jueves, 20 de octubre de 2016

¿Qué invadimos ahora?

Michael Moore esta vez parte de una humorada: los altos mandos militares le consultan sobre qué países invadir a continuación. Comienza entonces una gira europea por distintos países a los cuales se les puede “robar” una idea.


Primero va a Italia, de donde se quiere quedar con el concepto de vacaciones pagas, del aguinaldo, de las licencias por maternidad y de las dos horas para almorzar, prerrogativas que los yanquis no tienen.


En segundo término va a Francia y observa que el menú escolar no solo es balanceado sino rico, sano y nutritivo, celebra el buen uso de los impuestos y la importancia de la educación sexual.


En tercer lugar va a Finlandia, en donde se maravilla (yo, también) de los avances en educación, los alumnos no tienen tareas, asisten a jornadas acotadas y los años lectivos son lo más cortos posibles, ya que han descubierto que cuanto menos se va a la escuela más se aprende, hay verdadera integración social porque la educación (¡Dios los bendiga!) privada no existe (los ricos se preocupan y se comprometen para que la educación pública sea de excelencia) y se procura por sobre todo que los alumnos sean felices. En la felicidad se descubre la verdadera capacidad y potencial que cada alumno posee.


La cuarta escala es en Eslovenia donde la educación universitaria es gratuita (nada que nosotros debamos envidiar… por ahora… (El oficialismo actual propende al arancelamiento.)


El quinto lugar que visita es Alemania, en donde descubre la fortaleza de la clase media, que las jornadas semanales no exceden las 36 horas de trabajo, aunque se les paga por 40, que suscriben a que el trabajo no debe generar estrés y que si lo hace tienen masajes gratis, y que si es grave pueden internarse por un par de semanas en un spa con todo pago por el estado, que los trabajadores participan activamente en las juntas de administración de las fábricas y que exigen medidas que los beneficien continuamente, y que para no repetir los horrores de la Segunda Guerra hacen un culto a la memoria y que buscan la expiación y la reparación por las salvajadas cometidas.


El sexto turno le corresponde a Portugal donde atestigua que el narcotráfico no es un problema y que el consumo y la adicción se han reducido drásticamente porque se despenalizó el uso de drogas y la policía, créase o no, sostiene que la dignidad humana está por encima de todo.


La séptima escala es en Noruega, en donde se detiene en la rehabilitación de los presos (algo que ya sabemos por otras películas, incluso de ficción, las cárceles noruegas, y también las suecas, son más cómodas que donde yo ahora vivo, que están más cerca de la idea de hotel o de barrio con talleres y escuelas que otra cosa), claro, allí la idea es que el delincuente se integre a la sociedad después de cumplida la pena y que se convierta en un buen vecino. La bajísima tasa de reincidencia en el delito dice que no están para nada equivocados.


En octavo lugar se aleja momentáneamente de Europa y recala en Túnez. Allí ve que hay clínicas gratis para mujeres y que el aborto es legal. Comprueba, además, cómo se instauraron y se defienden los derechos de la mujer.


El noveno y último lugar que visita le corresponde a Islandia, donde observa la importancia de la visión femenina en las tomas de decisiones, y ve lo que parece un milagro: desatada la crisis económica suscitada por la especulación, no, subrayo no, no salvaron los bancos y enjuiciaron y condenaron no solo con inhabilitación y multas a los banqueros, sino que además ¡los metieron presos! (aquí el presidente no es solo un especulador comprobado, un contrabandista confeso sino que también un evasor insistente, tiene más cuentas off-shore que cuatro o cinco magnates juntos). El estómago de sus votantes debe ser de acero.


La conclusión lo halla en Alemania y no es novedad para los que lo acompaños en este viaje: como la Dorothy de El Mago de Oz, la solución estaba en sus narices, o en sus zapatos, en el caso de la metáfora elegida. Los yanquis se olvidaron de su Constitución y dejaron que el capitalismo los esclavizara, pero se dan aliento con algo que se probó verdadero, los grandes cambios se pueden hacer de un día para otro, solo basta la convicción política.


Moore, ya es verdad de Perogrullo, simplifica demasiado grandes temas o conflictos para convertirlos en tesis o antítesis de lo quiere probar. Se acepta la salvedad, pero también entretiene, provoca e invita a adentrarse en los temas que enuncia. Aquí hay menos mordacidad que de costumbre porque va al rescate de buenas ideas, más que a la erradicación de males. Para nosotros en interesante ver cómo dialoga con nuestro presente: se ve la primera huelga de mujeres en Islandia, se ve cómo se pretendió acabar con la educación universitaria gratuita en Eslovenia con la propuesta de que los alumnos extranjeros paguen, se ve que la discusión sobre la seguridad en Noruega está tan avanzada que los medios amarillos no pudieron torcer el discurso ni con el caso de un francotirador que mató a 54 chicos que hacían campamento en una isla. La derecha es igual en todas partes, es estrecha, cerrada, prejuiciosa, negacionista, retrógrada e impulsora de odios y violencia. No tiene límites para conservar la jerarquía preestablecida. Da pena (y vergüenza) que halle eco en quienes se perjudican cuando triunfa.

Gustavo Monteros

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