jueves, 25 de junio de 2015

Un castillo en Italia



Durante los primeros diez minutos de esta película se me encendieron todos los odios y resentimientos de integrante de clase media que tuvo que trabajar desde siempre para ostentar el dudoso orgullo de apenas mantenerse y la consecución de muy pocos logros materiales. No era para menos, estaba ante unos neuróticos malcriados e inútiles, herederos ricos que jamás habían trabajado en sus vidas. Después, de a poco, mis resquemores cambiaron a algo parecido a la piedad. E incluso antes de que se acentuaran los paralelismos con El jardín de los cerezos, ya me consideraba su hermano, porque nada hermana más que la sensación de desamparo, de ser protagonista de un destino que parece no tomar en cuenta tus deseos, contradicción fatal que no terminamos de desentrañar nunca.


Lo mismo me pasa con la obra de Chejov arriba citada, confesa influencia de este film, arranco odiando a sus personajes para luego comprenderlos y hasta identificarme con ellos.


Valeria Bruni Tedeschi es una actriz maravillosa y éste es su tercer film como directora y el primero en estrenarse en cine, los dos anteriores Es más fácil para un camello… (2003) y Actrices (2007) no tuvieron tanta suerte. Un castillo en Italia se estrenó en la edición 2013 del Festival de Cannes.


Este castillo de Valeria Bruni Tedeschi tiene una fuerte carga autobiográfica. La señora que hace de madre, Marisa Bruni Tedeschi, una pianista de renombre, es su madre y quien hace de novio, Louis Garrel fue su novio. Bah, el castillo en el que se filmó parte de la película es el castillo familiar que perdieron. Y el hermano, Ludovic que interpreta Filippo Timi (el Mussolini de la genial Vincere, 2009, de Marco Bellocchio) un personaje que muere de Sida, representa a Virginio, que murió de lo mismo en la vida real.


La película se estructura en tres estaciones: invierno, primavera y verano, y entre otras cosas narra la progresión de la enfermedad del hermano, la pérdida del castillo y de un Brueghel, las dificultades de la protagonista para establecer relaciones afectivas, y la desconexión con el catolicismo, que no querrían tener, pero que padecen tanto madre como hija.


La película es tan ecléctica como su seductora banda sonora, cambia de tono y hasta de género de una escena a otra. Quizá la idea de la sinrazón de la existencia sea la que la motorice.


En resumen, una obra personalísima que a la vez atrapa e incomoda. 

Gustavo Monteros

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