jueves, 14 de enero de 2016

Joy - El nombre del éxito



Joy, el nombre del éxito es un cuento de hadas capitalista. Muy capitalista. No es que los cuentos de hadas tradicionales sean particularmente socialistas, lejos de ello. Son individualistas y pro-aristocráticos o burgueses. Pero este presenta un ideal de triunfo plutócrata que elimina al príncipe como herramienta de acceso a la felicidad del confort.


Joy (Jennifer Lawrence) ya tendría que haber triunfado en la vida, según el relato en off de Mimi (Diane Ladd) su pseudo hada madrina, que en realidad es su abuela. Pero un mal matrimonio con Tony (Édgar Ramírez) del que nacieron una hija y un hijo; cuidar a una madre recluida frente al televisor en su habitación, Terry (Virginia Madsen); más un padre demandante, Rudy (Robert DeNiro) y una hermanastra odiosa, Peggy (Elisabeth Röhm) poco ayudaron a que su mente de inventora se desarrollara en todo su potencial. Obligada por las circunstancias pergeñará la mopa perfecta, o sea un mechudo limpiador que se retuerce solo y que puede lavarse en el lavarropas, es decir un accesorio de limpieza que, si uno quiere, nunca toca con las manos. Como limpio, muy esporádicamente, pero limpio, sé que este instrumento tiene su atractivo comercial y utilitario. ¿Podrá producirlo o venderlo? He ahí el quid de la cuestión…


El cine de David O. Russell (entre otras, El ganador, 2010, El lado luminoso de la vida, 2012, Escándalo americano, 2013) tiene dos características destacables. 1) Sus historias manejan una realidad desquiciada, azarosa, excesiva, proclive a accidentadas casualidades u oportunidades repentinas. Bah, cualquier cosa, literalmente cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. 2) Sus familias, como todas en realidad, son disfuncionales, las suyas en particular un poco más  que loquitas que el promedio loco, con padres que prefieren (mucho) a algunos hijos sobre los otros, y con hermanos, que resienten u odian a sus otros hermanos. Conflictos que no importan demasiado, ya que en algún momento de la película o de la vida, les agarra el espíritu navideño y se reconcilian, previo perdón luminoso.


Aquí ambas características están más que presentes, pero son menos efectivas que en las películas mencionadas de su currículo. O la magia se le está gastando o de tanto frecuentar los mismos recursos ya se nota mucho su pérdida de efectividad. Sea lo que fuere, Joy, el nombre del éxito, no es tan festejable como las anteriores.


Quizá contribuya también la poca espiritualidad del sueño de la protagonista, que no quiere ser feliz ni comer perdices sino ser rica, muy rica e imponer su poder (benéficamente con los más débiles e impiadosamente con los más fuertes, pero imponer su poder al fin). Está bien, está bien, el dinero no hace a la felicidad, ¡pero cómo ayuda! Sí, sí, pero plantear la riqueza como única ambición de la protagonista no genera una empatía duradera, por más incandescente Jennifer Lawrence que se sea. Tampoco ayuda que los personajes del padre y de la hermanastra hagan cosas muy desagradables que bordean lo imperdonable. Si bien Joy (nombre que es también un sustantivo abstracto que significa en su primera acepción Alegría) tiene de un lado dos angelitos buenos (su amiga Jackie (Dascha Polanco) y el ex –marido) y del otro dos angelitos malos (el padre y la hermanastra) que se compensan o equilibran fuerzas, estos últimos incluso en un cuento de hadas es mejor perderlos que encontrarlos.


En el principio, hay un recurso dramático muy interesante que después se deja de lado. Se ven los personajes de la telenovela que ve la madre reclusa, con sus conflictos tan traídos de los pelos y con un vestuario de hombreras, brillos, y peinados flu híper ochentosos. Son interpretados por una figura de la televisión de la época, Susan Lucci y por la más joven Laura Wright, con un cameo de una de las reinas televisivas estadounidenses de todos los tiempos: Donna Mills. Joy tiene una pesadilla en la que se mezclan circunstancias de su vida con la de estos personajes, y uno cree que tendrán influencia y relevancia en la historia que se desarrollará, después de todo, los personajes de las ficciones que seguimos modelan en más de un sentido nuestra filosofía, estilos de vida, etc. (para más datos remitirse a toda la literatura de Manuel Puig), pero no, quedan de lado y no vuelven a aparecer. Una pena, podrían haber salpimentado mejor el plato.


En el reparto también están Isabella Rossellini (que lo quiera o no trafica en la mente de los veteranos la imagen de su madre, la imperecedera Ingrid Bergman) como la nueva pareja del personaje de DeNiro, y en un más que improbable príncipe azul para la protagonista, Bradley Cooper. Ah, también está Melisa Rivers que hace de su madre Joan, y la madre con esposo y bebé que viene a ofrecer un invento sobre el final es Drena DeNiro, una de las hijas de Robert, of course.


En resumen, se deja ver porque es profesionalmente simpática.

Gustavo Monteros

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