miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor










Elizabeth Taylor le dedicó su vida al espectáculo. Tanto que hasta su vida privada fue un espectáculo público para regocijo de periodistas escandalosos. Fue una niña prodigio angelical, una adolescente sensual, una mujer voluptuosa y, hasta su retiro, una señora mayor que no se resignaba a perder ni la belleza ni el recuerdo de las lascivias provocadas. Le quitó el marido a una amiga famosa (Debbie Reynolds), se casó incontables veces, muchas veces con el mismo (Richard Burton, al que podríamos apodar El Magnífico, por su talento generoso y por los regalos que le prodigaba, entre los que se incluía un famoso diamante.
Sus mejores trabajos para el cine fueron la Maggie de La gata sobre el tejado de zinc caliente, una lujuriosa esposa desatendida por un marido acosado por el fantasma de la homosexualidad (nada más ni nada menos que Paul Newman); la Martha de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? , una mujer cruel y frustrada porque su marido (Richard Burton) no es igual a su papá y por una maternidad que la esquiva. Se destacó también como la Catherine de De repente en el verano, una joven traumada por la canibalización de su novio perpetrada por unos muchachotes, metáfora del asesinato de un homosexual a manos de unos homofóbicos perturbados por el deseo (en esos tiempos la homosexualidad era un tabú al que se refería en imágenes crípticas) (en este film usaba una malla enteriza blanca que ratoneaba de lo lindo), y la Katherine de La fierecilla domada de Shakespeare pasado por Zeffirelli. En lo personal siempre la recuerdo en Zee and Co. (Salvaje y peligrosa, creo que fue el título en la Argentina), una comedia brillante y amarga, en la que ejercía un acto de manipulación feroz; Michael Caine la cuerneaba con Susannah York, Liz intuía que la York era una lesbiana reprimida, la seducía, se acostaba con ella y recuperaba así a Caine. Aunque, claro, siempre se la recordará por ser la cara, no la culpable, de uno de los más estrepitosos fracasos del cine: Cleopatra. Y, es imprescindible reconocerlo, más allá de sus logros innegables, nunca fue una gran actriz, más bien una estrella incandescente, un figurón mayúsculo con posibilidades, no una negada, pero tampoco un portento. Tenía el biotipo de una mujer rellenita y vivió muerta de hambre a dieta estricta más de la mitad de su vida.


Hizo poco teatro (no era lo suyo), con gran repercusión mediática y deleite de críticos sangrientos. Se le atrevió a la Regina de The little foxes (La loba), papel que en el cine Bette Davis elevara a cumbres magistrales. Y ya cuarentones pasados, emprendieron en Broadway con Richard Burton Vidas privadas de Noël Coward, pieza que requiere a lo sumo treintañeros.


Fue una superviviente de su salud enclenque y quebradiza. En 1960 se apresuraron a darle el Óscar por Butterfield 8, un poco por lástima, porque se suponía que la estragaría y la mataría un cáncer. No lo hizo, como tampoco lo lograron los numerosos males que la jaquearon. En las últimas décadas casi se había vuelto un chiste mediático presagiar su probable o inminente muerte. Hoy sus ojos color violeta (los ojos más lindos del mundo, pregonaban), se cerraron y como cantara Gardel, el mundo sigue andando. Chau, Liz, gracias.

Gustavo Monteros

2 comentarios:

  1. Qué lindo recuerdo! Como siempre, un placer leerte. Gracias!

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  2. Tus palabras son más que oportunas. Andaba necesitando un poco de aprobación y aliento. Gracias!!!

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