viernes, 24 de julio de 2009

Confidencialmente tuya

De todos los grandes maestros del cine, François Truffaut siempre fue el más cercano. Al menos para mí. Era brillante sin ser pedante. Era genial y no lo pregonaba con un séquito de chupamedias. Además me perdonó. Bueno, él no personalmente, pero hizo una película Los 400 golpes que me enseñó a perdonarme un pecadito de infancia.


Como ya conté, pasé mi infancia en Catamarca. Vivíamos en San Isidro, a 9 kilómetros de la ciudad capital, San Fernando del Valle de Catamarca. San Isidro tenía una plaza central adonde daban la iglesia, la escuela Normal de Maestros Gobernador José Cubas, el club, la estafeta postal, dos copetines, la panadería, la carnicería y el cine. (En realidad en San Isidro había dos cines, porque los domingos abría el cine de Berón, pero ese cine “fantasma” era tan especial que merece una crónica por sí mismo.)


Del que quiero hablar hoy es del cine oficial, el cine del cura. Llamado así porque era un cine parroquial que quedaba al lado de la iglesia. Era un gran salón rectangular, con sillas durísimas de madera, un par de ventiladores y una pantalla amarillenta que siempre fue vieja. La puerta de entrada tenía dos hojas, que abrían para afuera y era allí donde se colocaban los afiches. La boletería era diminuta con una escalerita que llevaba al proyector. Al lado de la pantalla, a la izquierda, había una puerta que daba a un patio trasero donde había un par de baños raquíticos. Entre los baños, un piletón con pedazos de jabón blanco para lavarse las manos. También junto a la pantalla, pero sobre la pared de la derecha, una gran puerta que daba a la iglesia.


Había funciones nada más que los viernes, sábados y domingos. El viernes, sólo función noche, que empezaba a las 20:30. Los sábados y los domingos, una matiné con un programa para niños y la función nocturna. Sólo dos programas por fin de semana, las dos películas de la matiné y las dos de la noche. Un adepto irredento al cine como yo tenía la oportunidad de acrecentar su experiencia cinematográfica con cuatro películas por fin de semana.


Era lo que se llamaba un cine de cruce, es decir jamás daba un estreno, para eso estaban los cines de la ciudad. Daban antiquísimas películas de Hollywood, clase A, B y C. Y mucho Disney reciclado. Todo estrictamente acto para todo público. Si no les quedaba otro remedio, daban en la función nocturna, algún film inconveniente para menores, y la chatita con los altoparlantes que anunciaba los programas pasaba dos veces, no sea cosa que a alguien no le quedara claro. Nada tan prohibido como una de la Coca Sarli. No, apenas con una insignificancia que sólo notaría una afiebrada mente mojigata. Un beso de más, una mano sugerente o un fundido a negro que inequívocamente proclamaba que los personajes hacían el amor. (Desde los treinta hasta los sesenta, todo el mundo hacía el amor en los fundidos a negro.) Que el cine del cura diera un film inconveniente no despertaba el morbo de nadie, ni traía más público. Ya todos sabían que se trataba del desmedido exceso de celo de la censura eclesiástica, que siempre fue medio estúpida y miope. Era más interesante ver lo que se les “pasaba” que lo que “notaban”.


Para los niños había un sistema de vales. A la salida del catecismo y de misa, nos daban un vale. Cuando juntábamos cinco, podíamos entrar gratis a la matiné. Los que podíamos pagar la entrada, regalábamos las vales a los que no podían y así nadie se quedaba afuera. Eran muy estrictos, cinco vales o nada. Recuerdo que una vez, un compañerito de la escuela había juntado sólo cuatro y no lo dejaban pasar. Habíamos salido del catecismo que era los sábados y para que lo dejaran entrar, yo tuve que jurar que no faltaría a misa el día siguiente y que con mi vale completaría los cinco. Cumplí y a la salida de misa, el cura me dijo: A vos no te toca el vale, porque ya lo usamos ayer.


Frente a la boletería, colgaban los afiches de las películas que darían más adelante. En esa época yo perdía la cabeza por Hayley Mills, una niña actriz dulce y pecosa que actuaba en films de la Disney como Pollyanna, Operación Cupidos, Los hijos del Capitán Grant, etc. Una vez en esa cartelera pusieron fotos de una película suya; Mientras sopla el viento. Mientras pujábamos por entrar a la matiné, yo me tenté y me robé una foto. Era invierno, la puse entre la camisa y el pullover y durante toda la función procuré que no se me arruinara. Llegué a casa feliz y la oculté en los diccionarios que sólo yo usaba. Durante tres días fue mi tesoro.


Al miércoles siguiente, mientras yo hacía los deberes, cayó de visita Don Vera, el Jefe de la Acción Católica, quien era también el administrador del cine. Habló largo rato en el comedor con mi tía Martina, mi tutora, porque mis padres estaban en La Plata. La tía entró en la pieza, me acarició la cabeza y me dijo: Necesito la foto. Yo creí que me moría de vergüenza. No lloré, pero me puse pálido. Sin decir una palabra, fui hacia los diccionarios, miré por última vez a Hayley Mills y Alan Bates y le entregué la foto. Me senté en la cama y me puse a mirar el patio por la ventana. Quería que se desatara un temblor y que me tragara la tierra. O que no, pero un temblor al menos haría que pasara a un segundo plano el robo. Después de un temblor, sólo se hablaba del temblor. Al rato volvió la tía, se sentó a mi lado, me abrazó y me dijo: El “Bragueta Santa” te la cambia por ésta, y me dio una estúpida foto de Sammy, la foca loca. Intenté explicarme, decirle algo, pero no pude. Ella me dio un beso y me dijo: Deje m’hijo, los chupacirios son así. Era devota, pero como vivía en el pecado por compartir la cama de su supuesto “pensionista”, se vengaba de las lenguas santurronas poniéndoles motes. A Don Vera le había tocado el de “Bragueta Santa”.


Al viernes siguiente, no quise ir al cine del cura. (Me dejaban ir a la función nocturna, por que esperaba que cerrara el cine y me venía caminando con Don Vera, que vivía más allá, en Villa Dolores.) Yo te acompaño, dijo la tía, y fuimos. Compró un paquete de Rumba y vimos Artistas y modelos y La última vez que vi París. Con la boca llena de sabor a cacao y almendras de las galletitas, sentí que Don Vera desde la cabinita de proyección ahora también a mí me señalaba, éramos “la concubina” y “el ladrón.” Nunca más me volví caminando con Don Vera. Le pedí a la tía que me dejara venir solo, que casi todos los que iban a la función venían para este lado, que eran dos cuadras nada más, que qué me iba a pasar. Ella me dejó. De todos modos, durante dos años me sentí observado, estigmatizado por Don Vera. Verlo me hacía sentir sucio, yo había robado, no para comer, que podría estar bien, sino por placer, por egoísmo, para hacer daño. Él lo sabía y quién sabe a cuántos más se los había contado. Era otra afrenta que achacarle a la “Niña Martina” y no se la iban a perder. Suponía que todos los de la parroquia lo sabían y que se llenaban de santa indignación. A la tía Martina (después de quedar plantada prácticamente en el altar y haberse recuperado de las anfetaminas para adelgazar, el famoso Diminex) lo que comentaran le importaba un bledo, pero a mí sí. Viví amenazado por los fuegos del infierno hasta que François Truffaut llegó a mi vida.


Los jueves, la Embajada Francesa organizaba un ciclo de películas en el cine Ideal de la ciudad. Fui de casualidad, porque teníamos que ir al zapatero y la tía me dijo: Si querés andá al cine mientras yo visito a mis primas. Acepté encantado. Daban Los 400 golpes. En un momento determinado, el chico protagonista roba una foto de un cine. El cine está cerrado, bloquea el hall una puerta plegable de metal. El chico ata una ganzúa a un palo, acerca una gran cartelera con rueditas, mete la mano por entre un rombo de la cortina y se roba una foto. Y para mí fue la alegría, la revelación, el fin de la culpa. Robar la foto de una película no era una monstruosidad, era el ímpetu infantil de coleccionar algo, el deseo de prolongar en un recuerdo tangible lo que nos había deslumbrado. No estaba solo. Si era un monstruo, era un monstruo como Truffaut. Un nuevo amigo que provocaba alegría hasta con su nombre, porque hacía cosquillas cuando se lo pronunciaba: fransuá trufó.


Confidencialmente tuya es un policial en blanco y negro en clave de comedia. Un homenaje más a su ídolo de toda la vida Alfred Hitchcock (escribió dos libros esenciales sobre él, uno con el análisis de sus películas y otro con las entrevistas que se dio el gusto de hacerle). Al dueño de una inmobiliaria (Trintignant) lo acusan del asesinato de su mujer y del amante de su mujer. Su secretaria (Ardant) con la que se lleva muy mal y que lo ama en secreto lo ayudará a demostrar su inocencia. Es una reformulación pícara y alambicada de Cuéntame tu vida de Hitchcock con Fanny Ardant como una especie de Ingrid Bergman y Jean Louis Trintignant como un improbable Gregory Peck. (Hasta le hace un guiño al fetichismo y al voyeurismo de Hitchcock cuando Ardant camina ante la claraboya. )



El destino determinaría que Confidencialmente tuya fuera la última película de Truffaut. A poco de su estreno le diagnosticaron la enfermedad que en pocos meses se lo llevaría. Es difícil saber si intuyo que sería su despedida, nada hay de melancólico en ella. Sobrevuela todo el tiempo un espíritu burlón. Frívola por momentos, en otros, profunda y reveladora. Exuda alegría y la celebración del gozo de vivir. Como si dijera que la vida es una broma de Dios que en algún momento entenderemos, compartiremos y celebraremos. Consolidaba lo iniciado en su film anterior, La mujer de la próxima puerta: catapultaba a su mujer (Ardant) al estrellato. Ésa quizá sea la clave del film: es un acto de amor.


Ella recibió la noticia de su muerte mientras actuaba en Les enragés. Resolvió seguir filmando para extrañeza de todos. Yo creo que había un acuerdo entre ellos, que él quería que no interrumpiera por algo tan banal como su muerte lo que había amado tanto. Ya habría tiempo de llorar. Además en los últimos momentos, ya no era él, era otro.


Un amigo es un amigo para siempre. Y nunca se van, dejan lo que fueron, lo que compartimos, los recovecos del cariño. Los artistas tienen además una ventaja, dejan una obra concreta detrás. Y uno puede seguir dialogando con ellos a través de los siglos, ¿acaso no seguimos hablando con Flaubert, Jane Austen o José Mármol? No me duró mucho tiempo la tristeza de que se fuera. ¿Cómo podría si hasta pronunciar su nombre me despertaba una sonrisa? fransuá trufó. Nos dejaba sus películas. Vigentes y hermosas como todo clásico. Divertidas, zumbonas, profundas. Siempre dialogo con sus películas y no sólo por que me haya perdonado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Europa, Europa (el canal 35 en mi cable) da Confidencialmente tuya el domingo 26 a las 12:10 y a las 18:10 y el viernes 31 a las 10:00 y a las 16:00.

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