jueves, 16 de marzo de 2017

Silence


En mi modesta opinión, que no tiene por qué ser compartida por nadie, de todos los Scorsese que conviven en la carrera de Martin Scorsese director, el  que menos me gusta y menos revisito (por no decir jamás) es el religioso. Por censuras varias llegamos tarde a La última tentación de Cristo, 1988, y cuando la vimos lucía antigua, superada, parecía Los diez mandamientos de Cecil B De Mille reversionada por el Pier Paolo Pasolini de El evangelio según San Mateo, o sea desprovista de luz, color y magnificencia, era un tedio que solo Willen Dafoe y Barbara Hershey hacían soportable. Kundun, 1997, en cambio, era todo luz, color y lujo, pero más seca que hueso que da la luz mala e igual o más aburrida que la mencionada antes, uno se tenía que pellizcar cada cinco segundos y decirse que era una profunda exploración religiosa para no caer en el sopor que nos acuciaba. La que le siguió, si bien no se la incluye entre las religiosas-religiosas, igual indagaba sobre Dios, el destino, la culpa y demás, Vidas al límite (Bringing out the dead, 1999) esa en la que Nicolas Cage subrayaba su natural cara de vagina afligida, obra que podría figurar entre las interesantes-pero-no-logradas del currículum de ambos. Y como no hay dos sin tres, llega Silence para integrar, hasta la fecha, una trilogía religiosa, sabrá Dios si hay más y se conforma una tetralogía, y otra y una pentalogía, después quizá una hexalogía, una heptalogía, una octología, una enealogía o nonalogía, una decalogía y así sucesivamente.


Silence se basa en una novela de 1966 del autor católico japonés Shūsaku Endō, que ya fuera llevada al cine por Masahiro Shinoda con el mismo título en 1971, y hasta hay quien dice que también por João Mario Grilo porque su The Eyes of Asia de 1994 se nutriría en esta novela.


Estamos en 1639, dos sacerdotes portugueses, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) llegan a Japón en busca de su mentor, Ferreira (Liam Neeson) quien no solo habría dejado de difundir la fe católica sino que también habría apostatado al abrazar el budismo y que incluso viviría amancebado con una japonesita. El cristianismo católico sobrevive a duras penas una persecución oficial, igual de cruenta que la Santa Inquisición, quienes se nieguen a renegar del credo son quemados vivos, crucificados hasta ahogarse con las mareas, o colgados boca abajo con una herida precisa que los desangra gota a gota.


Scorsese no es Scorsese al divino botón, aquí filma con la amplitud de un despojado David Lean, su puesta en escena es siempre creativa, elocuente, grandiosa. El guión peca de demasiado declamativo, algo que es casi de rigor en las disquisiciones religiosas o filosóficas. Dos problemas graves preocupan a los fieles seguidores de Scorsese, entre los que me cuento, uno, el relato no fluye con naturalidad, tropieza una y otra vez con una solemnidad, con una pretenciosidad, con una autoconsciencia de importancia, que poco ayudan para involucrarnos con lo que sucede en pantalla, salvo las escenificaciones de los martirologios que conmocionan con su salvajismo, el resto nos aburre más que misa en latín.


Y dos, los protagonistas, Andrew Garfield no tiene madera de estrella, no puede sostener nuestra atención, carece de brillo, de presencia, de recursos, por más que angustie su cara de niño no pasa nada, en Hasta el último hombre, 2016, de Mel Gibson o en su El sorprendente Hombre Araña, 2012, de Marc Webb le iba mejor porque estaba rodeado de carismáticos e inflado de efectos especiales, aquí no hay ni una cosa ni la otra. Su coequiper, Adam Driver, tiene cara y cuerpo como para estar en El entierro del conde de Orgaz de El Greco, y ahí se acaba su contribución a la imaginería religiosa, como Andrew Garfield, su atractivo estelar va de poco a nulo. Uno comienza a rezar que aparezca Liam Neeson de una buena vez y le dé espesor, presencia, interés al cuento.


Pobre Scorsese, terminar con Andrew Garfield y Adam Driver, él que tiene ciclos con algunos de los más grandes actores que han existido, De Niro, Di Caprio, Daniel Day Lewis en un par, y en solo una vez  por ahora, estrellas como Jack Nicholson, Jerry Lewis, Nicolas Cage, Tom Cruise o el inolvidable Paul Newman. Mientras se elaboraba este proyecto, algo que tomó muchos años, se barajaron nombres como los de Daniel Day Lewis, Benicio del Toro, o Gael García Bernal como posibles participantes de esta aventura creativa. Otra cosa hubiera sido con ellos o con cualquier otro de la guía telefónica. Otro detalle, en tiempos en que se apunta a un verosímil más certero (como por ejemplo la serie The Americans en la que los personajes rusos hablan en ruso, con su correspondiente subtítulo, claro), que estos supuestos portugueses se traben cada vez que tengan que decir Ferreira suena a que practicaste poco, y eso que es solo una palabra que debieron aprenderse, no a leer Saramago en voz alta, recitar poemas de Pessoa o cantar fados. No se trata de que te den solo el protagónico, también hay que poner huevo y sudar la camiseta. La empatía a despertar no crece en los árboles, ni se da con tener cara bonita o interesante, hay que seducir a la cámara con lo que se tenga. Y si no se tiene nada, se construye algo. En cine si el protagonista no tiene hambre de gloria, la película está en serios problemas y nuestro interés también. Ante cualquier arte, aburrirse en más fácil que interesarse.


Eso sí, no hay que ser injusto con los actores japoneses que hacen una faena maravillosa. El flaquísimo Yōsuke Kubozuka es Kichijiro, un equivalente de Judas para el padre Rodrigues. Yoshi Oida es Ichizo, el jefe del primer pueblo que visitan los sacerdotes, sobre cuyas espaldas cae una pesada decisión. Issey Ogata es el fatigado y hastiado Inquisidor, que mira casi con desdén y abulia los tormentos que infringe. Y last but not least, para nada en absoluto, el traductor que hace Tadanobu Asano, un viscoso divertido como pocos, de esos personajes que seducen en la pantalla con su humor y sus dobleces, pero que son letales en la vida real. Un verdadero actor de cine el señor, no como los dos bodoques que protagonizan.


Terminada la película, uno comprende que la borgeana victoria secreta final está mejor contada que la bergmaniana angustia por el silencio de Dios. 


Más allá de los reparos, es un Scorsese, o sea, más temprano que tarde hay que verlo, aunque sea una vez, que Scorsese no es Scorsese al divino botón.


Gustavo Monteros
Todanobu Asano

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