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Leí por ahí (a las apuradas, sin prestar mucha atención, de
modo que no debería mencionarlo) que en la noche del Oscar (hace años que evito
tal ceremonia, me da más tedio que curiosidad) Quentin Tarantino y Sean Baker
enunciaron que las películas deben verse en un cine, que se hacen para darse a
conocer en esos sitios (cada vez menos frecuentados, a decir verdad).
Como me gusta poner peros, Tarantino querido, siempre
dijiste que tu cinefilia se forjó en el auge del videoclub, de modo que este
purismo suena a reflexión o militancia tardía. No importa, la intención es
buena y noble, el lugar de las películas es el cine, pero la batalla está
perdida.
Con tantas herramientas al alcance de todos para ver
películas, ir al cine es solo otra alternativa, y la más demandante, hay que
ir, ponerse lindo o al menos decente, respetar un horario, etc. La misma
película puede verse en un televisor, en una computadora, en una tablet, en un
teléfono, en ¡un reloj!, y hasta en una heladera (hay modelos que vienen con un
reproductor de DVD), etc. Aunque uno al verlas en uno de esos dispositivos
tiende a faltarles el respeto. La atención que les prestamos es aleatoria, dispersa,
las interrumpimos constantemente, las ponemos en pausa para terminarlas en otro
momento, y hasta las dejamos de lado porque nos olvidamos que las estábamos
viendo.
Por obvias razones nada de eso pasa en un cine. De ahí que
estos dos directores se avoquen a la quijotada de que sus películas sean vistas
en un cine. El cine en cuanto edificio está a dos pasos de equiparse a un
teatro de ópera. A la ópera solo van los conocedores, los degustadores de una
forma de teatro y música y los persistentes. O sea, los entendidos y los
nostálgicos.
Y si nos ponemos alarmistas o precavidos (según el grado de
optimismo) la ficción audiovisual en modo película está por ser superada por
otros formatos. Una de mis fuentes de ingreso es ser profesor de inglés en
escuelas secundarias. Al principio de cada año, procuro averiguar el nivel de
exposición al inglés de mis nuevos alumnos. Para eso hago algunas preguntas: si
escuchan música en inglés, si ven películas o series, y en caso afirmativo,
subtituladas o dobladas.
Por afano ganan las series y claro, las dobladas. Si indago
un poco más, los jóvenes alumnos dicen preferir las series a las películas,
porque al estar divididas en episodios, uno puede ver uno o dos y dejarla para
terminar de ver en otro momento. Si bien pueden hacer lo mismo con una
película, la idea de la obligación de verla en todo su metraje, en la hora y
media o dos horas o lo que sea que dure, los fatiga de antemano. Las series les
resultan más amigables, más manejables. No por esto creo que las películas
corren peligro de extinción.
En el siglo XXI los novelones ladrillos de miles de páginas
no han muerto, pero, spoiler alert, se han vuelto muy infrecuentes. Hoy se
necesitaría un milagro para que un autor joven y desconocido lograra que le
publicaran una novela tan larga como Ana Karenina, porque antes tendría
que haber logrado que un editor contemporáneo ¡la leyera por entero!
Como pertenezco a la lejana generación que solo podía ver
películas un uno de estos dos formatos: ir al cine o verlas en televisión (en
blanco y negro y con una definición en que más se adivinaba que se veía),
decido seguir la admonición de Tarantino y Baker y ver Anora en el cine.
Después de ganar el Oscar los cines locales la devolvieron
a horarios razonables. Antes del Oscar solo se la podía ver a las 23: 20, y
como dura dos horas veinte minutos, no era un horario aconsejable para personas
de edad avanzada. No es que hubieran faltado oportunidades para verla, la
habían estrenado el 16 de enero y al menos durante un par de semanas la
ofrecieron en horarios completos o sea del mediodía en adelante.
Vamos con mi amigo Horacio y elegimos la función de las
19:50. El público que nos acompañaba, venía a comprobar las virtudes que
pudiera tener para haber sido la cuarta ganadora de la doble corona más ilustre
en cuanto a premios: la Palma de Oro de Cannes y el Óscar de la Academia (las
anteriores fueron The Lost Weekend / Días sin huella, Billy
Wilder, 1945, Marty, Delbert Mann, 1955 y Parasite / Parásitos,
Bong Joon Ho, 2029).
El público que nos acompañaba (ojo, mi apreciación puede
ser errada) era uno de películas mainstream y estaba ligeramente desconcertado
ante esta película que, aunque distribuida y producida por una productora
industrial importante, es una película indie de autor. No tiene nada raro que
impida un seguimiento directo y disfrutable, aunque es más demandante que el
film pochoclero promedio. Tiene su estilo, su ritmo, una manera propia de
plantear conflictos y desarrollar personajes.
A lo que voy es que hubo una incomodidad en las primeras
escenas, en las que se describe en qué consisten los servicios sexuales que
ofrecen Anora y sus compañeras de club. El planteo inicial se puede contar sin
spoilear nada.
Anora es una trabajadora sexual veinteañera de una
discoteca. Una noche se le pide interrumpir su cena porque hay un joven ruso
medio en pedo que puede ser un cliente generoso. Y como Anora tuvo una abuela
rusa y algo chaporrea el idioma puede dar una mano. El rusito queda encantado y
la invita a su mansión al día siguiente. Esta vez el acto sexual incluye
penetración (en el club / discoteca hay franeleo y masturbación sin
penetración). El rusito queda tan prendado de Anora que la contrata para que lo
acompañe durante una semana a Las Vegas.
Como ya empezaron otra vez las clases, todo me remite a
ellas y no me voy a reprimir. Así que preguntaré como si estuviera en un aula.
A ver, alumnos, trabajadora sexual conoce cliente rico que la contrata en
exclusividad durante una semana, está protagonizada por dos figuras muy
queridas, es más, esta película supuso el inicio del superestrellato para ella,
el título parte de una canción éxito de Roy Orbison. ¿De qué película hablamos?
¡Sí! Pretty Woman / Mujer bonita.
Sí, Anora y Mujer bonita comparten la
situación inicial, hasta se podría decir que Anora es una actualización
de la app Mujer bonita. Y ahí se acaba el parentesco. Richard Gere era
un señor hecho y derecho que tenía que decidir si estaba dispuesto a
contravenir sus mandatos sociales. Aquí que yo al rusito le diga rusito no es
peyorativo, es descriptivo.
El chico, si bien ya anda cerca de los treinta, es un niño
mimado, caprichoso, riquísimo, al que sus multimillonarios padres le han puesto
a un armenio con sus respectivos empleados para que le desarman los entuertos
que causa con sus infantilismos. En esta instancia el más grave es que se ha
casado con Anora y como hay papeles firmados, así que lo que pasó en Las Vegas
no queda en Las Vegas. Lo que sigue no se puede contar y es apasionante y
merece los premios recibidos.
El público que nos acompañaba estaba más para Mujer
bonita que para Anora. En Mujer bonita no incomodaban con las
descripciones de los servicios sexuales de Julia Roberts y Laura San Giacomo.
Basta que ella ande de hot pants y botas altas para que supongamos que es
trabajadora sexual. Y el resto era acomodar lo que seguía en la vieja y siempre
efectiva fórmula de La cenicienta.
En Anora (Sean Baker, 2024) el desarrollo es lógico
y como no hay seres humanos que se metan en aprietos y salgan indemnes, habrá
una love story en ciernes. Y Anora intentará recompensar a su supuesto
caballero andante con lo que sabe hacer o sea dar sexo. Pero una acabada no es
un final feliz ¿o sí?
De ahí que no hubiera aplausos, como los suele haber cuando
algo ha sido por los carriles tradicionales o esperables, aunque estoy
convencido de que lo sentido o lo despertado van a ser más duraderos. Porque si
todo hubiera sido según la fórmula, se aplaude y se olvida. Y a Anora no
creo que se la olvide tan fácilmente.
Gustavo Monteros
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