jueves, 21 de agosto de 2008

La mujer sin cabeza

Lucrecia Martel hace un cine muy personal, que exige la total entrega por parte del espectador. No le interesa contar historias sino hacernos partícipes de un mundo de sensaciones. Sus films tienen una anécdota mínima y evidencian una conclusión clara, si no de una peripecia determinada, al menos de un ciclo. Pero lo que prima es acercarnos a las vivencias de sus personajes de la manera más directa posible.

Le gusta describir mundos cerrados, claustrofóbicos, llenos de negación e hipocresía.

Trabaja aspectos negativos; la depresión y la inmovilidad (La ciénaga) o los efectos de la represión sexual y de la desviación de los instintos naturales (La niña santa). Para lograr una cabal sintonía con esos aspectos negativos, debe trabajar las emociones negativas.

Moverse en el campo de las emociones negativas implica un gran peligro. Casi todo el cine, el teatro, y la literatura de ficción en general, trabajan con las emociones positivas. La identificación con el héroe, el rechazo al villano, y la liberación que provoca el desenlace de la confrontación final (si se trata de un drama de hechos de sangre). O el deseo de que los protagonistas superen los obstáculos y lleguen al ansiado final feliz, superador o equilibrado (si se trata de un drama sentimental).

Pero cuando se trabaja con las emociones negativas, no existe liberación o catarsis al final. Todo se centra en un lento y paulatino hundimiento en un estado de hastío, depresión o angustia.

El trabajo con las emociones positivas se inserta en la voluntad de entretener, conmover, divertir o emocionar. En cambio, el trabajo con las emociones negativas se inscribe en la ambición de despertar un estado de ánimo similar o análogo al que padecen los protagonistas. En la historia del cine, hubo ejemplos notables de esto en trabajos de Michelangelo Antonioni (La noche, El eclipse, El desierto rojo), Robert Bresson (Una mujer dulce) y Eric Rohmer (El rayo verde).

El peligro de trabajar con las emociones negativas es que el espectador puede no estar predispuesto a ser llevado, en una sala de espectáculos, a un viaje por emociones que le pesan en su vida cotidiana. Negándole encima la posibilidad de la catarsis, se puede provocar un rechazo pleno en el espectador que se maneja racional o intelectualmente; o un odio visceral hacia el creador si dicho espectador ha sido ganado emocionalmente por la propuesta.

Por suerte, la sangre nunca llega al río. El profundo disgusto por habérsele manipulado una emoción negativa se diluye de a poco, y ese enojado espectador a lo sumo jura nunca más volver a ver otra obra de ese creador. Pero existe el peligro de que alguna vez, un espectador mal arriado sepa donde vive el creador, lo vaya a buscar, lo saque a rastras de su casa y lo cuelgue del árbol más alto de la vecindad.

Sin exagerar, en líneas generales, el espectador medio disfruta del eventual alejamiento de las formas narrativas tradicionales. Otro cantar sería, si el buceo en las emociones negativas fuera la constante y no la excepción.

En La mujer sin cabeza, Martel explora la culpa, o la ausencia de la misma, en la conciencia de la protagonista. Ella puede, o no, haber atropellado y matado a una persona con su auto. El problema es que no se detiene a comprobarlo y sigue adelante. A partir de ese momento, su mente oscilará entre saber lo que pasó o negarlo de cuajo.

Desde el accidente, el punto de vista dominante es el de la protagonista. Es como si Martel nos ubicara en la conciencia de esa mujer. Todo lo veremos desde su visión, desde su perspectiva. Y no nos sorprenderá la imagen distorsionada en el espejo del final.

Por vía indirecta esta vez, nos quedará claro que las clases privilegiadas siempre cerrarán filas para proteger a uno de sus miembros, sin importar que sea lo que haya cometido.

Martel tiene un buen ojo para el detalle revelador, pero su estilo la lleva a caer en reiteraciones evitables que pueden provocar la más negativa de todas las sensaciones: el aburrimiento. Conviene ver los films de Martel en el cine. Se captan mejor sin interrupciones o posibilidades de distracción. Además trabaja sus bandas sonoras con precisión de orfebre y el Dolby por fin sirve para algo más que para meter ruido.

Vi La mujer sin cabeza en la sala chiquita del Cinema Ocho, íntima como un microcine. La casualidad dictaminó que me sentara entre dos tipos opuestos de público. De un lado, dos amigas tan absortas por lo que veían, que dejaron intactos los pochoclos y las gaseosas que las acompañaban. Del otro lado, un matrimonio de edad intermedia. Él la había convencido de ver este film. Ella suspiró y bufó a lo largo de todo el film. Él cabeceó estoicamente la primera mitad y se entregó a un sueño reparador durante la segunda mitad. Por suerte no roncaba. Cuando el film terminó y mientras yo activaba mi celular, ella le dijo: “Te voy a matar”. Él se rió y le contestó: “¿Qué, ya terminó? Qué lástima, tenía un sueño buenísimo”. Las dos amigas y él disfrutaron a su manera del film. Pero la Martel debería cuidarse de la señora. Es de las que podría llegar a colgarla del árbol más alto de la vecindad.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

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