jueves, 5 de marzo de 2015

Sueño de invierno



Cualquier atorrante puede hacer un film de entretenimiento, solo necesita alguna idea y la voluntad de hacer pasar un buen rato. Pero para hacer un film de cine arte o de autor, se requiere de un ARTISTA, así, con todas las letras y en mayúsculas, o sea una persona formada, culta, con la presunción o la soberbia de creer que lo que tiene para decir es de tan elevada penetración que exige la atención universal y las más elevadas recompensas.


Sueño de invierno de Nuri Bilge Ceylan ganó la Palma de Oro, 2014, del Festival de Cannes, gracias a un jurado presidido por la directora Jane Campion e integrado por las actrices Carole Bouquet, Leila Hatami, Jeon Do-yeon, los actores Willen Dafoe y Gael García Bernal y por los directores  Jia Zhangke, Sofia Coppola y Nicolas Winding Refn.


Transcurre en Capadocia, Anatolia, Turquía. Aydin (Haluk Bilginer) es un exactor cincuentón y rico que regentea un hotel. Aydin soporta la compañía de su hermana, Necla (Demet Akbag) que se acaba de divorciar y anda con ganas de volver con su exmarido y sobrelleva una frágil y distante relación con su joven esposa Nihal (Melisa Sözen). Los tres son personas de hablar mucho y con palabras altisonantes para decir poco y comunicar menos. Es que el material (tal como lo confesó el director) le debe mucho a Chejov y se trata de develar lo que hay debajo de las brillantes superficies. Hay una ruptura de los contratos personales (los endebles lazos matrimoniales entre Aydin y Nihal) y los contratos sociales (ricos y pobres que se tratan con los resabios de jerarquías medievales, como los besamanos y esas cosas). El final no es chejoviano típico, entreabre la posibilidad de una redención o al menos un perdón (Chejov también tenía estos finales, sobre todo en muchos cuentos, pero cuando se dice “finales chejovianos” se consideran los de sus obras de teatro que no son tan edificantes)


Sueño de invierno dura tres horas y dieciséis o sea 196 minutos. Una bicoca porque la primera edición duraba cuatro horas y media. Y es aquí donde viene a cuento la presunción o la soberbia de algunos artistas de las que hablábamos al principio. La película dice lo suyo, tiene la impronta Chejov ya mencionada, más un obvio homenaje a la teatralidad y naturalidad de Bergman (no es una contradicción de términos, Bergman era naturalista en el manejo de las actuaciones y teatral en la puesta en escena y en los diálogos) y hasta se pueden hallar ecos de Sartre en esto de que el infierno son los otros y de Dostoievski en las instancias de humillación y culpa. Todo muy lindo, pero ¿tres horas y dieciséis minutos? Algunos artistas tienen un ego tan mayúsculo que creen que para decirnos lo que tienen para decir deben tomar nuestro tiempo y disponer de él como si fuera suyo. Ni se les ocurre considerar la idea de síntesis, porque para ello tendrían que tomarnos en cuenta y su ARTE y su EGO están por encima de nuestras asentaderas, espaldas y capacidad de aguante. La cultura no tiene que ser un castigo y sin embargo a veces lo es.


En resumen, una buena película, pero que, como su personaje masculino central, se cree más profunda de lo que en realidad es.
 

Nuri Bilge Ceylan en un reportaje para The Guardian dice que es un ARTISTA al que no le gustan las comedias, que lo suyo es más la cosa melancólica. Se le nota. Peinar canas trae pocas ventajas, entre esas pocas está la de no dejarse enceguecer por los espejitos de colores. Volvamos a la noción inicial de atorrantes y artistas. Codearse con los ARTISTAS puede que dé prestigio, barniz de cultura “importante”, pero no es más que una pompa vacía, que no opaca ni por un segundo la calidez que emana de la compañía de un buen atorrante, que siempre dice lo suyo sin tanta alharaca y en mucho menos tiempo.

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