viernes, 17 de abril de 2015

Mis días felices

 



No por ser Fanny Ardant el tiempo no pasa y no cobra factura, aunque por ser Fanny Ardant, claro, es más piadoso, menos cruento.


Caroline (Ardant) es una dentista recién jubilada, bien casada, con dos hijas que le han dado nietos. Hace menos de seis meses que ha muerto su mejor amiga y Caroline bordea la depresión, entonces una de las hijas le regala un vale por un mes en Los días felices, un club para la tercera edad donde hacen teatro, alfarería, computación, etc. Y como Fanny es muy Ardant, a pesar de la edad, comienza un amorío con uno de los profesores, que como se dice más de una vez, tiene la edad de las hijas.


Mis días felices es un artefacto audiovisual que promueve o satisface la fantasía de que incluso entrado en el invierno de la vida se pueden tener aventuras sexuales con gente más joven.  Si se es Fanny Ardant, claro. Y si no se es, no importa, se vive vicariamente a través de Fanny que sí es Fanny.


La historia, de alguna manera hay que llamarla, jamás atrapa del todo, porque, Fanny, se sabe, es una criatura extraordinaria, si no de extrema belleza de una seducción exquisita, de elegancia tan máxima , que si le ponés un par de alpargatas igual te camina como una reina, y si le tirás una bolsa de arpillera te la luce como un vestido de alta costura, y no solo es alta sino que tiene otra virtud, que una famosa actriz argentina envidia a más no poder, pantorrillas angostas. A lo que voy es que es una semi diosa y aquí está perdida en un mundo de simples mortales, y al no tener un igual con el que enfrentarse, su victoria está garantizada desde un principio. ¿Quién podría negarle, obstaculizarle, o reprocharle a Fanny que se permita ponerle los cuernos a un marido, bueno pero desabrido, con uno de los galanes más improbables del cine, por lo soso, pero que al menos es joven? Si el marido fuera un Jeremy Irons, por ejemplo, que incluso de anciano venerable es más que atendible o que el amante fuera Benoît Magimel, que detrás de su carita de cachorro perdido tiene más dobleces que el hojaldre, la cuestión podría equilibrarse un poco y uno podría cinchar por uno u otro. Pero con Laurent Lafitte de amante y Patrick Chesnais de marido, Fanny se sale con la suya aun antes de empezar la aventurita sexual.


Dirigió Marion Vernoux. El guión se basa en una novela de Fanny Chesnel, intitulada Une jeune fille aux cheveux blancs (o sea Una jovencita de cabellos blancos), mamma mia, ¡cuán obvio se puede llegar a ser! Dirigió Marion Vernoux (ah, en un momento, Fanny se pone las medias con una pierna extendida, con Lafitte en segundo plano, cualquier parecido con Ann Bancroft y Dustin Hoffman en El graduado no es pura coincidencia, es ¡un milagro!
 

En resumen, verla solo si se tiene un ataque agudo de abstinencia de Fanny Ardant. (Ah, otra cosa, en la vida si alguien tomara y comiera todo lo que Fanny consume, sería un Botero, pero como Fanny es Fanny, al final de la película sigue tan delgada como al principio… Andá) 

Gustavo Monteros

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