jueves, 27 de agosto de 2015

Amadas hermanas



Antes, hace mucho, cuando era más crédulo, me gustaban las películas largas. Eran sinónimo de épica, de grandiosidad, de personajes extraordinarios. Claro, eran los tiempos de David Lean y sus Puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago, La hija de Ryan, de Stanley Kubrik y sus 2001, Odisea del espacio, Dr Strangelove o cómo aprendí a amar la bomba, Barry Lyndon o El resplandor, que también duraba lo suyo. Eran los tiempos en que los directores, al margen de sus veleidades artísticas, pretendían contar historias, entretenernos, transportarnos a otras realidades. Ahora me dicen que una película dura más de dos horas y me da un vértigo de aburrimiento, me ataca la idea de que la relación asentaderas-butaca va a ser más ardua que no ganarse la lotería, que me sentiré como Charlton Heston en Ben Hur cuando lo ataban al remo del galeote. Claro, son los tiempos en que los directores, al margen de sus inmensas y vacuas veleidades artísticas, son más propensos a mirarse el ombligo que a contar historias o a entretenernos con algo.


Amadas hermanas (Die geliebten Schwestern, 2014) de Dominic Graf tiene dos cortes, uno de 138 minutos que es el que se exhibe comercialmente y uno de 171 minutos que es el corte del director. Yo no pude elegir y tuve el gusto de ver el corte del director, que es claro el corte comercial más 33 minutos. Minutos que fueron menos trabajosos de lo que pensé en un principio, no diré que se pasan en un suspiro, pero parecen menos que los de un examen en el que no se saben las respuestas.


Narra la relación tripartita que se establece a fines del siglo XVIII entre las hermanas Caroline (Hannah Herszsprung) y Charlotte (Henriette Confurius) con el poeta, dramaturgo, historiador y unos cuantos etcéteras más, Friedrich Schiller (Florian Sletter). O sea que el film participa tanto del género biopic (películas biográficas) que Selma, La teoría del todo y unos cuantos bodrios más me enseñaron a odiar con ahínco como del costume drama (film de época), que al menos nos permite entretenernos en la reconstrucción de ambientes y vestuarios, cuando el tedio arrecia.


La primera hora interesa, los personajes tienen sus aristas y hay un narrador en off que nos remite de inmediato a Las dos inglesas (Les deux Anglaises et le continent, 1971) de François Truffaut que también lidiaba con un triángulo con dos hermanas como base, claro, Truffaut al margen de ser un maestro con todas las letras era un narrador prodigioso, de ahí su admiración no solo por Hitchcock sino también por el gran Spielberg, no olvidar su participación como actor en Encuentros cercanos del tercer tipo (Speilberg, 1977). En esta primera hora nos acomete también el morbo de saber si las hermanas se acostarán juntas con el poeta o si se turnarán en esto de compartirlo. No quiero spoilear nada, pero la verdad es más prosaica y menos colorida que una porno. La segunda parte (larga si se ve la versión completa), excepto algunas histeriquiadas agrega poco interés y uno anhela el desenlace, que cuando llega, obliga a la pregunta de rigor: aparte de la peripecia de vida, ¿qué se nos quiso contar?, ¿una instancia del poliamor, tan mentado por las revistas?, ¿la dificultad de las relaciones que se saltan los convencionalismos?, ¿las profundidades de la efímera pasión?


Si es eso, la película salvo detalles ofrece poco. Y deja afuera relaciones más ricas que las del triángulo, tales como ¿qué corno era por dentro un matrimonio arreglado con un hombre de buen ver, rico y culto, pero al que no se ama?, o ¿cómo es enamorarse de una mujer que en el coito pone siempre en tu oído el nombre de otro? Está bien, de acuerdo, son relaciones loser al lado de la relación winner del trío desbocado, pero Bergman, Visconti o Kurosawa no las hubieran dejado al margen. ¡Qué difícil es resignarse a que los grandes maestros ya no estén! Y no es nostalgia por ser viejo, es asumir la realidad. Las películas, las novelas, la música, los cuadros se han empequeñecido, y uno debe dar por valiosos films que solo ostentan logros parciales, muy parciales, para no sucumbir a la desesperanza de haber perdido otra vez horas de nuestro tiempo que podríamos haber aprovechado mejor paseando al perro, cortándonos las uñas o reviendo por enésima vez El gatopardo.

Gustavo Monteros

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