sábado, 22 de enero de 2011

El turista

Si fueran productores con mucho poder y recursos ilimitados, ¿llamarían a Gerardo Sofovich para que dirigiera Coriolano o Tito Andrónico, las obras de Shakespeare más difíciles de escenificar? Claro que no. No por lo de zapatero a tus zapatos o por negarle al bueno de Gerardo la posibilidad de hacer otra cosa, sino por simples e irreconciliables incongruencias artísticas. Tampoco llamarían a sesudos e intelectuales directores (no doy nombres porque son muy sensibles y con menos humor que un puritano atrapado en un ascensor) para dirigir Mingo y Aníbal contra los fantasmas por los mismos motivos antes mencionados. Pero los productores de Hollywood pueden caer en semejantes desatinos. ¿Por qué? ¿Acaso son tontos? Para nada. Son muy despabilados y especuladores, aunque son humanos también y toman decisiones los viernes a última hora, con la familia empacada y las reservas listas para Aspen o con la prostituta o el taxi boy esperándolos desnudos con champán en el jacuzzi. De otro modo no se explica que llamaran a Florian Henckel von Donnersmarck, el director alemán de La vida de los otros para encargarse de una comedia policial ligera en la línea de Intriga internacional del rotundo Hitchcock o Charada del lluvioso Stanley Donen. La vida de los otros es un film maravilloso, ultra dramático y sin nada de humor, a lo sumo con una fina ironía que surge de circunstancias trágicas. Eso sí, como su historia se centra en un agente secreto de la Stasi que espía a una actriz y su marido dramaturgo, los cráneos de Hollywood debieron pensar que ya que en El turista a sus dos protagonistas también se los espía todo el tiempo, el alemán era la opción ideal. Que el alemán estuviera más lejos del humor que nosotros del Polo Norte no entró en sus consideraciones. Y de levedad el alemán no entiende ni el soufflé. Así, lo que debió ser ligero como partícula de polvo es tan grave, solemne y pomposo como un acto académico.


Nadie entiende muy bien qué se supone deberían estar haciendo. Angelina Jolie hace lo que menos le cuesta: ser deslumbrante, y Johnny Depp finge entender a su personaje y entrega algo que con mucha buena voluntad se parecería a una actuación. El enigma, más que el que plantea el film, es ¿por qué aceptaron? La respuesta quizá sea por la posibilidad de hospedarse en hoteles de lujo con la familia (se sabe que la Jolie hasta se llevó el perro) o porque quizá como decía Paul Newman si se es una estrella de cine, llega un momento del año en que se debe trabajar y se acepta el proyecto que por azar está arriba de la pila que descansa en la mesa de luz.


Paul Bettany, Stephen Berkoff, Rufus Sewell, Christian De Sica, Roaul Bova ponen la cara y pasan por caja a cobrar. A Timothy Dalton, zorro viejo le va un poco mejor (ojalá que si llego a su edad, pueda lucir más o menos como está él ahora).


El turista más que una remake es una reformulación de un film francés de Jérôme Salle del 2005: Anthony Zimmer con la también bellísima Sophie Marceau y el aussi talentoso Yvan Attal. Anthony Zimmer era un entretenimiento módico cuya trampa final no cerraba ni con llave inglesa, pero que de todos modos se disfrutaba por la química entre los actores. Angelina y Johnny como bien dijo el crítico de The Guardian están más preocupados en seducir a la cámara que a seducirse entre ellos y por consiguiente a la química se la llevaron a febrero. El argumento, corregido y aumentado por el director, Christopher McQuarrie (Los sospechosos de siempre) y Julian Fellowes (Gosford Park) sigue sin cerrar y sorprender, con el agravante de que con semejantes antecedentes, los guionistas recién nombrados no puedan escribir ni un chiste decente; él último es de gracia mediana y apunta más a bromear con la tremenda autoestima de Depp que con nosotros.


Tres elementos la salvan de la debacle total: 1) París y Venecia, merecedoras de la fama que ostentan, 2) la escenografía bella y lujosa como pocas y 3) el vestuario de Colleen Atwood. Bueno, convengamos que la Atwood no tuvo que pelarse mucho las pestañas, Angelina es tan escultural y elegante que hasta con una bolsa de arpillera luce arrebatadora. (Y perdonen la digresión, pero los labios de Angelina me rememoran siempre lo de “un damasco lleno de miel” de la Tonada de un viejo amor.)


O sea que si te gustan las pelis con ambientes, ropas y lugares suntuosos, no te la pierdas, pero si crees que el cine es algo más que un folleto turístico o una vidriera de shopping, quedate en casa y gastate el dinero de la entrada en helado mientras te despellejas el dedo haciendo zapping.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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