La letra
dice: “Estoy mirando atrás y puedo ver mi vida entera”, y yo por hacerme el
gracioso, la cambio y canto “Estoy mirando atrás y puedo ver la cucha del
perro” El chiste, no muy gracioso, por cierto, es sustituir la retrospección
filosófica del original por un realismo ramplón, objetivo y nada metafórico.
Estamos
hablando, claro, de “A mi manera”, de la traducción al castellano de “My Way”,
la canción con letra al inglés de Paul Anka, basada en la francesa, "Comme
d'habitude", compuesta por Claude Françoise, Jacques Revaux y Gilles
Thibault y que inmortalizara Frank Sinatra.
Pero esta
mezcla que hago con la mirada al pasado y algo relacionado con un perro no es
gratuita, porque se me ha dado por pensar que los mejores años de mi vida
fueron los compartidos con perros, y que, si se me diera la oportunidad de
volver a vivir mi vida, no pasaría un día sin perro.
Procuro no
humanizar a los perritos, pero tampoco animalizarme yo. Por eso no me siento
cómodo cuando hablan de “mis hijos perros” o “mi familia perruna”. Yo soy yo y
el perro es el perro. Dos especies diferentes que pueden convivir acompañándose
y completándose necesidades básicas. Porque un perro vive mejor bajo techo, con
la comida garantizada, atención veterinaria y el largo etcétera, que podemos
resumir como cuidado y afecto. Y un hombre vive mejor si lo esperan cuando
llega de la calle, si le reclaman una caricia para el lomo, y le andan al lado
de aquí para allá, como si uno fuera alguien valioso del que no hay que
perderse ni un gesto (y si es algo contundente y carnívoro como para masticar y
tragar, mejor).
No paran de
escribirse libros sobre la relación hombre-mascota, y si bien los gatos tienen
sus adeptos, los perros van ganando por goleada en la preferencia de los
autores.
Y de hacerse
películas también. Acaba de llegar al streaming de la gran ene roja (no
comunista, que todo lo rojo no siempre es de izquierdas), una comedia alemana
producida por dicho sello, dirigida por Marco Petry, con guion de Jane
Ainscough, Hortense Ulrich y el propio director.
El título Eat
Pray Bark (2026), o sea Comer, rezar, ladrar juega con el de la
exitosísima comedia con Julia Roberts, Eat Pray Love (Ryan Murphy,
2010), basada en el best seller de Elizabeth Gilbert, o sea Comer Rezar Amar,
que casualmente, o no tanto, puede verse también en la gran ene roja.
Y aquí el
chiste de cambiar “amar” por “ladrar” viene a cuento porque es de perritos,
claro, más precisamente, como corresponde, o no, de perritos y humanos.
Cuatro
perros no andan llevándose del todo bien con sus humanos, los que recurren a un
adiestrador-gurú de raigambre “celta”, perdido en el Tirol, para que los disciplinen.
La premisa del argumento es que, como en el 99, 99 % de los casos, los perros
no son el problema sino los humanos.
Estos son
Ursula Brandmeier (Alexandra Maria Lara), una política que en el off de un
programa televisivo dijo que odia los perros y que se mataría antes de tener
uno. El off no era tal y ahora para limpiar su imagen, debe entenderse con
Brenda, una supuestamente rebelde caótica, rescatada de la perrera.
Babs (Anna
Herrmann), una chica con antecedentes de enfermedades mentales, que no puede
con Torsten, un perrito al que el comité veterinario puede quitárselo, si no
aprende a lidiar con él.
Hakan (Kerim
Waller), un hombre taciturno y muy poco sociable, que le puso un bozal de metal
a su perrita Roxi, a la que acusa de no sabemos muy bien de qué.
Y Helmut
(Devid Striesow), un maduro profesor universitario de literatura del siglo XIX
y su pareja, Ziggy (Doga Gürer), un emprendedor que fabrica velas aromáticas,
que acusa a Helmut de no entenderse con su perrita Gaga, que parece rechazar a
Helmut con ahínco.
Todos se
tomarán un tren y se bajarán en un pueblito del Tirol que, en respuesta a su
fama internacional, es igual de bello a todas las tarjetas postales
resplandecientes que lo publicitan.
Allí se
encontrarán con Nordon (Rúrik Gíslason), el gurú celta, apolíneo como una
estatua y rubio y apuesto como se espera de los nórdicos.
No es un
espóiler decir que los perritos, con la ayuda del adiestrador “celta”, lograrán
enderezar las torcidas comunicaciones que tienen con sus humanos.
Hay
caracterizaciones claras y diálogos certeros, lo que permite el lucimiento de
los actores que sin excepción son de buenos a excelentes.
Y los
perritos no se quedan atrás, por eso merecen que se los nombre, tal como
hicimos con los actores que hacen de sus dueños (es una manera de decir, porque
la relación, por más que parezca de dominio humano, es más de paridad que de
sujeción).
Ellos son Dotty
como Brenda, Wilma y Dante como Torsten, Clooney y Lillyfee como Gaga, Karma y
Ghana como Roxy y Mokka como Heidi, la perrita de Nordon.
Eat Pray
Bark es una
feel-good movie, que cumple con la definición del género al que pertenece, uno
durante y después de verla se siente bien. La película termina por decir que la
solidaridad, la generosidad y el entendimiento son posibles. No sé si es
cierto, pero qué lindo sería que lo fuera.
Gustavo
Monteros
