viernes, 9 de diciembre de 2016

jueves, 1 de diciembre de 2016

Sully - Hazaña en el Hudson

Clint Eastwood abandona el insoportable patrioterismo de su película anterior (Francotirador, 2014) y se concentra en otra indagación del heroísmo, más accidental que nunca, porque es tanto azaroso como casual o contingente. Bueno, si somos rigurosos el patrioterismo sigue presente, aunque esta vez no justifica asesinatos sino que se felicita por la eficiencia estadounidense, pero no nos adelantemos ya llegaremos a eso.


Eastwood no la tiene tan fácil esta vez, parte de un hecho conocido, el jueves 15 de enero de 2009, el capitán Chesley Sullenberger, Sully para los íntimos y los no tan íntimos, logró con singular éxito y sin víctimas fatales un aterrizaje de emergencia en el río Hudson, en plena Nueva York. Su público primero, los estadounidenses tienen muy presente la hazaña, la vieron y revieron por televisión, la leyeron en los diarios y vieron hasta el hartazgo las fotografías.  Pero Eastwood, como el excelente narrador que es, no se ocupa tanto de recrearlo como de deconstruirlo. Pone a Sully (Tom Hanks) y a su primer oficial, Jeff Skiles (Aaron Eckhart) frente a una junta presidida por Jamey Sheridan, Mike O’ Malley y ¡Anna Gunn! que investiga si pudo hacerse otra cosa (se menciona por ahí la preocupación de las compañías de seguro y de la empresa). De modo que nuestra inmediata simpatía por Sully y Skiles es puesta a prueba y no nos queda más que indignarnos ante la sugerencia de un heroísmo inútil o fallido. Para agravar más las cosas, Lorraine (Laura Linney) la esposa de Sully nos dice que tienen problemas bancarios y que a la larga quizá pierdan hasta la casa. Sully es también un consultor de seguridad aeronáutica, con una pequeña empresa a cargo que no termina de despegar (ya que estamos entre aviones, usemos terminología afín). Si lo despiden, adiós consultoría, el desprestigio le haría perder autoridad y credibilidad.


Estas situaciones y circunstancias hacen que nos involucremos con los personajes principales, pero de no haber sido tan astutos, director y guionista, todavía contaban con un as bajo la manga, o más bien a la vista de todos, el poder estelar del carismático elenco. Comenzando por el inmenso Tom Hanks que corporiza como nadie la pulsante humanidad de los personajes que le tocan en suerte.


Todo terminará satisfactoriamente, aclaradas las dudas, Sully en un ataque de modestia, dirá que el mérito no es solo suyo sino también de todos los policías, bomberos, enfermeros que participaron del rescate. La autocongratulación está justificada, el paranoico entrenamiento para emergencias que ejercitan con asiduidad esta vez fue ejercido con aceitada perfección.


En resumen, Eastwood reverdece sus laureles de gran narrador con una historia que podemos compartir sin que se nos desaten todas las alarmas antiimperialistas. Cine puro, protagonizado por el hipnótico heredero directo de James Stewart o de Henry Fonda.

Gustavo Monteros

Capitán Fantástico

Ben (Viggo Mortensen) ha cumplido el sueño de muchos adolescentes: vivir con su familia apartado de la civilización y según sus propias reglas. Entrena físicamente a sus hijos con rigores de marine, saben cazar, escalar y robar, tienen acceso libre a una biblioteca con libros de todo calibre y así pueden debatir y analizar literatura, política, ciencia o filosofía. Su peculiar pedagogía da resultados sorprendentes, las principales universidades de Estados Unidos mueren por tener entre sus alumnos al hijo mayor, Bodevan (George MacKay). Que su nombre sea tan raro no debe llamarnos la atención, todos sus hijos tienen nombres inventados que celebran el ser único e irrepetible. Como se observa ideas inspiradas conviven con tonterías medio hipponas o de la peor autoayuda. Claro, por el aislamiento, los seis hijos carecen de los más elementales protocolos sociales que tenemos todos los que vivimos en un ambiente más “integrado”. Este mundo personalísimo está por entrar en eclosión con la realidad tal como la conocemos. Se verán obligados a abandonar su hábitat y confrontar con la civilización.


El viaje de este Capitán Fantástico abarca mucho terreno. Es tanto la épica de un individualista y los límites que encuentra para llevarla a cabo, un ensayo de educación alternativa con sus logros y fallas, la aceptación de fracasos luminosos y la asunción de ausencias dolorosas.


Ben es un personaje apasionante, porque es falible y se lo ve en más de un dilema. Podría dar más detalles de su personalidad o de las peripecias que atraviesa, pero eso aniquilaría algunas sorpresas y los predispondría según tal o cuál visión y arruinaría el placer de descubrir las aristas de un personaje y de una película que (para usar una palabra de moda) nos interpela.


El también actor Matt Ross entrega una película, en más de un sentido, única. Viggo Montersen ratifica ser un animal cinematográfico, la cámara lo ama y se ocupa de amplificar sus sabidurías actorales que se acrecientan con cada trabajo, y para felicidad del personaje de Roger Bart en Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2004) se lo ve con toda su masculinidad al aire.


Y aunque Ben me vetaría el uso de una palabra tan anodina, lo desobedeceré y diré que es una de los filmes más “interesantes” del año.

Gustavo Monteros

jueves, 24 de noviembre de 2016

Atentado en París

Tres requisitos son indispensables para disfrutar de Atentado en París (Bastille Day, 2016) en plenitud. 


Primero: ser simpatizante de Idris Elba o Richard Madden. El escocés Madden es una figura en ascenso, fue el Príncipe de la Cenicienta en el que la madrasta era Su Majestad, Kate Blanchett, fue Romeo en una reciente puesta teatral del drama de Shakespeare dirigido por Kenneth Branagh, coprotagoniza con Dustin Hoffman la serie Los Medici, pero fue Game of Thrones la que lo puso en el mapa. Allí fue Robb Stark y en el episodio 9 de la tercera temporada, junto a su madre Catelyn Stark, pasaron a mejor vida tras un sangriento y sorpresivo enfrentamiento con enemigos traicioneros ¡durante una boda!, todo un climax, no tan devastador como el falso destino final de Jon Snow, pero, bueno, por entonces todavía quedaba mucha gente por despanzurrar. Como sea, el muchacho no actúa mal, es de buen ver y se perfila de galán. Para los amantes del policial, en su variante negra-negrísima, entre los que me cuento, el grandote de voz cavernosa de Idris Elba es una referencia insoslayable: el hombre no es nada más ni nada menos que Luther, policía de tan poca suerte que todo el que se involucra con él, en amistad o en amor, termina contando el cuento desde el otro mundo. Peripecia que lejos de apagar nuestra simpatía, la acrecienta. Este londinense tiene una presencia hipnótica y parece un favorito de San Cayetano, tiene incluso más trabajo que Darín.


Segundo: no ser muy quisquilloso con los vericuetos de la trama. No es que haya que dejar el cerebro a la entrada, pero tampoco darle mucho uso durante el despliegue de una trama que no es novedosa ni original, aunque ostenta brío y despierta interés casi constante. Un carterista, Madden, se ve envuelto en un atentado al robarle un paquete con una bomba a una crédula aspirante a desestabilizada social (la también ascendente Charlotte Le Bon, vista recientemente en Operación Anthropoid y en 2014 junto a Helen Mirren en Un viaje de diez metros), lo que atraerá la atención y posterior participación en los hechos de un agente norteamericano, Idris Elba, que como buen yanqui, es policía del mundo. Por suerte, a pesar del título rebautizado para estos pagos y la bomba, no abusa del triste tema de los terrorismos y sus funestos fundamentalismos, no, se inclina para el lado de policías y ladrones y esas cosas.


Tercero y no por eso furgón de cola: amar París. No tengo el gusto de conocer la Ciudad Luz personalmente, pero tengo tanto cine encima como para poder enorgullecerme de conocerla mucho… vicariamente. Es tan hermosa que hasta sus techos lo son, razón por la cual hay una persecución por dichas alturas (aquí puede verse que se inscribe en una tradición por la que ya han andado Jean-Paul Belmondo y Harrison Ford. Ver link al final de esta crónica.


En resumen, no es una joya del cine, pero cumple con lo que promete: entretener. En tiempos de un presidente chanta que pisoteó todas y cada una de las promesas electorales que le hicieron ganar el puesto, esta peliculita, al no defraudar expectativas, se erige como un bastión de ética.


Dirigió James Watkins (Eden Lake, 2008, La dama de negro, 2012).

Gustavo Monteros

http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/2016/11/por-los-techos-de-paris.html


Crímenes y virtudes

Adhiero en Facebook a una página de cinéfilos empedernidos que un buen día suben una foto de Ingmar Bergman en plena faena de dirección a Ingrid Bergman y Liv Ullman en Sonata otoñal. La  replico y por hacerme el gracioso pongo: Te extraño, Ingmar, la angustia existencial no es la misma sin vos. Y como si mi tonta formulación hubiera sido una plegaria, casi desde la nada, se estrena una película que la responde. Y con creces.


Crímenes y virtudes (Anesthesia, 2015) de Tim Blake Nelson es muchas cosas, pero por sobre todo, un estudio de la angustia que provoca la existencia. Comienza con un hecho de sangre, después vamos hacia atrás y comprobaremos cómo se entrelazan las vidas de muchos y variados personajes.


Tenemos a Walter Zarrow (Sam Waterson) un importante profesor de filosofía de la Universidad de Columbia a punto de jubilarse, casado con Marcia (la siempre luminosa Glen Close). Son los padres de Adam (Tim Blake Nelson) cuya esposa Jill (Jessica Hecht) quizá tenga cáncer, los hijos de ambos también tienen lo suyo, Ella (Hannah Marks) anda por esa etapa de la adolescencia en que se cuestiona a la madre, y a la suya no va que le pasa esto de la enfermedad, y Hal (Ben Konigsberg) de aguda inteligencia, y a punto de desentrañar los misterios del sexo. Por otro lado tenemos a Joe (K Todd Freeman) un adicto a la heroína, arrastrado a la rehabilitación por Jeffrey (Michael Kenneth Williams) un entrañable amigo de la infancia. Mientras que una hermosa mujer, Sarah (Gretchen Mol) ahoga en vino, para preocupación de sus hijas pequeñas, la casi certeza de que le meten los cuernos. Y en otra parte de la ciudad, Sam (Corey Stoll) procura disfrutar sin culpa unos días de profuso sexo con una longilínea inglesa, Nicole (Mickey Summer). And last, pero todo menos least, una estudiante aventajada del profesor Zarrow, Sophie (la siempre excelente Kristen Stewart) descubre que nunca su yo es más yo que cuando se autoflagela con un alisador de cabellos.


De cómo todas estas historias confluyen directa o indirectamente en el hecho de sangre es el eje de la película, y es esta su única debilidad: cuando el rompecabezas se arma, se nota que algunas piezas fueron violentadas para que calcen bien, es decir, el armado luce demasiado rígido, mecánico incluso. A la larga importa poco o nada, dado que cada escena está estructurada con talento y dialogada y actuada como los dioses. Este largometraje es como un collar de impecables cortometrajes, el collar puede tener engarces defectuosos, pero cada perla es bella y genuina.
La escribió y dirigió el actor Tim Blake Nelson, recordado por ser el tercer protagonista de ¿Dónde estás, hermano?, 2000, de los hermanos Coen, junto a George Clooney y John Turturro.


Sigo extrañando a Bergman, un irreemplazable si los hay, pero que sus temas vuelvan en excelente forma siempre es bienvenido. No es que la angustia existencial se haya perdido en la superficialidad de estos tiempos, es solo que ya no urge contarla como antes, las libertades sexuales y sociales adquiridas han hecho más romo su filo.

Gustavo Monteros

jueves, 17 de noviembre de 2016

Corazón silencioso

El danés Bille August ingresó al cine internacional con fulgores de nuevo maestro. Su Pelle, el conquistador (1987) conquistó en el mismo año la Palma de Oro de Cannes y el Óscar de la Academia. Unos años más tarde, en 1991 para ser precisos, Ingmar Bergman lo premió permitiéndole llevar a la televisión, primero como miniserie y condensado después al cine, uno de sus guiones más personales, nada más ni nada menos que la historia de amor de sus padres: Las mejores intenciones. Y allí se apagaron sus fulgores. Todos sus proyectos posteriores oscilaron entre la decepción y la corrección: La casa de los espíritus, 1993, Smila, misterio en la nieve, 1997, Los miserables, 1998, Adiós Bafana, 2007, Tren nocturno a Lisboa, 2013. El nuevo maestro no lo era tal, apenas un aprendiz aventajado.


Con este Corazón silencioso de 2014 prueba suerte con el melodrama de despedida final y eutanasia. Subgénero que amenaza con convertirse en género epidémico: The weather man/El sol de cada mañana, 2005, Antes de partir, 2007, Algunas horas de primavera, 2012, Amour, 2012, entre las que recuerdo en este momento… hay más… muchas más.


Esther (Ghita Norby) una señora de unos setenta largos sufre de esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad degenerativa que la inmovilizará primero para después irle quitando todas las funciones vitales. Como la sentencia es inapelable, con la ayuda de su esposo, Poul (Morten Grunwald) un médico clínico, ha decidido tomar una dosis letal de pastillas. Pero antes quiere pasar un último fin de semana con su familia, la hija mayor, Heidi (Paprika Steen), el esposo de esta, Michael (Jens Albinus), el hijo adolescente de ambos, Jonathan (Oskar Saelan Halskov), la hija menor, Sanne (Danica Curcic), la pareja de la misma, Dennis (Pilou Asbaek) y la amiga de toda la vida de Esther, Lisbeth (Vigga Bro).


Como es previsible durante este fin de semana se expondrán las personalidades de los involucrados en este final, se sacarán trapos al sol y se develarán unas cuantas verdades ocultas.


Bille August, en líneas generales, no es muy avispado y depende mucho de un buen guión para concretar una buena película. El de esta película que firma Christian Torpe no le hace honor al apellido, pero tampoco es muy virtuoso. Digamos que es más bien prolijo, convencional y leve, a pesar de la gravedad del tema.


Si algo no se le discutirá jamás a Bille August es su capacidad para manejar actores y estos, además son muy, muy buenos. Entonces los actores más el estilo clásico elegido por August son los que salvan la velada del tedio y del olvido.


En resumen, más que iluminar con un gran reflector la última peripecia humana, le arrima una linterna, pero a quienes gusten de las elegías quizá les alcance.


Gustavo Monteros