jueves, 22 de octubre de 2015

Dos días, una noche



Dos días y una noche es el tiempo que tiene Sandra (Marion Cotillard) para revertir una primera votación que le resultó adversa. Es que los compañeros de Sandra enfrentan una difícil decisión. Su jefe los ha puesto a elegir entre mantener un bono de mil euros o hacer que Sandra conserve su trabajo. La pobre estuvo de licencia por depresión, y en ese tiempo el jefe comprendió que 16 bien pueden hacer el trabajo de 17, así que con la excusa de la crisis los obliga a elegir. Sandra se lanza durante ese fin de semana a visitar a sus compañeros para conseguir los votos de apoyo que le hacen falta para no quedarse en la calle. La película trata sobre si los consigue o no.



Esta excelente película de los hermanos Jean-Pierre et Luc Dardenne (La promesa, Rosetta, El hijo, El niño, El silencio de Lorna, El chico de la bicicleta) como la estupenda La loi du marché de Stéphane Brizé que se verá en el próximo festival de Mar del Plata es astutamente insidiosa y pone el ojo en las consecuencias del capitalismo salvaje. Porque si el hilo se corta por lo más delgado, es en la vulnerabilidad de las víctimas donde se ve con mayor precisión la imperdonable abominación de la práctica infame de una teoría repugnante.



Si el mundo fuera apenas un poco más justo, el neoliberalismo obtendría el mismo rechazo que generan el nazismo, las purgas estalinistas o la peste bubónica. Todos comparten el mismo olímpico desprecio por el ser humano. El neoliberalismo deshumaniza al hombre, lo reduce a una variable, a una cifra, a la coma de un guarismo. No hay nada peor que la ciega lógica de los mercados, la flexibilidad de los negocios, la razón del capital. No se trata de refundar la era moderna, pero el hombre debe ser la medida de todas las cosas, no un dato. Parece fácil de comprender e imposible de no adherir, sin embargo cuesta luchar contra el falso orden establecido y las corporaciones mediáticas, que presentan, día tras día, analista tras analista, experto tras experto, la mierda como si fuera nutritiva u oliera a rosas.



Marion Cotillard, que ganó por este trabajo unos cuantos premios y que hasta le significó otra nominación para un Óscar, deslumbra como suele ser su costumbre. Aunque la verdad sea dicha, el naturalismo puro es el más fácil de los registros actorales y para su talento, esta labor es como un picnic de primavera. De todos modos, otra actriz quizá no hubiera despertado la inmediata y fuerte empatía que desata Cotillard.



En resumen, una historia sencilla y contundente para no olvidar que no hay que votar nunca de los jamases a quien anteponga el mercado, el capital, los negocios por sobre todo. Hay que empezar a ver más allá de las apariencias, de aprehender lo que hay detrás de las engañosas propuestas económicas. O seguirán atomizándonos, aislándonos, apartándonos de la más elemental solidaridad con las cuentas de colores. No hay copa que rebalse cuando la codicia es infinita.

Gustavo Monteros

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