viernes, 1 de mayo de 2015

Bailando por la libertad



Bailando por la libertad es un despropósito por donde se lo mire. Un panfleto político de mala leche. Una de las peores películas de danza que se hayan hecho. Una mezcla indigesta de Footloose con algo de Billy Elliot (Dios me perdone por entrometerlo en esta cosa) pasando por lo más flojito de la filmografía de Enrique Carreras más una pizca de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, por eso de las gasas y el desierto.


Se supone que parte de una peripecia vital del joven bailarín Afshin Ghaffarian, que por desafiar la prohibición de bailar, impuesta por el gobierno iraní, tuvo que exiliarse en París.


En el inicio parece que estamos en el primer capítulo de una serie de Cris Morena, los jóvenes que quieren bailar son idealistas, quieren romper las reglas establecidas, respirar libertad, así, estilo adolescente desenfrenado, con cero inmersión en la realidad. Y del otro lado están los malos malísimos, controladores civiles que se consideran la policía moral, dispuestos siempre a molerte a palos, porque es así como se disuade a los no adherentes. Para poder bailar en libertad, fuera de las restricciones, surge la idea de hacerlo en el desierto y entonces…


Si esta fuera una película iraní, hecha y derecha, sería respetable aunque la visión parcializada fuera más que evidente, pero como es una película financiada y distribuida por capitales ingleses se inscribe en la campaña de demonización del gobierno iraní y de la cultura islámica.


Por supuesto que desde mi occidentalismo me parece horrible prohibir el baile, pero no por eso, desde una ignorancia dañina y frívola, incentivada por intereses económicos que no me beneficiarán jamás ni por equivocación, voy a descalificar una cultura, que tiene otras raíces, otra manera de ver la vida, muy distintas a las nuestras. Ojo, no defiendo nada, solo separo la paja del trigo, que se demoniza al Islam desde las Cruzadas. Así como los criticamos alegremente diciendo que tendrían que hacer esto o aquello, creo que si los oyéramos, ellos también tendrían cosas para criticarnos, por ejemplo, que la Iglesia es verticalista y en vez de castigar protege a sus curas y obispos pedófilos, que los Estados Unidos son reyes en hipocresía, que defienden la paz tirando bombas a los países que obstaculizan sus negocios, y cosas así. A lo que voy es que nadie es santo, en todos lados se cuecen habas y que hay que desconfiar siempre de las versiones que describen solo una cara de las monedas. Y si encima esa versión viene de un país pirata, más todavía.


Reece Ritchie y Freida Pinto se entrenaron bien y uno puede hacer que cree que bailan. Tom Cullen, en cambio, cuando comienza a moverse dan ganas de mirar para otro lado. Debo confesar que Tom Cullen me desorienta, nunca sé si es una actor personalísimo o de madera balsa.


El guión, bueno, esa cosa con diálogos que escribió, es de Jon Croker, (insiste, Jon, en algún momento quizá logres entender a esa cosita llamada personajes, seres que se corporizan mejor a través de conflictos y no discursitos, y quizá incluso te superes y entiendas que tienen motivaciones, casi como vos). Dirigió, bueno, dijo que la cámara va allá o por acá, Richard Raymond.


En resumen, para espiar lo mala que es, un ratito chiquito, chiquito, cuando llegue al cable (estos esquicios pseudo-artísticos de agenda política interesada no tardan en llegar), claro, eso sí, siempre y cuando no se  tenga nada, pero nada, mejor que hacer. 

Gustavo Monteros

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