jueves, 16 de octubre de 2014

La esposa prometida



Ya que podemos serlo, seamos categóricos por una vez. La esposa prometida es sin lugar a dudas la película socio-antropológica más interesante del año. Se sitúa en un ámbito que nunca suele verse por dentro.


Rama Burshtein, su autora y directora, nació en Nueva York en 1967 y se formó en Jerusalén. Hasta ahora sus obras, que excluyen el debate religioso-secular, fueron dirigidas al público femenino de la comunidad jasídica ultraortodoxa a la que pertenece. La esposa prometida es la primera película sobre el mundo jasídico que se distribuye internacionalmente.


Shira de 18 años anhelaba casarse como lo dicta la norma de su entorno: en un casamiento arreglado por sus padres con un joven igualmente inexperto. Una imprevista tragedia la obliga a reformularse ese sueño. ¿Debe acaso sacrificarse por el bienestar familiar?


Por supuesto, chicas que deben elegir o aceptar marido en un confín rigurosamente demarcado y reglado remite al instante a las novelas de Jane Austen. Comparación que Rama Burshtein encuentra válida y pertinente porque la Austen estuvo entre sus referencias para este film. Como en Emma u Orgullo y Prejuicio, por ejemplo, opciones sociales, no tan restrictivas, que consideramos lógicas están vedadas. No hay aquí voluntad de cambio o superación. Los personajes habitan un espacio que los contiene y los conforma. Más de una vez, desde nuestra formación cultural, el modo en el que se desenvuelven nos parece constreñido. No lo es para ellos, este relato devela que hay alternativas y hasta un hálito de libertad en el ceñimiento a los condicionamientos rígidos.


Al reflejar un mundo tan cerrado, Rama Burshtein no puede evitar que lo que cuenta resulte por momentos asfixiante o un poco mafioso. No es intencional, claro, es solo una consecuencia natural del hábitat circunscripto y de los usos y costumbres retratados.


Como siempre la empatía depende de los actores, y Rama Burshtein cuenta con un elenco notable en el que descuella Hadas Yaron como Shira, rol con el que alzó el premio a la mejor actriz del Festival de Venecia de 2012.


En resumen, una visita a un territorio que nos es ajeno a través de una historia que nos va ganando lentamente y que llega a un final tan diáfano como misterioso (si ven el film, comprobarán que la contradicción no es tal).
 
Gustavo Monteros

sábado, 11 de octubre de 2014

Magia a la luz de la luna



Woody Allen es un clásico, no en el sentido de Shakespeare, Van Gogh o Verdi, sino más bien en el de Estudiantes-Gimnasia, Boca-River, Racing-Independiente. De un lado están los que lo admiran y respetan; y del otro, los que lo detestan, nunca lo aguantaron o ya se hartaron. Ante cada estreno, ambos bandos se trenzan en debates porfiados y sangrientos. Todos sacan a relucir razones y sinrazones, que de tan esgrimidas se secaron y ya aburren. Y así llegamos, casi sin querer, al quid de la cuestión con Woody: su munificencia. Sí, el hombre es tan prolífico que incluso antes de enterarnos de qué viene su nuevo film, se agita el fantasma del Déjà vu.


En 2011, sus detractores soportaron con poco estoicismo el inesperado éxito de la deliciosa Medianoche en París, por eso en 2012 arremetieron con saña contra A Roma con amor. En 2013 el mazazo de Blue Jasmine aplanó toda discusión con su contundencia. Aunque los más rabiosos le adjudicaron el mérito a Tennessee Williams y a Cate Blanchett. Y ahora con odio recargado se lanzan contra Magia a la luz de la luna. Hasta el título les parece una afrenta a  la imaginación. Tranquilos, muchachos, es solo una película.


Una comedia romántica, más precisamente. Y una muy buena, a decir verdad. No sé si mejor o peor que otras de su cinematografía, ni me importa. No caeré en la trampa de sus detractores que insisten en establecer el parentesco con obras anteriores, que si se parece a tal, si tienen elementos de cual, para concluir con desprecio que siempre filma la misma película. Conclusión inapelable, que no discutimos y hasta aceptamos, porque le cabe a Allen, Bergman, Fellini o a cualquier otro creador que en este mundo han sido.


A Stanley (Colin Firth) mago genial y racionalista a ultranza, un colega, Howard (Simon McBurney) le transfiere la misión encomendada por su amiga, Caroline (Erica Leerhsen) y su esposo, George (Jeremy Shamos): desenmascarar a Sophie (Emma Stone) una supuesta falsa vidente. (Sí, sí, Allen contrapone otra vez ilusión versus razón). Howard reconoce haber fracasado en develar la impostura de Sophie, pero no duda que Stanley lo logrará. A Caroline le preocupa la ascendencia que Sophie tiene sobre su madre, Grace (Jackie Weaver) una viuda reciente y multimillonaria tentada por financiarle una fundación y sobre su hermano, Brice (Hamish Linklater) un tarambana serenateador, que de tan enamorado está punto de pedirla en matrimonio. Sophie en sus maniobras es secundada por su propia madre, la Sra. Baker (Marcia Gay Harden). Stanley renunciará a las vacaciones con su prometida, Olivia (Catherine McCormack) en las islas Galápagos y partirá a la Riviera francesa a deshacer el entuerto. Se hospedará en casa de su tía Vanessa (Eileen Atkins). Y entonces…


La acción transcurre a fines de los años veinte del siglo pasado y yo estaba en un rincón de mi Edén privado porque la ropa, los autos, los muebles, las lámparas de esa época me vuelan el moño, ocaso de todo lo artesanal antes del triunfo de la producción en serie. Aumentaba mi felicidad el que Allen utilizara el lingo de las comedias que se hacían en aquellos tiempos, las de Noël Coward en teatro y Ernest Lubitsch en cine. Y que el tema musical central fuera You do something to me de Cole Porter me tenía tarareando y marcando el ritmo con los pies.


Para colmo de bonanzas, Colin Firth, que ya en la remake de Gambit había interpretado su personaje como lo hubiera hecho Cary Grant, aprovechaba ahora para canalizar también a David Niven y Rex Harrison. Y como ya sabíamos por otras películas, Emma Stone (la nueva musa de Allen, ya está filmando con él otra película) es una de esas delicias que se fabrican en sueños.


Y entonces llega la escena del baile en el palacete (y esto no lo dijo ningún crítico porque tienen cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo con Bernard Shaw) y mi cuerpo registró resonancias amadas. Las desestimé, me dije: son tus ganas. Y entonces vino la escena en la que la tía hace solitarios y ya no me quedaron dudas. Estábamos en el último acto de Pigmalión de Bernard Shaw y después, bueno, yo ya andaba por las nubes, porque Pigmalión con X final es Mi bella dama. No quiero explicarlo mucho, porque le arruinaré las sorpresas a los que no tienen idea de qué corno hablo. Pero a los que sí, vayan y compruébenlo por ustedes mismos y verán que no estoy dopado o borracho. Y si Allen en Blue Jasmine reformulaba Un tranvía llamado deseo, aquí, no al principio, aunque sí al final reformula a Bernard Shaw.


En resumen, si son detractores de Allen, no se molesten en verla, repitan los argumentos demoledores que ya tienen ensayados, les satisfará el ego y quedarán  sin duda como los más inteligentes de la fiesta; y si son adherentes de Allen y encima cinéfilos y teatreros, no se la pierdan, entrarán al Nirvana sin meditación ni cannabis.  Y si no pertenecen a ningún bando y todos las referencias que mencioné los tienen sin cuidado, vayan, que se expondrán a una comedia brillante en todo el sentido de la palabra.

Un abrazo, Gustavo Monteros

Ah, sí, en esos lujos que Allen se permite, la cantante del cabaret es Ute Lemper

viernes, 3 de octubre de 2014

Perdida



Contar una historia es seducir. Presentar una situación inicial atrapante, intrigante. Introducir personajes en los que por algún lado podamos vernos. Ahondar en la situación y en los personajes, y facetar, que ninguna realidad es lineal o maniquea. Dosificar la información para mantener tanto el entusiasmo como la credulidad. Y se tiene la audacia o la pericia necesaria, cambiar la perspectiva, el punto de vista, dar vuelta lo que se ha mostrado sin traicionar la historia y los personajes. Seducir es manipular.


Nick Dunne (Ben Affleck) va una mañana a trabajar al bar que regentea con su hermana melliza, Margo (Carrie Coon). Es el quinto aniversario de su casamiento con Amy (Rosamund Pike). Recibe el llamado de un vecino quien le dice que el gato está afuera y que la puerta de entrada de su casa está abierta. Nick va a ver y descubre que en el living la mesa de café está rota, los sillones dados vueltas y que Amy no está. Llama a la policía. Viene un patrullero con la detective Rhonda Bonney (Kim Dickens) y el oficial Jim Gilpin (Patrick Fugit). Es de manual investigar primero a quien denuncia para descartarlo o no. Y entonces… Y entonces… Y entonces…


Ya expresé mi admiración por la novelista Gillian Flynn (http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/2014/07/gillian-flynn-soy-tu-fan.html). La señora ha dado con la manera perfecta de cometer un crimen y librarse del castigo. Y como esos créditos no se comparten, ella misma hace la adaptación de su novela para el cine. Y se comporta con la debida crueldad. Respeta la historia que creó, no cada aspecto de la misma. No se embelesó con lo que había concebido. Una novela y una película son medios diferentes, que no cuentan del mismo modo ni con la misma progresión. Y volvió a salirse con la suya. Los que leímos la novela, no nos sentimos defraudados con la película. Menos lo harán, los que vean primero la película y vayan a la novela después.


Y se unió al mejor cómplice posible, a David Fincher (Pecados capitales, El club de la pelea, Zodíaco, Red social) Y juntos eligieron el elenco ideal. Esta vez más que necesaria, es imprescindible la famosa parquedad expresiva de Ben Affleck que, suprema ironía, se vuelve elocuente. Rosamund Pike hace lo que hay que hacer con un personaje único, darlo todo y convertirse en leyenda.


Y cuando hablamos del crimen perfecto de la Sra. Flynn nos referimos al de la representación. El qué, quién, cómo y por qué siguen importando, pero en estos tiempos de manipulación tan generalizada, importa menos la verdad que el modo en que se la presenta.


Y si la Biblia es el libro madre, no porque hable de Dios sino porque es el que más odios, amores, crímenes, codicia, traiciones y dobleces abarca, podemos concluir entonces que el policial, género considerado menor con toda injusticia, es el que mejor expresa los vaivenes humanos.


Y como el cine engendra cinefilia, tal como dijo KennethTuran, el crítico de Los Angeles Times, “Perdida es el retrato de un matrimonio que habría salido si Alfred Hitchcock hubiera visto  mucho Ingmar Bergman antes de ir a trabajar.”


Perdida es un film excepcional, de apenas 150 minutos que se pasan volando. Pero qué hermoso sería si su rigurosidad e inteligencia no fueran la excepción sino la regla.

 En resumen, una mujer Perdida que merece ser encontrada.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 2 de octubre de 2014

¿Puede una canción de amor cambiar tu vida?




Me siento a ver esta película a regañadientes. Estoy más para una de tiros y no para una de amor con música. Para colmo, si bien respeto a Keira Knightly y a Mark Ruffalo, no están entre mis favoritos. Ella porque apuntó a la corrección en papeles que exigían pasión (ejemplos: Expiación, deseo y pecado o Nunca me abandones) y por los que unas más jóvenes Meryl Streep, Emma Thompson o Susan Sarandon hubieran asesinado a sus madres para conseguirlos. Él porque, aunque talentoso, tiene una fea voz y tiende a ser monocorde con su histrionismo.


A los 10 minutos creo que al afiche tendrían que añadirle una leyenda que dijera: “Abandonad toda esperanza los que pretendan originalidad de algún tipo”.


A Gretta (Keira Knightly), una talentosa cantautora la engaña su novio (Adam Levine), también un talentoso cantautor, quien está cegado por la fama, ya que de la noche a la mañana se convirtió en una superestrella. Mientras que Dan (Mark Ruffalo) rumia problemas con cigarrillos en cadenas y tragos ídem, el pobre es un productor discográfico en caída libre profesional, al que su esposa (Catherine Keener) y su hija (Hailee Steinfeld) le perdieron el respeto y la paciencia. Y como el film se llama Begin again (Comenzar de nuevo) en el original, no se necesita ser muy suspicaz para saber qué caminos transitarán y qué obstáculos hallarán.


Sin embargo en el minuto 11, Keira canta solita con su guitarra una canción deprimente medio pedorra y Mark concibe en su imaginación la misma canción pero producida, con arreglos más seductores y con otra instrumentación más elocuente. Entonces me intereso y hago bien, porque la historia se vuelve menos predecible, los personajes alcanzan cierta hondura y las canciones, escritas por Gregg Alexander, se pones algo buenas.


Y que estén James Corden (el gordito de The history boys y Mi gran oportunidad), Hailee Steinfeld (la chica de Temple de acero de los hermanos Coen), Mos Def (el negrito que acompañó a Bruce Willis en 16 calles) y la gran Catherine Keener en los secundarios siempre paga.


Keira Knightly, al igual que en Ana Karenina y Un método peligroso, seamos justos, ya no se entretiene y deja pasar el ómnibus que la deje en la perdurabilidad, sino que se sube a él y redondea una actuación destacable. Mark Ruffalo se concentra, le da matices a su personaje y ya no es tan monocorde; su voz sigue fea, pero como no creo que nadie se lo diga, no parece factible que en el futuro se consiga un profesor Higgings o al menos un fonoaudiólogo.


John Carney (Once), el director y guionista, cocina su historia a fuego lento, la sazona con detalles, termina por despertar el apetito y satisfacerlo. Este film no será un contundente pollo al horno con papas, pero sí una omelette sabrosa y reparadora.


En resumen, no sé si una canción de amor puede salvar tu vida, pero al menos espantarte el aburrimiento durante una hora y media seguro que sí.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros