A poco de
empezar Ghostlight (Kelly O’Sullivan, Alex Thompson, 2024) la hija de la
familia protagonista, Daisy (Katherine Mallen Kupferer) se postula con muchas
posibilidades de ganar la distinción para el personaje adolescente más
insoportable de toda la historia del cine (y eso que tiene competidoras
serias).
Papá Dan
(Keith Kupferer) y mamá Sharon (Tara Mallen) son llamados a la escuela porque
la hijita Daisy se violentó con una docente. Daisy se las trae, es mal hablada,
maltrata a todo el mundo, se cree dueña de la verdad y no acepta que la
contradigan. De inmediato llama la atención que tanto los padres como el
personal de la escuela le tengan tanta paciencia. ¿Por qué? No lo sabremos
hasta más adelante.
También es
notoria la incomodidad que hay entre papá Dan y mamá Sharon. A la pasada se
menciona un juicio con el que Dan no estaría muy comprometido. ¿Están acusados
de algo? ¿Son las víctimas? No lo sabremos hasta más adelante.
Papá Dan es
de la creencia que los problemas psicológicos, de relación o de comunicación se
decantan solos, que no hay que hablarlos, a lo sumo aceptarlos, dormirlos y
tener la esperanza de que un día, se hayan solucionado. Mamá Sharon, por el
contrario, está dispuesta a recurrir a lo que sea, terapia, intervenciones,
consejos familiares, tarot o lectura de manos. Como ya sabemos, hijita Daisy
está en la secundaria, en el último para ser precisos.
Papá Dan es
un obrero de la construcción y mamá Sharon es entrenadora deportiva. En este
momento papá Dan y la cuadrilla a la que pertenece están rompiendo una calle,
usa esos martillos demoledores rompetímpanos y trepanacerebros. Un día está
trabajando y de un lugar cercano sale Rita (Dolly De Leon) y le pregunta si
tiene que trabajar sí o sí en ese horario, porque con el ruido no puede ni
pensar. Rita está en una clase de relajación, de yoga o de meditación o de algo
parecido. Pronto sabremos qué es.
Papá Dan
puede que no quiera hablar, pero mamá Sharon e hijita Daisy expresan sus
desacuerdos con vehemencia y sobrecargan a papá Dan de energía negativa. Y un
día en el trabajo, explota con un automovilista, un tipo maleducado para
decirlo amablemente. Rita es testigo de la situación y cuando Dan, terminada la
jornada laboral, se apresta a irse en su camioneta, Rita se acerca, le pregunta
si sabe leer y le pide que le haga el favor de leer algo que le dará. No, antes
Rita no estaba en una clase de yoga, de relajación o de meditación, ¡era un
ensayo de teatro! Uno de los actores debe ser reemplazado y hasta que esto no
suceda, necesitan que alguien lea sus parlamentos. A Dan la cosa no le resulta
fácil de entrada porque se trata de una obra de Shakespeare, que con sus
enrevesamientos no es precisamente llano. Los demás lo alientan y hacen que Dan
se comprometa a volver al siguiente ensayo.
Es un grupo
de teatro comunitario (vocacional, le diríamos por acá) de edades y razas
mezcladas. Eso sí, son muy modernos. Adhieren a algo que está muy en boga en el
West End londinense, montan obras age-blind (no se toman en cuenta las edades
de los actores para asumir los personajes, de ahí que la protagonista joven de
la obra puede ser encarnada por una actriz madura) y colour blind (no se toma
en cuenta la raza de los actores para asumir los personajes, de ahí que un
actor negro puede cubrir un protagonista caucásico o WASP).
La obra que
ensayan es Romeo y Julieta, y Rita que anda por la cincuentena es
Julieta. Rita tiene un pasado profesional, de joven estuvo en un par de
temporadas en ¡Broadway! Su Romeo actual anda por la veintena. Y aunque el
trámite tarda un poco y papá Dan se pasea por varios papeles, como suponemos
desde un principio, terminará por hacer de Romeo.
Papá Dan,
que además es escondedor, no dice nada de su trabajo actoral a mamá Sharon e
hijita Daisy, las que al notar los cambios positivos que se están manifestando
en papá Dan, ¡creen que tiene una amante! Eso da pie a unos eficaces enredos de
comedia (la película técnicamente es un drama, pero tiene mucho humor, los
integrantes del elenco, por ejemplo, son muy peculiares, para decirlo
amablemente, y algunos ensayos son desternillantes.
Cerca del
estreno, Dan cae en cuenta de que la obra termina con un pacto suicida, detalle
muy doloroso para la familia. Fa male, el teatro (hace mal el teatro), decía un
monólogo que Vittorio Gassman vino a hacer un par de veces a Buenos Aires. El título de este monodrama era irónico,
claro, porque el teatro nunca puede hacer mal.
El teatro es
muchas cosas, pero por sobre todo es una ceremonia ancestral que perdura pese a
cuanto adelanto tecnológico se le ponga en frente. Y podemos decir, sin que
nadie nos discuta, que es tan inherente al hombre como respirar. Puede que haya
gente que jamás haya ido formalmente a un teatro, pero todos han visto actos
escolares, discursos políticos, entregas de premios, shows televisivos, misas y
demás ritos religiosos, etc. O sea que todos sin excepción estamos contaminados
por algún juego teatral.
Y todos, si
jugamos de niños, podemos (si queremos) hacer bien un personaje y participar
más que bien en una obra. Claro no todos pueden ser Richard Burton o Tita
Merello, pero todos pueden subirse a un escenario y jugar a ser uno y otro, a
ser uno mismo y el personaje que nos toca. ¿Y cuál es el secreto del teatro (no
muy secreto porque está a la vista de todos)? Es un rito de trascendencia. Por
lo que decíamos recién, uno es uno y a la vez otro. Y eso no hace mal, nos hace
humanos.
Y si algo
necesita la familia de papá Dan, mamá Sharon e hijita Daisy es tomar lo que los
aqueja y trascenderlo. No olvidarlo, ni superarlo, trascenderlo (si se piensa
un segundo no es un juego de palabras). Entonces se da la famosa catarsis, que
libera como nada que exista (en tu cara, alcohol, droga, sexo).
Dos detalles
más antes de terminar. Los actores que hacen de papá Dan, mamá Sharon e hijita
Daisy son padre, madre e hija en la vida real (además de actores profesionales,
claro, que ya han estado en varias películas, algunas muy conocidas), de modo
que la dinámica familiar está dada de movida, trabajaron eso sí, y con mucho
arte, las singularidades de los conflictos que le tocan desarrollar.
Y el título Ghostlight
(aquí se la llama Luz testigo, aunque por la transculturización se la denomina
Luz fantasma, que sería la traducción literal del inglés) refiere a la lámpara
solitaria con un largo portante que se deja siempre encendida en un teatro por
lo demás a oscuras, para que nadie caiga en alguna trampa del escenario, vea el
borde que da al foso de la orquesta, la casilla del apuntador, etc. La Luz
testigo puede ser el símbolo de muchas cosas, pero para mí, por sobre todo,
simboliza la eterna permanencia del teatro y su resistencia a toda oscuridad.
Ojalá mucha gente vea esta hermosa y conmovedora película.
Gustavo
Monteros