viernes, 7 de marzo de 2014

En la casa




François Ozon es a todas luces un tipo interesante. Soy un poco retorcido, declara en un reportaje de The Guardian, sabrá él porque lo dice, aunque su obra lo es, también, un poco. A Ozon le gusta jugar con la forma, difuminar los límites de realidad y ficción (o sea lo que en la ficción pasa por realidad y esa otra ficción que es la ficción de la realidad de la ficción, perdón, la culpa de este aparente galimatías es de la ficción, porque dentro de ella todo es ficción), trasponer las fronteras entre lo teatral y lo cinematográfico, maridar la literatura y el cine, o hacer malabares con lo metalingüístico, lo metaficcional, lo metacinematográfico, (todo lo cual parece muy metafísico de tan profundo y que no es más que denunciar cada tanto que estamos en una película y jugar con eso, como cuando Mel Brooks hace chocar la cámara contra el vidrio de una ventana, o hace concluir el monólogo de un actor con “y seguro que con esto me gano el Óscar al mejor actor de reparto”, o le hace creer al personaje que otra vez padece la dramática banda de sonido de la película cuando en realidad se trata de un colectivo que pasa lleno de músicos que ensayan una partitura plena de “suspenso”, cosas así son lo “meta”, aunque no tan divertidas cuando los autores son unos pelmazos que se creen que inventaron la pólvora cuando solo tiran cuetes.) Ozon por suerte no es tan creído y no olvida el precepto, que en los setenta atosigados de tanta teoría de autor estuvo por perderse y que recuperó en apariencia para siempre la postmodernidad, mala en muchas cosas y no en esto, que no es nada más ni nada menos que “hacé lo que se te ocurra, pero nunca olvides que estás contando un cuento”. A lo que voy es que Ozon hace todos sus jueguitos sin olvidarse de que hay un público que quiere ser tenido en cuenta, de allí que sus films, aunque de “autor” se estrenan y muchos hasta son un éxito.


En la casa es hasta la fecha su película más ambiciosa y asimismo la más lograda. Se basa libremente (libérrimamente dicen los que conocen la pieza) en la obra teatral del español Juan Mayorga, El chico de la última fila. En el film, Germain (Fabrice Luchini), un profesor de lengua y literatura cincuentón, desencantado de la profesión (mal universal si los hay) lee un día una composición que se distingue por un par de cosas: describe a la madre de un compañerito cuya casa se visita por primera vez con “tiene el olor de la burguesa de clase media” y termina con un enigmático “continuará”.   Claude (Erns Umhauer) el alumno que la firma parece tener pasta de escritor. Sí, pero también…


En la casa es tanto una comedia negra, un drama psicológico, el relato de un tutor y su pupilo, un cuento de advertencia contra un intruso, como un replanteo de los límites de la ficción (en este caso la literatura) o un juicio al realismo y sus variantes e incluso un homenaje a Hitchcock. Entre otras cosas. Pero ante todo y por sobre todo es una película seductora que atrapa. Uno puede ir en grupo y discutir después en un café durante horas sus entresijos o se puede ir solo, despreocuparse de las intelectualidades y pasarla bien igual, porque como dijimos antes a Ozon le preocupa más contar el cuento con justeza.


Completan el elenco la siempre perfecta Kristin Scott-Thomas como la esposa del profesor; Bastien Ughetto como Rafa, el compañerito de la casa en cuestión, Denis Ménochet es su padre y la sensual Emmanuelle Seignier es la madre, la mentada “burguesa de clase media”. El joven Erns Umhauer deslumbra en el coprotagónico y Fabrice Luchini ratifica su autoridad histriónica. Curiosamente, por obra del azar, a pesar de las pocas películas francesas que llegan últimamente a nuestros cines, Fabrice Luchini se está transformando en una cara frecuente, lo vimos como el esposo de Catherine Deneuve en Potiche-las mujeres al poder y como el protagonista de Las mujeres del sexto piso en la que acompañaba a la querida Carmen Maura.


François Ozon (Gotas que caen sobre rocas calientes, 2000,  Bajo la arena, 2000, 8 mujeres, 2002, La piscina, 2003, Tiempo de vivir, 2005, Ricky, 2009, El refugio, 2009, Potiche-las mujeres al poder, 2010) confirma que se pueden tener veleidades de autor sin perder ningún anillo por ser popular.

Un abrazo, Gustavo Monteros

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