jueves, 21 de septiembre de 2017

Viento salvaje

El actor Taylor Sheridan (Sons of Anarchy) devenido guionista (Sicario, Denis Villenueve, 2015, Hell or High Water/Sin nada que perder, David Mackenzie, 2016) devenido director y guionista (Wind River/Viento Salvaje, 2017) es saludado como la ascendente estrella promisoria del neo-noir.


Lamento disentir, pero tanto elogio me parece un poco exagerado. No le quito mérito a su escritura, a su favor diré que no pretende presentarse como un revolucionario del género, más bien como dice el título de la canción de Peter Allen que bailan Ann Reinking y Erzsebet Foldi en All that jazz (Bob Fosse, 1979) Everything old is new again. O sea revitalizar lo viejo para que parezca nuevo. Esa reformulación que puede ser muy estimulante para el público se vuelve rancia si se hace con los mismos viejos elementos combinados de la misma manera.


Si no se ha visto Hell or High Water/Sin nada que perder y se pretende hacerlo, saltarse el presente párrafo que contiene spoilers. En esta película, se utiliza por enésima vez un artilugio que llamo Morituri en honor a la vieja película de Bernhard Wicki de 1965 con Yul Brynner y Marlon Brando. Morituri sale de la frase latina Ave, Caesar, morituri te salutant (Salve, César, los que van a morir te saludan) que se atribuye a los condenados a muerte obligados a presentarse como gladiadores en un combate fatal. Llamo Morituri a esos momentos antes de un combate, duelo, enfrentamiento en los que uno de los personajes que participará habla de planes futuros, bien, ese personaje morirá y la mención de dichos planes se hizo para crear pathos, o sea conmoción, emoción, empatía. En los géneros policiales, de guerra, westerns, de acción, de ciencia-ficción, este instrumento se usó hasta el hartazgo desde el principio de los tiempos, ya es hora de darlo de baja e inventar otro. En Hell or High Water/Sin nada que perder, el personaje de Jeff Brigdes acosa con comentarios racistas al de Gil Birmingham, que se jubilará después de este caso. Y cuando en medio de las pujas denigratorias, Birmingham se explaya una noche sobre lo que hará cuando se jubile, uno ya sabe que no saldrá ileso del tiroteo final, cosa que ocurre…


Con tres guiones en su haber, ya podemos hablar de rasgos en común que se corroboran. Se agradece que parta siempre de conflictos entre los personajes principales, eso evita recurrir a la dialéctica del pasillo (contar antecedentes de la historia y de los personajes como chusmaje del lugar de trabajo) o el montaje de noticieros con el mismo objetivo que la dialéctica del pasillo. Sheridan en cambio contrapone personajes lo que dinamiza mejor la historia. En Sicario como en Viento salvaje las protagonistas femeninas (Emily Blunt en el primer caso, Elizabeth Olsen, en el segundo) inician trabajos en ambientes nuevos del que desconocen casi todo. En Hell or High Water/Sin nada que perder los dos viejos investigadores de historiales opuestos se ven obligados a convivir en la misma habitación de hotel.


Y en las tres historias hay una sorpresa final que resignifica lo que aconteció, más rica en Sicario y Hell or High Water/Sin nada que perder que en este Viento salvaje.


Y si bien los tres filmes son policiales, transitan ese sendero estrecho que participa tanto del western como del drama policial.


Ahora atengámonos a Viento salvaje. En un inhóspito ambiente nevado, se produce un crimen contra una adolescente india. El FBI se ve obligado a intervenir y manda a una novata, Jane Banner (la mencionada Elizabeth Olsen) para que comande la investigación. Estará por encima del cowboy del lugar, Ben (el siempre impecable Graham Greene) y procurará la ayuda de un rastreador, Cory Lambert (Jeremy Renner) de triste pasado.


Taylor Sheridan ganó el premio al mejor director en Cannes 2017 en la sección Un Certain Regard, y durante la primera parte del film uno se pregunta cómo habrán sido los otros candidatos, porque lo que se ve no supera lo genérico, sin vuelo ni imaginación, por suerte en el flashback ilustrativo de lo que pasó y en el enfrentamiento final Sheridan muestra nervio y mano firme en el manejo de la violencia y justifica el lauro recibido.


Jeremy Renner está bien, pero se supone que su secreto es más terrible de lo que muestra.  El personaje de Elizabeth Olsen tendría que repensar su elección de carrera, si bien es inexperta, es demasiado emocional para enfrentar los problemas  que vienen con su cargo.


En 2001 Sean Penn dirigió The Pledge, llamada aquí Código de honor, con Jack Nicholson, Patricia Clarkson y Robin Wright entre otros notables. La refiero porque con personajes que arrastraban penas similares que las padecidas por estos personajes, establecieron una vara de actuación que los intérpretes de esta película no llegan ni por asomo. Gil Birmingham, como el padre de la víctima, está muy bien en sus dos escenas con Jeremy Renner y conmueve, pero su tragedia no llega a ser devastadora.


La película tiene una agenda noble, visibilizar los femicidios contra las mujeres indias. Sin embargo, esta loable intención le resta espontaneidad a la narración.


En resumen, si no se es un hinchapelotas como yo respecto del policial y sus variables, y no se es impresionable con escenas de violación, puede verse con complacencia y apreciación.


Gustavo Monteros

jueves, 14 de septiembre de 2017

Duro de cuidar

Como bien lo señala el afiche, Duro de Cuidar (The Hitman’s Bodyguard) es una buddy movie, en su variable comedia policial, motorizada por las avenencias y desavenencias de sus protagonistas, tal como lo requiere el género. El bueno de Ryan Reynolds es Michael Bryce, un especialista en seguridad para ejecutivos caído en desgracia. Su ex novia, Amelia Roussel (Elodie Yung, la Elektra de Daredevil y The defenders de Netflix) le pide que la ayude con Darius Kincaid (Samuel L. Jackson) un asesino a sueldo que debe presentarse a atestiguar en un juicio contra Vladislav Dukhovich (Gary Oldman), un feroz dictador bielorruso. Darius aceptó hacerlo para que el amor de su vida, Sonia (Salma Hayek) sea liberada de prisión. La tarea de Michael no será fácil porque un ejército de asesinos quiere callar a Darius para siempre.


Reynolds y Jackson llevan en el negocio lo suficiente para saber que deben complementarse para que la trama fluya y triunfe. Lo hacen a la perfección, a tal grado que hasta sus voces coordinan, cuando uno se pone en bajo, el otro juega de tenor y viceversa. Y así  logran que sean graciosas hasta las líneas nada brillantes, pocas por suerte. Salma está desternillante en un personaje que mezcla su propia latinidad con un toque de Sofía Vergara, que gracias a su Gloria de Modern Family es la reina de las sudamericanas rotundas y estridentes.


Toda película industrial norteamericana contemporánea, las denominadas pochocleras, debería venir con el subtítulo de Welcome to Movieland. Ya ningún film de esa procedencia puede verse como una pieza independiente, es tal el triunfo de la interrelación, de la intertextualidad que no son nada en sí mismas, sino el capítulo de una novela en progreso. Una buddy movie se mide en relación a todas las buddy movies que la precedieron. Tal como mencionamos, un personaje de caricatura pura como el de Salma se mide en relación a todas las latinas pulposas y gritonas que la antecedieron, incluso con algunas que ella misma interpretó. El film pochoclero existe según una lógica sustentada y alimentada en un equilibrio de imposibles, que dimos por posibles en inmensas suspensiones de la incredulidad. Tanto el perfil psicológico de los personajes como sus acciones o sus relaciones poco y nada tienen que ver con lo que llamamos realidad fuera del cine. El cine pochoclo es convención pura que vive dentro de convenciones ultra puras. Ya es un artefacto sofisticado, equiparable a la ópera o al ballet. Mucho debe darse por sentado para aceptar su sistema de signos y seguir una historia.


Es una paradoja que algo tan popular sea, al analizarlo en detalle, un producto de altísima sofisticación. Supongamos por un momento lo imposible: que a alguien que nunca jamás haya visto una película se lo lleve a ver un film pochoclero. No entendería nada. Le parecería delirante que aceptemos como si nada una sucesión de sinrazones y disparates, y ¡que la demos por “reales”! (aunque más no sea en el contexto de la ficción)


Esto me retrotrae a otra paradoja. Cuando comencé a ver cine, o a ser consciente de lo que era cine, allá a fines de los sesenta, el cine arte necesitaba una preparación previa, una advertencia sobre sus signos determinantes, sobre su disrupción de la narrativa tradicional, etc. En cambio, el cine industrial, apegado todavía a la gramática clásica, se explicaba por sí solo, no necesitaba prólogos ni pies de página. Hoy, en líneas generales, es casi al revés (nótese que he aprendido a ser prudente con mis generalizaciones), el cine arte tiende a explicarse por su cuenta, en tanto que el industrial necesita de ejemplos precedentes para ser decodificado.


Se dice que en el fondo somos chicos y que nos gusta que nos cuenten la misma historia. El cine industrial cumple dicho precepto a rajatabla. Siempre nos cuentan lo mismo de la misma manera. La cuestión es que de tanto relacionarse endogámicamente, más que una imagen es un juego de espejos enfrentados.


Filosofadas al margen, Duro de cuidar de Patrick Hughes entretiene con gozosa efectividad. Y como ocurre siempre con las formas que se fosilizan o estandarizan, son los actores los que dan vida a la velada. El trío ya mentado de Reynolds, Jackson y Hayek devuelven la entrada y el tiempo invertido con creces y de paso acrecientan nuestro afecto por ellos. No es poco. Para nada.

Gustavo Monteros

Un novio para mi boda




No tuve tiempo de verla, pero me refiero a ella porque el cine de la directora Rama Burshtein es único en el sentido más estricto del término. Burshtein profesa el judaísmo ortodoxo (de la rama jaredí) y hace cine sin salir de dicha comunidad.La conocimos con su ópera prima La esposa prometidahttp://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2014/10/la-esposa-prometida.htmlAhora nos brinda una comedia romántica. Una novia próxima a casarse es plantada por el futuro esposo. Decide no suspender la boda porque cree que Dios le dará en término un novio. Tiene Dios unos veinte días para cumplir su promesa. Una premisa atractiva como se ve. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Un hombre llamado Ove

Si bien sé inglés, me fastidia que últimamente las palabras para definir los nuevos géneros o subgéneros cinematográficos o para catalogar sus características o especialidades sean todas en el idioma anglosajón. Algo lógico por otra parte, dado que Hollywood ostenta la hegemonía absoluta de la industria mundial. Me fastidia que ni las palabras sean el último bastión de resistencia ante la prepotencia invasora. Bah, mejor me resigno y defino a esta película sueca de 2015, Un hombre llamado Ove (En man som heter Ove, en el original) de Hannes Holm como un “feel good” “crowd pleaser” “tear jerker”.


No demos por sentado que todos dominan el lenguaje de la Rubia Albión e intentemos un glosario. “Feel good” es optimista, agradable, que hace “sentir bien”. “Crowd pleaser” es popular, que gusta a las multitudes, lo que en clave futbolística llamamos “tribunero”. Y “tear jerker” es una película sentimental, sensible, que “arranca lágrimas”. En tres palabras (que son cuatro a decir verdad): un melodrama popular efectivo. A lo que le agregaría que el film tiene también ínfulas de cine de autor, aunque no puede evitar una hechura industrial. 


Ove es un viudo de 59 años, gruñón y con poca tolerancia a la frustración, de nula paciencia y fácil fastidio. Vive en un barrio, semi-privado con claras reglas de convivencia, que Ove resiente que no se cumplan… al pie de la letra. Sus vecinos lo soportan con sueco estoicismo porque saben cosas a las que el espectador accederá por completo cerca del final como corresponde. En el trabajo lo jubilan de prepo y al pobre solo le queda cumplir con la promesa que le hizo a su esposa de reunirse con ella en el más allá lo más pronto posible. Claro que el hombre propone y Dios y los guionistas disponen. Una y otra contingencia evitarán el reencuentro de los esposos. La mayoría de las cuales las ocasionan los nuevos vecinos, una muy embarazada persa y un sueco torpe (lo que se presenta como el colmo de los colmos, según parece un sueco puede ser lo que sea… menos torpe). Esta pareja tiene, además del que viene en camino, dos hijas, niñas tan encantadoras y afectuosas como solo las de las películas pueden llegar a serlo.


En crónicas recientes subrayamos que el cine se ha estandarizado según el modelo hollywoodense, y que las cinematografías locales poco de local tienen para ofrecer. Esta, por más detalles suecos que mostrara, me parecía una “gema” Hallmark.


Demás está decir que mis alarmas de cinismo no solo estaban prendidas sino que chillaban con virulenta altisonancia. Pero lentamente, paso a paso, no sé si por simpatía etaria, ando por la edad de Ove, qué joder, o por la sinceridad de la narración, o por la persistencia de los detalles arteros, que es lo que asegura la perdurabilidad en el arte, la historia me fue ganando, y Ove pasó de sueco y extraño a cercano y conocido.


Como el título bien lo indica, trata de la vida de este hombre, la presente y la pasada. El Ove maduro es interpretado por Rolf Lassgård, en tanto que al joven lo hace Filip Berg, ambos de gallardo histrionismo. El resto del elenco no se queda atrás y se ganan el odio y el amor, según la índole de sus personajes.


Como  estrellas masculinas sesentonas hay en todo el mundo, veamos este original antes de que sea “calcado” en otras cinematografías con Darín, Colin Firth, Kenneth Branagh, Sean Penn, Mark Rylance, Antonio Banderas, Hugh Grant o Tom Hanks. Eso sí, llevar un paquete de pañuelos descartables. Uno completo, porque es probable que se usen todos.

Gustavo Monteros

jueves, 31 de agosto de 2017

La maestra

Ayer nomás, bueno, la semana pasada para ser precisos, decíamos que la globalización trajo, entre sus consecuencias, una uniformidad cinematográfica, ética y estética, con conflictos similares de personajes similares resueltos de manera similar, y que eliminaba, o más bien allanaba, las peculiaridades, las diferencias idiosincráticas.


Y ahora llega una película que anula o limita la generalización recién apuntada y que le da un baño de humildad a mi irresponsable capacidad de observación. En mi defensa puedo decir que se aleja en el tiempo (transcurre en los ochenta) y que por lo tanto se desmarca de ocurrencias contemporáneas. Pero sería hacer trampa, mi pretenciosa reflexión no excluía las películas de época.


Esta nos retrotrae, tanto en conflictos como en personajes, a épocas de mayor autonomía cultural, menos influenciada por usos y costumbres hollywoodenses, cuando nos permitíamos ser cómo éramos y aspirábamos a que la universalidad surgiera de nuestras particularidades, sin reinterpretarlas, limando los aspectos más personales que nos hacen únicos, para que sean más asequibles a la comprensión, o lo que es peor al gusto, del espectador universal promedio.


Pero vayamos por partes. La maestra de Jan Hrebjk es una película eslovaca, ambientada en la Checoslovaquia de los años 80, cuando el comunismo daba los últimos hurras en una sociedad que todavía quería verse regida por las ideas de camaradería y prosperidad, aunque en realidad toleraba un sistema anquilosado de corrupción, que no por desgastado estaba menos vigente.


Después de las vacaciones de verano, en un colegio de Bratislava irrumpe imponente y carismática, Maria Drazdechova (Zuzana Mauréry en una actuación que solo puede calificarse de magistral) la nueva maestra de Eslovaco, Ruso e Historia para hacerse cargo de un curso de preadolescentes. Como todos los maestros del mundo, comienza por pasar lista. Llama la atención que no usa para tal fin un registro escolar oficial, sino una agenda personal en la que anota las profesiones o actividades con las que se ganan la vida los padres de sus alumnos. Se presenta como una persona bien ubicada dentro del esquema partidario, es viuda de un militar muerto en acción heroicamente, y una hermana suya vive, nada más ni nada menos, que en la mismísima Moscú. Tal encumbramiento le garantizará si no el poder, la palanca para hacerse atender como una reina, desde servicio de peluquería hasta conseguir remedios, hacerle la compra en los supermercados con la consiguiente cola eterna que puede evitarse yendo dos horas antes del horario de apertura, o que le trasladen por avión confituras para su hermana moscovita, o le arreglen el lavarropas. And last but not least, ni por asomo, que los alumnos le limpien la casa o que sus madres generosas le manden comida hecha. Todo gratis, of course, faltaba más. A cambio ella les avisará a dichas madres en secreto los ejercicios que tomará en las pruebas orales y escritas. Como buena tirana, favorecerá a los que le rindan pleitesía y será vengativa con quienes no puedan o no quieran otorgarle favores.


En paralelo a cómo se desarrolla este ejercicio de autoridad y sometimiento, somos testigos de una reunión de padres que busca la firma de una petición, por la mayoría, para desligarla de su función e iniciarle una investigación. Algo que no pinta fácil, muchos simpatizan con la maestra, la corrupción nunca es unilateral.


Como puede verse, a esta historia no le falta interés y atractivo, pero por cómo está estructurada, cerca de la mitad la acción se estanca y parece perderse en un loop del que no puede salir, después por suerte lo logra y se llega a un desenlace que remarca que no solo el comunismo permite el ejercicio tiránico, de modo que podemos recomendársela a nuestro amigo trotskista o marxista-leninista  sin ofenderlo, no, para nada, porque sea donde sea que haya un poco de poder surge la posibilidad de la corrupción.


Más allá de los reparos parciales, merece verse.


Gustavo Monteros

Dos son familia

Durante años y años, Omar Sy buscó su lugar bajo el sol. Sin consecuencias notables. Por suerte en 2011, Olivier Nakache y Eric Toledano lo eligieron para el cuidador de un parapléjico en Intouchables (Amigos intocables en Argentina) y todo cambió. Se convirtió en una estrella internacional, con la velocidad con que se difunde un secreto.


Toda estrella necesita proyectos que acrecienten su talento o su fama. A estos últimos se los llama Vehículos de Lucimiento. Dos son familia (Demain tout commence, en el original de 2016) de Hugo Gélin es eso. Solo eso.


Abramos un paréntesis. Sabrá Dios por qué, en el cine contemporáneo se han puesto de moda, no las remakes (aunque técnicamente se las consideraría así) si no lo que podríamos llamar Las Películas Calcadas, o sea aquellas que sin muchos cambios se rehacen en otras cinematografías. Por ejemplo, la argentina Elsa y Fred, 2005, de Marcos Carnevale, con China Zorrilla y Manuel Alexandre, que se transformó en 2014 en los Estados Unidos en Elsa and Fred de Michael Radford con Shirley MacLaine y Christopher Plummer. Otro ejemplo de Carnevale, la argentina Corazón de León, de 2013 con Guillermo Francella como un hombre de muy poca altura que se enamora de una mujer de estatura normal, o sea Julieta Díaz, se convirtió en la mexicana Corazón de León, 2015 de Emiliano T Caballero con Marlon Moreno y María Nela Sinisterra, y en la francesa Un homme à la hauteur, 2016, de Laurent Tirard con Jean Dujardin y Virginie Efira.


Todo esto viene a cuento porque Omar Sy con su Intouchables se inscribe en esta nueva tendencia, que casualmente continuó en Argentina cuando se transformó en Inseparables, 2016, dirigida por alguien cuyo nombre es reincidente en esta nueva moda, Marcos Carnevale (ahora como copiador y no como generador), y protagonizada por  Oscar Martínez en el rol del cuadripléjico y Rodrigo de la Serna en el papel que hizo Omar Sy. Y se acaba de completar una versión yanqui aun no estrenada, The upside, 2017 de Neil Burger, con Bryan Cranston en la silla de ruedas y Kevin Hart como el cuidador, ah, anda también por aquí la tan alta como talentosa Nicole Kidman.


Y como toda va y vuelve cual boomerang, le toca ahora a Omar Sy protagonizar una Película Calcada. Demain tout commence / Dos son familia fue originalmente en 2013 la mexicana No se aceptan devoluciones de Eugenio Derbez con el propio Derbez en el rol principal.


Omar Sy es, en Dos en familia, Samuel, un tarambana irresponsable que sobrevive en el sur de Francia. Un buen día se le aparece Kristin (Clémence Poésy) una chica con la que el verano anterior tuvo una aventura,  quien viene con el resultado de aquella aventura, una beba hermosa llamada Gloria. Samuel intentará devolvérsela a Kristin, en Londres, donde supuestamente vive la chica. Como no sucederá, se quedará con la bebé y la criará. Contará con la ayuda de Bernie (Antoine Bertrand) un productor cinematográfico, que  convertirá a Samuel en un doble de riesgo.


No me desgarraré las vestiduras ante la pobreza del argumento, la cortedad de ingenio de las situaciones, la sequedad de las réplicas, la melosidad de algunas vueltas de tuerca, o la extremidad del desenlace, que le hubiera dado urticaria hasta la mismísima Libertad Lamarque, una de las reinas  del melodrama mexicano clásico (bueno, de México es el film madre de modo que bien podríamos decir que por historia el desmadre más desvergonzado no le es ajeno).


No, no me desgarraré las vestiduras porque yo también he tenido y tengo mis estrellas de las que, más que fan, soy devoto. Y celebro, cuando no tienen un Scorsese a mano, que aparezcan en tal o cuál Vehículo concebido para su Lucimiento. Algo diseñado para mostrarlxs en su esplendor, donosura o simpatía es preferible a no verlxs y extrañarlxs. He salido caminando por las nubes después de verlxs en tremendos bodrios indefendibles, que no impedían en lo más mínimo que yo disfrutara como si estuvieran en una obra perdurable de un Spielberg. Las estrellas son lo que son y todo se lo deben a su querido público, que no pide más que oportunidades de verlxs con aquellos atributos que hicieron que lxs amáramos. Encanto, sensualidad, simpatía, belleza o lo que fuera. Si no pueden ser un personaje de Shakespeare, que sean el de un engendro vistoso que podamos espiar y disfrutar.


Omar Sy me cae bien, pero dista mucho de ser un favorito, pero como tengo los míos, entiendo con creces a la gente que lo sigue. Esta película es para ellos, sus devotos. Los que no lo son, abstenerse, mucho. Y los que estamos en el medio, también. No nos aburrirá, pero tampoco la apreciaremos. Bah, los Vehículos de Lucimiento son una misa solo para los fieles fervorosos.


Gustavo Monteros

miércoles, 23 de agosto de 2017

Reflexiones al paso sobre La amante y La Cordillera

El mundo ya no es lo que era, el cine tampoco lo es. Obviedades al margen, a lo que voy es que hay hoy una universalización que borra las peculiaridades, el color local, las idiosincrasias y que crea una paridad, una similitud, una igualdad que reafirma nuestra humanidad a la vez que la diluye. Los griegos, los armenios, los escoceses y los nicaragüenses son menos griegos, armenios, escoceses y nicaragüenses y más “humanos” según el modelo triunfante, o sea el impuesto por el cine de Hollywood, que deja de ser la meca de los sueños  para pasar a ser el vocero del imperio, el perpetuador del modelo a seguir, no solo en el perfil de los personajes, sino en qué contar y en cómo contarlo, según los dos grandes parámetros, el del cine industrial y el del supuesto cine independiente estilo Sundance. Lo que hace que todas las películas del mundo parezcan hechas por un productor yanqui, de allí que le sea tan fácil a Netflix albergar tanto al cine indio, al turco, al coreano, al mexicano, al peruano o al argentino, puede que las caras varíen, pero las ropas, el qué y el cómo se cuentan de maneras tan similares que parecen iguales.


La semana pasada ante el estreno de la película italiana Por siempre jóvenes de Fausto Brizzi, leo en una crítica de un diario principal que “Su mirada sobre la comedia está más cerca de la universalidad anglosajona que de la sátira de costumbres latina”. Y no me extraña en lo más mínimo.


Horas más tarde voy a ver La Cordillera de Santiago Mitre y entre el centenar de tráileres con que nos domestican antes de la película elegida, está el de Hedi, película tunecina de 2016 de Mohamed Ben Attia, rebautizada para su estreno local como La amante. Como suele suceder con muchísimos tráileres (por no decir todos) es posible adivinar la historia entera de la película, su desarrollo y quizá hasta su desenlace, de allí que muchas veces para los que miramos cine todo el tiempo, nos quede la sensación después de haber visto una película, que hubiéramos ahorrado tiempo quedándonos con solo la visión del tráiler, ya que el trámite de verla toda, poco o nada agregaba a lo que ya sabíamos.


En Hedi / La amante vemos a un hombre joven, dominado por su madre, entregarse a una vida arreglada por ella, se casará con la mujer que ella eligió y vivirá según los preceptos y caprichos maternos. Antes de casarse, por su trabajo de representante de una firma de autos, recalará en un hotel de veraneo y se enamorará de una guía turística, quien lo reconciliará con sus sueños. Fin. Pero ¿con quién se queda? ¿Importa? La peripecia vital del personaje pasa por liberarse de las ataduras de la madre.


Es evidente que se trata de una película festivalera, lo ratifican los logos de todos los festivales que la invitaron y algunos de los premios que obtuvo, entre los más importantes, dos Osos de Plata del Festival de Berlín, uno a su protagonista, Majd Mastoura, y otro a su director por la Mejor Ópera Prima.


Mi acompañante le baja en pulgar y lo resume con “Ni en pedo”, le pregunto por qué no la vería y me dice porque es una película Hallmark made in Túnez. Puede equivocarse, pero todo parece darle la razón.


Con mi acompañante vemos religiosamente todas las películas de Darín, por eso ahora huimos de la hermosa tarde de sol para cobijarnos en los rigores de La Cordillera. No conozco el cine de Santiago Mitre, tengo por ahí copias de sus películas anteriores El estudiante, 2011, y La patota, 2015, (Paulina es su título internacional, “patota” es un término demasiado nuestro para su exportación) pero todavía no las he visto. Volviendo a La Cordillera por algunas cosas sueltas que leí, por arriba, de su presentación en Cannes, sé que un thriller que desemboca en un pacto fáustico o algo así. Comprobaremos que es más “algo así” que pacto fáustico en nuestra modesta opinión. Más que el inicio de un ciclo faústico, la película ratificará un modus operandi, una línea de conducta. 


Mitre, con un guión propio, co-escrito con Mariano Llinás, el recordado director de Balnearios, 2002, e Historias extraordinarias, 2008) narra con seguridad y suntuosidad. Hay dos planos, el del hombre común, el técnico que conocerá la Casa Rosada, y el de los que hacen cosas en su nombre, los políticos y sus no menos importantes segundos que deambulan por la casa gubernamental y por los mullidos ambientes de ese lujoso hotel de Chile donde  más tarde acordarán, o no, políticas energéticas para la región.


El presidente argentino es Hernán Blanco (nuestro orgullo nacional, Ricardo Darín, en otra actuación antológica) asistido por su mano derecha, Luisa Cordero (Érica Rivas, impactante como siempre) y por el jefe de gabinete, Castex (Gerardo Romano, en una caracterización impecable). Antes de la partida a Chile, Luisa se entera de una crisis en ciernes. El ex esposo de la hija de Hernán, Marina (Dolores Fonzi, irreprochable as usual) amenaza con sacar trapos sucios sobre los dineros de la campaña que le permitieron a Hernán llegar a la presidencia. Como al pasar se menciona un dato que cobrará relevancia, Hernán pasó de ser un intendente de un pueblito de La Pampa a presidente de la república, sin cargos intermedios, meteóricamente.


En un principio parece que estamos en un thriller político, algo que es más culpa nuestra, o de la famosa “grieta” que de la película en sí. Es claro al desarmarla que da señales inequívocas de no pretender encerrarse en lo político. No estoy de acuerdo con las críticas que dicen que empieza en un género y que da un volantazo hacia otro promediando el metraje. No, hay desde un principio indicios claros que lo político es un ambiente elegido, no el fin ambicionado. Si tuviera que definirlo con precisión, diría que se trata de un thriller metafísico, aunque es imprescindible mencionar que se acerca más a lo fantástico o a lo que se supone terrorífico, eso sí, advirtamos que no hay nada gore, ni sangriento, ni espeluznante, sino el choque de las fuerzas del bien y del mal. Y no digo más, para no caer en un spoiler.


Todo esto viene a cuento porque antes de entrar al cine nos enteramos que Darín le estaba contestando en Twitter a los que se quejaban de la película. En la nota daban dos ejemplos, un espectador le reclamaba las malas elecciones de proyectos que hacía últimamente, a lo que Darín le respondía con sorna, que le encargaría las elecciones a esta persona de ahora en más. El otro ejemplo exponía lo siguiente: "Fui a ver La Cordillera y creo que no entendí el final. @bombitadarin, los espectadores nos quedamos debatiendo después de la película". A  lo que Darín contestó: "¿Eso no es bueno? Digo, ¿te pasó muchas veces? Un abrazo".


Lo menciono porque una vez terminada la película, algunos de los espectadores que nos acompañaban expresaban en voz alta su malestar por el supuesto poco esclarecimiento del final. Decían cosas como “Habrá que esperar la segunda parte”. O “¿Pretenderán que la veamos de nuevo para entenderla?”.


Yo tenía ganas de decirles: Pónganse a repasar que fue lo que vieron y les saldrá solos el porqué termina cómo termina. Pero el cine contemporáneo no promueve el rearmado de los rompecabezas, no, lo da todo deglutido, explicado, subrayado, nos dicen las piezas se acomodan así y así, no se preocupen, mastiquen sus pochoclos y adormilen su inteligencia que nosotros les diremos qué pensar. La Cordillera exige un mínimo de capacitación intelectual, de reflexión obvia sobre cómo se vinculan los elementos y el por qué de esa música harto reveladora, machaconamente prepotente, única objeción a un film bastante inobjetable. Es tan mínimo lo que se nos exige que en los años setenta, tiempos en los que las películas exigían la astucia de los espectadores, La Cordillera estaría dirigida para niños de Jardín de Infantes como Bolilla Uno de rearmado de enigmas. Según decíamos en un principio, el mundo ya no es lo que era y el cine, tampoco.


En tiempos de grieta, La Codillera, por suerte, a pesar del ambiente elegido, no es una película “antipolítica” o sea de derechas… mal. No, en este mundo en particular, como en el mundo en general, hay una tensión entre las fuerzas del bien y del mal, de la oscuridad y de la luz.


Gustavo Monteros