jueves, 18 de mayo de 2017

Perfectos desconocidos

Paolo Genovese (Una famiglia perfetta, 2012, Tutta colpa di Freud, 2014, Sei mai stata sulla luna?, 2015) ejerce la comedia popular, no la que se inscribe en la tradición de la Commedia all’italiana que directores como Mario Monicelli, Luigi Comencini, Nanni Loy, Pasquale Festa Campanile, Ettore Scola, Pietro Germi, Antonio Pietrangeli, Dino Risi, Steno o Lina Wertmüller hicieron famosa en el mundo entero, sino más bien la que se emparienta con el exitoso teatro burgués de la segunda mitad del siglo XX (burgués no en sentido marxista de la palabra, bueno, o casi, también, sino más bien según la definición de la Real Academia Española que reza: integrante de la clase media acomodada)


Tanto se identifica con este estilo que, si bien este film tiene un guión como Dios manda, no es difícil imaginarlo en una versión teatral. No solo en el estilo se entronca con el teatro de “diversión para antes de la cena”, asimismo el tema elegido es favorito en esta línea teatral: el del desenmascaramiento, amable, de hipocresías varias. Apela, es obvio, a nuestra curiosidad chismosa, ver x tipo de personajes en una compostura moral determinada, para después contemplarlos sin dicha protección, algo que podríamos definir como un strip-tease ético. Como ejemplo se me ocurre un título antediluviano, muy representado en la televisión de mi infancia como tragicomedia divertida y profunda, Cena de matrimonios del dramaturgo español Alfonso Paso, otro ejemplo, más cercano en el tiempo, es la taquillerísima Brujas de Santiago Moncada, también español. Sí, hablamos del tan preciado y rendidor “lavado de la ropa sucia” en un comedor o living lujosos.


Aquí la cosa va así: tres parejas de variopintas profesiones y personalidades se reúnen a cenar, como lo hacen siempre, hay un séptimo comensal que les presentará en esta ocasión a su nueva pareja (algo que al fin de cuentas no ocurrirá). Andan entre el fin de la treintena y la medianía de la cuarentena, y puede que alguno sea más joven o mayor que las edades apuntadas, pero la descripción da una buena idea del corte etario. En esta noche particular hay un eclipse y ya se sabe que los fenómenos astronómicos generan sinceramientos (no hay comprobación científica de que esto ocurra en la realidad, pero en la ficción no hay fenómeno astral que no despierte verdades o provoque enamoramientos), la cuestión es que en la charla surge el inevitable tema moderno de los teléfonos celulares, nuestra dependencia a los mismos y cómo generan un protocolo que atenta contra el disfrute concreto del aquí y ahora. Alguien menciona también que son poseedores y testigos de nuestros secretos y que no podríamos socializarlos sin revelar alguna intimidad vergonzante. Deciden entonces jugar con esta noción, los pondrán sobre la mesa y leerán para todos los mensajes que entren y contestarán, con el altavoz puesto, las llamadas entrantes. Mensajes y llamadas no tardarán en entrar y unas cuantas verdades, algunas bastante incómodas, saldrán a la luz. Y no menos reveladoras serán las reacciones que despierten en todos estos secretos inesperados.


Para que este tipo de comedia funcione como el mentado relojito es necesario que el ritmo no decaiga y que el elenco despierte una inmediata simpatía. Ambos requisitos se cumplen aquí a rajatabla. El armado, o sea el espaciamiento de secretos a descubrir, es eficaz, y Giuseppe Battiston, Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastrandea, Alba Rohrwacher y Kasia Smutniak no serán  Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Sofia Loren, Aldo Fabrizi, Walter Chiari, Stefania Sandrelli, Vittorio de Sica, Monica Vitti, Claudia Cardinale, Carla Gravina, Adolfo Celi, Lando Buzzanca, Gina Lollobrigida, Totò, Renato Salvatori, Giancarlo Giannini o Mariangela Melato, bah, nadie lo será nunca, pero generan interés y empatía.


En resumen, es un remanso más que agradable escuchar hablar en italiano después de tanta película en inglés. Attenti, tampoco verla con mucho apetito, aquí comen bastante y uno no es de palo y evoca sabores, que no en vano es tan famosa la cocina mediterránea.


Gustavo Monteros

jueves, 11 de mayo de 2017

El hijo de Jean

Mathieu (Pierre Deladonchamps) tiene su vida encarrilada. A los 33 años su carrera laboral luce estable y promisoria, y en su vida personal hay una meseta apacible, tuvo un divorcio amable que su hijo de 10 años parece no resentir. Pero, siempre hay un pero fundador, una buena mañana recibe una llamada telefónica desde Canadá, que le dice que su padre (del que no tenía noticias, su difunta madre le decía que fue fruto de una relación casual) ha muerto y que le ha dejado como herencia un paquete. Mathieu decide entonces abandonar París y ver en persona que hay detrás de esta noticia desestabilizadora. Del otro lado del océano, lo espera Pierre (Gabriel Arcand), amigo del padre y que será su cicerone por estos parajes de un nuevo pasado.


Como se ve, estamos ante una dramática peripecia humana. Para que un cuento de esta naturaleza se desarrolle con solvencia se necesita: un buen estudio de personalidades (lo tachamos de la lista, ya que aquí se encuentra), situaciones enriquecedoras que despierten identificación (la empatía famosa) y hagan crecer la historia (tachado también, porque se hallan presentes), alguna que otra sorpresa que condimente bien la narración y la eleve de la amabilidad a un estado que la haga perdurable o al menos más recordable que el promedio de cuentos humanos que consumimos (tachado también, se halla en deliciosas y saludables cantidades), un director sensible y seguro (Philippe Lioret, el de la recordada Welcome, 2009, aporta además una sobriedad y una elegancia que lo alejan de las estridencias y los subrayados, así que tachamos también este ítem de nuestra lista) y por supuesto, actores capaces de hacer asequible y conmovedora esta aventura de descubrimientos no menos trascendentales por lo pequeños, (ítem tachadísimo, porque los dos conductores primordiales de la acción, Pierre Deladonchamps (que pasó a la fama por El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013) como el veterano canadiense Gabriel Arcand, se muestran pródigos y prodigiosos a la hora de transmitir emoción y de iluminar conductas.


En resumen, una hermosa historia bien contada. Otra épica de lo pequeño, y no hay contradicción en los términos opuestos.


Gustavo Monteros

Graduación

Christian Mungiu con 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007) no solo ganó fama internacional sino que puso al cine rumano en primer plano. Más allá de las inevitables diferencias creativas entre los distintos directores de este cine pujante, un factor común sobresalía. Todos parten de una situación pequeña y reconocible, que al irse profundizando, de a poco, se va cargando de implicancias políticas y sociales. Lo macro contenido en lo micro, que se vuelve más y más revelador, a medida que se focaliza mejor la lupa. O sea la más lograda y envidiable manera de contar un relato. Cargarlo de ecos y significaciones con tan solo detallarlo, ya se trate de algo tan personal e individual como la posibilidad de un aborto o de la decisión de dejar a alguien.


Aquí el cuento se abre con una piedra que rompe el vidrio de un departamento habitado por un médico, Romeo (Adrian Titieni), ansioso porque su hija Eliza (Maria-Victoria Dragus) apruebe el último examen del bachillerato y logre así continuar los estudios en Inglaterra, la madre Magda (Lia Bugnar), se verá más tarde, es una figura secundaria y superada en el presente de Romeo. La piedra que rompió el vidrio prefigura unas cuantas tribulaciones posteriores. Eliza será víctima de un intento de violación que desbastará la difícil tranquilidad necesaria para enfrentar un examen. Romeo quiere que su hija tenga la posibilidad de estudiar en el exterior sí o sí, por ella y también por él, que cumplirá vicariamente lo que no pudo o supo conseguir.


Durante la primera hora y media el relato avanza con seguridad y despierta nuestro continuo interés, pero se cae (esa fue mi sensación) en el desenlace. La última media hora se desbarranca, como si no se supiera concluir con gloria lo que se quería contar, o no se pudiera establecer con certeza qué era lo que se pretendía contar. Las diversas aristas que se fueran perfilando se quedan sin filo. Algunas historias se cierran con las formas caprichosas y gratuitas de algunos thrillers tramposos. Y cuando al fin prima la ética individual versus hasta dónde es capaz de llegar un padre para que sus hijos vivan mejor, el relato luce retorcido, como si lo que hubiera tenido que surgir de él fue reemplazado por algo impuesto por la fuerza.


Mungiu filma con la pericia de un maestro, de allí que uno tienda a dudar de la propia percepción, pero a la salida, cuando uno puede armar con tranquilidad el rompecabezas y fundamentar el análisis, se ve que esta vez los ecos sociales y políticos no surgen de la historia sino que son tirados desde afuera como aquella piedra de la primera escena.


Una decepción luminosa, y no es un juego de palabras, puede que la película no sea tan satisfactoria como se esperaba, pero hay mucho talento detrás, y la experiencia igual recompensa. La equivocación de los maestros es a veces mejor que los aciertos de unos cuantos discípulos poco agraciados.


Gustavo Monteros

jueves, 4 de mayo de 2017

Un momento de amor

Marion Cotillard es una actriz prodigiosa. Su belleza no empalaga, porque no depende de simetrías indiscutibles ni angulosidades comprobables para deslumbrar. Su apabullante talento no fatiga, porque no depende de adaptaciones a su personalidad ni asimilaciones a su físico. Su excepcionalidad la equipara con las grandes divas imperecederas del cine clásico y su histrionismo único, que no se alimenta de gestos, posturas y prosodias determinantes, la equiparan a las grandes actrices modernas que prescinden de artificios y artilugios para proyectar su magia. En fin, que reencontrarse con la Cotillard es siempre una fiesta, aunque la película sea mala, cosa que ésta, por suerte, no lo es para nada.


Estamos en la década del cincuenta del siglo pasado en la campiña francesa. Gabrielle (Marion Cotillard) sufre de los nervios, subterfugio que ocultaba por aquel entonces la ignorancia de las afecciones psicológicas. Parece padecer de una aflicción psicosomática y tener inconvenientes para dar satisfacción a los ardores sexuales. Como suele ser el caso, se prendará de quién no debe, y su madre, pragmática, como son algunas personas que viven en contacto con la naturaleza, la casará con un español, José (Alex Brendemülhl) que trabaja de recolector en los campos de la familia y que mira a Gabrielle con una deferencia que bien podría transformarse en afecto. Un aborto espontáneo hará que descubran que la aqueja, el “Mal de pierres” del título original. Terminará en un hospital de Davos que se especializa en erradicar dicha enfermedad. Allí conocerá a André (Louis Garrel) y entonces…


Este trabajo de Marion Cotillard, sobre todo en esto de chica de campo, aquejada por insatisfacciones sexuales, apasionada, libre y un poco salvaje,  dialoga con uno de los mejores personajes corporizados por Isabelle Adjani,  el de L'été meurtrier (Verano Mortal, Jean Becker, 1983), pero mientras que el de Adjani se hundía en la locura y en el crimen, porque de un policial negro se trataba, este personaje de Cotillard se dirige hacia la epifanía deslumbradora, porque ésta es una historia de amor.


Nicole Garcia (también actriz, los memoriosos la recordarán como la protagonista junto a Gérard Depardieu de una de las mejores obras del maestro Alain Resnais, Mi tío de América (Mon oncle d'Amérique, 1980)) conduce con autoridad y buen pulso este cuento que se vuelve seductor y entrañable, más que nada porque se fortifica en hombres  que saben amar. En estos últimos tiempos, generalmente se nos acusa de no comprometernos, de no saber escuchar ni acompañar, pero a veces también, para contrarrestar tanta falencia, como en este caso, sabemos amar.
,

Por lo dicho, no es de extrañar que elogie a los caballeros que secundan a Cotillard, el barcelonés Alex Brendemülhl (que fuera el Mengele de nuestra Wakolda (Lucía Puenzo, 2013)) y el parisino Louis Garrel concretan una faena casi a la altura de la de Cotillard, encomio que puede resultar mezquino, aunque en realidad es todo un ditirambo.


Otra caracterización notable de Marion Cotillard y una buena historia ¿qué más se puede pedir para pasar un par de horas más que agradables en un cine?


Gustavo Monteros

El ídolo

El ídolo de Hany Abu-Assad trata algunos aspectos de la vida de Mohammad Assaf, que durante un tiempo gozó de la aprobación y la popularidad que alguna vez tuvo la Selección Argentina-México 86. Ahora bien ¿quién es Mohammad Assaf? Un cantante de gran voz, ganador de la segunda versión de Arab Idol en 2013.


Hany Abu-Assad, el director de Paradise Now (2005) y Omar (2013) manifestó en estas dos películas, más allá de las aristas sociales y políticas, un gusto por el cine popular industrial. Ahora con El ídolo (Ya tayr el tayer, en el original, 2005) se da el gusto de explorarlo a sus anchas.


De no saber que se basa en hechos reales, diríamos que director y guionista se permiten todas las ambivalencias del típico melodrama, a saber, bienaventuranza-desgracia, felicidad-enfermedad, humillación-reparación, sacrificio-redención, vejación-triunfo y desventura-suerte.


Es decir, de no ser cierta la historia de este aspirante a cantante que triunfa apoteóticamente, la acusaríamos de regodearse en los tópicos más ramplones y usados de los melodramas más vergonzantes (hoy, no ayer que eran la usanza obligada) de Libertad Lamarque, tanto en Argentina como México.


Pero a Dios a veces le gusta emular a los más atrevidos guionistas de telenovelas y le da a sus criaturas destinos de contrastes tan fuertes que parecen cuento. No en vano el dicho dice: La realidad supera a la ficción.


Eso sí, como corresponde al melodrama o a la telenovela, todo es llano, directo, sin espesor ni dobleces, se debe aceptar que los buenos son buenos por designio primero y que los fanáticos pueden dar un volantazo porque tienen también corazón.


De todos modos, de puro escasa y nada frecuente, es hermosa la idea de que las diferencias políticas y religiosas puedan superarse por ir detrás de la voz evocadora de un artista único.


Se deja ver, aunque se la puede esperar que llegue al cable, las plataformas de contenidos o las mantas de la calle.


Gustavo Monteros

jueves, 27 de abril de 2017

Personal shopper

Olivier Assayas, después de filmar El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria, 2014), se quedó con ganas de seguir trabajando con Kristen Stewart, lo bien que hizo, porque entre las estrellas jóvenes es una de las más dúctiles, flexibles, hipnóticas y arrebatadoras. Se pasea por la vida y por la pantalla como poseedora de un secreto que uno siempre va a querer desentrañar, y no se equivoca, uno la ve venir y ya no la quiere perder de vista, queremos seguirla, acompañarla, aliviarle los pesares, desentrañarle los problemas, alegrarle los días y despertarle los placeres. Además, aunque tiene todas las curvas en los lugares correctos, ostenta un algo perturbadoramente andrógino, y en su mirada, ávida y vivaz, hay una tristeza de lago perdido que uno quiere desbaratar, para rescatarla, de una vez y para siempre, de traumas añejos y quizá olvidados.


Esta vez Assayas la sumerge en una historia de fantasmas, que es también un thriller y un retrato psicológico de soledades huérfanas en laberintos glamorosos. Maureen Cartwright (Kristen Stewart) tuvo un hermano mellizo, que se ha muerto, no hace mucho, de un ataque al corazón por una malformación congénita, que ella también padece, claro. Dicho hermano era médium, ella quizá también,  y se prometieron que el que muriera primero procuraría comunicarse desde el más allá con el que quedara vivo, para tranquilizarlo (o no). Maureen se gana la vida como personal shopper (compradora, asesora) de una súper modelo de alto perfil, que de tan famosa no puede dignarse a pasearse por las casas de alta costura, zapaterías inaccesibles y joyerías de renombre. Por eso, allá va Maureen, en su motito, por el París para los very few, llevando y trayendo trapos, calzados y joyas tan exclusivas como caras, no, carísimas. Tiene un novio antropólogo, si no entendí mal, que está en Sultanato de Omán y que la espera con paciencia, ella le insiste que no puede dejar París hasta que no se haya comunicado con el hermano partido. En esta misión la ayuda la novia-viuda. Entre intentos de comunicación con el otro lado de las cosas y las idas y vueltas por las casas de fashionistas, se verá involucrada en un crimen.


Assayas juega con los géneros fantástico y policial, citando sus tropos determinantes para escaparse de ellos y trascenderlos con la elegancia y la perversión del cine arte. Junto con su protagonista va redondeando un film tan fascinante como enigmático, que se resignifica a cada paso y que nos perturba hasta el último segundo con su coda final.


Kristen Stewart logra una actuación deslumbrante, doblemente seductora porque hace cosas dificilísimas como si no le costaran nada, talento más puro no se puede hallar.


En resumen, un film tan desconcertante y perturbador como su protagonista, y que nos deja con unos cuantos puntos suspensivos que debemos rellenar a la salida y que nos llevarán a tales o cuales conclusiones, según sea lo que prioricemos, tarea para el hogar que no pesa como un deber, porque es de lo más estimulante.


Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2017

Frantz

Ernst Lubitsch fue uno de los maestros de  la comedia clásica, tan grande fue que se llama “toque Lubitsch” a los momentos en los que el ingenio, la singularidad, la sofisticación y la elegancia elevan a la comedia al campo de lo sublime. Pero como integrante de la producción del Hollywood de la Era de Oro se vio obligado a cultivar todos los géneros. En 1932 aparte de concebir una de sus comedias más destacables Una hora contigo y una de sus obras maestras Un ladrón en la alcoba (Trouble in Paradise), le encomendaron un melodrama antibélico Remordimiento (Broken Lullaby, Canción de cuna rota, en el original). Se basaba en una obra de teatro de  Maurice Rostand, I killed a man (Maté a un hombre). A un francés, Paul Renard (Philips Holmes) le cuesta superar haber matado a un alemán, Walter Holderlin (Tom Douglas) durante un combate hombre a hombre un una trinchera de la Primera Guerra Mundial. En 1919, decide viajar a Alemania y conocer a la familia de la víctima para pedirles perdón. Facilita las cosas que el padre del difunto sea médico, el Dr Holderlin (Lionel Barrymore). Llegado el momento de la verdad, al francés le falta coraje y se hace pasar por amigo. Terminará por desatar el amor de la novia del alemán, Elsa (Nancy Carroll). La guerra “es un monstruo grande y pisa fuerte”, pero aquí no es mostrada en su dimensión épica con una Vivien Leigh caminando entre cadáveres como en Lo que el viento se llevó, sino que se centra en su costado más íntimo, el de los individuos particulares y sus pérdidas.


François Ozon, que ha hecho de la heterogeneidad el rasgo más sobresaliente de su carrera, toma este viejo melodrama de Lubitsch y lo somete a una transformación extrema. Para empezar tiene el coraje de decir que se basa, no en tal obra de teatro o en tal guión, sino en la película de Lubitsch. Otros, por pudor o hipocresía, dicen que recrearán tal o cuál material por este o aquel motivo, nunca que reharán la película que otro hizo antes. Una tontería, una remake es siempre en primer término sobre una película, no sobre una historia. Respeta, eso sí, el punto de partida y el blanco y negro del original. Cambia los nombres, el francés afligido se llama ahora Adrien Rivoire (Pierre Niney), la víctima es el Frantz del título, Frantz Hoffmeister (Anton von Lucke), el padre sigue siendo médico, pero va con el nombre de Hans Hoffemeister (Ernst Stötzner) y la novia del muerto responde al nombre de Anna (Paula Beer).


Ozon ofrece una versión corregida y aumentada. No en el sentido de corregir lo que está mal (a pesar del tiempo transcurrido, aceptados los códigos de la época de su creación, casi nada está mal en el film de Lubitsch) sino de potenciar lo que estaba en ciernes, y aumentar no solo el volumen de los conflictos sino extenderlos para explorar otras posibilidades y otros finales. No en vano el viejo film dura 76 minutos, mientras que el de Ozon dura 113. Y pueden verse uno detrás del otro sin que el de Ozon pierda interés, tan distintos son, a pesar de sus coincidencias.


Durante los primeros 18 minutos, Ozon concreta una película como las que aprendimos a amar en los setenta o de antes con los grandes maestros. La acción avanza a imagen pura, sin subrayados musicales, con sonido natural, o sea sin que nadie nos indique cómo tenemos que sentir, qué emoción manejar de acuerdo a la situación. Pero en el minuto 18 entrará la música, que ya no se irá, y el color, que aparecerá y desaparecerá. Ozon les da más carnadura psicológica a los personajes, ya no están solo dominados por las pasiones demandantes que impulsan a los protagonistas de Lubitsch. Adrien es un narcisista rico y mimado, por lo tanto es un peligro inmenso para una familia que atraviesa un luto. La novia ya no es una personita práctica con gran sentido del sacrificio, no, es una mujer compleja que comprende el poder de la mentira y comienza a usarlo, no bien Adrien confiesa que no es un amigo de Frantz, sino el soldado que lo mató. Nótese que la irrupción del color coincide cuando la mentira, en cuanto fantasía, revive y se fortifica. Aunque, a pesar del atractivo de someter a otros y del color, la fantasía mentirosa es un artificio, no tiene la contundencia de la verdad y se necesita verdad para amar y ser amado, de allí el regreso al blanco y negro.


Como vemos a Ozon le interesan otras cosas aparte del alegato antibelicista, como el poder que da la mentira manipuladora, o en tiempos en los que Europa tiende a cerrar fronteras, hablar también del  temor al extranjero, al que se ve, antes que nada y por sobre todo, como a un enemigo. En Lubitsch, la confesión del francés lleva al final del drama, aquí conduce a otra culminación y a una segunda parte, comandada más por el punto de vista de la novia, que el del francés. Y nos adentramos, entonces, en el más puro y delicioso melodrama de sentimientos, de amores que quien sabe si pueden ser.


Algunas películas nos regalan frases que no nos abandonan y que hacemos nuestras para usar cuando llegue la ocasión ideal. Aquí hay una que a mí en lo particular se me pegó, sabrá Dios quien la pergeño, un guión es una tarea a varias manos, ya estaba en el filme de Lubitsch y Ozon vuelve a usarla, los padres del muerto le pedirán al francés en un momento clave: “No tenga miedo de hacernos felices.”


En resumen, Frantz es un elegante y exquisito film melancólico que merece verse.


Gustavo Monteros

El porvenir

Nathalie (Isabelle Huppert) es una profesora de filosofía que tiene la vida “ordenada”. Bueno, ordenada quizá no sea la palabra exacta, a lo que voy es que ha logrado que cada cosa esté en el compartimento que ella le ha asignado. Por eso cuando su esposo, Heinz (André Marcon) otro profesor de filosofía, le confiese que tiene una amante, Nathalie le contestará “¿Y por qué no te guardaste la información?”, o sea ¿para qué me lo contás, si yo estaba bien como estaba? Cuando los alumnos del secundario donde enseña le quieren impedir entrar, porque hacen un piquete de protesta, intentarán convencerla de que se ponga del lado de ellos, mencionándole que si triunfan mejorarán los términos de su jubilación, ella admitirá discutir el problema, pero que ni le mencionen la jubilación (que entre paréntesis está a la vuelta de su esquina). Su madre, Yvette (Edith Scob) una exmodelo y ahora actriz part-time la acosa con sus ataques de pánico, un problema que curiosamente Nathalie atiende con paciencia y generosidad. Se reencontrará con un exalumno, Fabien (Roman Kolinka) que ella ha ayudado y protegido, hasta lograr incluso que la editorial en la que ella publica un manual de estudios y dirige una colección de ensayos, le saque un libro a Fabien. Editorial con la que Nathalie tiene serias diferencias respecto a cómo vender sus libros. Todo parece apuntar a que ella se está quedando atrás en ciertas cosas, que ya no la atraen las posturas radicalizadas, ni que los libros se vendan con portadas coloridas de revistas. Está entre la determinación de que nada cambie por un tiempo más y la aceptación de que ya quiere apartarse, o sea la antesala al ocaso definitivo. Pero la vida hasta el mismísimo final es cambio, movimiento, caos. Sus hijos quizá sean quienes más la comprendan, se burlan  cariñosamente de ella y la dejan hacer.


El porvenir, sin duda, es una película que los filósofos y profesores de filosofía le sacarán el jugo y comprenderán todos los guiños de los autores que se leen, se mencionan, se discuten (en su mayoría son franceses). Pero los que sabemos poco, o como en mi caso, casi nada de filosofía podemos también sacarle provecho, porque es una película, como casi todas, bah, sobre la vida. Esa vida que es contingencia pura, que jamás se queda quieta, que nos pone en contradicción con lo que decíamos ayer o con la idea de mañana. Terminada de verla, me quedé pensando en el destino de la gata, Pandora, porque si bien la película se abre con la visita a la tumba de Chateaubriand y se cierra con un nacimiento, ilustrando un círculo de vida, el otro elemento que enhebra todas las vicisitudes de los conflictos es la gata Pandora, testigo de las tristezas de quien se cree en permanente abandono y del amor que puede ser si tan solo dejaran de pensar un rato. Pero al margen de lo que atestigua la pobra gata, su destino es curioso.


Este film, escrito y dirigido por Mia Hansen-Løve, por el que ganó el Oso de Plata del Festival de Berlín a la Mejor Dirección, se engrandece por el protagónico de Isabelle Huppert, que tiene una manera única de adueñarse de los papeles que le tocan en suerte, tanto es así que uno no imagina a ninguna otra actriz en esos roles, lo cual es un logro mayúsculo.


Al bebé le regalan un libro sobre Sócrates al final de la película y se bromea sobre la pertinencia del regalo. Alguien dirá que nunca es demasiado temprano para adentrarse en la filosofía. Puede ser, porque según Sócrates, la filosofía es como una preparación para la muerte. Pero no nos pongamos lúgubres, este film es luminoso en más de un sentido. Se lo recomienda.


Gustavo Monteros

viernes, 7 de abril de 2017

Paréntesis

Amigxs, con su permiso, abriré un pequeño paréntesis, vuelvo después de Semana Santa. Ah, si no la vieron todavía, dense una vuelta por la película de Fernán Mirás: El peso de la ley, por suerte sigue en cartel, está en Cinema Paradiso y va en su ya acostumbrados dos horarios: 18:30 y 23:05. Es una buena película y de paso apoyamos el cine nacional. Abrazo. 



viernes, 31 de marzo de 2017

El peso de la ley

Voy a hacer una excepción. En alguna crónica pasada declaré que no escribiría sobre películas argentinas porque no perdía la esperanza de participar de alguna y no quería que, llegado por fin el caso, se me reprochara un comentario trasnochado. Pero hoy hablaré de El peso de la ley con libertad y sin renuencias por la sencilla razón que no tengo nada malo que decir de ella.


La veo en una función del Espacio Incaa en el cine Gaumont de Buenos Aires, de cara a la Plaza Congreso. Es en la sala 1 que parece inmensa para albergar a la cincuentena de espectadores que somos. Terminada la proyección se da una tímida salva de aplausos, que se vuelve cálida porque nos sumamos casi todos. Camino a la salida, escucho que una espectadora le preguntaba a la chica, que había entrado con escoba y palita para adecentar otra vez el lugar, si alguna vez la sala se había llenado con esta película. A la señora le resultaba increíble que una película tan buena no convocara multitudes.


Camino del subte, que me llevará a Retiro, repaso mentalmente las reviews que leí sobre la película. Desacuerdo fervientemente con ellas. Una vez en casa, entro a la página argentina equivalente a Rotten Tomatoes, o sea, que rejunta todas, o casi todas, o más o menos todas las críticas publicadas sobre tal o cual film. Veo que los mismos motivos derivan en elogios o descalificaciones. Ratifican mi creencia de la inutilidad de las críticas. Lo mejor que uno puede hacer es describir lo que la película nos despertó y confiar que esto le sirva como orientación a los probables espectadores. Ponerse por encima de lo se ve y levantar el dedito para calificar o bajar línea es tan anacrónico como un dinosaurio en la Revolución Francesa.


El peso de la ley, como su título lo indica, viene de abogados y sus casos. Y es el debut como director del actor Fernán Mirás. En una nota del diario La Capital de Mar del Plata hallo lo siguiente (quien habla es el coguionista Roberto Gispert): “La historia la escribimos con Fernán, está basada en un expediente real, que utilicé para recibirme (de abogado) y cuyo hecho ocurrió en un pueblo del interior”, agregó Gispert, quien contó que el filme se sostiene “en el humor negro” para narrar una historia que ocurre en 1983, a poco de que termine la dictadura cívico militar. “No caímos en mostrar hechos escabrosos ni escatológicos, es un filme sobre las luchas intestinas que se viven en el poder judicial”, agregó Gispert. (…)  Según el coguionista, motivó el filme un expediente que, de tan absurdo, los abogados se lo pasaban entre ellos como un chiste. Pero hubo personas que padecieron las decisiones de ese expediente, seguramente por las condiciones sociales a las que pertenecían.


De un lado tenemos a Gloria Soriano (Paola Barrientos), una abogada a la que le toca defender al Gringo (Daniel Lambertini) acusado de violar al idiota del pueblo, Mamfredo (Fernán Mirás), la fiscal del caso Mercedes Rivas (María Onetto) fue profesora de Gloria. El expediente es casi un chiste de mal gusto de tan precario y prejuicioso. Darío Grandinetti será el juez, personaje comprometido en el caso por más de un aspecto.


Los detractores del film insisten con que el tratamiento del tema es enfático, los personajes está subrayados y que el contenido es discursivo. Los defensores damos vuelta esos argumentos y decimos que no hay énfasis sino voluntad de claridad, no hay personajes subrayados sino caracterizaciones claras y que el contenido no es discursivo sino elocuente. Eso sí, todos coincidimos en que la historia es muy atrayente y que las actuaciones son excelentes.


Yo, ya es obvio, milito en las filas de los defensores de un film, que me pareció lisa y llanamente el mejor que he visto este año hasta la fecha. Por su audacia, por sus logros, por su historia, por volver inolvidables a sus personajes. (Y porque antes de los títulos finales reconocí las locaciones necochenses utilizadas)


En resumen, asúmase como juez de este film impar y emita sentencia. (Se exhibe en el Cinema Paradiso en solo dos horarios, uno muy cómodo: 18:40 y otro no tanto: 23:05, incluso a pesar de esta incomodidad, no se lo pierda)


Gustavo Monteros

jueves, 23 de marzo de 2017

Dos noches hasta mañana

Decía la vieja canción de Dave Ellingson y Kim Carnes:

Love comes from the most unexpected places (El amor llega de los lugares más inesperados)/
In someone's eyes you've never met (en los ojos de alguien que no conocías)/
Who wants to get to know you (y que quiere conocerte)/
In someone's smile you can't forget (En una sonrisa que no puedes olvidar)/
And if the music plays on in your mind (Y si la música suena en tu cabeza)/
Take all the love that you can find (Apodérate del amor que halles)/
And if love takes you in (Y si el amor te engaña)/
Take all the love that you can find (Apodérate del amor que halles)/
And hope it comes again (Y cruza los dedos para que vuelva)

Y algo así les pasa a Caroline y Jaakko. Caroline (Marie-Josée Croze) es una arquitecta que está de paso en la ciudad de Vilna, capital de Lituania por un trabajo. Su vuelo de regreso a París parte a la mañana siguiente. En el bar del hotel cruza miradas y sonrisas con Jaakko (Mikko Nousiainen) quien se acercará a su mesa y comenzarán una noche de juegos, tragos y sexo. Pero la casualidad, el azar, el destino o la pura coincidencia harán que el aeropuerto se cierre por una nube de cenizas volcánicas y que deba permanecer en Vilna un día y una noche más.


Si bien esta película escrita y dirigida por el finlandés Mikko Kuparinen trabaja con intensidad el símil de verdad y realismo, abreva en la fantasía romántica del amor inesperado que define las relaciones en conflicto que arrastramos o que nos enfrenta a aspectos nuestros algo adormecidos, por no decir negados.


Para que la historia funcione es necesario que desarrollemos una instantánea empatía con los personajes, a través de los actores, claro. Yo, al menos, lo hice de inmediato y entré y viví con ellos los vaivenes y vericuetos de una relación que termina por poner negro sobre blanco el amor rengo que ella arrastra o la soledad luminosa que el éxito de él oculta.


En resumen, si alguna vez elucubraste adónde te llevaría esa mirada o aquella sonrisa de lxs extrañxs si hubieran dejado de serlxs y te hubieras relacionado con ellxs, este film te ofrece una agradable respuesta a esa inquietud.


Gustavo Monteros

jueves, 16 de marzo de 2017

Elle: Abuso y Seducción


Elle: abuso y seducción de Paul Verhoeven es tanto una comedia de humor negro, un psicodrama (lo que en algún momento llamamos estudio de personajes), una sátira de la burguesía, un policial de venganza, una comedia de costumbres y unas cuantas cosas más.


Paul Verhoeven (RoboCop, 1987, El vengador del futuro, 1990, Bajos instintos, 1992, Showgirls, 1995, Invasión-Starship Troopers, El libro negro, 2006) es ante todo un provocador, un satirista a la vieja usanza, así que descoloca y mucho, tan poco acostumbrados estamos a la sátira punzante, como las del Buñuel del Discreto encanto de la burguesía, 1972, El fantasma de la libertad, 1974 o Ese oscuro objeto de deseo, 1977. A lo que voy es que nos sorprendería menos si viniéramos de una seguidilla buñuelesca.


Michèle (Isabelle Huppert) es violada en la primera escena y su respuesta es inaudita. Es la más inteligente manera de informarnos a qué deberemos atenernos de ahí en más. Verhoeven dinamitará todos nuestros conceptos bienpensantes de temas álgidos como la violencia de género, el feminismo o el rol de la mujer. Nos incomodará, nos escandalizará (si el amarillismo que nos domina nos dejó un resto de sensibilidad), nos apabullará. Es una de las películas más inusuales que tendremos la suerte de ver. Nunca sabremos muy bien dónde estamos parados, adónde se dirigirá la trama, en qué vericuetos nos meterá, qué salvedades morales tendremos que enfrentar.


Michèle es un personaje multifacético, es una empresaria de éxito, una amiga, una hija, una madre, una amante, una vecina y una vengadora. Cada uno de estos roles dispara una subtrama, de superficie elegante y luminosa y de trasfondo sucio y barroso. A propósito no daré más detalles, no para evitar espoilear sino para no condicionar las sorpresas, que son muchas.


Isabelle Huppert leyó Oh..., la novela de Philippe Djian, en que se basa el film, y supo que tenía un papel ideal para ella, por eso se la acercó al productor y sugirió que Verhoeven debía dirigirla. El productor y Verhoeven llevaron el proyecto a los Estados Unidos con la aspiración de Nicole Kidman como la protagonista soñada. Ante el poco eco encontrado, regresaron a Francia y a Huppert, quien asegura no sentirse traicionada por el paseo estadounidense de su productor y director, quizá por creer que el personaje le estaba destinado.


Huppert hace una de las actuaciones más destacadas de la historia del cine y no exagero en lo más mínimo. Deslumbra a cada paso del camino con cada pequeño gesto, con cada inflexión de la voz, por cada movimiento que encara. Comienza por hacer lo opuesto a lo que hacen casi todos los actores, nos empuja afuera, no quiere empatía, quiere que nos distanciemos de su personaje, que permanezcamos alejados y cuánto más nos empuja, más queremos acercarnos, estar con ella, disfrutar de su libertad de acción. Huppert nos  informa que nada de lo que sucede es casual, accidental, que cada desvío desafiante de los temas o argumentos socialmente aceptados son a propósito, y que hacemos bien en sentirnos interpelados porque esa es la intención que ella y el director se traen a simple vista y bajo la manga. Y si se ve la película otra vez (yo voy por la segunda) su actuación deslumbra más todavía, porque uno comienza a comprender la cantidad de pliegues que le imprime a su criatura, que es tanto un ser humano como un monstruo. Ella es la película, pero la película no es ella, de ahí que uno pueda sentirse disgustado por el film y fascinado por lo que ella hace.


En un reportaje para The Guardian, Huppert poco menos que camina por los techos ante la sugerencia de que su personaje encarne algún tipo declaración de principios o que la película aspire a tal o cual mensaje. Con mucho acento francés afirma que el film es una fantasía destinada a incomodar al espectador que cree tener verdades reveladas sobre cómo son algunos temas. Eso está cumplido con creces. Más allá de algunas resoluciones magistrales, no sé si me gusta esta película tan atrevida, que de todos modos considero de visión imprescindible porque Huppert hace algo antológico de lo que se hablará durante generaciones.

Gustavo Monteros

Silence


En mi modesta opinión, que no tiene por qué ser compartida por nadie, de todos los Scorsese que conviven en la carrera de Martin Scorsese director, el  que menos me gusta y menos revisito (por no decir jamás) es el religioso. Por censuras varias llegamos tarde a La última tentación de Cristo, 1988, y cuando la vimos lucía antigua, superada, parecía Los diez mandamientos de Cecil B De Mille reversionada por el Pier Paolo Pasolini de El evangelio según San Mateo, o sea desprovista de luz, color y magnificencia, era un tedio que solo Willen Dafoe y Barbara Hershey hacían soportable. Kundun, 1997, en cambio, era todo luz, color y lujo, pero más seca que hueso que da la luz mala e igual o más aburrida que la mencionada antes, uno se tenía que pellizcar cada cinco segundos y decirse que era una profunda exploración religiosa para no caer en el sopor que nos acuciaba. La que le siguió, si bien no se la incluye entre las religiosas-religiosas, igual indagaba sobre Dios, el destino, la culpa y demás, Vidas al límite (Bringing out the dead, 1999) esa en la que Nicolas Cage subrayaba su natural cara de vagina afligida, obra que podría figurar entre las interesantes-pero-no-logradas del currículum de ambos. Y como no hay dos sin tres, llega Silence para integrar, hasta la fecha, una trilogía religiosa, sabrá Dios si hay más y se conforma una tetralogía, y otra y una pentalogía, después quizá una hexalogía, una heptalogía, una octología, una enealogía o nonalogía, una decalogía y así sucesivamente.


Silence se basa en una novela de 1966 del autor católico japonés Shūsaku Endō, que ya fuera llevada al cine por Masahiro Shinoda con el mismo título en 1971, y hasta hay quien dice que también por João Mario Grilo porque su The Eyes of Asia de 1994 se nutriría en esta novela.


Estamos en 1639, dos sacerdotes portugueses, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) llegan a Japón en busca de su mentor, Ferreira (Liam Neeson) quien no solo habría dejado de difundir la fe católica sino que también habría apostatado al abrazar el budismo y que incluso viviría amancebado con una japonesita. El cristianismo católico sobrevive a duras penas una persecución oficial, igual de cruenta que la Santa Inquisición, quienes se nieguen a renegar del credo son quemados vivos, crucificados hasta ahogarse con las mareas, o colgados boca abajo con una herida precisa que los desangra gota a gota.


Scorsese no es Scorsese al divino botón, aquí filma con la amplitud de un despojado David Lean, su puesta en escena es siempre creativa, elocuente, grandiosa. El guión peca de demasiado declamativo, algo que es casi de rigor en las disquisiciones religiosas o filosóficas. Dos problemas graves preocupan a los fieles seguidores de Scorsese, entre los que me cuento, uno, el relato no fluye con naturalidad, tropieza una y otra vez con una solemnidad, con una pretenciosidad, con una autoconsciencia de importancia, que poco ayudan para involucrarnos con lo que sucede en pantalla, salvo las escenificaciones de los martirologios que conmocionan con su salvajismo, el resto nos aburre más que misa en latín.


Y dos, los protagonistas, Andrew Garfield no tiene madera de estrella, no puede sostener nuestra atención, carece de brillo, de presencia, de recursos, por más que angustie su cara de niño no pasa nada, en Hasta el último hombre, 2016, de Mel Gibson o en su El sorprendente Hombre Araña, 2012, de Marc Webb le iba mejor porque estaba rodeado de carismáticos e inflado de efectos especiales, aquí no hay ni una cosa ni la otra. Su coequiper, Adam Driver, tiene cara y cuerpo como para estar en El entierro del conde de Orgaz de El Greco, y ahí se acaba su contribución a la imaginería religiosa, como Andrew Garfield, su atractivo estelar va de poco a nulo. Uno comienza a rezar que aparezca Liam Neeson de una buena vez y le dé espesor, presencia, interés al cuento.


Pobre Scorsese, terminar con Andrew Garfield y Adam Driver, él que tiene ciclos con algunos de los más grandes actores que han existido, De Niro, Di Caprio, Daniel Day Lewis en un par, y en solo una vez  por ahora, estrellas como Jack Nicholson, Jerry Lewis, Nicolas Cage, Tom Cruise o el inolvidable Paul Newman. Mientras se elaboraba este proyecto, algo que tomó muchos años, se barajaron nombres como los de Daniel Day Lewis, Benicio del Toro, o Gael García Bernal como posibles participantes de esta aventura creativa. Otra cosa hubiera sido con ellos o con cualquier otro de la guía telefónica. Otro detalle, en tiempos en que se apunta a un verosímil más certero (como por ejemplo la serie The Americans en la que los personajes rusos hablan en ruso, con su correspondiente subtítulo, claro), que estos supuestos portugueses se traben cada vez que tengan que decir Ferreira suena a que practicaste poco, y eso que es solo una palabra que debieron aprenderse, no a leer Saramago en voz alta, recitar poemas de Pessoa o cantar fados. No se trata de que te den solo el protagónico, también hay que poner huevo y sudar la camiseta. La empatía a despertar no crece en los árboles, ni se da con tener cara bonita o interesante, hay que seducir a la cámara con lo que se tenga. Y si no se tiene nada, se construye algo. En cine si el protagonista no tiene hambre de gloria, la película está en serios problemas y nuestro interés también. Ante cualquier arte, aburrirse en más fácil que interesarse.


Eso sí, no hay que ser injusto con los actores japoneses que hacen una faena maravillosa. El flaquísimo Yōsuke Kubozuka es Kichijiro, un equivalente de Judas para el padre Rodrigues. Yoshi Oida es Ichizo, el jefe del primer pueblo que visitan los sacerdotes, sobre cuyas espaldas cae una pesada decisión. Issey Ogata es el fatigado y hastiado Inquisidor, que mira casi con desdén y abulia los tormentos que infringe. Y last but not least, para nada en absoluto, el traductor que hace Tadanobu Asano, un viscoso divertido como pocos, de esos personajes que seducen en la pantalla con su humor y sus dobleces, pero que son letales en la vida real. Un verdadero actor de cine el señor, no como los dos bodoques que protagonizan.


Terminada la película, uno comprende que la borgeana victoria secreta final está mejor contada que la bergmaniana angustia por el silencio de Dios. 


Más allá de los reparos, es un Scorsese, o sea, más temprano que tarde hay que verlo, aunque sea una vez, que Scorsese no es Scorsese al divino botón.


Gustavo Monteros
Todanobu Asano