domingo, 3 de octubre de 2010

Tony Curtis




















Tony Curtis no fue uno de mis actores favoritos, pero me caía bien. No seguí su carrera sin perder pisada como seguí la de Humphrey Bogart o la de Burt Lancaster. A lo que voy es que su sola presencia no bastaba para que corriera al cine, aunque su participación en tal o cual película sumaba puntos de interés al espectáculo en cuestión. Es que uno siempre accede al cine a través de los actores. Sin que nos preguntemos por qué, nos identificamos con este o aquel actor y lo seguimos y hasta hinchamos por él como si fuera un club de fútbol al que le damos nuestro amor. Después si la droga que es el cine nos vuelve adictos, nos adentramos en las sutilezas y nos aficionamos por este o aquel director, este director de fotografía, aquel compositor, tal guionista y ya en los colmos de la erudición tal vestuarista o cual director de arte. Pero en un principio, como la luz o el verbo en La Biblia, es el actor el que nos acerca al mundo del cine. Recuerdo dos espectadores que no superaron esa etapa primigenia del futuro cinéfilo: un tío que dejó de ir al cine porque se acabaron las películas con Errol Flynn y un compañero de catecismo que regalaba los vales que nos daban para la matinée del cine del cura cuando no exhibían películas con John Wayne. Bueno, Tony Curtis no habrá sido mi cicerone en el séptimo arte, pero en mi infancia era una de las estrellas más rutilantes y andaba por todas partes. Era un actor con el sí fácil, participaba en el primer proyecto que le ponían delante, llegó a estar en cientos de films, muchos muy olvidables.


Cuando una celebridad muere, en los grandes diarios del mundo, aparecen prolijos obituarios, más fríos que una biografía de diccionario. Es que están preparados con antelación. Sí, hay una oficinita que mata celebridades antes que la muerte: en esos grandes medios hay especialistas que actualizan obituarios mientras los famosos aún están vivos, para que ni bien se comunique el deceso y con el cadáver aun tibiecito, aparezca el recuento más completo de hechos y obras del susodicho. Como estos obituarios son muy eficientes, pero, insisto, más secos que el Martini de James Bond, los grandes diarios les piden a los cronistas más avezados en la especialidad del muerto que escriban semblanzas más cálidas e inmediatas, sacando ventaja de la rapidez que da la internet y esas cosas. De modo que al ratito, al lado del obituario, aparecen notas más sentidas y humanas hilvanadas con los recuerdos que quedaron del muerto. Me propongo hacer lo mismo. Más que jugar al erudito repasando una carrera insoslayable para el cinéfilo por la prepotencia del número de películas en las que actuó, enhebraré mis recuerdos de Tony.


La primera película que recuerdo de él es El gran Houdini, que vi en el cine del cura. Todavía revivo la angustia que me dejó la escena en que no puede hallar la salida del agujero de hielo en el río helado en que se metió. Después vino el revuelo que se armó con Taras Bulba, que se rodó en la Argentina y que cuando finalmente vimos, era apenas entretenida. Ya en La Plata, en una inolvidable función del Cervantes, vi esa maravilla, sin duda la mejor de todas sus películas, Un Eva y dos Adanes, joya de la corona de Billy Wilder en la que comparte cartel y gloria con Marilyn y Jack Lemmon. Salí hablando pavadas, un pibe totalmente deslumbrado ante lo genial que se podía ser en un género, la comedia, que yo en mi ignorancia asociaba con las películas de Delfín y Mojarrita y las de Trinity. En el Coliseo vi Trapecio en una matinée en que una lluvia copiosa “bombardeaba” el techo. La recuerdo como un melodrama circense largo, largo, largo (este es un chiste privado para los actores que actualmente trabajan conmigo) pero que veía con atención porque estaba Burt Lancaster y, adolescente calenturiento al fin, las redondeces turgentes de Gina la Lollobrigida. En una tarde de sábado en el Select, triste niño pobre, porque adonde fuera que iba, era sapo de otro pozo, me devolvió las ganas de vivir La carrera del siglo, buen film de Blake Edwards en el que estaba con Jack el maestro Lemmon y la hermosísima Natalie Wood (si me habré perdido en esos ojos oscuros). Y como en las clases de inglés acababa de leer una versión abreviada de El prisionero de Zenda, entendí las referencias a la novela de Hope y me sentí cultísimo. El viejo Mundo del Espectáculo de canal 13 me mostró Fuga en cadenas, en la que está con Sidney Poitier y por la que ganó un Óscar, terminé emocionado, sorbiéndome los mocos, que es lo que la peli quería. En el Ocho, me dejó atornillado a la butaca de espanto la locura de El estrangulador de Boston, film que marcó el camino a todas las películas de psicópatas que vinieron después. Su actuación fue excelente. En el viejo Gran Rocha vi en un reestreno con bombos y platillos Espartaco. Chico todavía pero avivado, me pareció ver algo raro en las escenas de Curtis. ¿Era yo el malpensado o pasaba “algo” entre Laurence Olivier y Tony Curtis? No, pasaba. Filmada en tiempos de censura rígida, el director Stanley Kubrick con la ayuda de esos dos actores, con sutileza pero de frente march y sin esquivar el bulto, sobre todo eso, hablaban de la homosexualidad. En el Select también, vi La maldita mentira (Sweet smell of success), durísima y desencantada pero tan buena, acompañando de nuevo a Lancaster (¡todavía te extraño, Burt!) que componía un hombre poseído de un amor malsano por su hermana y le pagaba a un despreciable Curtis para que le ahuyentara un novio. El viejo canal 7 nos deleitó una tarde de domingo con El gran impostor, un film sobre un camaleón, esos seres que asumen profesiones de las que nada saben, pero que llegan a desempeñar con eficiencia. La vi con mi hermana Alejandra e “hinchábamos” para que no lo descubrieran. En casa se veía Dos tipos audaces, la serie televisiva que coprotagonizó con Roger Moore, en los tiempos de un solo televisor, de los de perilla (el control remoto era aún ciencia ficción), cinco canales, y los programas nucleaban a las familias a su alrededor, de modo que Tony y Roger celebraron por un tiempo una pequeña y amable ceremonia familiar. Su última gran actuación se la dio, creo, a Elia Kazan en El último magnate donde corporizó a un desesperado galán envejecido frente a Robert grande entre los grandes / padre del aula DeNiro inmortal. Después, zorro viejo, desplegó oficio hasta que se retiró y se dedicó a la plástica. Coqueto, resistió la caída del pelo con “gatos” evidentes y furibundos. Dicen que en los últimos años se volvió un delicioso contador de anécdotas. Y cuando ya no importaba, sin faltar a su código de caballero, ratificó lo que todos sospechábamos: que tuvo un romance con Marilyn durante el rodaje de Some like it hot (Una Eva y dos Adanes).


Los obituarios me contaron cosas que de haber sabido antes pudieron haberme hecho quererlo un poco más. Por ejemplo que tuvo una infancia Dickensiana. Huía de las tremendas palizas que le propinaba su madre esquizofrénica refugiándose en el cine, previo sortear el acoso de banditas barriales antisemitas. Y que durante toda su vida peleó con adicciones serias al alcohol y a las drogas. Esas amargas experiencias le deben haber enseñado a pararse, de allí que a pesar de su lindura de muñeco y sus cejas depiladas siempre perfiló una reciedumbre de “machito”. Tuvo la muerte de los justos, una mañana simplemente no se despertó. La vida compensó la traición del cine. Protestó hasta hace poco que el cine no le había dado lo que él se merecía.


La semana pasada me negué a escribir una necrológica de Claude Chabrol y aquí estoy hablando de lo que Tony Curtis nos dejó. Y… No queda otro remedio. Recordar también exorciza la tristeza de lo que ya no será.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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