viernes, 11 de enero de 2013

Lo imposible


Misterio respecto del argumento no hay. Lo imposible es de esas películas de las que uno sabe de qué van antes de entrar. En este caso, la historia de una familia que sobrevivió al tsunami de Tailandia en 2004. El desastre primero los separó aunque luego pudieron reencontrarse. Cuando el qué se conoce, las expectativas se centran en el cómo. ¿Lograran interesarnos? ¿Caerán en golpes bajos? ¿Podrán comunicarnos en imágenes la dimensión humana de esta peripecia única? Las respuestas son Sí, No, Sí.
 


Un padre (Ewan McGregor), una madre (Naomi Watts) y sus tres hijos, Lucas (Tom Holland) el mayor, de unos 13 años, Thomas (Samuel Joslin) de unos 7 años y Simon (Oaklee Pendergast) de unos 5 años van a pasar las vacaciones de Navidad a Tailandia, entendida como uno de los paraísos terrenales (¿por qué los paraísos son siempre con playas, palmeras, vegetación exuberante y cielos refulgentes?, ¿por qué la montaña y el bosque no califican de “paraíso”?). Bueno, la cuestión es que la están pasando de lo más bien cuando de repente lo impensable sucede. La naturaleza pega un sacudón y el paraíso queda patas para arriba. Mamá Naomi y Lucas, el mayor, son arrastrados por la ola gigante. Papá Ewan y los dos menores sobreviven cerca del complejo hotelero donde se alojaban. La historia se centra más en la supervivencia de Mamá Naomi y Lucas que en la de los demás, de allí que sobre todo Watts padezca los impecables efectos especiales. Como en Más allá de la vida (2010) de Clint Eastwood, la secuencia del tsunami alcanza una conmoción sobrecogedora (literalmente sobrecogedora). La escena es elocuente, precisa, arrolladora (también literalmente).
 


La supervivencia, la búsqueda, el reencuentro pudieron ser un festival de golpes bajos, pero no, gracias a la pericia de Juan Antonio Bayona (El orfanato, 2007) la sobriedad se impone. A decir verdad es lo mejor que se podía hacer, la historia de por sí es fuerte y no necesita agregados ni subrayados. La hermosa música de Fernando Velázquez se mueve también en esos parámetros, no abusa jamás del efecto violín llorón, mientras que la fotografía de Óscar Faura, alineada asimismo en la mesura, no se pierde en el preciosismo de tarjeta postal en un principio ni después se regodea en la miseria.
 


La historia real fue protagonizada por una familia española, y por una cuestión comercial que facilitaría la venta internacional, se cambió la nacionalidad y pasaron a ser anglosajones. Sé que tendría que quejarme por este colonialismo industrial, pero no lo haré. Jamás podría quejarme de un reparto presidido por el bueno de Ewan McGregor y por uno de mis amores cinematográficos, la bella y talentosa Naomi Watts, quien lleva cosechados algunos premios y varias nominaciones por este trabajo. Ewan me mató cuando se desarma en el teléfono. Los chicos no les van a la zaga, Tom Holland, que fue uno de los Billy Elliot en el musical homónimo tomado de la película ídem, muestra el aplomo de un profesional hecho y derecho; los dos menores son unos DeNiritos deliciosos.
 


Perdón, no me voy a reprimir y voy a hacer el juego de palabras obvio. Ahí va. Imposible no conmoverse con Lo imposible.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

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