jueves, 9 de julio de 2015

Mi vieja y querida dama



Cada edad tiene su conflictividad. Siempre se puede tardar unos años en enfrentar alguna en particular. Un lustro, digamos. Una década, tal vez. Como mucho. Si se tarda dos, se bordea la imbecilidad (literalmente, entendida en sentido clínico). Y el personaje de Kevin Kline no parece caer en esa categoría. Del autor/director prefiero no opinar.


Mathias Gold (Kline) dice tener casi 58 años ¿y todavía tiene asuntos pendientes que solucionar con sus padres? Algo con lo que lidiamos a los veintipico, a los treinta y pico si se es muy lerdo. Encima el pobre cuenta un hecho altamente traumático que vivió en la veintena, de lo que se cae de maduro que tuvo que enfrentarlo… para poder sobrevivir. (A menos que no haya sobrevivido y sea un zombi más de los que tanto pululan).


Mi vieja y querida dama, al igual que El último amor, que casualmente también transcurre en París, tiene un buen inicio, pero también como ese fallido film con Michael Caine, no tarda en desbarrancarse en el mar de la pelotudez, donde navega, feliz, con viento en popa hasta poner a prueba toda nuestra paciencia, que no es precisamente infinita.


Mathias (Kline) ha heredado de su padre un departamento, hermoso y grande, hasta con jardín, en pleno Marais, el barrio de París. El único inconveniente es que no puede disponer de él antes de la muerte de Mathilde (Maggie Smith) que habita el lugar y a la que además debe pagarle una renta (interesante arreglo del derecho francés con el que se insiste mucho). Vive también allí, la hija de Mathilde, Chloé (Kristin Scott Thomas). El neoyorquino Mathias, que no tiene un euro ni para comprarse un chupetín, está más que apurado por venderlo y regresar a L’Amérique, pero, claro, debe encontrar un comprador que acepte también a las “inquilinas” del inmueble.


Hasta ahí, todo bien, pero a medida que comienzan a desarrollarse los conflictos, vemos que no solo son ilógicos para la edad de los protagonistas, que debieron resolverlos o enfrentarlos hace muchos años atrás, sino que además son medio zonzos, bastante sosos, con menos variedad que el blanco. Todo es “apenas” malo, no nos da ni siquiera el gusto de una caída en el absurdo, de un revolcón en el ridículo. De haberlo hecho, quizá al menos nos habríamos reído, tal como está, nos aburre o nos exaspera.


Kline y Scott Thomas hacen como que actúan, lo único que pueden hacer en realidad. Maggie Smith procura devolver la plata de la entrada exprimiendo cada línea que le toca, pero son tan pobres que es casi un trabajo inútil. El fabuloso Dominique Pinon sonríe con tristeza como deseando que la película fuera otra cosa.


Escribió y dirigió (es una manera de decir) Israel Horovitz. Imprescindible solo para híper-fanáticos de Kline, Scott Thomas y Smith que no puedan vivir sin haber visto la filmografía completa de sus ídolos.


En resumen, una de esas películas que de no haberse filmado hubieran hecho más hermoso el mundo. 

Gustavo Monteros

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