viernes, 26 de septiembre de 2014

Dos vidas



Tal como mejor prefiero, me siento a ver esta película sin saber nada de ella, salvo que es noruega, de 2012 y que Liv Ullman participa del elenco. Que esté Liv Ullman es garantía de que quizá valga la pena verla, si bien como todo actor tiene su cuota de bodrios (sobre todo en su etapa hollywoodense), la chica está semi-retirada y participa solo de proyectos que por algún motivo la sacan del ostracismo teatral en el que se refugia. Y si está bien para Liv, ¿por qué no habría de estar bien para mí, que solo dialogué con Bergman como espectador?


La cosa arranca con música de thriller, estamos en Noruega en 1990, pero ahí nomás la protagonista se va para Alemania, donde por supuesto el muro ya ha caído y en el baño del aeropuerto se cambia de ropa, se pone una peluca y se va a averiguar unos datos o más bien eliminarlos. La protagonista me cae bien de entrada porque en algunos primeros planos tiene un aire a Esther Goris, que desde su Eva Perón ocupa un lugar de privilegio en mi panteón de grandes actrices. Y sí, se podría catalogar este film como un thriller. Pero como en las mejores novelas de John Le Carré, los vínculos familiares, sociales y políticos tienen mucha y especial preponderancia.


Poco es lo que se puede contar del argumento sin dar pautas reveladoras que arruinen las sorpresas de las vueltas de la trama. Digamos entonces que es técnicamente impecable, que el guión dosifica con astucia los datos y que el interés por saber lo que se nos oculta se mantiene hasta el final. Quizá la historia sea tan sólida porque se basa en una novela de Hannelore Hippe, que tiene como disparador el hallazgo en la vida real de un cadáver incinerado. Las especulaciones sobre este misterio llevaron a concebir este relato, que mucho tiene que ver con la historia reciente y no tanto de Noruega.


Liv Ullman sigue siendo esa bestia histriónica capaz de transmitir todo el dolor del mundo en una mirada, de tener la perspicacia sabia de actriz innata para percibir primero en el cuerpo la contundencia de una noticia. Reencontrarse con ella en un cine es recuperar al menos por un rato la gloria que sentíamos cuando Ingmar Bergman no era historia y veíamos en estreno Gritos y susurros, Escenas de la vida conyugal, El huevo de la serpiente, Sonata otoñal, o Sarabanda.


En resumen, más allá de las virtudes de este film de Georg Maas y Judith Kaufmann, una cita de lujo con Liv Ullman, que últimamente nos pijotea su inmenso talento, ¿se la va a perder?

Un abrazo, Gustavo Monteros

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