jueves, 19 de abril de 2018

Madame


Madame de Amanda Sthers arranca como una comedia social de costumbres y se despeña de a poco a la comedia romántica.


La cosa es así, la madame del título es Anne Fredericks (Toni Collette) una ricachona egoísta y snob como pocas, que dará una exclusiva cena para 12 en su palacete de París. Está casada con un hombre que le lleva unos cuantos años, Bob (Harvey Keitel) y que está dispuesto a hacer lo que sea para que tenga una vida sin privaciones de ninguna clase, por eso venderá incluso un Caravaggio que está en su familia desde siempre. La venta se hará a través de un amigo marchante, David Morgan (Michael Smiley) y el comprador es Antoine Bernard (Stanislav Merhar) que aunque está casado con la bella Hélène (Violaine Gilibert) , mantiene con Anne una relación extramatrimonial. El proyecto de la cena se desbarata por la súbita llegada del primogénito de Bob, Steven (Tom Hughes), vástago de un matrimonio anterior de Bob y que no simpatiza para nada con Anne,  los comensales ya no son 12 y pasan a la fatídica suma de 13, y como la hora se viene encima no queda más remedio que sentar a la mesa a María (Rossy de Palma) mezcla rara de mucama, niñera y secretaria de Anne. María, que pasa por una misteriosa aristócrata española, provocará la curiosidad de David, a quien no se quiere sacar del error hasta que la venta del Caravaggio se consume. Y entonces…


Madame es una película rara, no porque ostente cosas extrañas, sino porque toma decisiones muy erradas y uno la sigue viendo. Toni Collette y Harvey Keitel están miscast como nunca, no responden ni por asomo al tipo de personaje que les dieron, pero defienden lo que les toca con gracia y esmero. La crítica a las convenciones sociales de clase luce tibia, elemental y hasta obvia. Con las réplicas hay que suponer que son brillantes, cuando en realidad son sosas y a veces vergonzosas, como el supuesto chiste que involucra a HBO, que ya era malo la primera vez y no obstante ¡se lo repite! Hay líneas de conflictos que se abren para no cerrarse, como el amorío de Bob con su profesora de francés. Y si bien Rossy de Palma da el rango del personaje que se le pide, no le escatiman molestias, como cuando al principio la hacen ponerse una flor en la boca e impostar un olé.


Madame tiene todo para ser desestimada como un bodrio hecho y derecho y sin embargo se la ve con resignada simpatía. ¿Por qué? Por el arte de los actores. Toni Collette, por ejemplo, puede que no sea la actriz ideal para corporizar una snob inflexible, pero la acompaña el aura de personajes que amamos y le agradecemos el convite. Puede que no sea el mejor festín que compartiremos con ella, pero al menos no nos deja con hambre.

Gustavo Monteros

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