viernes, 6 de marzo de 2009

Gran Torino

Querido Clint,

Todas las despedidas son tristes. Me resisto a creer que te retirás de la actuación, que Gran Torino sea tu última película como actor. Aunque no hay motivo para no creerte. Siempre fuiste un hombre de palabra. Te voy a extrañar… y mucho. Sos una parte importante de mi vida.

En mi infancia y en mi adolescencia te admiré porque hacías esos héroes imperturbables en esas inolvidables películas de acción que me aceleraban el pulso y hacían que me atragantara con el maní con chocolate. Westerns, thrillers, policiales, de guerra, de risa y hasta un musical.

En mi madurez te convertiste en un magnífico director de cine, el último maestro del cine clásico, aquél al que por sobre todo le interesa contar bien una historia. Y no me quedó más remedio que admirarte otra vez. Ahora ya no sólo despabilabas mi emoción sino que también deslumbrabas mi intelecto.

Y si la película aparte de estar dirigida por vos, estaba actuada por vos, el placer era doble o triple, porque tu imagen me devolvía siempre el pibe que fui, el adolescente zonzo que fui.

No todas fueron rosas. Tuve mis diferencias con vos, pero te perdoné algunas agachadas ideológicas porque sabía que te corregirías como lo hacés ahora. Sabés que pasa, los artistas aunque se creen semidioses son humanos, y tarde o temprano su sensibilidad los hace retrotraerse de sus estupideces.

En Gran Torino estás bárbaro, te retirás con una actuación impecable, magistral. Yo creo que sos un buen actor, pero en realidad eso a nadie le importa. Sos como Humphrey Bogart, James Steward, Gregory Peck, Bruce Willis o Harrison Ford, una estrella cinematográfica. Y a las auténticas estrellas cinematográficas, uno no les pide actuaciones, su talento no reside en la técnica actoral sino en esa presencia, ese carisma que hace que les creamos todo lo que hacen porque están en nuestra simpatía, en nuestro corazón. Son como esos jugadores de fútbol que le dieron la victoria a nuestro equipo cuando todo estaba perdido o que evitaron que nos empataran cuando el triunfo era nuestro, algún día pueden jugar mal o no ser tan lúcidos ni tan hábiles, pero se lo perdonamos porque están en nuestro corazón.

A Robert De Niro (a quien también respeto mucho) y a los otros grandes actores se los recibe en silencio, con expectativa, con solemnidad, se los trata de usted. A vos y a los otros a los que te nombré se los recibe con cariño, con una sonrisa, se los trata de vos. Son de la familia. Hagan lo que hagan no nos defraudarán.

Y sos un hijo de puta, te despedís con una historia inolvidable. ¿Cómo no conmoverse con ese racista de mierda que aprende que el prejuicio es estupidez, ignorancia, miedo a lo que no se conoce o es diferente? De aquí a mil años recordaré esta historia. Aunque me agarre la amnesia, de esta historia no me olvido.

Si querés retirarte, estás en todo tu derecho. Tu figura alta y flaca ya no recortará el horizonte en un film, pero no te preocupés. Puedo ser bastante estúpido, pero no soy ingrato. De los buenos momentos no me olvido.

Te prometo que volveré a la última función del último día de proyección, te despediré en el cine, como se despide a un amigo que se va de viaje. Te desearé la mejor de las suertes. Y no te enojés, en el camino de vuelta a casa por ahí se me pianta un lagrimón. No sé que te sorprende, si cierro una etapa de mi vida. Chau, Clint, y gracias.

Un abrazo,
Gustavo

PS Eso sí, no te pierdas, no dejes de dirigir y ni se te ocurra morirte, ya arrastro muchas pérdidas. Ah, la canción que compusiste y cantás en los títulos finales es buenísima. No esperaba menos de vos. Cuidate.

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