viernes, 27 de diciembre de 2013

El mayordomo




Hollywood es tan previsible y obvio como cualquiera de sus estrenos pochocleros semanales. Hacen películas con súper héroes para ganar toneladas de dinero y hacen también películas que, al margen de amasar fortunas, aspiran a recibir premios. El mayordomo pertenece a la segunda categoría. Tiene la etiqueta PREMIABLE hasta en el título, que no es El mayordomo sino Lee Daniels’ The Butler (o sea El mayordomo de Lee Daniels). Por donde se lo mire es un poco prepotente que el director del film se proponga como “autor” desde el mismísimo título. No es que le falten méritos, pero debe desandar mucho camino para estar a la altura de Spielberg, Eastwood o Scorsese, por ejemplo, quienes jamás antepusieron sus nombres al título de la película que firmaban. No es que esté mal, claro, cada uno es cada uno y se masajea el ego como puede, pero semejante despliegue de inmodestia no deja de ser presuntuoso.


Llego a El mayordomo después de que brillara por ausencia en las nominaciones a los Globos de Oro. Se esperaba que figurara y no fue así, queda por ver si para los Óscares tiene mejor suerte. Por mi parte, después de verla, felicito a los votantes de los Globos de Oro por su sentido común. El mayordomo es tan premiable como Los bañeros más locos del mundo. Las ambiciones no siempre se plasman en logros.


El mayordomo está inflada de autosuficiencia, de autoimportancia, de autobombo. Sobrevuela 80 años de historia con la profundidad de un lavatorio y la sutileza de una bomba Molotov. En sus mejores momentos se parece a una miniserie mala y en sus peores momentos a una historieta histórica de las viejas Anteojito o Billiken. Reseña los padecimientos y las luchas por obtener derechos de los negros estadounidenses a partir del destino de un descendiente de esclavos que se especializa en servir y que llega a ser mayordomo de la Casa Blanca, por donde ve desfilar a varios presidentes.


En sus dos películas precedentes, Preciosa (2009) y The paperboy (2012), Lee Daniels eligió conmocionar a través de incomodar al espectador, en ésta elige gustar a como dé lugar, sin reparar en sentimentalismos ni cursilerías. Y para colmo de males, como tiene menos humor que una hormiga renga y deprimida, todo le sale solemne y pomposo. A los cinco minutos de empezada, sabemos de qué viene, cómo será y que no tiene remedio y nos faltan… dos horas y cinco minutos más.


El numeroso elenco hace un poco más soportable el asunto, más por acumulación que por despliegue de talento. Forest Whitaker es el protagonista, gran actor si los hay, que aquí esboza más que pule su innegable talento. Oprah Winfrey (la esposa) no es ninguna Helen Mirren pero sabe seducir a la cámara y darle espesor a sus personajes. Terrence Howard y Cuba Gooding Jr hacen lo suyo sin transpirar ni despeinarse. Mariah Carey enloquece temprano y Lenny Kravitz permanece incólume, ambos suplen con sinceridad la ausencia de oficio para actuar. Vanessa Redgrave es Vanessa Redgrave y en su breve participación llega a hacerse notar. Alex Pettyfer hace de malo de toda maldad. David Oyelowo hace de hijo mayor de Forest y Oprah, mientras que Isaac White y Aml Ameen se turnan para hacer del hijo menor en diferentes edades. Y están, por supuesto, los que hacen de presidentes y de sus esposas. Robin Williams es Dwight D. Eisenhower; John Cusack es Richard Nixon; James Mardsen en John F Kennedy y  Minka Kelly es Jackie (Kennedy, of course); Liev Schreiber es Lyndon B Johnson, y por último Alan Rickman es Ronald Reagan y Jane Fonda es Nancy (Reagan, of course). Ah, y Nelsan Ellis en Martin Luther King. Hay más actores en personajes más o menos notables, sin embargo ¿para qué abundar?


El mayordomo es un bodrio con aspiraciones pero un bodrio al fin. ¿Obtendrá nominaciones para el Óscar? ¿Quién lo sabe? Hollywood no solo tiene su lógica sino también su ilógica. Bodrios más bodriosos y muchísimo más aburridos que éste terminaron cargados de premios, de modo que no debería extrañar si este mayordomo entra con un té y sale con un galardón en su bandeja. 

un abrazo, Gustavo Monteros



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