jueves, 21 de mayo de 2015

Cenizas del pasado



Se habla mucho de Jeremy Saulnier en estos días. ¿Quién es?, se preguntará usted. No se preocupe, hasta hace dos días estaba como usted, preguntándome lo mismo. El hombre, joven según las fotos, presenta en Cannes en la Quincena de Realizadores su última obra The green room (El camarín en el original, sabrá Dios qué título le pondrán los distribuidores de estrenarla) mientras que por aquí se estrena su film anterior Cenizas del pasado (Blue ruin o sea Ruina triste en el original) que le hizo ganar el premio al mejor director en la Quincena de Realizadores de Cannes en el 2013.


Estas Cenizas del pasado (Blue ruin) llegan a nuestras pantallas como out of the blue (caídas del cielo), que junto con otras tres películas independientes (Incomprendida, 2014 de Asia Argento, Mientras seamos jóvenes, 2014 de Noah Baumbach y Motivación cero, 2014 de Talya Lavie) hayan encontrado un nicho en un fin de semana largo, en un medio monopolizado por la oferta yanqui de pochoclos sin fin, más que una sorpresa es casi un milagro. Como sea, a disfrutar de la variación de títulos hasta que los yanquis determinen por milésima vez que se acaba el mundo o que nos invaden los zombis en otra superproducción tan ruidosa como tonta.


Cenizas del pasado es un policial con argumento de viejo western. Pero no es  por la originalidad de la trama por la que se destaca sino por la contundencia de su realización. Dwight (Macon Blair) tocó fondo y sobrevive con algo de ingenio. Es un linyera, un homeless, un desclasado. Duerme en el asiento trasero de un auto viejo que tiene, irrumpe en casas vacías, de las que no roba nada, para bañarse, come lo que tiran los restaurantes de un parque de diversiones y se gana unos pocos dólares reciclando lo que queda tirado en la playa. (Si alguna vez se preguntó cómo sobrevive un homeless en Yanquilandia, los primeros minutos de esta película le alcanzan una respuesta.


Parece que Dwight es un buen tipo porque la policía negra que lo va a visitar, elige llevárselo a la comisaría para que reciba la noticia que tiene que darle en un ambiente que lo contenga y con alguien que le dé una mano de ser necesario. Que quien esté dispuesto a darle una mano sea una representante de la ley y que el lugar que lo contenga sea una sala de interrogatorios no deja de tener su ironía, aunque la idea es clara, Dwight merece afecto y respeto y la intención de la alguacil es buena. La que no es buena es la noticia que tiene que darle: el asesino de sus padres saldrá libre en unos días.


Lo que sigue es la clásica historia de venganza, ejecutada por el menos apto para llevarla a cabo. Sin embargo, como con el personaje que hacía Pablo Rago en El secreto de sus ojos, no hay que desestimar a los mansos, obligados a ejercer justicia pueden llegar hasta las últimas consecuencias.


Jeremy Saulnier se gana la vida como director de fotografía, es decir, llega a la dirección desde dentro del cine, no desde ninguna escuela y se nota, para bien. Maneja la historia frontalmente, sin perderse en las trampas intelectuales del fuera de campo y esas cosas tan escolásticas, que fueron novedosas en los tiempos de Huston o de Hitchcock y que hoy de tan estudiadas y usadas a conciencia ya no sorprenden y hasta aburren.


Esa frontalidad, más la inmensa simpatía que despierta el personaje de Dwight, nos mete en la película con un deslumbramiento que no sentíamos desde hace mucho. Nos rejuvenece, nos quita cinismo y nos devuelve la inocente mirada fresca que tuvimos alguna vez, antes de ver tanto cine.
 
Gustavo Monteros

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