiene le pague las clases de patín artístico a su hija, y que no quiere que el hermano novelista vuelva a usar el pasado como fuente de sus libros, porque no le pertenece por entero solo a él, que ella y los demás también son y están en ese pasado, está también el compañero detective, que es muy solidario con Ryota y uno no puede dejar de preguntarse por qué, porque uno es así de jodido como espectador, y no es de aceptar así porque sí la admiración, el compañerismo o el amor. Y la tormenta del título, es un tifón que anda dando vuelta, el número 23 o el 24 de ese año, y será la excusa para que algunos de estos personajes se reúnan  y acepten lo que ya no puede corregirse.


Todo es muy simple, Hirokazu Koreeda, a quien aprendimos a admirar por su De tal padre, tal hijo, observa, solo observa, y como sin querer ahonda, y como es lógico se pone profundo, y sabio, y a la salida de su película uno es como el pariente cercano de todos sus personajes, y como también casi sin querer nos vimos en ellos, nos volvemos más sabios, y más felices, con una ligera melancolía, porque, bueno, no todos podemos ser George Clooney.


Gustavo Monteros

jueves, 22 de junio de 2017

Yo, Daniel Blake

Daniel Blake (Dave Johns) es un carpintero de 59 años en obras de construcción. Un reciente ataque al corazón lo ha dejado “temporariamente”, según su médico, fuera de su trabajo, lo que “supuestamente” lo autoriza a pedir una pensión por incapacidad. Digo “supuestamente” porque el sistema se emperra en no concedérsela, aunque tenga todos los méritos para merecerla. La película contará su lucha para acceder a lo que le pertenece por derecho sin perder la autoestima en el camino. En una de las oficinas que visita, defenderá a Katie (Hayles Squires) madre soltera con dos hijos pequeños, Daisy (Brianna Shann) y Dylan (Dylan McKiernan), recién llegados de Londres a Newcastle, ciudad donde transcurre la acción. Eso será el comienzo de una relación de amistad entre ellos. Daniel también contará, aquí y allá, con la solidaridad de su vecino China (Kema Sikazwe) y de un excompañero de trabajo (Shaun Prendergast).


Yo, Daniel Blake ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes, edición 2016. La dirigió el octogenario maestro del realismo social Ken Loach, y sin duda, a pesar de sus discutibles cortedades, se convertirá en una referencia ineludible de un momento político-social. Así como todavía vemos Ladrones de bicicletas y analizamos el por qué de su anécdota, en años venideros se seguirá desmenuzando los pormenores detrás de las políticas sociales de Yo, Daniel Blake.


Cuando hablo de cortedades (para mí no son tales ni por asomo) me refiero a que es una pieza de combate, que muchos, para desprestigiarla, la tildarán de panfletaria. Ojo, no lo es jamás, pero sería necio no reconocer que tiene un objetivo claro, la crítica y modificación de un sistema que transforma personas en números y que lo hace con la pretensión de echarlos del circuito de protección social. Otros, también para menospreciarla, dirán que sus personajes son demasiados puros y poco complejos, sin ese toque de los tres elementos atribuibles a los pobres, resumidos en el título de la obra maestra de 1976 de Ettore Scola, Feos, sucios y malos. No, los personajes de Loach son más bien todo lo contrario, lindos (más por nobleza que por belleza), limpios y buenos (más en el sentido de solidaridad y compromiso que en el de la bondad religiosa).


La película no es neutral y yo tampoco. A los que recién se acercan a estas crónicas, les digo que nunca votaré, avalaré o toleraré políticas neoliberales. El capitalismo puede ser cruel, pero es la Madre Teresa al lado del neoliberalismo, que con un cinismo atroz sume en el hambre y la pobreza a generaciones enteras y las justifica por la necesidad de lograr inversiones que garantizarán en un lejanísimo futuro un bienestar improbable, mientras que en el presente solo promueven la desigualdad, la concentración de riqueza y la fuga de capitales. Y después resulta que los corruptos son los populistas distribucionistas…


Digo esto porque esta película llega con envidiable oportunidad a dialogar con las idas y vueltas (vueltas por verse, porque con la promesa de una revisión hay poca o ninguna vuelta) de las decisiones de la actual ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley (siempre hay que memorizar el nombre de los impiadosos) de recortar las pensiones por discapacidad. Dialoga también con el prejuicio, retroalimentado por los medios de comunicación hegemónicos, de que no hay que asistir a los necesitados (aquello de que no hay que dar pescado sino enseñar a pescar). Es una pena que quienes deben ver esta película, no la verán porque huyen de todo lo que cuestiona su zona de confort.


Los que la vean, corroborarán lo que significa pelear con el hambre y la miseria mientras se lucha por no perder la dignidad, por como dice claramente Daniel Blake en un escena, “cuando te quitan la dignidad, estás acabado”.


En resumen, una de las películas más valiosas que veremos este año. Y a pesar de lo que pueda inferirse en esta crónica, no es triste ni deprimente (bueno, un par de escenas los son y mucho) pero el tono general es el de la alegría que da la lucha, o la preservación de la esperanza, por más recaídas en la desesperación que se tengan, porque la mezquindad, el odio, el prejuicio, están del otro lado, de este está la apetencia de equidad, el sentido de justicia, el dar y no quitarle cosas a la gente.


Gustavo Monteros

jueves, 15 de junio de 2017

El poder de la ambición

“Puede fallar” decía el mentalista Tu Sam para dar suspenso en la previa de alguno de sus trucos más peligrosos. Gold, rebautizada por aquí El poder de la ambición, es una película “fallada” en logros y sobre todo objetivos.


Es de una de esas apuestas calculadas de los hermanos y productores Bob y Harvey Weinstein para cosechar premios en la temporada idem. Se dijeron: pongamos a Matthew McConaughey en otra caracterización “matadora”, si ya adelgazó hasta la extremaunción en Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados (Jean-Marc Vallée, 2013) y se alzó con el Óscar al mejor actor del año, que ahora haga la gran DeNiro para El toro salvaje y engorde unos cuantos kilos para que se alce con otro, tomemos una historia real, que es lo que ahora se vende, pero que parezca una novela de tan azarosa, llamemos a un director de prestigio, pero no caro ni inmanejable (Stephen Gaghan que hizo Syriana en el 2005) y como es una historia de dos hombres, en el otro protagónico pongamos a un galán en ascenso, Edgar Ramírez, que además es venezolano y abarcamos de paso al público latino, y así podemos venderla bien y aspirar a más premios para nuestra vitrina de lauros.


Lástima que el resultado esta vez les salió así de premeditado. Todo muy profesional pero sin inspiración y con menos lustre que desván cerrado.


Cuenta la historia de Kenny Wells (Matthew McConaughey) un prospector o sea un señor que anda en busca de hallar yacimientos minerales, petrolíferos o de aguas subterráneas. En su inicio el film lo halla en 1981, en el momento en el que pierde la compañía que le legó su padre, y cuando en plena desesperación decide apostar lo poco que le queda por el geólogo Michael Acosta (Édgar Ramírez) que anda por Indonesia clamando que hay oro en un rincón perdido de su jungla. Peripecia que, tras varias idas y vueltas, derivó en lo que se llamó el escándalo minero, Bre-X de 1993.


Édgar Ramírez dijo en un reportaje que este material tiene algo de las historias y héroes de John Huston, algo que podría conectarlo con El tesoro de Sierra Madre. Con mucha buena voluntad podríamos coincidir. Aunque pareciera que el director Stephen Gaghan nunca vio dicho film ni La reina africana, ni El hombre que quería ser rey, bah, ni ningún otro del maestro Huston. Por aquí o por allá hay un toque Huston y en otros un toque Martin Scorsese a la manera de Buenos muchachos o de El lobo de Wall Street. Pero son tan desganados que parecen involuntarios. Hasta para copiar se necesita talento, cuando un transformista logra parecerse a Marilyn Monroe, a Liza Minnelli, o a Julie Andrews, no le bastó con maquillarse en ese estilo, subirse a tacos o ponerse una peluca, no, detrás hay horas y horas de prueba y error, de búsqueda obsesiva y minuciosa. En el cine a la hora de copiar pasa algo similar. No basta con un “me gusta”, hay que trabajar con ahínco para recrearlo.  Aquí no hay muestra de capacidad ni para crear algo nuevo ni para copiar logros ajenos.


Entonces lo que debió ser una épica de perdedores termina por ser una aventurita de gente que no gana del todo. Matthew McConaughey, panzón y casi pelado, ensaya otra caracterización notable, demasiado esforzada para ser fluida, razón por la cual no obtuvo nominaciones para premios. Es la segunda más esforzada actuación del año, hasta ahora el primer puesto lo ocupa Brad Pitt y la trabajada caracterización (y que tampoco fluye jamás) del general que hace para War Machine/Máquina de guerra. Édgar Ramírez solo se preocupa por lucir robusto y no mal parecido, una opción nada mala ante la nada que es la película.


Para ver en una plataforma de contenidos, tipo Netflix, en una noche de insomnio en la que se acabaron las opciones.


Gustavo Monteros

jueves, 8 de junio de 2017

Dulces sueños


Suelo pelearme mucho con las gacetillas informativas que acompañan los tráileres en las páginas que anuncian estrenos. Me parecen mal traducidas o mal escritas, que informan poco o que incluyen spoilers, que no son claras o que de tan diáfanas no dicen nada. Los muchachos de la calle me dirían que no hay tamaño que me venga bien.


Para contradecirme a mí mismo (una de mis ocupaciones favoritas) la de Dulces sueños (Fai bei sogni, Marco Bellocchio, 2016) no me disgusta, dice: “Turín, 1969. La idílica niñez de Massimo, 9 años, se quiebra por la misteriosa muerte de su madre. El joven se rehúsa a aceptar esta brutal pérdida, incluso si el cura dice que ella ahora está en el Cielo. Años después en los 90s, Massimo, ahora adulto, se ha convertido en un habilidoso periodista. Luego de reportar sobre la guerra en Sarajevo, empieza a sufrir de ataques de pánico. Mientras se prepara para vender el departamento de sus padres, Massimo es forzado a revivir su trauma pasado. Elisa, una doctora compasiva, podrá ayudar al atormentado Massimo a abrirse y confrontar sus heridas del pasado. Este drama italiano está basado en la novela de Massimo Gramellini 'Fai bei sogni'.”


Si son muy estrictos, algunos quizá opinen que contiene demasiada información, que cuenta demasiado. Puede ser, pero con Dulces sueños el argumento es lo de menos, lo que importa es cómo se despliega. Comencemos por lo que tendríamos que haber empezado remarcando. Dulces sueños es la obra más reciente de uno de los pocos grandes maestros del cine vivos: Marco Bellocchio. Por eso digo que el argumento importa poco. Es más, es de esas historias que hemos visto millones de veces, la de la superación de un trauma infantil, la aceptación de que hay heridas que no se cierran nunca, que de tanto arrastrar se aprende a convivir con ellas.


El material de base es una novela autobiográfica que gira cual satélite alrededor del planeta Madre. Sí, la Mamma. Una madre maravillosamente omnipresente que sale de escena intempestivamente, lo que da origen al misterio de cómo y por qué. Por aquellos tiempos a los chicos no se les decía toda la verdad, se les comunicaba versiones alternativas de los hechos, mentiras, bah. Este chico crece con esta “distorsión”, sabe qué algo se le oculta, pero no confronta, no pregunta, hasta que obligado por las circunstancias se ve compelido a enfrentar el “misterio”. Bellocchio no juega a las escondidas con el espectador, pero nos raciona los datos, sabemos más que el niño, y esa poquedad alcanza para que nos arrimemos a la verdad, quizá nos falte algún que otro detalle, pero acertaremos. No, no estamos ante un thriller de misterio, no, es más bien un juego para que acompañemos al protagonista a su revelación final.


Bellocchio, repito, es un auténtico maestro y lo evidencia en cada secuencia, en como usa la luz, la música, el dentro y fuera de cámara. Ya es lo suficientemente sabio (nació en 1939) para saber que el genio no radica en deslumbrar sino en iluminar, en todo el sentido de la palabra, una historia. En desentrañarla para hacerla reveladora y universal. Con una puesta en escena pletórica de logros, el placer de acompañar esta obra de arte se vuelve una dicha continua. Puede que lo que se cuente sea un poco tristón, pero andamos tan huérfanos de excelentes películas que a la larga experimentamos más gozo que piedad.


Su protagonista adulto es Valerio Mastandrea, con quien últimamente he tenido la suerte de familiarizarme (estaba en Perfectos desconocidos, el Paolo Genovese que se estrenó hace poco y lo vi también en Viva la libertad, un Roberto Andò disponible en Netflix) es un señor de cara larga (no triste, sino de caballo) medio parco en un histrionismo (a pesar de su cepa romana) que funciona más por lo que oculta que por lo que muestra, de allí de que cuando llega al estallido, se vuelva más conmovedor incluso (ejemplo, aquí está magistral cuando libera el cuerpo en el baile, y recupera la soltura que tenía de chico). El elenco está a su altura, con una doble participación francesa, las breves pero sustanciosas apariciones de Bérénice Bejo y Emmanuelle Devos.


En dos palabras: im perdible.


Gustavo Monteros

jueves, 25 de mayo de 2017

Noticias de la familia Mars

Siempre que puedo, aclaro que no hago críticas, si no crónicas en las que más que juicios de valor de algún tipo, cuento mi relación con las películas que veo. Respecto de esta película de Dominik Moll, separaré lo que hubiera escrito de no haberme molestado un aspecto de la misma de lo que me molestó al punto de descubrir que tengo mis límites para el humor negro.


Hubiera arrancado con algo así: Philippe Mars (François Damiens), aunque no lo sabe más que vivir, subsiste. En el día de su cumpleaños 49, su exmujer, una periodista televisiva, que debe viajar a Alemania a cubrir una crisis de Merkel, le pedirá que se haga cargo por un par de semanas, quizá también más tiempo, de los hijos que tienen en común, Sarah (Jeanne Guittet) de 15 años y Grégoire (Tom Rivoire) de 11. Ese mismo día, en el trabajo, su jefe le pedirá que controle y supervise a Jérôme (Vincent Macaigne) un programador de computación como él, pero muy volátil e impredecible. Y como Philippe tiene problemas para establecer límites dirá que sí. Jérôme se revelará como un paciente de hospital psiquiátrico, del que terminará por escapar para instalarse en casa de Philippe, a la que más tarde traerá a otra compañera de la institución de la que escapó, Myrima (Léa Drucler) de la que está enamorado.


Hubiera seguido más o menos así: Noticias de la familia Mars (Des nouvelles de la planète Mars, en el original) de Dominik Moll (recordado por estos pagos por Harry, un amigo que te quiere bien (2000) que no en poco contribuyó a la fama de Sergi López) es una comedia melancólica que se vuelve brillante y punzante en más de una oportunidad. Progresa asestándole a su protagonista una acumulación de tribulaciones a cual más asfixiante, hasta que su paciencia y su capacidad de aguante comiencen a agrietarse. Para el constante interés que despierta, no en poco contribuye el sólido elenco, pródigo en talento y simpatía.


Y sin duda no hubiera mencionado la subtrama que habría de alterarme y que haría que siempre recuerde a esta película. No hubiera hablado de la misma, porque no es central y porque agrega color, y mejor no mencionar los aspectos que suman, para que generen sorpresa cuando se los descubra en la película. Resumir el argumento de una película es también un ejercicio de ocultamiento, cuanto más se deje afuera, mejor, porque provocarán quizá más disfrute. Solo que esta vez… Hagamos una cosa, si están decididos a ver la película, saltéense los párrafos que siguen y vuelvan a ellos, después de haberla visto. Si creen que no la verán o no les importa demasiado saber detalles relevantes de la misma, sigan leyendo, sepan, claro, que un spoiler se avecina.


Philippe tiene una hermana, Fabianne (Olivia Côte) una artista plástica rebautizada Xanaé, quien por un viaje a Bruselas le pide que se ocupe de su perro, el que puede verse en el afiche. El perro en cuestión es uno de los más insoportables que se hayan visto en el cine y le depararán a Philippe no pocos problemas. En un momento límite, bueno, más bien un punto de inflexión, Philippe establecerá un punto de no retorno con dicho animal y lo revoleará desde la baranda de un puente para que se ahogue en el Sena. Es un truco de cámara que no necesita el aviso aquel de que no se lastimó a ningún animal durante el rodaje, es más hasta se puede adivinar las manos que ponen a salvo al antipático perro, pero a mí, no sé, no me resultó un gag gracioso, todo lo contrario, me pareció innecesario, un paso en falso del director y del coguionista, Gilles Marchand, porque en lo particular, a partir de ese momento, Philippe dejó de despertarme simpatía y ya no me importó lo que el resto del metraje tenía para depararle, ya no me interesaron más ni él ni sus amistades, ni su vecino, ni el resto de su familia, por mí podría barrerlos la nube hongo que no me desataría ni la más ligera de las compasiones. Puede que a otra gente el gag no le moleste, lo disfruten, les parezca gracioso, conmigo no fue así, me demostró que tengo un límite en el humor, que no soy tan amplio como creo. No me preocupó en lo más mínimo, como con la postura política que hace rato adopté, me honra estar de este lado.  


Gustavo Monteros

El esgrimista

El esgrimista (Miekkailija en el original, 2015) es una sorpresa. Por suerte agradable. Se trata de una película estonia, coproducida por Finlandia y Alemania. Como es de rigor, con casi el 99, 9 % de las películas actuales, se basa en una historia verdadera. Aunque al menos esta vez no pretenden contarnos vida y milagro de sus personajes, sino centrarse en una peripecia de vida de su protagonista, que le trajo gloria y castigo casi por partes iguales.


Endel Nelis (Märt Avandi) es un esgrimista campeón, que en 1952 debe huir de Leningrado, porque están a punto de descubrir un secreto de su pasado que lo enviaría de seguro a Siberia. Regresa, entonces, a su ciudad natal en Estonia, Haapsalu, donde lo espera un puesto de profesor de educación física en la única escuela del lugar. El director (el antagonista, un personaje que se desmarca de la caracterización que se intenta dar de él, más que nada porque en la vida real la maldad y el resentimiento escapan a veces en su profundidad a los límites de la ficción) le hará la vida imposible. A Endel no le quedará más remedio que recurrir a lo que más sabe, la esgrima. Y será toda una sorpresa que los chicos se interesen por esta disciplina que parece obsoleta o arcaica. Pero la paradoja radica en que termina por mostrar y compartir los saberes que debía ocultar, lo que en plena purga stalinista tiene un precio a pagar.


Eso sí, seamos sinceros, este film de Klaus Härö siembra en el mismo campo fértil en que ya cosecharon los Rockys, los Karate Kids, y otros cuantos beisbolistas, basquetbolistas, futbolistas, y tenistas, o sea la vieja y querida historia del patito feo deportista que llega a cisne campeón, o si se prefiere la Cenicienta de liga menor que se queda con el trofeo Príncipe. Solo que esta vez la excusa argumental es la esgrima.


La pone a salvo del cinismo de la industria, la elegancia de la realización, la nobleza de su elenco, la singularidad de la historia y la convicción de la guionista y su director de estar contando una hazaña deportiva que merece conocerse, por lo que costó en dicha y desdicha.


Touché.

Gustavo Monteros


jueves, 18 de mayo de 2017

Perfectos desconocidos

Paolo Genovese (Una famiglia perfetta, 2012, Tutta colpa di Freud, 2014, Sei mai stata sulla luna?, 2015) ejerce la comedia popular, no la que se inscribe en la tradición de la Commedia all’italiana que directores como Mario Monicelli, Luigi Comencini, Nanni Loy, Pasquale Festa Campanile, Ettore Scola, Pietro Germi, Antonio Pietrangeli, Dino Risi, Steno o Lina Wertmüller hicieron famosa en el mundo entero, sino más bien la que se emparienta con el exitoso teatro burgués de la segunda mitad del siglo XX (burgués no en sentido marxista de la palabra, bueno, o casi, también, sino más bien según la definición de la Real Academia Española que reza: integrante de la clase media acomodada)


Tanto se identifica con este estilo que, si bien este film tiene un guión como Dios manda, no es difícil imaginarlo en una versión teatral. No solo en el estilo se entronca con el teatro de “diversión para antes de la cena”, asimismo el tema elegido es favorito en esta línea teatral: el del desenmascaramiento, amable, de hipocresías varias. Apela, es obvio, a nuestra curiosidad chismosa, ver x tipo de personajes en una compostura moral determinada, para después contemplarlos sin dicha protección, algo que podríamos definir como un strip-tease ético. Como ejemplo se me ocurre un título antediluviano, muy representado en la televisión de mi infancia como tragicomedia divertida y profunda, Cena de matrimonios del dramaturgo español Alfonso Paso, otro ejemplo, más cercano en el tiempo, es la taquillerísima Brujas de Santiago Moncada, también español. Sí, hablamos del tan preciado y rendidor “lavado de la ropa sucia” en un comedor o living lujosos.


Aquí la cosa va así: tres parejas de variopintas profesiones y personalidades se reúnen a cenar, como lo hacen siempre, hay un séptimo comensal que les presentará en esta ocasión a su nueva pareja (algo que al fin de cuentas no ocurrirá). Andan entre el fin de la treintena y la medianía de la cuarentena, y puede que alguno sea más joven o mayor que las edades apuntadas, pero la descripción da una buena idea del corte etario. En esta noche particular hay un eclipse y ya se sabe que los fenómenos astronómicos generan sinceramientos (no hay comprobación científica de que esto ocurra en la realidad, pero en la ficción no hay fenómeno astral que no despierte verdades o provoque enamoramientos), la cuestión es que en la charla surge el inevitable tema moderno de los teléfonos celulares, nuestra dependencia a los mismos y cómo generan un protocolo que atenta contra el disfrute concreto del aquí y ahora. Alguien menciona también que son poseedores y testigos de nuestros secretos y que no podríamos socializarlos sin revelar alguna intimidad vergonzante. Deciden entonces jugar con esta noción, los pondrán sobre la mesa y leerán para todos los mensajes que entren y contestarán, con el altavoz puesto, las llamadas entrantes. Mensajes y llamadas no tardarán en entrar y unas cuantas verdades, algunas bastante incómodas, saldrán a la luz. Y no menos reveladoras serán las reacciones que despierten en todos estos secretos inesperados.


Para que este tipo de comedia funcione como el mentado relojito es necesario que el ritmo no decaiga y que el elenco despierte una inmediata simpatía. Ambos requisitos se cumplen aquí a rajatabla. El armado, o sea el espaciamiento de secretos a descubrir, es eficaz, y Giuseppe Battiston, Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastrandea, Alba Rohrwacher y Kasia Smutniak no serán  Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Sofia Loren, Aldo Fabrizi, Walter Chiari, Stefania Sandrelli, Vittorio de Sica, Monica Vitti, Claudia Cardinale, Carla Gravina, Adolfo Celi, Lando Buzzanca, Gina Lollobrigida, Totò, Renato Salvatori, Giancarlo Giannini o Mariangela Melato, bah, nadie lo será nunca, pero generan interés y empatía.


En resumen, es un remanso más que agradable escuchar hablar en italiano después de tanta película en inglés. Attenti, tampoco verla con mucho apetito, aquí comen bastante y uno no es de palo y evoca sabores, que no en vano es tan famosa la cocina mediterránea.


Gustavo Monteros

jueves, 11 de mayo de 2017

El hijo de Jean

Mathieu (Pierre Deladonchamps) tiene su vida encarrilada. A los 33 años su carrera laboral luce estable y promisoria, y en su vida personal hay una meseta apacible, tuvo un divorcio amable que su hijo de 10 años parece no resentir. Pero, siempre hay un pero fundador, una buena mañana recibe una llamada telefónica desde Canadá, que le dice que su padre (del que no tenía noticias, su difunta madre le decía que fue fruto de una relación casual) ha muerto y que le ha dejado como herencia un paquete. Mathieu decide entonces abandonar París y ver en persona que hay detrás de esta noticia desestabilizadora. Del otro lado del océano, lo espera Pierre (Gabriel Arcand), amigo del padre y que será su cicerone por estos parajes de un nuevo pasado.


Como se ve, estamos ante una dramática peripecia humana. Para que un cuento de esta naturaleza se desarrolle con solvencia se necesita: un buen estudio de personalidades (lo tachamos de la lista, ya que aquí se encuentra), situaciones enriquecedoras que despierten identificación (la empatía famosa) y hagan crecer la historia (tachado también, porque se hallan presentes), alguna que otra sorpresa que condimente bien la narración y la eleve de la amabilidad a un estado que la haga perdurable o al menos más recordable que el promedio de cuentos humanos que consumimos (tachado también, se halla en deliciosas y saludables cantidades), un director sensible y seguro (Philippe Lioret, el de la recordada Welcome, 2009, aporta además una sobriedad y una elegancia que lo alejan de las estridencias y los subrayados, así que tachamos también este ítem de nuestra lista) y por supuesto, actores capaces de hacer asequible y conmovedora esta aventura de descubrimientos no menos trascendentales por lo pequeños, (ítem tachadísimo, porque los dos conductores primordiales de la acción, Pierre Deladonchamps (que pasó a la fama por El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013) como el veterano canadiense Gabriel Arcand, se muestran pródigos y prodigiosos a la hora de transmitir emoción y de iluminar conductas.


En resumen, una hermosa historia bien contada. Otra épica de lo pequeño, y no hay contradicción en los términos opuestos.


Gustavo Monteros

Graduación

Christian Mungiu con 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007) no solo ganó fama internacional sino que puso al cine rumano en primer plano. Más allá de las inevitables diferencias creativas entre los distintos directores de este cine pujante, un factor común sobresalía. Todos parten de una situación pequeña y reconocible, que al irse profundizando, de a poco, se va cargando de implicancias políticas y sociales. Lo macro contenido en lo micro, que se vuelve más y más revelador, a medida que se focaliza mejor la lupa. O sea la más lograda y envidiable manera de contar un relato. Cargarlo de ecos y significaciones con tan solo detallarlo, ya se trate de algo tan personal e individual como la posibilidad de un aborto o de la decisión de dejar a alguien.


Aquí el cuento se abre con una piedra que rompe el vidrio de un departamento habitado por un médico, Romeo (Adrian Titieni), ansioso porque su hija Eliza (Maria-Victoria Dragus) apruebe el último examen del bachillerato y logre así continuar los estudios en Inglaterra, la madre Magda (Lia Bugnar), se verá más tarde, es una figura secundaria y superada en el presente de Romeo. La piedra que rompió el vidrio prefigura unas cuantas tribulaciones posteriores. Eliza será víctima de un intento de violación que desbastará la difícil tranquilidad necesaria para enfrentar un examen. Romeo quiere que su hija tenga la posibilidad de estudiar en el exterior sí o sí, por ella y también por él, que cumplirá vicariamente lo que no pudo o supo conseguir.


Durante la primera hora y media el relato avanza con seguridad y despierta nuestro continuo interés, pero se cae (esa fue mi sensación) en el desenlace. La última media hora se desbarranca, como si no se supiera concluir con gloria lo que se quería contar, o no se pudiera establecer con certeza qué era lo que se pretendía contar. Las diversas aristas que se fueran perfilando se quedan sin filo. Algunas historias se cierran con las formas caprichosas y gratuitas de algunos thrillers tramposos. Y cuando al fin prima la ética individual versus hasta dónde es capaz de llegar un padre para que sus hijos vivan mejor, el relato luce retorcido, como si lo que hubiera tenido que surgir de él fue reemplazado por algo impuesto por la fuerza.


Mungiu filma con la pericia de un maestro, de allí que uno tienda a dudar de la propia percepción, pero a la salida, cuando uno puede armar con tranquilidad el rompecabezas y fundamentar el análisis, se ve que esta vez los ecos sociales y políticos no surgen de la historia sino que son tirados desde afuera como aquella piedra de la primera escena.


Una decepción luminosa, y no es un juego de palabras, puede que la película no sea tan satisfactoria como se esperaba, pero hay mucho talento detrás, y la experiencia igual recompensa. La equivocación de los maestros es a veces mejor que los aciertos de unos cuantos discípulos poco agraciados.


Gustavo Monteros

jueves, 4 de mayo de 2017

Un momento de amor

Marion Cotillard es una actriz prodigiosa. Su belleza no empalaga, porque no depende de simetrías indiscutibles ni angulosidades comprobables para deslumbrar. Su apabullante talento no fatiga, porque no depende de adaptaciones a su personalidad ni asimilaciones a su físico. Su excepcionalidad la equipara con las grandes divas imperecederas del cine clásico y su histrionismo único, que no se alimenta de gestos, posturas y prosodias determinantes, la equiparan a las grandes actrices modernas que prescinden de artificios y artilugios para proyectar su magia. En fin, que reencontrarse con la Cotillard es siempre una fiesta, aunque la película sea mala, cosa que ésta, por suerte, no lo es para nada.


Estamos en la década del cincuenta del siglo pasado en la campiña francesa. Gabrielle (Marion Cotillard) sufre de los nervios, subterfugio que ocultaba por aquel entonces la ignorancia de las afecciones psicológicas. Parece padecer de una aflicción psicosomática y tener inconvenientes para dar satisfacción a los ardores sexuales. Como suele ser el caso, se prendará de quién no debe, y su madre, pragmática, como son algunas personas que viven en contacto con la naturaleza, la casará con un español, José (Alex Brendemülhl) que trabaja de recolector en los campos de la familia y que mira a Gabrielle con una deferencia que bien podría transformarse en afecto. Un aborto espontáneo hará que descubran que la aqueja, el “Mal de pierres” del título original. Terminará en un hospital de Davos que se especializa en erradicar dicha enfermedad. Allí conocerá a André (Louis Garrel) y entonces…


Este trabajo de Marion Cotillard, sobre todo en esto de chica de campo, aquejada por insatisfacciones sexuales, apasionada, libre y un poco salvaje,  dialoga con uno de los mejores personajes corporizados por Isabelle Adjani,  el de L'été meurtrier (Verano Mortal, Jean Becker, 1983), pero mientras que el de Adjani se hundía en la locura y en el crimen, porque de un policial negro se trataba, este personaje de Cotillard se dirige hacia la epifanía deslumbradora, porque ésta es una historia de amor.


Nicole Garcia (también actriz, los memoriosos la recordarán como la protagonista junto a Gérard Depardieu de una de las mejores obras del maestro Alain Resnais, Mi tío de América (Mon oncle d'Amérique, 1980)) conduce con autoridad y buen pulso este cuento que se vuelve seductor y entrañable, más que nada porque se fortifica en hombres  que saben amar. En estos últimos tiempos, generalmente se nos acusa de no comprometernos, de no saber escuchar ni acompañar, pero a veces también, para contrarrestar tanta falencia, como en este caso, sabemos amar.
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Por lo dicho, no es de extrañar que elogie a los caballeros que secundan a Cotillard, el barcelonés Alex Brendemülhl (que fuera el Mengele de nuestra Wakolda (Lucía Puenzo, 2013)) y el parisino Louis Garrel concretan una faena casi a la altura de la de Cotillard, encomio que puede resultar mezquino, aunque en realidad es todo un ditirambo.


Otra caracterización notable de Marion Cotillard y una buena historia ¿qué más se puede pedir para pasar un par de horas más que agradables en un cine?


Gustavo Monteros

El ídolo

El ídolo de Hany Abu-Assad trata algunos aspectos de la vida de Mohammad Assaf, que durante un tiempo gozó de la aprobación y la popularidad que alguna vez tuvo la Selección Argentina-México 86. Ahora bien ¿quién es Mohammad Assaf? Un cantante de gran voz, ganador de la segunda versión de Arab Idol en 2013.


Hany Abu-Assad, el director de Paradise Now (2005) y Omar (2013) manifestó en estas dos películas, más allá de las aristas sociales y políticas, un gusto por el cine popular industrial. Ahora con El ídolo (Ya tayr el tayer, en el original, 2005) se da el gusto de explorarlo a sus anchas.


De no saber que se basa en hechos reales, diríamos que director y guionista se permiten todas las ambivalencias del típico melodrama, a saber, bienaventuranza-desgracia, felicidad-enfermedad, humillación-reparación, sacrificio-redención, vejación-triunfo y desventura-suerte.


Es decir, de no ser cierta la historia de este aspirante a cantante que triunfa apoteóticamente, la acusaríamos de regodearse en los tópicos más ramplones y usados de los melodramas más vergonzantes (hoy, no ayer que eran la usanza obligada) de Libertad Lamarque, tanto en Argentina como México.


Pero a Dios a veces le gusta emular a los más atrevidos guionistas de telenovelas y le da a sus criaturas destinos de contrastes tan fuertes que parecen cuento. No en vano el dicho dice: La realidad supera a la ficción.


Eso sí, como corresponde al melodrama o a la telenovela, todo es llano, directo, sin espesor ni dobleces, se debe aceptar que los buenos son buenos por designio primero y que los fanáticos pueden dar un volantazo porque tienen también corazón.


De todos modos, de puro escasa y nada frecuente, es hermosa la idea de que las diferencias políticas y religiosas puedan superarse por ir detrás de la voz evocadora de un artista único.


Se deja ver, aunque se la puede esperar que llegue al cable, las plataformas de contenidos o las mantas de la calle.


Gustavo Monteros

jueves, 27 de abril de 2017

Personal shopper

Olivier Assayas, después de filmar El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria, 2014), se quedó con ganas de seguir trabajando con Kristen Stewart, lo bien que hizo, porque entre las estrellas jóvenes es una de las más dúctiles, flexibles, hipnóticas y arrebatadoras. Se pasea por la vida y por la pantalla como poseedora de un secreto que uno siempre va a querer desentrañar, y no se equivoca, uno la ve venir y ya no la quiere perder de vista, queremos seguirla, acompañarla, aliviarle los pesares, desentrañarle los problemas, alegrarle los días y despertarle los placeres. Además, aunque tiene todas las curvas en los lugares correctos, ostenta un algo perturbadoramente andrógino, y en su mirada, ávida y vivaz, hay una tristeza de lago perdido que uno quiere desbaratar, para rescatarla, de una vez y para siempre, de traumas añejos y quizá olvidados.


Esta vez Assayas la sumerge en una historia de fantasmas, que es también un thriller y un retrato psicológico de soledades huérfanas en laberintos glamorosos. Maureen Cartwright (Kristen Stewart) tuvo un hermano mellizo, que se ha muerto, no hace mucho, de un ataque al corazón por una malformación congénita, que ella también padece, claro. Dicho hermano era médium, ella quizá también,  y se prometieron que el que muriera primero procuraría comunicarse desde el más allá con el que quedara vivo, para tranquilizarlo (o no). Maureen se gana la vida como personal shopper (compradora, asesora) de una súper modelo de alto perfil, que de tan famosa no puede dignarse a pasearse por las casas de alta costura, zapaterías inaccesibles y joyerías de renombre. Por eso, allá va Maureen, en su motito, por el París para los very few, llevando y trayendo trapos, calzados y joyas tan exclusivas como caras, no, carísimas. Tiene un novio antropólogo, si no entendí mal, que está en Sultanato de Omán y que la espera con paciencia, ella le insiste que no puede dejar París hasta que no se haya comunicado con el hermano partido. En esta misión la ayuda la novia-viuda. Entre intentos de comunicación con el otro lado de las cosas y las idas y vueltas por las casas de fashionistas, se verá involucrada en un crimen.


Assayas juega con los géneros fantástico y policial, citando sus tropos determinantes para escaparse de ellos y trascenderlos con la elegancia y la perversión del cine arte. Junto con su protagonista va redondeando un film tan fascinante como enigmático, que se resignifica a cada paso y que nos perturba hasta el último segundo con su coda final.


Kristen Stewart logra una actuación deslumbrante, doblemente seductora porque hace cosas dificilísimas como si no le costaran nada, talento más puro no se puede hallar.


En resumen, un film tan desconcertante y perturbador como su protagonista, y que nos deja con unos cuantos puntos suspensivos que debemos rellenar a la salida y que nos llevarán a tales o cuales conclusiones, según sea lo que prioricemos, tarea para el hogar que no pesa como un deber, porque es de lo más estimulante.


Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2017

Frantz

Ernst Lubitsch fue uno de los maestros de  la comedia clásica, tan grande fue que se llama “toque Lubitsch” a los momentos en los que el ingenio, la singularidad, la sofisticación y la elegancia elevan a la comedia al campo de lo sublime. Pero como integrante de la producción del Hollywood de la Era de Oro se vio obligado a cultivar todos los géneros. En 1932 aparte de concebir una de sus comedias más destacables Una hora contigo y una de sus obras maestras Un ladrón en la alcoba (Trouble in Paradise), le encomendaron un melodrama antibélico Remordimiento (Broken Lullaby, Canción de cuna rota, en el original). Se basaba en una obra de teatro de  Maurice Rostand, I killed a man (Maté a un hombre). A un francés, Paul Renard (Philips Holmes) le cuesta superar haber matado a un alemán, Walter Holderlin (Tom Douglas) durante un combate hombre a hombre un una trinchera de la Primera Guerra Mundial. En 1919, decide viajar a Alemania y conocer a la familia de la víctima para pedirles perdón. Facilita las cosas que el padre del difunto sea médico, el Dr Holderlin (Lionel Barrymore). Llegado el momento de la verdad, al francés le falta coraje y se hace pasar por amigo. Terminará por desatar el amor de la novia del alemán, Elsa (Nancy Carroll). La guerra “es un monstruo grande y pisa fuerte”, pero aquí no es mostrada en su dimensión épica con una Vivien Leigh caminando entre cadáveres como en Lo que el viento se llevó, sino que se centra en su costado más íntimo, el de los individuos particulares y sus pérdidas.


François Ozon, que ha hecho de la heterogeneidad el rasgo más sobresaliente de su carrera, toma este viejo melodrama de Lubitsch y lo somete a una transformación extrema. Para empezar tiene el coraje de decir que se basa, no en tal obra de teatro o en tal guión, sino en la película de Lubitsch. Otros, por pudor o hipocresía, dicen que recrearán tal o cuál material por este o aquel motivo, nunca que reharán la película que otro hizo antes. Una tontería, una remake es siempre en primer término sobre una película, no sobre una historia. Respeta, eso sí, el punto de partida y el blanco y negro del original. Cambia los nombres, el francés afligido se llama ahora Adrien Rivoire (Pierre Niney), la víctima es el Frantz del título, Frantz Hoffmeister (Anton von Lucke), el padre sigue siendo médico, pero va con el nombre de Hans Hoffemeister (Ernst Stötzner) y la novia del muerto responde al nombre de Anna (Paula Beer).


Ozon ofrece una versión corregida y aumentada. No en el sentido de corregir lo que está mal (a pesar del tiempo transcurrido, aceptados los códigos de la época de su creación, casi nada está mal en el film de Lubitsch) sino de potenciar lo que estaba en ciernes, y aumentar no solo el volumen de los conflictos sino extenderlos para explorar otras posibilidades y otros finales. No en vano el viejo film dura 76 minutos, mientras que el de Ozon dura 113. Y pueden verse uno detrás del otro sin que el de Ozon pierda interés, tan distintos son, a pesar de sus coincidencias.


Durante los primeros 18 minutos, Ozon concreta una película como las que aprendimos a amar en los setenta o de antes con los grandes maestros. La acción avanza a imagen pura, sin subrayados musicales, con sonido natural, o sea sin que nadie nos indique cómo tenemos que sentir, qué emoción manejar de acuerdo a la situación. Pero en el minuto 18 entrará la música, que ya no se irá, y el color, que aparecerá y desaparecerá. Ozon les da más carnadura psicológica a los personajes, ya no están solo dominados por las pasiones demandantes que impulsan a los protagonistas de Lubitsch. Adrien es un narcisista rico y mimado, por lo tanto es un peligro inmenso para una familia que atraviesa un luto. La novia ya no es una personita práctica con gran sentido del sacrificio, no, es una mujer compleja que comprende el poder de la mentira y comienza a usarlo, no bien Adrien confiesa que no es un amigo de Frantz, sino el soldado que lo mató. Nótese que la irrupción del color coincide cuando la mentira, en cuanto fantasía, revive y se fortifica. Aunque, a pesar del atractivo de someter a otros y del color, la fantasía mentirosa es un artificio, no tiene la contundencia de la verdad y se necesita verdad para amar y ser amado, de allí el regreso al blanco y negro.


Como vemos a Ozon le interesan otras cosas aparte del alegato antibelicista, como el poder que da la mentira manipuladora, o en tiempos en los que Europa tiende a cerrar fronteras, hablar también del  temor al extranjero, al que se ve, antes que nada y por sobre todo, como a un enemigo. En Lubitsch, la confesión del francés lleva al final del drama, aquí conduce a otra culminación y a una segunda parte, comandada más por el punto de vista de la novia, que el del francés. Y nos adentramos, entonces, en el más puro y delicioso melodrama de sentimientos, de amores que quien sabe si pueden ser.


Algunas películas nos regalan frases que no nos abandonan y que hacemos nuestras para usar cuando llegue la ocasión ideal. Aquí hay una que a mí en lo particular se me pegó, sabrá Dios quien la pergeño, un guión es una tarea a varias manos, ya estaba en el filme de Lubitsch y Ozon vuelve a usarla, los padres del muerto le pedirán al francés en un momento clave: “No tenga miedo de hacernos felices.”


En resumen, Frantz es un elegante y exquisito film melancólico que merece verse.


Gustavo Monteros