jueves, 4 de mayo de 2017

Un momento de amor

Marion Cotillard es una actriz prodigiosa. Su belleza no empalaga, porque no depende de simetrías indiscutibles ni angulosidades comprobables para deslumbrar. Su apabullante talento no fatiga, porque no depende de adaptaciones a su personalidad ni asimilaciones a su físico. Su excepcionalidad la equipara con las grandes divas imperecederas del cine clásico y su histrionismo único, que no se alimenta de gestos, posturas y prosodias determinantes, la equiparan a las grandes actrices modernas que prescinden de artificios y artilugios para proyectar su magia. En fin, que reencontrarse con la Cotillard es siempre una fiesta, aunque la película sea mala, cosa que ésta, por suerte, no lo es para nada.


Estamos en la década del cincuenta del siglo pasado en la campiña francesa. Gabrielle (Marion Cotillard) sufre de los nervios, subterfugio que ocultaba por aquel entonces la ignorancia de las afecciones psicológicas. Parece padecer de una aflicción psicosomática y tener inconvenientes para dar satisfacción a los ardores sexuales. Como suele ser el caso, se prendará de quién no debe, y su madre, pragmática, como son algunas personas que viven en contacto con la naturaleza, la casará con un español, José (Alex Brendemülhl) que trabaja de recolector en los campos de la familia y que mira a Gabrielle con una deferencia que bien podría transformarse en afecto. Un aborto espontáneo hará que descubran que la aqueja, el “Mal de pierres” del título original. Terminará en un hospital de Davos que se especializa en erradicar dicha enfermedad. Allí conocerá a André (Louis Garrel) y entonces…


Este trabajo de Marion Cotillard, sobre todo en esto de chica de campo, aquejada por insatisfacciones sexuales, apasionada, libre y un poco salvaje,  dialoga con uno de los mejores personajes corporizados por Isabelle Adjani,  el de L'été meurtrier (Verano Mortal, Jean Becker, 1983), pero mientras que el de Adjani se hundía en la locura y en el crimen, porque de un policial negro se trataba, este personaje de Cotillard se dirige hacia la epifanía deslumbradora, porque ésta es una historia de amor.


Nicole Garcia (también actriz, los memoriosos la recordarán como la protagonista junto a Gérard Depardieu de una de las mejores obras del maestro Alain Resnais, Mi tío de América (Mon oncle d'Amérique, 1980)) conduce con autoridad y buen pulso este cuento que se vuelve seductor y entrañable, más que nada porque se fortifica en hombres  que saben amar. En estos últimos tiempos, generalmente se nos acusa de no comprometernos, de no saber escuchar ni acompañar, pero a veces también, para contrarrestar tanta falencia, como en este caso, sabemos amar.
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Por lo dicho, no es de extrañar que elogie a los caballeros que secundan a Cotillard, el barcelonés Alex Brendemülhl (que fuera el Mengele de nuestra Wakolda (Lucía Puenzo, 2013)) y el parisino Louis Garrel concretan una faena casi a la altura de la de Cotillard, encomio que puede resultar mezquino, aunque en realidad es todo un ditirambo.


Otra caracterización notable de Marion Cotillard y una buena historia ¿qué más se puede pedir para pasar un par de horas más que agradables en un cine?


Gustavo Monteros

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