viernes, 14 de marzo de 2025

Querido diario - Hoy: Anora



 

Leí por ahí (a las apuradas, sin prestar mucha atención, de modo que no debería mencionarlo) que en la noche del Oscar (hace años que evito tal ceremonia, me da más tedio que curiosidad) Quentin Tarantino y Sean Baker enunciaron que las películas deben verse en un cine, que se hacen para darse a conocer en esos sitios (cada vez menos frecuentados, a decir verdad).

 

Como me gusta poner peros, Tarantino querido, siempre dijiste que tu cinefilia se forjó en el auge del videoclub, de modo que este purismo suena a reflexión o militancia tardía. No importa, la intención es buena y noble, el lugar de las películas es el cine, pero la batalla está perdida.

 

Con tantas herramientas al alcance de todos para ver películas, ir al cine es solo otra alternativa, y la más demandante, hay que ir, ponerse lindo o al menos decente, respetar un horario, etc. La misma película puede verse en un televisor, en una computadora, en una tablet, en un teléfono, en ¡un reloj!, y hasta en una heladera (hay modelos que vienen con un reproductor de DVD), etc. Aunque uno al verlas en uno de esos dispositivos tiende a faltarles el respeto. La atención que les prestamos es aleatoria, dispersa, las interrumpimos constantemente, las ponemos en pausa para terminarlas en otro momento, y hasta las dejamos de lado porque nos olvidamos que las estábamos viendo.

 

Por obvias razones nada de eso pasa en un cine. De ahí que estos dos directores se avoquen a la quijotada de que sus películas sean vistas en un cine. El cine en cuanto edificio está a dos pasos de equiparse a un teatro de ópera. A la ópera solo van los conocedores, los degustadores de una forma de teatro y música y los persistentes. O sea, los entendidos y los nostálgicos. 

 

Y si nos ponemos alarmistas o precavidos (según el grado de optimismo) la ficción audiovisual en modo película está por ser superada por otros formatos. Una de mis fuentes de ingreso es ser profesor de inglés en escuelas secundarias. Al principio de cada año, procuro averiguar el nivel de exposición al inglés de mis nuevos alumnos. Para eso hago algunas preguntas: si escuchan música en inglés, si ven películas o series, y en caso afirmativo, subtituladas o dobladas.

 

Por afano ganan las series y claro, las dobladas. Si indago un poco más, los jóvenes alumnos dicen preferir las series a las películas, porque al estar divididas en episodios, uno puede ver uno o dos y dejarla para terminar de ver en otro momento. Si bien pueden hacer lo mismo con una película, la idea de la obligación de verla en todo su metraje, en la hora y media o dos horas o lo que sea que dure, los fatiga de antemano. Las series les resultan más amigables, más manejables. No por esto creo que las películas corren peligro de extinción.

 

En el siglo XXI los novelones ladrillos de miles de páginas no han muerto, pero, spoiler alert, se han vuelto muy infrecuentes. Hoy se necesitaría un milagro para que un autor joven y desconocido lograra que le publicaran una novela tan larga como Ana Karenina, porque antes tendría que haber logrado que un editor contemporáneo ¡la leyera por entero!

 

Como pertenezco a la lejana generación que solo podía ver películas un uno de estos dos formatos: ir al cine o verlas en televisión (en blanco y negro y con una definición en que más se adivinaba que se veía), decido seguir la admonición de Tarantino y Baker y ver Anora en el cine.

 

Después de ganar el Oscar los cines locales la devolvieron a horarios razonables. Antes del Oscar solo se la podía ver a las 23: 20, y como dura dos horas veinte minutos, no era un horario aconsejable para personas de edad avanzada. No es que hubieran faltado oportunidades para verla, la habían estrenado el 16 de enero y al menos durante un par de semanas la ofrecieron en horarios completos o sea del mediodía en adelante.

 

Vamos con mi amigo Horacio y elegimos la función de las 19:50. El público que nos acompañaba, venía a comprobar las virtudes que pudiera tener para haber sido la cuarta ganadora de la doble corona más ilustre en cuanto a premios: la Palma de Oro de Cannes y el Óscar de la Academia (las anteriores fueron The Lost Weekend / Días sin huella, Billy Wilder, 1945, Marty, Delbert Mann, 1955 y Parasite / Parásitos, Bong Joon Ho, 2029).

 

El público que nos acompañaba (ojo, mi apreciación puede ser errada) era uno de películas mainstream y estaba ligeramente desconcertado ante esta película que, aunque distribuida y producida por una productora industrial importante, es una película indie de autor. No tiene nada raro que impida un seguimiento directo y disfrutable, aunque es más demandante que el film pochoclero promedio. Tiene su estilo, su ritmo, una manera propia de plantear conflictos y desarrollar personajes.

 

A lo que voy es que hubo una incomodidad en las primeras escenas, en las que se describe en qué consisten los servicios sexuales que ofrecen Anora y sus compañeras de club. El planteo inicial se puede contar sin spoilear nada.

 

Anora es una trabajadora sexual veinteañera de una discoteca. Una noche se le pide interrumpir su cena porque hay un joven ruso medio en pedo que puede ser un cliente generoso. Y como Anora tuvo una abuela rusa y algo chaporrea el idioma puede dar una mano. El rusito queda encantado y la invita a su mansión al día siguiente. Esta vez el acto sexual incluye penetración (en el club / discoteca hay franeleo y masturbación sin penetración). El rusito queda tan prendado de Anora que la contrata para que lo acompañe durante una semana a Las Vegas.

 

Como ya empezaron otra vez las clases, todo me remite a ellas y no me voy a reprimir. Así que preguntaré como si estuviera en un aula. A ver, alumnos, trabajadora sexual conoce cliente rico que la contrata en exclusividad durante una semana, está protagonizada por dos figuras muy queridas, es más, esta película supuso el inicio del superestrellato para ella, el título parte de una canción éxito de Roy Orbison. ¿De qué película hablamos? ¡Sí! Pretty Woman / Mujer bonita.

 

Sí, Anora y Mujer bonita comparten la situación inicial, hasta se podría decir que Anora es una actualización de la app Mujer bonita. Y ahí se acaba el parentesco. Richard Gere era un señor hecho y derecho que tenía que decidir si estaba dispuesto a contravenir sus mandatos sociales. Aquí que yo al rusito le diga rusito no es peyorativo, es descriptivo.

 

El chico, si bien ya anda cerca de los treinta, es un niño mimado, caprichoso, riquísimo, al que sus multimillonarios padres le han puesto a un armenio con sus respectivos empleados para que le desarman los entuertos que causa con sus infantilismos. En esta instancia el más grave es que se ha casado con Anora y como hay papeles firmados, así que lo que pasó en Las Vegas no queda en Las Vegas. Lo que sigue no se puede contar y es apasionante y merece los premios recibidos.

 

El público que nos acompañaba estaba más para Mujer bonita que para Anora. En Mujer bonita no incomodaban con las descripciones de los servicios sexuales de Julia Roberts y Laura San Giacomo. Basta que ella ande de hot pants y botas altas para que supongamos que es trabajadora sexual. Y el resto era acomodar lo que seguía en la vieja y siempre efectiva fórmula de La cenicienta.

 

En Anora (Sean Baker, 2024) el desarrollo es lógico y como no hay seres humanos que se metan en aprietos y salgan indemnes, habrá una love story en ciernes. Y Anora intentará recompensar a su supuesto caballero andante con lo que sabe hacer o sea dar sexo. Pero una acabada no es un final feliz ¿o sí?

 

De ahí que no hubiera aplausos, como los suele haber cuando algo ha sido por los carriles tradicionales o esperables, aunque estoy convencido de que lo sentido o lo despertado van a ser más duraderos. Porque si todo hubiera sido según la fórmula, se aplaude y se olvida. Y a Anora no creo que se la olvide tan fácilmente.

Gustavo Monteros

 

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