viernes, 14 de noviembre de 2008

El puente de San Luis Rey

¿Cuándo una película es esencialmente mala? Cuando la distancia entre lo que se quiere contar y los logros es tan insalvable como alcanzar el horizonte.

Durante años se dijo que las películas más malas del mundo eran las que había dirigido Ed Wood. Pero como bien lo demostró Tim Burton en el film que le dedicó (Ed Wood, 1994, con Johnny Depp, Martin Landau, etc.), Wood compensaba su suprema ineptitud con una pasión tan desmesurada y un amor tan inmenso por el cine, que lo que lograba, aunque pésimo según los parámetros tradicionales, era asimismo entretenido, tierno, vital, rarísimo. La obra de Wood ratifica el absurdo lógico que tanto divertía a Borges: el Todo y la Nada son absolutos, por lo tanto en un punto son lo mismo, son iguales. Inferimos así que el cine de Wood al ser malísimo es al mismo tiempo excelente, excelso, glorioso. Por ser inclasificable, se pensó en el adjetivo bizarro para describirlo, iniciando así una categoría donde van a parar los films que podríamos denominar de creatividad negativa.

Pero hay películas que simplemente son malas y no exhiben ninguna virtud redimible. Son malas a secas. Y para colmo cometen el peor pecado que puede cometerse en el mundo del espectáculo... son aburridas.

El puente de San Luis Rey es una novela fascinante de Thorton Wilder que indaga con gracia, exhuberancia, astucia y talento el sentido del destino. Es una novela esplendorosa, deslumbrante, imperdible. Si se la cruzan, no dejen de leerla. No es muy larga, es apasionante y deja muy buenos recuerdos.

Pero es una gran novela sin ninguna suerte en el cine. La versión que nos ocupa es la tercera y está lejos de ser la vencida. Es más, parece ser la peor.

El guión es el modelo perfecto de como no elaborar un guión. Puebla los silencios de palabras altisonantes, difíciles de seguir, que no dicen nada. Las situaciones dramáticas ocupan muchos minutos para contar lo menos posible. Los personajes nunca se corporizan, son actores con vestuario de época con un nombre que los identifica, que bien podría ser un número, tan anodinos son.

La cámara parece estar siempre buscando el ángulo que peor justicia le haga a la escena. Los actores, entre los que se cuentan ¡Robert De Niro, F.Murray Abraham, Gabriel Byrne, Kathy Bates, Harvey Keitel, Geraldine Chaplin, Dominique Pinon y Pilar López de Ayala!, no sólo dan las peores actuaciones de su carrera, dan algo más... mucha pena.

Como saben, también soy actor. Y como todos los actores sostengo una aseveración que no por obvia es menos verdadera: De Niro es el Maradona, el Einstein, el Freud, el Shakespeare, el Picasso, el Mozart, el Aristóteles de los actores. Ha hecho maravillas por las que el adjetivo genial le queda corto. Pero es un actor y por prodigioso que sea necesita ser dirigido. Si se lo deja solo, lee su personaje como puede, trastabilla y hace un papelón. El oficio lo salva del espanto, pero lo bordea peligrosamente. Por suerte, al estar sin guía, elige la cautela y la mesura y nos evita a los que lo respetamos la vergüenza de verlo desbarrancarse sin remedio.

La dirección de arte es dudosa. La acción transcurre en el Perú del virreinato, pero fue rodada en España. No soy un experto en el barroco, pero lo que se muestra parece pobretón al lado de lo que se ve en las fotos de Perú. El vestuario es estándar, lo que no es de extrañar, Europa está llena de sastrerías teatrales que proveen ropas del siglo XVIII. La música de Lalo Schifrin es bella, pero más que auténtica o plena de color local, parece pintoresca en el estilo de los compositores yanquis cuando quieren sonar “latinoamericanizados”.

A veces los astros se conjuran para encaminar a la gloria a empresas que parecían destinadas a la desventura. Y a veces es todo lo contrario, lo que nos lleva a la pregunta del millón: ¿cómo diablos semejante bodrio llegó a producirse?

La culpable principal es la guionista y directora, Mary McGuckian. Por favor no la contraten ni para que les filme el cumpleaños. Si lo hacen, se verán sólo los pies de los invitados. Y encima, mal iluminados.

Cuando leo una crítica muy descalificadora, me da curiosidad. Si les pasa lo mismo, reprímanse. Créanme es tan mala y aburrida que no vale la pena ni espiarla dos minutos.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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