jueves, 11 de febrero de 2016

En primera plana



En primera plana o Spotlight se inscribe en la escuela de las películas de denuncia y egresa, no con notas para el cuadro de honor, pero sí con un buen promedio. Cuenta la minuciosa  investigación periodística llevada a cabo por un grupo de periodistas de la sección Spotlight, que depende del Boston Globe, y que terminó el 6 de enero de 2002 con la impunidad de los acosos sexuales contra niños cometidos sistemáticamente por miembros de la iglesia católica y que fueron silenciados por las autoridades eclesiásticas. El film sigue cronológicamente la investigación.


En el principio vemos en una comisaría a un cura detenido (bah, más bien “retenido”) a punto de salir libre ya que en un cuarto contiguo otro cura y un abogado convencen a la familia de la víctima de retirar la denuncia. Algo en apariencia tan habitual que no sorprende a los policías, pero que llama ligeramente la atención al periodista presente en el lugar. Tirará del hilo y con sus compañeros darán con un ovillo gigante. Será crucial para el desvelamiento de la verdad la llegada de un nuevo editor en jefe, Marty Baron (Liev Schreiber) quien les pedirá a sus periodistas que no se queden en lo anecdótico sino que vayan tras lo estructural, que revelen el ocultamiento sistemático que hizo la iglesia. Lo lograrán, no sin esfuerzo.


El buen guión de Josh Singer (El quinto poder, The West Wing) y del director Tom McCarthy (The station agent, Visita inesperada, Ganar ganar, En tus zapatos) trabaja mayormente por implicancia, tangencialmente, con el conocimiento tácito que tenemos de los horrores  del abuso sexual a niños, no se permite flashbacks morbosos con curas en acción, lo que se agradece. Bordea también siempre el camino de cornisa del discurso, de la declaración de principios, de la furia tan justificada pero altisonante, sin caer en el precipicio. Lo que también se agradece. Pero no alcanza para llegar al status de obra mayor indiscutible, porque se pone insegura o no confía del todo en el espectador y subraya innecesariamente aspectos que tendrían que estar mejor integrados y no tan declamados, como la subtrama de la casa de retiro para sacerdotes abusadores en el vecindario de uno de los periodistas, Matt Carroll (Brian d’Arcy James) o que en la última visita del periodista, Mike Rezendes (Mark Ruffalo) al abogado Mitchell Garabedian (Stanley Tucci) haya justo niños abusados en la consulta; o la misma furia de Rezendes/Ruffalo a Walter “Robby” Robinson (Michael Keaton) por la demora en la publicación. No llegan a tirar abajo los buenos logros, pero empañan una superficie que debió brillar sin opacidades. Otro punto en contra es la banda sonora del veterano Howard Shore (Ed Wood, la saga de El señor de los Anillos, la saga de The hobbit, varios filmes de Scorsese, más de un Cronenberg,  entre muchas otras). Si bien no hizo la típica composición efectista, que parece más bien alternancia de ruidos y violines, ensayó algo cercano al jazz, pero que conspira con lo que pasa en pantalla, tan torpe es que el silencio no solo habría sido preferible sino incluso más eficiente.  


Entre los puntos más altos, el elenco, a los nombrados hay que agregar a Rachel McAdams, John Slattery, entre los periodistas, a James Sheridan, Billy Crudup, entre los abogados y a Neal Huff, Michael Cyril Creighton, Jimmy LeBlanc, entre las víctimas. Si bien Mark Ruffalo y Rachel McAdams lograron nominaciones para el Óscar como Mejor Actor y Actriz de reparto respectivamente, esta película es de “ensamble”, necesitaba de un elenco parejo, comprometido y talentoso y lo consiguió. Un trabajo grupal compacto como pocos. Ahora que hay premios para elencos, acaban de ganar con orgullo y con justicia, el del Sindicato de Actores Cinematográficos (Screen Actors Guild Awards).


En resumen, más allá de los “peros” que le encontré, más cabronadas de andropáusico que otra cosa, merece con creces entrar en la sección de películas "tres eses"; ya que es seria, sólida y sincera.

Gustavo Monteros

jueves, 4 de febrero de 2016

Creed



Había una vez un actor desesperado por triunfar en la pantalla grande. Tan desesperado estaba que hasta participó en una película porno, soft, pero porno al fin. Un día tuvo una idea, en un supermercado compró un libro sobre cómo escribir un guión cinematográfico y la plasmó en papel. La idea era tan transparentemente buena que consiguió productores, que le dieran el protagónico y como las rachas (buenas o malas) son imparables, hasta dio con un director sensible que contó la historia con pulso estable, John G Avildsen. Y tan seductora fue que se llevó los Óscares a Mejor Película y Mejor Director, y como tres es número mágico, también el de la Mejor Edición. El año era 1976, la película se llamó Rocky y el actor era Sylvester Stallone.


Se dice que hay entre siete y diez ejes narrativos y que todas las historias que se han contado y se contarán pueden remitirse a esos ejes. No sé si esto es tan así, pero Stallone con Rocky construyó su cuento sobre el eje de La Cenicienta. El pobre boxeador con tanto músculo como determinación y disciplina, enamorado de una chica que hasta que él llegó parecía destinada a una solteronía irreversible, desafía al campeón. Y por astucia de Stallone no llega a rey, no destrona al campeón, aunque sí queda en príncipe. De todas maneras el cuento de la mágica movilidad social ascendente se cumple y no habrá ganado (era ilógico que lo hiciera) pero peleó con dignidad. Y nosotros, el público, vicariamente, nos reflejamos en Rocky, porque somos más los nadies que los campeones y siempre respondemos emocionalmente a los que llegan ahí, arriba. Supongo que los de arriba deben ver este ascenso, que a los de abajo nos parece justiciero, como una amenaza. Sin duda la corte del reino de Cenicienta la vio como una sucia advenediza, aunque, claro, no hay una auténtica movilidad social en el cuento, ya que la chica era una noble relegada a las cenizas del rescoldo por la maldad de la madrasta y las hermanastras.


Cenicientas al margen o no tanto, Stallone hizo de su Rocky una saga. Explotó el filón todo lo que pudo, sometió a los personajes que creó a todos los vaivenes, vicisitudes, encrucijadas del destino que se le ocurrieron. Bah, los cinco o seis hitos clásicos del melodrama, enfermedades y muertes injustas, ascensos y caídas, hijos ingratos, etc. Y ganó más plata de la que perdió y convirtió a su Rocky Balboa en referente cultural ineludible.


Y cuando precisamente con el nombre de Rocky Balboa (2006) en el título, creíamos que la historia había llegado a su Colorín Colorado, no, aparece Ryan Coogler (Fruitvale Station, 2013) y le transfunde sangre nueva al mito. Parte de un desprendimiento lateral, Adonis Johnson (Michael B Jordan) hijo de Apolo Creed, quiere boxear y convence a Rocky (Sylvester Stallone, ¿quién más?) para que lo entrene.


Con la anuencia de Stallone y de todos los involucrados en la franquicia, el dúo Coogler-Jordan más que revisitar las piruetas más salientes de la saga, las vampirizan y hasta abren la puerta para una continuación. Si La guerra de las galaxias va por una nueva trilogía, ¿por qué no Rocky?


Michael J Jordan (nada que ver con el homónimo famoso, es hijo de una profesora de arte y de un gerente gastronómico) tiene carisma y por ende un futuro promisorio. Sylvester Stallone, entre los referentes de los setenta no estará junto a los “dioses” Dustin Hoffman, Al Pacino o Robert DeNiro, pero es hombre de dos personajes “fuertes”, Rocky y Rambo. Aquí reverdece sus laureles actorales y se gana con justicia una nominación para el Óscar como Mejor Actor de Reparto. Ahora es fácil imitar a Rocky, parodiarlo, pero primero fue necesario crearlo y él lo hizo. La muy bella Tessa Thompson es el interés romántico y Phylicia Rashad con su hermosa voz de terciopelo es la viuda de Creed.


En resumen, si usted es seguidor de Rocky o le gustan las de boxeo, esta semana ésta es su película.

Gustavo Monteros

Carol



Carol es una historia de amor. Todas las historias de amor, antes del final feliz, del final no del todo feliz o del final para nada feliz, deben hacer que primero su pareja se conozca, claro, se enamore, se seduzca después, enfrente inconvenientes, los supere o no y llegue a un acuerdo final con perdices o sin ellas.


Carol es la historia de amor entre Therese (Rooney Mara) y Carol (Cate Blanchett) y se basa en una novela de 1952 de Patricia Highsmith (publicada originalmente bajo un seudónimo de Claire Morgan por estúpidas limitaciones de la época). Como transcurre en los años cincuenta y describe el asfixiante clima social para los amores no convencionales según las rigideces del momento, que mejor director que Todd Haynes que con su impar Lejos del paraíso (2002) lograra conmovernos con otros amores triturados también por los convencionalismos represores de la misma época.


Supuse que Carol me gustaría tanto como Lejos del paraíso, pero no. Me gustó tanto como Velvet Goldmine (1998) también de Haynes. O sea me impactó toda la reconstrucción de época, la impecable maquinaria narrativa, la imaginería visual con sus autos de ventanillas empañadas y esas cosas, pero no me involucró emocionalmente. Supuse primero que tenía que ver con la casi maníaca reproducción de los modismos para establecer relaciones en aquella época. Descarté después tal presunción. A continuación supuse que quizá Rooney Mara había exagerado con la extrañeza, aspecto que Carol describe como “sos un ser del espacio exterior”. Rechacé la idea con rapidez porque no hay nada reprochable en Mara, que al igual que Blanchett, se entrega al juego con libertad y talento. Me pregunté, entonces, en qué momento en  particular extrañaba que no tuviera una respuesta emocional y pude establecer que para mí se vinculaba con el momento de la separación. Cuando Carol no puede comunicarse con Therese debo compartir el dolor que siente y no solo atestiguarlo, pero Haynes se frena, no me deja, pone distancia. No lo critico, solo describo, es una elección consciente de su parte, hubiera preferido que me arrastrara, que fuera inolvidable como dos escenas que cité últimamente y que por eso me vuelven a la memoria: la de del beso que no es entre Emma Thompson y Anthony Hopkins en Lo que queda del día y la de Meryl Streep desesperada por no poder bajarse de la camioneta en Los puentes de Madison.


En resumen, una irreprochable historia de amor, que al menos a mí, perdón, no me enamoró.

Gustavo Monteros

Bus 657



Ten bad dates with De Niro (Diez malas citas con De Niro) editado por Richard T Kelly es un libro de listas de a 10, hecha por y para cinéfilos. A los que nos apasiona el cine, nos gusta ejercitar la memoria y recrearlo, y una de las mejores formas de hacerlo es creando listas. Por ejemplo: dígame las mejores 10 películas de acción, o las mejores 10 de Ingmar Bergman, o las 10 peores películas musicales, etc. Que se haya elegido mencionar a DeNiro en el título del libro como gancho vendedor, habla a las claras que el querido Robert nos ha defraudado más de una vez aceptando participar en el primer bodrio que le acercaron. A veces uno tiene la impresión de que ni siquiera leyó el guión o que en la casa no lo aguantan y lo mandan a trabajar en lo primero que su agente tiene a mano para sacárselo de encima. Si Meryl Streep diseña su carrera con el sigilo de un ajedrecista nuevo compitiendo con un campeón, a Bobby, por el contrario le gusta “desacralizarse”. Cuando intentaba convencer a Stallone para que se subiera al ring con él en Ajuste de cuentas, Sylvester le mencionó que temía que dijeran que era El toro salvaje contra Rocky (implicando que bajarían del pedestal al film de Scorsese, hito de la historia del cine y lo equilibrarían con una franquicia, que de artística solo tiene el primer film), a lo cual Robert contestó: Ojalá. Y por las dudas alguien se sintiera cohibido, en los reportajes de promoción de Ajuste de cuentas, DeNiro decía que era El toro salvaje versus Rocky.


O sea al hombre le gusta sentirse vigente y no una pieza de museo y para ello hace solamente cine, el mejor, el peor y el del medio. Y hablando del medio, allí quedamos nosotros, sus espectadores más fieles. Mucho no nos podemos quejar porque siempre nos devuelve el precio de la entrada, no hace como el compañero de Jeffrey Dean Morgan de la semana pasada, Anthony Hopkins, que solo pone cara y nombre y pasa por contaduría a cobrar. No, el Tito trabaja, no siempre magistralmente, pero sí con responsabilidad y a consciencia.


Bah, a lo que voy es que esperaba lo peor de Bus 657 de Scott Mann, nombre de antecedentes casi nulos, si prescindimos de su mamá, claro. Pero la vida te da sorpresas, subirse a este bus no está nada mal y te da un buen paseo.


Vaughn (Jeffrey Dean Morgan) tiene que conseguir una gran suma de dinero con urgencia para que puedan operar y seguir atendiendo a su hijita moribunda. Le pide ayuda a Pope (DeNiro) el dueño del casino donde trabaja, quien se la niega. Entonces no le queda más remedio que aceptar el plan de robar el casino que le propone uno de los guardias del lugar, Cox (Dave Bautista). La cosa no sale del todo bien y en la huida toman posesión de un micro de línea con todos sus pasajeros como rehenes. Entonces…


La historia atrapa y está contada con brío. Uno no se desentiende jamás de lo que pasa en pantalla, por supuesto, más de una vez se nos pide que pongamos nuestra suspicacia a buen resguardo para disfrutar de lo que pasa, pero tampoco tanto o más que otros referentes del género. Y terminada la historia y armado todo el rompecabezas, vemos que el guión de Stephen Cyrus Sepher maneja una deliciosa lógica católica, la meritocracia que nos enseñaron en el catecismo: las buenas acciones son recompensadas con creces. Lógica que ojalá se cumpliera a rajatabla. Sangro por la herida, no me va tan bien como me porto.


En resumen, para incluir en las 10 películas con DeNiro que pensamos que iban a ser horribles y que sin embargo no lo fueron.

Gustavo Monteros

Anomalisa



Con ¿Quieres ser John Malkovich? (Spike Jonze, 1999) a Charlie Kaufman le dieron patente de genio y no queda más remedio que lustrársela si no querés que te echen del club de la “cool”tura. Algo que me importaría si no estuviera demasiado viejo para pelotudeces. Y no lo digo por voluntad de ser iconoclasta, sino porque hay que tener muchas ganas de respetarlo después de Synecdoche, New York-Todas las vidas, mi vida, tremendo bodrio de proporciones épicas. Como sea, Anomalisa no me devolvió la admiración que alguna vez le profesé por su Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (guión que también firmaron el director del film, Michael Gondry,  y Pierre Bismuth), pero al menos no quise trompearlo cuando terminó.


Anomalisa (palabra que surge de la mezcla de Anomalía y el nombre Lisa) es un film animado para adultos, codirigido por Charlie Kaufman y Duke Johnson. Michael Stone (voz de David Thewlis) es un motivador que mejora la relación entre los vendedores de servicios, preferentemente por teléfono, y sus clientes. Se dirige a dar una charla en Cincinnati. No parece pasar por su mejor momento ni con su mujer ni con su hijito que quedaron en Los Ángeles. Aprovechará esta estadía para reconectarse con una mujer que dejó plantada años atrás. Encuentro que lejos estará de ser satisfactorio. La casualidad lo llevará a Lisa (voz de Jennifer Jason Leigh) con quien tendrá una aventura. ¿Duradera? ¿Efímera? Se verá. 


Según el diccionario, anomalía es 1) desviación o discrepancia de una regla o de un uso. 2) defecto de forma o de funcionamiento. 3) (Astronomía) ángulo que fija la posición de un astro en su órbita elíptica, contado a partir de su eje mayor y en sentido de su movimiento. 4) (Biología) malformación, alteración biológica, congénita o adquirida.


Este ataque etimológico viene a cuento, porque Lisa es una anomalía en más de un sentido, pero fundamentalmente porque aporta un “color” a la uniformidad y monotonía “auditiva” que se venía manejando. Hecho que suscita lo más interesante de esta propuesta. En el film se oyen solo tres voces, la de Michael, que como dijimos es del actor David Thewlis, la de Lisa, que es de Jason Leigh, mientras que las de todos los demás personajes, sean hombres o mujeres, pertenece a Tom Noonan. Y hasta la aparición de Lisa, existe una notable monocromía auditiva (si se me permite la sinestesia) que su voz viene a desbaratar.


La súbita aparición de este nuevo elemento hace que de repente sintamos empatía por personajes, que hasta ese instante, nos parecían francamente antipáticos. Si es un experimento, funciona. Inconscientemente volcamos nuestra simpatía, renovamos nuestra atención a lo que pasa en escena, erradicada la uniformidad hasta entonces manejada. Creo que esto interesará más a los que hacen teatro, cine o artes performativas que al espectador común, pero es algo valioso o novedoso y merece destacarse.


Ahora bien, ¿sufre Michael una crisis existencial muy años sesenta, tipo nouvelle vague o La tregua benedittiana o es un hombre que no puede hacer que las relaciones le duren como el Grandinetti de El lado oscuro del corazón? Y… eso dependerá de cada espectador. También las mil interpretaciones que están en el medio de ambas premisas.


En resumen, interesante, aunque a muchos puede exasperar… mucho

Gustavo Monteros