jueves, 5 de febrero de 2015

En el bosque



Stephen Sondheim, el compositor y letrista de Broadway, es un genio. No  porque lo diga yo sino por la diamantina contundencia de su producción. Se dice que se requiere una dosis de conocimiento o sofisticación para apreciarlo, puede que eso fuera cierto cuando comenzó, hoy sus innovaciones ya están incorporadas a las resoluciones de la música popular, porque como con todo genio, los compositores que admiraron su trabajo y surgieron después lo hicieron asequible al gran público. Tanto es así que Disney, que no produce nada que no llegue a generar adhesiones millonarias en almas y billetes, se anima a llevar al cine este musical suyo. Se dice también que es un gusto adquirido, que es necesario escucharlo más de una vez para comenzar a degustarlo, dicho así suena trabajoso, pero Patricio Rey y los redonditos de ricota también lo son y eso no impidió que se transformaran en un culto multitudinario. A lo que voy es que no será Palito Ortega, pero tampoco es Schoenberg. No tendrá la fácil y verificable melodía típica del sonido Broadway, pero tampoco se sale de sus obras sin tararear alguna canción. Él es otra cosa. Sus devotos siempre debemos sacarnos de encima primero estas consideraciones, porque más de una vez nos hemos chocado al mencionarlo con un “Ah, Sondheim”, con el que se quiere descalificarlo por raro o demandante.


En 1987, o sea siglos antes de que a algunos productores se les ocurriera la serie, en mi modesta opinión un tanto pedorra, Once upon a time, el dramaturgo James Lapine y nuestro Sondheim estrenaron en Broadway Into the woods. La obra mezclaba algunos personajes de cuentos infantiles clásicos como Caperucita Roja, la Cenicienta, Jack (el de las habichuelas mágicas), Rapunzel, con otros de su propia cosecha tales como el Panadero, su Mujer, la Bruja y el Narrador, quien podría ser también el padre fugitivo del Panadero. La obra fue un éxito arrollador inmediato y conoció una larga temporada inicial, celebrados montajes en grandes capitales teatrales y diversos reestrenos.


Como en toda obra de Sondheim, la música está al servicio de la teatralidad de la trama, que tiene una notable profundidad temática, aunque el seguimiento de la misma sea algo sencillo y muy disfrutable. Como con los imperecederos clásicos setentistas, Tiburón o Cabaret  las ideas surgen de una trama asequible y atrapante, no están impresas en ella, de allí su éxito instantáneo. Y como en los cuentos cuyos personajes toma, las vueltas del argumento por momentos son  oscuras y ostentan hechos de sangre, y el tono es, también por momentos,  reflexivo, asertivo, aleccionador. Y parte de la noción, inserta en la tradición cultural anglosajona, de que el bosque es un lugar misterioso, en el que no se sale nunca de la manera en que se entró, es un lugar de aprendizaje en el que pueden pasar cosas que se salen de lo normal, tales como el sexo irrestricto o el crimen. Todo con mucho humor, gracia inspirada e ingenio envidiable.


Las canciones claves nos dan la pista de cuáles son los ejes de la obra. Children will listen (Los chicos escuchan) testimonia que los deseos, sueños o anhelos de los padres forman o deforman los de los hijos. No one is alone (Nadie está solo) ratifica que toda acción o elección tienen su consecuencia y que muchas veces nuestro egocentrismo nos impide ver que nuestras acciones o elecciones exceden nuestro encierro y tienen repercusiones sociales. Las canciones de Jack y de Caperucita, después de hechos decisivos sobre los que no conviene adelantar mucho, ratifican que crecer es inevitable, y que por más traumático que sea es mejor que vegetar. Agony (Agonía) el vals de los príncipes da cuenta de la necesidad de tener a veces anhelos incumplidos para poder ser con plenitud o poder seguir adelante. La bruja dice por ahí que amar a veces es meter la pata y que no hay disculpas pero tampoco salidas.


La obra es rica de toda riqueza, elijan cualquier personaje, sigan su derrotero y se toparán con unas cuantas revelaciones sobre las conductas humanas, las concepciones sociales o sexuales heredadas y lo divertidamente equivocadas que pueden estar.


Rob Marshall, después de Chicago, es como el señor de los musicales para el cine yanqui. Como se inició también como coreógrafo, yo digo con maldad que se cree Bob Fosse, y por las dudas no se entienda la maldad, agrego: Pobre. Esta vez procuraré ser justo con él. Como fanático de Sondheim que soy, no coincidiré plenamente con nadie que acometa este material. Al único director que no le objetaría decisión alguna hubiera sido Ingmar Bergman, que entendía mucho de bosques, mitos y reveses humanos. Un sueño, claro, porque Bergman que llegó a conocer y admirar la pieza, ni se le cruzó por la cabeza la posibilidad de dirigirla.


Uno de los méritos de Marshall, y no es poca cosa, consiste en reunir elencos maravillosos. Este no es la excepción: Emily Blunt, James Corden, Meryl Streep, Anna Kendrick, Chris Pine, Johnny Depp, Simon Russell Beale, Frances de la Tour, Christine Baranski, Tracey Ullman; los casi debutantes Daniel Huttlestone (Jack) y Lila Crawford (Caperucita); y los jóvenes aunque experimentados Billy Magnussen (el Príncipe de Rapunzel) y Mackenzie Mauzy (Rapunzel) que acceden a medirse con Meryl Streep y gente así.


Mi corazoncito late más por algunos (Blunt, Corden, Kendrick) que por otros, pero la dueña de la velada es , otra vez, Meryl Streep. Meryl vive en el  prodigio, cuando uno cree que ya tocó techo y que comenzará a desandar sus logros, repitiéndolos, revitalizándolos, lo que no estaría mal, porque tiene joyas como para varias coronas, alcanza nuevas alturas y uno se queda pasmado, con la boca abierta y con el alma otra vez de fiesta. De allí que aunque parezca un abuso, una prepotencia, merezca todas y cada una de las nominaciones que ganó por este trabajo. Lo que hace es perfecto y podrían darse clases de cómo actuar en un musical, desmenuzando este casi milagro que ejecuta aquí. Hace que cada inflexión, respiración cuenten. Las intenciones, los subtextos, los matices son infinitos. Sabe que Sondheim es genial y se abalanza con espíritu sibarita para saborear y hacernos partícipes del banquete. 






Puede que no todas las decisiones de Rob Marshall sean las acertadas, pero Stephen Sondheim y Meryl Streep hacen ineludible un paseo En el bosque.
 

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