jueves, 9 de julio de 2015

Ocho apellidos vascos



Nada despierta más respeto que ser sin inhibición, con orgullo. Cuando se es lo que se es sin pudor, con altivez.


Ocho apellidos vascos es cine popular que quiere ser popular y que se enorgullece de querer serlo. Abreva en el siempre rendidor esquema de Romeo y Julieta. Un sevillano se enamora de una vasca; pertenencias, que según parece, tienen tan irreconciliables diferencias que dejan a los Caputelo y Montesco a la altura de niños de jardín de infantes dispuestos a reconciliarse después de un ínfimo entredicho.


La historia avanza con las sutileza de un tren expreso, los personajes se arman a puro estereotipo, las situaciones ostentan el grosor de las secuoyas y sin embargo nada de esto importa, porque es lo que es y a mucha honra. Se permite todos los colorinches y las cursilerías. Tantas que es imposible no adherir con simpatía ante semejante avasallador desfile de desvergüenza.


Dirigió Emilio Martínez Lázaro, sobre guión de Borja Cobeaga y Diego San José. Integran la parejita joven, la simpatiquísima Clara Lago y el no menos simpático Dani Rovira. Carmen Machi y Karra Elejalde (que participara en estas tierras en El dedo en la llaga, 1996, de Alberto Lecchi, junto a Darío Grandinetti y Juanjo Puigcorbé) aportan aplomo y encanto a la pareja mayorcita.


Se convirtió en la película española más vista de la historia, o sea que consiguió lo que buscaba: ser popular.


En resumen, si se aceptan sus estridencias, se disfruta. (En este instante se filma la secuela que lleva el tentativo título de Nueve apellidos vascos. Ah, lo de los apellidos es la prosapia indispensable que hay que tener para ser un verdadero vasco)

Gustavo Monteros

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