sábado, 23 de agosto de 2008

Lars y la chica real

Hay películas a las que comienzo a ver con la casi absoluta certeza de que voy a odiarlas. Las sigo viendo por inercia o apostando por el momento en el que voy a apretar stop o salir del cine. Aunque a veces me equivoco y por alguna rara alquimia que esas películas tienen, termino amándolas e incluyéndolas entre mis clásicos personales favoritos.

Lars y la chica real es una de esas películas.

Todo empezó mal. El pueblito yanqui en el que transcurre la acción es tan bueno y noble que parece salido de una tapa del Saturday Evening Post pintada por Norman Rockwell. No es que no crea que algunos norteamericanos puedan ser buenos y nobles, pero la política exterior que manejan me invita a desconfiar cuando se ponen a celebrar las "humanitarias" virtudes de su pueblo.

Para colmo, promediando el metraje, el pueblito de Lars parece darle la razón a las críticas de South Park. El vitriólico dibujito dice que los yanquis adhieren ciega e irreflexivamente a cualquier consigna o slogan que les tiran. El pueblito de South Park responde a consignas feroces e inhumanas, el de Lars responde a una consigna de solidaridad ejemplar. Sin embargo, vence sus pruritos y prejuicios con tanta facilidad que resulta sospechoso.

Pero si yo ya había aceptado que pudieran ser buenos y nobles, tenía que admitir también que fueran solidarios y contenedores.

Y no sé si fue el obstinado amor de la rubita o la belleza del paisaje eternamente invernal, pero la historia comenzó a ganarme, la compré, me enamoré perdidamente de ella y terminé embelesado con una sonrisa de oreja a oreja.

Lars es un buen pibe al que todo el mundo le tiene simpatía. Es un poco sufrido debido a un pasado doloroso (del que nos enteraremos oportunamente) y por eso arrastra unos cuantos traumas (de los que nos darán algunas pistas certeras). Se encierra peligrosamente en sí mismo. Un buen día compra una muñeca de placer, no de las inflables sino una de esas más sólidas, de las que de lejos parecen maniquíes. Pero lo que Lars hace no es mórbido ni oscuramente sexual porque es un inocente, poseedor de una profunda religiosidad. Entonces… no digo más, el resto disfrútenlo ustedes por su cuenta.

Ryan Gosling, el protagonista, anda sacando patente de gran actor. Emily Mortimer tiene un juego de comedia tan encantador como conmovedor. Paul Schneider expresa su culpa latente con tanta sinceridad que dan ganas de perdonarlo. La gran Patricia Clarkson, actriz poderosa de personal estilo, es la psiquiatra. Kelli Garner es la rubita luminosa.

El sensible guión es de Nancy Oliver y la ajustada dirección es de Craig Gillespie.

Y ¿cómo resolví mis preconceptos iniciales? Preguntándome: ¿qué culpa le puede caber al pueblito de Lars por las decisiones de Bush, la Condoleezza Arroz y toda esa caterva de criminales? Si sin ir más lejos, nosotros, después de haber sido gobernados por los asesinos de la dictadura, no parecemos haber perdido las muchas o pocas virtudes que como pueblo podamos tener.

Un abrazo,
Gustavo

No hay comentarios:

Publicar un comentario