jueves, 22 de enero de 2015

Whiplash Música y obsesión



Es bien sabido que para dominar un arte, cualquiera, se necesita un poco de talento, una pizca de disciplina, y una dosis de obsesión. Sí, así, como si de una receta de cocina se tratara. El problema es que no se sabe con certeza la cantidad precisa de cada ingrediente. Una pena, si no podríamos formar artistas como quien hace un bizcochuelo. Claro, algunas variaciones quedan descartadas, mucho talento sin disciplina y menos obsesión no llega a ninguna parte, y también, es obvio, con muy poco talento, por más disciplina u obsesión que se ponga no se llega muy lejos. Como sea, estas cuestiones tienen poca importancia ante un artista consumado, pero son esenciales durante la formación. 


“La fama cuesta y es aquí donde comenzarán a pagarla, con sudor…” decía la severa profesora de danza de la película, y después la serie, Fama. Dicha señora, a pesar de su estrictez, es Jacinta Pichimahuida al lado de Fletcher (J K Simmons), un déspota cruel de mano dura (y aunque cueste creerlo que conste que al llamarlo déspota, estamos quizá construyendo el eufemismo del siglo).


Estamos en un conservatorio musical de excelencia, en el que el profesor Fletcher está a cargo de dirigir un grupo de jazz, que participa de concursos y torneos en los que sale primero o primero, porque Fletcher saca el mayor potencial de sus alumnos a como dé lugar. Literalmente a como dé lugar.


Andrew (Miles Teller) es un pichón de baterista que sueña con ser el mejor o morir en el intento. Dicho lo cual, uno podría suponer que Fletcher halló la suela de su zapato, o no…


Cuando Fletcher abre la boca (es una manera de decir) en el ensayo, uno podría creer que estamos ante la típica película con el sargento gritón que esconde un corazón de oro (Reto al destino, Hombres de honor), pero el director y guionista Damien Chazelle tiene otra agenda, para nada predecible o adocenada.


J K Simmons, impecable secundario de muchos films, se da y nos da una panzada de histrionismo con un personaje contundente como pocos. Y Miles Teller con su sufrido (o no tanto) Andrew ratifica que es un actor  a tomar en cuenta.


En resumen, una película cruelmente gozosa. Después de todo, nadie se hace artista sin superar un par de golpes. O tres. O cuatro. 



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