jueves, 24 de julio de 2014

Lore



El Tercer Reich llega a su fin. Hitler se ha suicidado para alivio de casi todos y para pena de sus fanáticos seguidores, entre los que se cuenta la familia de Lore. Papá es un jerarca de la SS y mamá, una secuaz aguerrida y diligente. Mamá y papá terminarán en manos de los  ejércitos aliados de ocupación, aprisionados primero y quizá ejecutados después. Antes de entregarse, mamá le dice a Lore (Saskia Rosendahl) la hija mayor, una adolescente, que si no regresa en tres días, tome a sus hermanos (Liesel, una preadolescente, Günther y Jürgen, mellizos de unos 7 años y a Peter, bebé de pañales) y que atraviese la Selva Negra para llevarlos a Hamburgo, donde vive la abuela. Lo cual se dice fácil y se hace difícil, sobre todo con poca plata, sin papeles (por obvias razones) en un territorio ocupado, en ciertas zonas, devastado y con muchos retenes. En algún momento se cruzarán con Thomas (Kai Malina), un joven que se dice un judío sobreviviente de los campos de exterminio.


Hay dos viajes por supuesto. El que encaran físicamente y el que hace Lore en su interior y que externamente va de la niña mimada del principio a la joven rebelde del final. Lidiará con unas cuantas histerias (según la definición clásica de la palabra) somatizaciones incluidas, la más álgida de ellas es la que le provoca Thomas, a quien desea, pero a quien también odia y desprecia por mandato social, familiar y cultural.


El film se basa en la segunda de las tres nouvelles que integran el libro de la británica Rachel Seiffert, The dark room (El cuarto oscuro, de fotografía y no de urnas, padrones y votaciones, al que nos remite tal título en primera instancia por estos pagos). Y lo dirige la australiana Cate Shortland según los preceptos del cine “sensorial”, estilo Terrence Malick, que consiste en filmar ficción con las herramientas de un documental sobre insectos de la National Geographic, con mucho yuyito, vientito, barrito, para “aproximar” mejor la experiencia al espectador. La Shorthand, cuando deja que los hechos de la historia se impongan, se acerca a Agnieszka Holland (Europa, Europa, 1990, In darkness, 2011) quien ha contado mejor niños y Segunda Guerra, pero cuando se la da por los subrayados, por los detalles, la cosa se pone “empalagosa” o “revulsiva”, todo muy visceral, pero para el lado equivocado, el estomacal y el de la arcada.


En resumen, un film valioso, más allá de esteticismos y manierismos de moda, y estupendamente actuado. Por suerte, la historia se erige y se sacude la caspa y la hojarasca. Eso sí, no apto para quienes se incomodan con niños sometidos a experiencias límites. Y los que se impresionan con detalles sanguinolentos, pueden verla, Cate usa el sistema clásico, se acerca lentamente a lo que impresionará, de modo que es posible entrecerrar los ojos.

Un abrazo, Gustavo Monteros

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