domingo, 31 de enero de 2010

Invictus

Su método de trabajo puede parecer engañosamente sencillo. Sin embargo es endiabladamente difícil. Por eso su obra es extraordinaria y no la media habitual. Por eso no tiene epígonos, acólitos o plagiadores.


Consiste en tomar una historia. Cualquiera. Y contarla de la mejor manera posible.


Su arte no está en celebrarse a sí mismo, sino en servir al público. Entretenerlo. Emocionarlo. Provocarlo.


Ése es su secreto.


Es el último de los maestros clásicos. El más grande, el más humilde, el más simple.


Hace esta vez un recorte de la epopeya de Mandela, el que tiene que ver el Campeonato Mundial de Rugby de 1995.


El material le plantea tres grandes dificultades. Mandela es un hombre tan inmenso que se tiende a santificarlo. Canonizar a un personaje es lo peor que se puede hacer. En el momento en que damos por sentado que es un santo, deja de interesarnos. Se aparta de nosotros, se sube a los altares y pierde todo misterio. Clint Eastwood y Morgan Freeman se ocuparán de que eso no ocurra. Nunca. Por más sobresaliente que sea su conducta, Mandela en el film no deja de ser un hombre. Mejor que la mayoría, pero hombre al fin.


Superado ese escollo, Eastwood enfrenta el siguiente. Debe lidiar con un campeonato del que la mayoría sabe el resultado. Trata un hecho histórico, no unos partidos ficcionales. Tampoco pretende engañar a los que nada saben de rugby con un suspenso de pacotilla. El título es sí es una confesión de partes. Y aquí empieza a tallar su maestría para los detalles y la empatía con el espectador. Comunica cabalmente la desazón, la angustia de cuando hay algo importante en juego y el resultado final está lejos de saberse.


Y la dificultad máxima. El rugby no es precisamente un deporte tan popular en el mundo como el fútbol, el básquet o el boxeo, por ejemplo. ¿A quién corno podría interesarle ver una película sobre un deporte del que lo ignora casi todo? De nuevo entra en juego la astucia del maestro. Nos dará pistas de lo que es fundamental para comprenderlo, pero no nos atosigará e irá haciéndonos comprender que aunque en su superficie es la historia de una hazaña deportiva, a él como a nosotros nos interesan otras cosas. Y la anécdota del film es sólo una excusa para contarlas. Como la superación de adversidades, la solidaridad, la soledad del liderazgo, la posibilidad de hallar algo que nos una.


Al igual que siempre no le teme al género. Sabe que sea éste una comedia, un drama, un thriller, un musical, un western, una biografía, etc. al contar bien la historia, el género le permitirá transparentar otras cosas. Cargarlas de sentido. Perfilarlas con nitidez.


Aquí ni hasta el más despistado cree que está viendo nada más que una “de deportes.” Y no sólo porque Mandela ande metido. No. Las historias paralelas, las subtramas, los pormenores nos informan permanentemente de qué va la cosa. Nada sobra o es tramposo. Las escenas de expectativas no cumplidas, de suspenso falso no son engaños para mantenernos interesados. Nos cuentan que más allá de todo, Mandela es un hombre en permanente peligro.


Hay numerosas secuencias magistrales. Elijo tres. Por elegir algunas. La del paso del auto de Mandela, al principio, entre los dos grupos de chicos, los blancos y los negros. La de la sirvienta negra en la casa de los padres de Matt Damon. Y la del pibe negro, los dos policías blancos y la radio durante el partido, que me recordó al mejor De Sica.


Freeman y Damon son dos actores maravillosos. Lo que hacen es glorioso. Pero todos están muy bien, no hay fisuras en el elenco. Del primer actor al último extra. No es para menos, hay un documental en el que se ve dirigir a Eastwood, trata como estrellas hasta el más insignificante de los extras. Sabe que nadie hace bulto en una escena, que todo cuenta.


No se la pierdan. En un mundo en el que hay de todo menos grandes maestros. Esta película es un lujo que nos tenemos que permitir.


A propósito de la crítica cinematográfica


Toda obra admite una diversidad de lecturas. Cuando se la analiza, se toma distancia y sobreviene la evaluación. Si a dicha evaluación la preceden ejemplos y explicaciones sólidas, estamos ante una lectura seria. En cambio si la evaluación está precedida de adjetivos, estamos ante una opinión caprichosa e histericona.



Me he pasado la vida leyendo críticas y sé que a veces los críticos se equivocan, y mucho. Por momentos se aglutinan para poner por las nubes películas sin valor ni relevancia. En otros, demuelen obras valiosas condenándolas a que el tiempo las redima. (Las buenas películas a la corta o a la larga encuentran su público.)


¿Por qué se da esta psicosis colectiva entre los críticos?, no lo sé. Lo que sí sé es cómo funcionan los miedos y los preconceptos. Cuando han dilapidado toda su admiración en una obra de tal o cual director, a la siguiente obra de ese mismo director, por más buena que sea la llenan de dudas y peros, no sea cosa que los tilden de fanáticos o de poco ecuánimes. Esto antes, cuando los grandes maestros estaban activos, se notaba mucho más. Si una película de Bergman, Fellini, Visconti, etc. los había deslumbrado y así lo habían dicho, a la siguiente película la devaluaban considerándola "un paso en falso" o no estando "a la altura" de la precedente. Una estupidez y muchas veces toda una injusticia.


Hoy, en que casi no hay grandes maestros, derrochar energía en prejuicios me parece no sólo una pérdida de objetividad sino el desaprovechamiento de oportunidades cada vez más escasas.


Digo esto porque algunos críticos le han bajado el pulgar a esta buena película, (vienen de poner adecuadamente en un sitial de privilegio a Gran Torino) pero no han cimentado su análisis con ejemplos atendibles sino con adjetivos discutibles. Han dicho que es "declamatoria, obvia, maniquea, hagiográfica, hollywoodense, grandilocuente y convencional." Como se trata sólo de adjetivos, yo sostengo los contrarios y digo que es "expresiva, clara, contundente, profana, clásica, operística y tradicional."


Eastwood me apasiona, creo que es uno de los indiscutiblemente grandes de este momento. No está exento de cometer errores, (los hemos visto y los hemos reconocido) pero descalificar una clara instancia de sus virtudes para proteger supuestas reputaciones de “objetividad”, a esta altura del partido me parece una pavada. Véanla, por favor. La discusión está abierta.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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