jueves, 27 de agosto de 2015

Omar



Omar (Adam Bakri) un joven palestino, parece tenerlo todo claro y resuelto. Ahorra para casarse con Nadia (Leem Lubany) y entrena con sus amigos de infancia, Tarek (Eyad Hourani) el hermano de Nadia, y Amjad (Samer Bisharat) que también pretende a Nadia como esposa, para pelear contra la dominación israelí en Cisjordania. Tarek determinará un bautismo de fuego, bajar a un soldado israelí, que desatará circunstancias nuevas y cambiantes, traiciones varias y lealtades férreas.


El director y también guionista Hany Abu-Assad (Paradise now, 2005) concibe una trama que se bifurca en nuestras propias narices y que repliega tanto como muestra. Omar es a la vez un thriller político como una inolvidable historia de amor. Sí, en la suprema línea de las mejores novelas de Le Carré o de Grahame Greene cuando se le daba por los espías. Y armada en el final toda la historia, nos deja con una ironía punzante, que no se aleja con los títulos finales. La manipulación es también un búmeran.


De tanto usarse respecto al cine, los adjetivos “electrizante”, “atrapante”, “apasionante” han perdido su poder descriptivo y son un lugar común que casi no dicen nada. Sin embargo, no se me ocurren otros que describan más acertadamente a Omar y sus peripecias.


Visualmente es impecable (las corridas por entre las casas que parecen venírsenos encima dan tanto vértigo como angustia) y ofrece una lección que el cine industrial contemporáneo debería al menos comenzar a deletrear, salvo la incidental, no tiene música que subraye o que cree la tensión o el clima que debe construir la trama. Si la trama se sostiene y los personajes se corporizan con nitidez, los agregados sobran o molestan.


Omar se da cuenta tarde de algunas verdades ineludibles. No hagamos lo mismo y lo dejemos pasar. Omar nos devuelve la esperanza de que el buen cine siempre es posible.

Gustavo Monteros

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