viernes, 22 de agosto de 2008

Mamma Mia!

Mamma Mia! es como una bomba de crema. Irresistible y deliciosa para algunos, empalagosa e indigesta para otros. Primero fue una obra de teatro que respondía a la estrategia comercial de armar un musical con la mayor cantidad de canciones de ABBA posibles. Parece fácil, pero no es moco de pavo. Catherine Johnson, la autora, tomó como punto de partida una vieja película de Gina Lollobrigida, Buona sera, Mrs Campbell. Gina había quedado embarazada al final de la Segunda Guerra Mundial y no sabía cuál de los tres soldados norteamericanos (Telly Savalas, Peter Lawford, Phil Silvers) con los que había salido era el padre de su hija. A la hija, le dice que su padre murió en la guerra, y a cada uno de los posibles candidatos, que era el verdadero padre, para que le envíen dinero para la manutención de la niña. Un módico entretenimiento que era una reformulación bastarda de Filomena Marturano, la genial obra de Eduardo de Filippo.

Filomena tiene tres hijos, uno de los cuales tiene como padre a Domenico Soriano. Domenico trata de descubrir cuál es. Filomena no se lo dirá porque quiere que los acepte a los tres como propios.

Filomena Marturano es una de las mejores obras de teatro jamás escritas, una obra maestra destinada a perdurar. Buona sera, Mrs. Campbell y Mamma Mia! la vampirizan y viven a su sombra. Las tres abrevan (y he ahí quizá la razón de su éxito) en la eventual incertidumbre del hombre sobre la auténtica paternidad y la fantasía de la mujer de tener la última palabra, el control total. ¿Existe acaso golpe más duro para la supremacía del hombre que no saber si su progenie lleva o no su sangre? Ahora el ADN establece certezas, pero hasta que el resultado del análisis llega, es posible jugar con el poder de la duda.

En Mamma Mia! es la hija de Donna (Amanda Seyfried) la que quiere saber cuál de estos tres posibles contendientes (Pierce Brosnan, Colin Fith, Stellan Skarsgärd) es su padre. Como no hay desarrollo de personajes ni conflictos, todo es absurdo, disparatado, ridículo.

Esta concebida como una celebración de la vida a ultranza, con una alegría militante de libro de autoayuda para hiperdeprimidos. Propone un optimismo fascista: hay que sentirse bien sí o sí.

Donna y su hija tienen cada una un coro de dos amigas. Importan las de Donna (Meryl Streep) porque son las fabulosas y personalísimas Julie Walters y Christine Baranski, que como siempre se hacen notar y se lucen.

Meryl Streep tira la chancleta y se divierte como chico con juguete nuevo y nos entrega una actuación rebosante de histrionismo desaforado. Siempre es un placer ver como los grandes se alejan del terreno seguro que ya tienen fertilizado y se internan en territorios nuevos no transitados por ellos.

Pierce Brosnan se da el lujo de cantar cuando no sabe hacerlo, para beneplácito, identificación o venganza de los que en la platea no pueden ni entonar el Arroz con leche.

Phyllida Lloyd que la dirigió en teatro la lleva ahora al cine.

Transcurre en una isla griega, así que hay muchos paisajes como en las películas de Elvis Presley o en las de Enrique Carreras. Y hay también unas cuantas coreografías democráticas en las que todos bailan sin importar la edad, la contextura o las habilidades dancísticas. Esto es muy bello, convengamos que siempre es endorfínico ver bailar a todo un pueblo.

Si no les gusta el musical, Meryl Streep o ABBA, ni se acerquen. Si adoran estos tres elementos, esta recomendación es inútil porque ya la habrán visto. Si no tienen particular adhesión o aversión, pueden pasar un buen momento. Y si andan medio cabizbajos y meditabundos, y necesitan un producto maníacamente eufórico, entre lo que les recetó el médico, éste es el remedio ideal.


Un abrazo,
Gustavo Monteros

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